Capítulo 5

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
El llamado a Abraham

The Present Truth, 4 junio, 1896


El pacto

El capítulo 15 de Génesis contiene el primer relato del pacto hecho con Abraham. "Abram recibió palabra del Eterno en visión, que le dijo: "No temas, Abram. Yo soy tu escudo y tu galardón sobremanera grande". Observa: Dios afirmó que él mismo era la recompensa [galardón] de Abraham. Si somos de Cristo, somos simiente de Abraham, y conforme a la promesa los herederos. Herederos, ¿de qué? -"Herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Rom. 8:17). El salmista se refirió a la misma herencia: "Jehová es la porción de mi herencia" (Sal. 16:5). Tenemos pues aquí otro argumento que relaciona a todo el pueblo de Dios con Abraham. Su esperanza no es otra que la promesa de Dios a Abraham.

La promesa que Dios hizo a Abraham no se refería sólo a él, sino también a su simiente. De forma que Abraham dijo al Señor: "Eterno, ¿qué me has de dar siendo que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es el damasceno Eliezer? Y agregó Abraham: ‘Mira que no me has dado prole, y mi heredero será un siervo nacido en mi casa" (Gén. 15:2 y 3). Abraham no conocía el plan del Señor. Conocía y creía la promesa, pero siendo que envejecía y no tenía hijos, supuso que la simiente que se le había prometido vendría a través de su siervo. Pero ese no era el plan de Dios. Abraham no habría de ser el progenitor de una raza de siervos, sino de hombres libres.

Entonces el Eterno le dijo: ‘No te heredará ese hombre, sino un hijo tuyo será tu heredero’. Y lo sacó fuera y le dijo: ‘Mira el cielo, y cuenta las estrellas, si las puedes contar’. Y agregó: ‘Así será tu descendencia’. Y Abram creyó al Señor, y eso se le contó por justicia" (Gén. 15:4-6).

"Y Abram creyó al Señor". La raíz del verbo traducido como "creyó", es la palabra "Amén". La idea es de firmeza, de un fundamento. Cuando Dios pronunció la promesa, Abraham dijo "Amén", es decir, edificó en Dios, tomando la palabra de Dios como seguro fundamento. Relaciónalo con Mateo 7:24 y 25.

Dios prometió a Abraham una gran casa. Pero esa casa había de ser edificada en el Señor, y así lo comprendió Abraham, que comenzó a edificar sin demora. Jesucristo es el fundamento, ya que "nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo" (1 Cor. 3:11). La casa de Abraham es la casa de Dios, edificada "sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Efe. 2:20). "Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, pero para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también dice la Escritura: ‘He aquí pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; el que crea [edifique] en él, no será avergonzado’". (1 Ped. 2:4-6).

"Y Abram creyó al Señor, y eso se le contó por justicia". ¿Por qué? –Porque fe significa edificar sobre Dios y su palabra, y eso significa recibir la vida de Dios y su palabra. Observa en los versículos citados del apóstol Pedro, que el fundamento sobre el que se edifica la casa es una piedra viviente. El fundamento es un fundamento viviente, de quien reciben vida los que vienen a él, de forma que la casa que se edifica es una casa viva. Crece a partir de la vida de su fundamento. Pero el fundamento es recto: "Jehová, mi fortaleza, es recto y... en él no hay injusticia" (Sal. 92:15). Por consiguiente, dado que fe significa edificar en Dios y su santa palabra, resulta evidente que la fe ha de ser justicia para quien la posea y ejercite.

Jesucristo es el origen de toda fe. La fe tiene en él su principio y su final. No puede haber fe real que no tenga su centro en Cristo. Por lo tanto, cuando Abraham creyó en el Señor, creyó en el Señor Jesucristo. Dios no se ha revelado nunca al hombre, excepto mediante Cristo (Juan 1:18). El que la creencia de Abraham fue fe personal en el Señor Jesucristo, queda también evidenciado por el hecho de que eso se le contó por justicia. Y no hay justicia, excepto por la fe de Jesucristo, "el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención" (1 Cor. 1:30). Ninguna justicia tendrá el más mínimo valor cuando aparezca el Señor, excepto "la que se adquiere por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios y se basa en la fe" (Fil. 3:9). Pero dado que Dios mismo contó la fe de Abraham por justicia, queda claro que la fe de Abraham estaba centrada únicamente en Cristo, de quien procedía su justicia.

Y eso demuestra que la promesa de Dios a Abraham fue únicamente mediante Cristo. La simiente o descendencia sería exclusivamente la que es por la fe de Cristo, ya que Cristo mismo es la simiente. La posteridad de Abraham, que habría de ser tan incontable como las estrellas, estará compuesta por la hueste innumerable que lavó sus ropas en la sangre del Cordero. Las naciones que habrían de proceder de él, serán "las naciones que hayan sido salvas" (Apoc. 21:24). Relaciónalo con Mateo 8:11. "Todas las promesas de Dios son en él ‘sí’, y en él ‘Amén’" (2 Cor. 1:20).

"Aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: -A tu descendencia daré esta tierra", etc (Gén. 15:18). En los versículos precedentes encontramos el establecimiento de ese pacto. Tenemos primeramente la promesa de una posteridad incontable, y también de la tierra. Dios dijo: "Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los caldeos para darte a heredar esta tierra" (vers. 7). Es necesario recordar ese versículo al leer el 18, porque en caso contrario podríamos tener la impresión errónea de que hubo algo [la tierra] que se prometió sólo a los descendientes de Abraham, con exclusión de él mismo. "A Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia" (Gál. 3:16). A su descendencia no se le prometió nada que no se le prometiera también a él.

