Capítulo 16

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 20 agosto, 1896


"El oprobio de Cristo"

"Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija del faraón, prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de los egipcios, porque tenía puesta la mirada en la recompensa" (Heb. 11:24-26).

Se nos informa aquí de la manera más clara posible, que los tesoros de los egipcios eran el precio del pecado; rehusar los tesoros de Egipto equivalía a rehusar vivir en pecado; decidir la suerte de uno del lado de los israelitas significaba asumir el oprobio de Cristo. Eso demuestra que Cristo era el auténtico dirigente de aquel pueblo, y que aquello que se les había prometido, para cuyo disfrute era necesaria su liberación de Egipto, había de serles otorgado sólo mediante Cristo, y ciertamente sometiéndose a su oprobio. Ahora bien, el oprobio de Cristo es la cruz. Nos encontramos pues una vez más cara a cara con el hecho de que la descendencia de Abraham –el verdadero Israel- son aquellos que son de Cristo por la fe en su sangre.

Pocos reparan en aquello a lo que realmente renunció Moisés por causa de Cristo. Era el hijo adoptivo de la hija del faraón, y era heredero al trono de Egipto. Todos los tesoros de Egipto estaban pues a sus disposición. Era "instruido en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras" (Hech. 7:22). El príncipe, erudito, general y orador, desechó todo prospecto halagador que el mundo pueda dar, renunciando a todo para unir su suerte con la de un pueblo despreciado, por causa de Cristo.

"Rehusó llamarse hijo de la hija del faraón". Eso nos indica que se lo debió presionar para que retuviera su posición. Fue bajo la oposición como renunció a sus perspectivas seculares, y escogió sufrir la aflicción con el pueblo de Dios. Es casi imposible que imaginemos el desprecio con el que debió ser valorada su decisión, así como los epítetos de burla que debieron amontonarse sobre él, de entre los cuales el de "loco" debía figurar entre los más moderados. Aquel que sea hoy llamado a aceptar una verdad impopular a expensas de su posición, hará bien en recordar el caso de Moisés.

¿Qué lo llevó a hacer ese "sacrificio"? "Tenía la mirada puesta en la recompensa". No es meramente que sacrificara su posición actual por la esperanza de algo mejor en el futuro. No; no había equivalencia posible en su elección. Estimó el oprobio de Cristo, que compartía ya plenamente, como mayores riquezas que los tesoros de Egipto. Eso demuestra que conocía al Señor. Comprendió el sacrificio de Cristo por el ser humano, y escogió hacerse partícipe del mismo. Jamás podría haberlo hecho, si no hubiera conocido bien el gozo del Señor. Sólo eso podía fortalecerlo en una situación como la suya. Probablemente ningún ser humano haya sacrificado honores mundanos por causa de Cristo en la medida en que él lo hizo, y por lo tanto podemos estar seguros de que Moisés poseía un conocimiento de Cristo y de su obra de una profundidad que pocos hayan podido alcanzar. La decisión que hizo evidencia que tenía un gran conocimiento del Señor; el hecho de que compartiera el oprobio y los sufrimientos de Cristo debió hacer muy estrecho el vínculo de simpatía entre ambos.

Cuando Moisés rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, lo hizo por causa de Cristo y del evangelio. Pero su caso, como el de Jacob y el de muchos otros, muestra que los creyentes más sinceros tienen a menudo aún mucho que aprender. Dios llama a seres humanos a su obra, no porque estos sean perfectos, sino a fin de poder darles la preparación necesaria para ella. Moisés tuvo primeramente que aprender lo que miles de profesos cristianos están aún hoy en necesidad de aprender. Tenía que aprender que "la ira del hombre no obra la justicia de Dios" (Sant. 1:20).

Tenía que aprender que la causa de Dios no avanza nunca mediante métodos humanos; que "las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo" (2 Cor. 10:4 y 5).

"Cuando cumplió la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, y dando muerte al egipcio, vengó al oprimido. Él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya, pero ellos no lo habían entendido así. Al día siguiente se presentó a unos de ellos que reñían, e intentaba ponerlos en paz, diciéndoles: ‘Hermanos sois, ¿por qué os maltratáis el uno al otro?’ Entonces el que maltrataba a su prójimo lo rechazó, diciendo: ‘¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? ¿Quieres tú matarme como mataste ayer al egipcio?’ Al oír esta palabra, Moisés huyó y vivió como extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos" (Hech. 7:23-29).

Era cierto que Dios había dispuesto que el pueblo de Israel fuera liberado por mano de Moisés. Moisés mismo lo sabía, y suponía que sus hermanos comprendían también de esa forma el asunto. Pero no sucedía así. Su intento por librarlos fue un triste fracaso, y la razón de aquel fracaso radicaba en él, tanto como en ellos. Ellos no habían comprendido que Dios los libraría por mano de Moisés; éste sí lo comprendía, pero no había aprendido aún el método. Suponía que la liberación había de hacerse efectiva por la fuerza; que bajo su mando los hijos de Israel se levantarían y conquistarían a sus opresores. Pero no era ese el camino del Señor. La liberación que el Señor había planeado para su pueblo era el tipo de liberación que es imposible obtener mediante el esfuerzo humano.

