Capítulo 15

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 13 agosto, 1896


El tiempo de la promesa

Lo que Dios habría hecho por Israel

"Oye, pueblo mío, y te amonestaré.
¡Si me oyeras, Israel!
No habrá en ti dios ajeno
ni te inclinarás a Dios extraño.
Yo soy Jehová tu Dios,
que te hice subir de la tierra de Egipto;
abre tu boca y yo la llenaré.
Pero mi pueblo no oyó mi voz;
Israel no me quiso a mí.
Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón;
caminaron en sus propios consejos.
¡Si me hubiera oído mi pueblo!
¡Si en mis caminos hubiera andado Israel!
En un momento habría yo derribado a sus enemigos
y habría vuelto mi mano contra sus adversarios.
Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido
y el tiempo de ellos sería para siempre.
Los sustentaría Dios con lo mejor del trigo,
y con miel de la peña los saciaría"

(Sal. 81:8-16)

Encontramos a Israel en Egipto, y sabemos algo de lo que eso significa. Al establecerse el pacto con Abraham, se le habían anunciado tanto la esclavitud como la liberación; y ese pacto había sido confirmado mediante un juramento de parte de Dios.

Examinemos ahora las palabras que pronunció Esteban, lleno del Espíritu Santo. Comenzó su discurso demostrando que era necesaria la resurrección a fin de que se pudiera cumplir la promesa hecha a Abraham; habiendo repetido dicha promesa, declaró que Abraham no había ocupado de aquella tierra que se le había prometido, ni siquiera la extensión de tierra que quedaba bajo sus pies, a pesar de que Dios le había manifestado que él y su descendencia habrían de poseerla.

Puesto que murió sin heredarla, de igual forma que sucedió con sus descendientes, incluyendo aquellos que tuvieron fe como él, la inevitable conclusión era que el cumplimiento podía producirse solamente mediante la resurrección. La única razón por la que tantos judíos rechazaron el evangelio fue su persistencia en ignorar la llana evidencia de las Escrituras de que la promesa hecha a Abraham no tenía naturaleza temporal, sino eterna. De igual forma, hoy, la creencia de que las promesas hechas a Israel implican una herencia terrenal y temporal, es incompatible con la creencia plena en Cristo.

Esteban recordó a continuación la palabra del Señor a Abraham acerca de que su descendencia moraría en tierra extraña y sería afligida, para ser posteriormente liberada. Dijo entonces: "Pero cuando se acercaba el tiempo de la promesa que Dios había jurado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto" (Hech. 7:17). Vino a continuación la opresión, y el nacimiento de Moisés. ¿Qué significa ese acercarse el tiempo de la promesa que Dios había jurado a Abraham? Un breve repaso de algunos de los textos ya considerados hasta aquí aclarará el asunto más allá de toda duda.

En el relato del establecimiento del pacto con Abraham leemos las palabras que le dirigió el Señor: "Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los caldeos para darte a heredar esta tierra" (Gén. 15:7). Siguen a continuación los detalles del establecimiento del pacto, y luego las palabras: "Ten por cierto que tu descendencia habitará en tierra ajena, será esclava allí y será oprimida cuatrocientos años. Pero también a la nación a la cual servirán juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza. Tú, en tanto, te reunirás en paz con tus padres y serás sepultado en buena vejez. Y tus descendientes volverán acá en la cuarta generación, porque hasta entonces no habrá llegado a su colmo la maldad del amorreo" (Gén. 15:13-16).

El pacto fue posteriormente sellado con la circuncisión, y cuando Abraham hubo mostrado su fe mediante la ofrenda de Isaac, el Señor añadió a la promesa su juramento, diciendo: "Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo, de cierto te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; tu descendencia se adueñará de las puertas de sus enemigos" (Gén. 22:16 y 17).

Esta es la única promesa que Dios juró a Abraham. Fue una confirmación de la promesa original. Pero como hemos visto en artículos precedentes, implicaba nada menos que la resurrección de los muertos mediante Cristo, quien es la Simiente. "Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte" (1 Cor. 15:26), a fin de que puedan hallar cumplimiento las palabras de Dios habladas por el profeta: "De la mano del sepulcro los redimiré, librarélos de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh sepulcro" (Ose. 13:14). Es solamente entonces cuando se cumplirá la promesa que Dios juró a Abraham, pues no es hasta entonces que toda su descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.

A las desconsoladas madres que lloraban la pérdida de sus hijos asesinados por orden de Herodes, dijo el Señor: "Reprime del llanto tu voz y de las lágrimas tus ojos, porque salario hay para tu trabajo, dice Jehová. Volverán de la tierra del enemigo. Esperanza hay también para tu porvenir, dice Jehová, y los hijos volverán a su propia tierra" (Jer. 31:16 y 17). Sólo en virtud de la resurrección puede la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob volver a su propia tierra. Así le fue indicado a Abraham cuando se le anunció que antes de poseer la tierra, su descendencia habría de morar en tierra extraña, y él mismo habría de morir; pero "tus descendientes volverán acá en la cuarta generación". No puede, por lo tanto, haber duda de que el Señor dispuso que el retorno de Israel de la esclavitud egipcia tuviera lugar en el tiempo de la resurrección y restauración de todas las cosas. Se acercó el tiempo de la promesa. ¿Cuánto tiempo tenía que haber pasado, desde su salida de Egipto, antes de que tuviera lugar la total restauración? No tenemos forma de saberlo. Tal como veremos, había mucho por hacer en lo relativo a advertir a los pobladores de la tierra; y el tiempo habría de depender de la fidelidad de los hijos de Israel. No necesitamos especular sobre cómo se habrían cumplido todas las cosas, dado que los israelitas no fueron fieles. Lo que ahora nos interesa es el hecho de que la liberación de Egipto significaba la completa liberación de todo el pueblo de Dios de la esclavitud del pecado y de la muerte, y la restauración de todas las cosas tal como fueron en un principio.

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