Abraham creyó al Señor. No obstante, dijo: "Señor Jehová, ¿en qué conoceré que la he de heredar?" (Gén. 15:8). Sigue a continuación el relato de la partición de la becerra, la cabra y el carnero. Se alude a ello en Jeremías 34:18-20, cuando Dios reconvino al pueblo por transgredir el pacto.

"A la caída del sol cayó sobre Abraham un profundo sopor, y el temor de una gran oscuridad cayó sobre él. Entonces Jehová le dijo: -Ten por cierto que tu descendencia habitará en tierra ajena, será esclava allí y será oprimida cuatrocientos años. Pero también a la nación a la cual servirán juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza. Tú, en tanto, te reunirás en paz con tus padres y serás sepultado en buena vejez. Y tus descendientes volverán acá en la cuarta generación, porque hasta entonces no habrá llegado a su colmo la maldad del amorreo" (Gén. 15:12-16).

Hemos visto que ese pacto era un pacto de justicia por la fe, puesto que la descendencia y la tierra se obtendrían por la fe en la palabra de Dios; fe que a Abraham le fue contada por justicia [Rom. 4:20-22]. Veamos ahora qué más podemos aprender de los textos citados anteriormente.

Queda claro que Abraham habría de morir antes de que se otorgara la posesión. Moriría bien entrado en años, y su descendencia sería extranjera en tierra ajena durante cuatrocientos años.

No es sólo que Abraham moriría, sino también sus descendientes inmediatos, antes de que la simiente poseyera la tierra que se les había prometido. De hecho, sabemos que Isaac murió antes que los hijos de Israel fueran a Egipto, y que Jacob y todos sus hijos murieron en tierra de Egipto.

"A Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia". El capítulo que estamos estudiando nos dice lo mismo. Es evidente que una promesa hecha a la simiente de Abraham no puede cumplirse otorgando lo prometido sólo a una parte de ella; y lo que se prometió a Abraham y su simiente no puede hallar cumplimiento a menos que Abraham participe, tanto como su simiente.

¿Qué demuestra lo anterior? –Simplemente esto, que la promesa del capítulo 15 de Génesis según la cual Abraham y su simiente poseerían la tierra, se refería a la resurrección de los muertos, y a nada menos que eso. Lo anterior sigue siendo cierto, aún si excluyésemos al propio Abraham del pacto que allí se enuncia; puesto que, como hemos visto ya, es indiscutible que muchos de los descendientes inmediatos de Abraham estarían ya muertos en el tiempo del cumplimiento de la promesa; y sabemos que Isaac, Jacob y los doce patriarcas murieron mucho antes de ese momento.

Incluso aún dejando a Abraham fuera, permanece el hecho de que la promesa a la simiente ha de incluir a toda la simiente, y no solamente a una parte de ella. Pero no podemos excluir de la promesa a Abraham. Por lo tanto, tenemos positiva evidencia de que en este capítulo encontramos el registro de cómo le fue predicado a Abraham acerca de Jesús y la resurrección.

Cumplimiento tras la resurrección

Eso nos capacita para comprender mejor por qué Esteban, cuando tuvo que afrontar el juicio por predicar a Jesús, comenzó su discurso con una referencia a esas mismas palabras. Hablando de la estancia de Abraham en tierra de Canaán, afirmó que Dios "no le dio herencia en ella ni aún para asentar un pie, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él, aunque él aún no tenía hijo" (Hech. 7:5). En su referencia a esa promesa, que era bien conocida para todos los judíos, Esteban les mostró de la forma más indiscutible que sólo podía hallar cumplimiento por la resurrección de los muertos, mediante Jesús.

"Tú, en tanto, te reunirás en paz con tus padres y serás sepultado en buena vejez. Y tus descendientes volverán acá en la cuarta generación, porque hasta entonces no habrá llegado a su colmo la maldad del amorreo". Eso nos permite conocer la razón por la cual Abraham murió en la fe, a pesar de no haber recibido la promesa. Si él hubiera esperado recibirla en esta vida actual, habría resultado chasqueado al llegar a su muerte sin verla cumplida. Pero Dios le dijo claramente que habría de morir antes de ver su cumplimiento. Por lo tanto, dado que Abraham creyó a Dios, es claro que comprendió lo relativo a la resurrección, y que creyó en ella. La resurrección de los muertos, como veremos, estuvo siempre en el centro de la esperanza de todo verdadero hijo de Abraham.

Pero aprendemos algo más. En la cuarta generación, o después de los cuatrocientos años, su descendencia habría de ser liberada de la esclavitud, en la tierra prometida. ¿Por qué no habrían de poseer la tierra de una vez? –Porque la maldad de los amorreos no había llegado a su plenitud. Eso muestra que Dios daría a los amorreos tiempo para arrepentirse, o en su defecto, tiempo para que cumplieran la medida de su maldad, demostrando así su descalificación para poseer la tierra.

Y eso recalca una vez más que la tierra que Dios prometió a Abraham y a su simiente puede ser poseída solamente por un pueblo justo. Dios no expulsaría de la tierra a aquellos en los que hubiera la más mínima posibilidad de llegar a ser justos. Pero el hecho de que el pueblo que habría de ser destruido de delante de los hijos de Abraham lo fuese debido a su maldad, muestra que se espera que los poseedores de la tierra sean justos. Por lo tanto vemos que la descendencia de Abraham, a quien fue prometida la tierra, había de ser un pueblo justo. Eso quedó ya demostrado por el hecho de que a Abraham se le prometió la descendencia sólo mediante la justicia de la fe.

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