En ese fracaso de Moisés aprendemos mucho acerca de la naturaleza de la obra que Dios se proponía efectuar en favor de los israelitas, así como de la herencia a la que los iba a conducir. Si se hubiera tratado de una mera liberación física la que dispusiera para ellos, y si hubiesen de ser llevados a una herencia solamente terrenal y temporal, entonces quizá habría podido efectuarse de la forma iniciada por Moisés. Los israelitas eran numerosos, y bajo el generalato de Moisés habrían podido vencer. Esa es la forma en la que se obtienen las posesiones terrenales. La historia reporta diversas ocasiones en las que un pueblo pequeño se pudo sacudir el yugo de otro mayor que él. Pero Dios había prometido a Abraham y a su descendencia una herencia celestial -no terrenal-, y por consiguiente sólo mediante las agencias celestiales era posible obtenerla.

Ayudando al obrero oprimido

Hoy encontramos mucho de las condiciones existentes en el caso de los hijos de Israel. La explotación laboral prevalecía entonces, tanto o más que en cualquier otra época. Muchas horas de pesado trabajo y poco o ningún salario, eran la norma. El capital no oprimió nunca al trabajador tanto como en aquella época, y el pensamiento natural era, lo mismo que ahora, que la única forma de hacer valer sus derechos era empleando medidas de fuerza. Pero los caminos del hombre no son los caminos de Dios, y estos últimos son los únicos rectos. Nadie puede negar que se pisotean los derechos del pobre; pero muy pocos, de entre ellos, están dispuestos a aceptar el método divino de liberación. Nadie puede describir la opresión de los pobres por parte de los ricos, mejor de lo que lo hace la Biblia, pues Dios es el defensor del pobre.

El Señor vela por los pobres y afligidos. Se ha identificado tan estrechamente con ellos, que cualquier cosa dada al pobre se considera como dada al Señor. Jesucristo estuvo en esta tierra como hombre pobre, de forma que "el que oprime al pobre afrenta a su Hacedor" (Prov. 14:31). "Jehová oye a los menesterosos" (Sal. 69:33). "El menesteroso no para siempre será olvidado, ni la esperanza de los pobres perecerá perpetuamente" (Sal. 9:18). "Jehová tomará a su cargo la causa del afligido y el derecho de los necesitados" (Sal. 140:12). "Por la opresión de los pobres, por el gemido de los necesitados, ahora me levantaré –dice Jehová-, pondré a salvo al que por ello suspira" (Sal. 12:5). "Jehová, ¿quién como tú, que libras al afligido del más fuerte que él, y al pobre y menesteroso del que lo despoja" (Sal. 35:10). Con el Dios Omnipotente de su lado, cuán lamentable es que los pobres reciban tan mal consejo, y muy a menudo, de parte de profesos ministros del evangelio, en lo relativo a solucionar sus males.

El Señor dice: "¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas y vuestras ropas, comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos y su moho testificará contra vosotros y devorará del todo vuestros cuerpos como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días finales. El jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros, clama y los clamores de los que habían segado han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra y sido libertinos. Habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. Habéis condenado y dado muerte al justo, sin que él os haga resistencia" (Sant. 5:1-6).

Se trata de una terrible sentencia contra el que oprime al pobre, y contra quien le defraudó en el salario merecido. Es también la promesa de un juicio justo contra el opresor. El Señor oye el clamor de los pobres, y de seguro no olvida. Considera todo acto de opresión como dirigido contra él mismo. Pero cuando el pobre se toma la justicia en sus propias manos, combatiendo una confederación con otra confederación, y enfrentando la fuerza con otra fuerza, se coloca en la misma categoría que sus opresores, privándose con ello de los buenos oficios de Dios en su favor.

Dios dice a los ricos opresores: "Habéis condenado y dado muerte al justo, sin que él os haga resistencia". El mandato: "Pero yo os digo: No resistáis al que es malo" (Mat. 5:39), significa exactamente lo que dice; y no ha perdido su vigencia. Es tan aplicable hoy, como lo era hace mil ochocientos años. El mundo no ha cambiado su carácter; la codicia del hombre es hoy la misma que entonces; y Dios es el mismo. A aquellos que oyen ese mandato, Dios los llama "justos". El justo no se resiste, cuando es condenado y defraudado con injusticia, o hasta incluso cuando se lo entrega a la muerte.

"Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia y afirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca" (Sant. 5:7 y 8).

Es cuando venga el Señor que cesará toda opresión. El problema es que la gente, tal como Esaú, no tiene fe ni paciencia para esperar. Así, el agricultor proporciona una lección: siembra la simiente sin impacientarse por no poder recoger la cosecha inmediatamente. Espera con paciencia el fruto de la tierra. "La siega es el fin del mundo" (Mat. 13:39). Los que encomendaron su causa al Señor recibirán entonces amplia recompensa por su confianza y paciencia. Entonces se proclamará libertad en toda la tierra, y a todos sus habitantes.

Lo que hace manifiesta la liberación y proporciona gozo, incluso ahora, por más que aflijan las penosas pruebas, es el evangelio de Jesucristo: es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Los sabios según el mundo, y triste decirlo, también muchos que ocupan el puesto de ministros del evangelio, se mofan de la predicación del evangelio como remedio para la injusticia social en el presente. Pero el obrero no está hoy más oprimido de lo que lo estuvo en los días de Moisés, y la proclamación del evangelio fue el único medio que Dios aprobó y empleó para la prosperidad de su pueblo. Cuando vino Cristo, la mayor prueba de la divinidad de su misión fue que el evangelio era predicado a los pobres (Mat. 11:5).

Jesús conocía las necesidades de los pobres como ningún otro podría hacerlo, y su remedio fue el evangelio. Hay en el evangelio posibilidades en las que ni siquiera se ha soñado todavía. La correcta comprensión de la herencia que promete el evangelio es lo único capaz de hacer que el ser humano sea paciente ante la opresión terrenal.

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