Capítulo 20

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 17 septiembre, 1896


Salvos por su vida

Leemos de Moisés que "por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey, porque se sostuvo como viendo al Invisible. Por la fe celebró la pascua y la aspersión de la sangre, para que el que destruía a los primogénitos no los tocara a ellos" (Heb. 11:27 y 28).

No se puede decir de Moisés que dejara a Egipto por la fe en un principio, cuando huyó atemorizado, sino en esta ocasión, tras haber observado la pascua. Ahora la ira del rey nada podía contra él, "porque se sostuvo como viendo al Invisible". Se encontraba bajo la protección del Rey de reyes.

Aunque el texto habla sólo de Moisés, no hemos de suponer que éste fuera el único que tenía fe, de entre los hijos de Israel, ya que en el siguiente versículo leemos en referencia a toda la compañía, que "por la fe pasaron el Mar Rojo". Pero incluso si hubiera sido sólo Moisés quien hubiese salido de Egipto por fe, ese hecho probaría que todos debieron haber obrado en forma similar, y que la liberación en su conjunto era un asunto de fe.

"Se sostuvo como viendo al Invisible". Moisés vivió de la misma manera en que viven hoy los verdaderos cristianos. Aquí está el paralelo: "Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios, mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo final. Por lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que, sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro (el cual, aunque perecedero, se prueba con fuego), sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo. Vosotros, que lo amáis sin haberlo visto, creyendo en él aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso, obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas" (1 Ped. 1:3-9).

Moisés y los hijos de Israel fueron llamados a la misma herencia que nosotros. La promesa les fue hecha en Cristo, como sucede con nosotros. Era una herencia que sólo por la fe en Cristo se podía obtener, y esa fe había de ser tal como para permitir que Cristo fuera una presencia real, personal, si bien invisible. Más aún, la base de la fe y esperanza era la resurrección de Jesucristo. Entonces como ahora, Cristo era la cabeza de la iglesia. La verdadera iglesia no tiene ni tuvo nunca una cabeza que no sea invisible. "El Santo de Israel" fue establecido "por jefe y por maestro de las naciones" (Isa. 55:4) mucho antes de su nacimiento en Belén.

Vemos por lo tanto que la fe personal en Cristo fue la base de la liberación de Israel de Egipto. Así lo mostraba la celebración de la pascua. El asunto había llegado a una crisis. El faraón había persistido en obstinada resistencia hasta que la misericordia del Señor no tuvo efecto sobre él. El faraón había actuado deliberadamente, y había pecado contra la luz, como prueba su propia declaración tras la plaga de las langostas. En aquella ocasión llamó a Moisés y Aarón, y les dijo: "He pecado contra Jehová, vuestro Dios, y contra vosotros. Pero os ruego ahora que perdonéis mi pecado solamente esta vez, y que oréis a Jehová, vuestro Dios, para que aparte de mí al menos esta plaga mortal" (Éx. 10:16 y 17). Había llegado a reconocer al Señor, y sabía que la rebelión contra Dios es pecado, pero tan pronto como lograba un respiro volvía a ser tan obstinado como antes. Rechazó de forma plena y definitiva al Señor, y nada se podía hacer ya, excepto ejecutar sobre él el juicio que lo compelería a desistir en su opresión, dejando ir a Israel.

La primera pascua

Era la última noche que los hijos de Israel iban a pasar en Egipto. El Señor estaba a punto de enviar su último gran juicio sobre el rey y el pueblo, en la destrucción de los primogénitos. Se instruyó a los hijos de Israel a que tomaran un cordero "sin defecto" que habían de sacrificar por la tarde, comiendo luego su carne. "Tomarán de la sangre y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer". "Es la pascua de Jehová. Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias, y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo, Jehová. La sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; veré la sangre y pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto" (Éx. 12:5-13).

La sangre de ese cordero no los salvaba, como bien sabían ellos. El Señor les dijo que no era más que una señal; la señal de su fe en aquello que representaba: "la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación" (1 Ped. 1:19), "porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros" (1 Cor. 5:7). La sangre del cordero no era, pues, sino un símbolo de la sangre del Cordero de Dios; y los que se sostuvieron como viendo al Invisible lo comprendieron así.

"La vida de la carne en la sangre está" (Lev. 17:11). En la sangre de Cristo, esto es, en su vida, tenemos redención, el perdón de los pecados, "a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados" (Rom. 3:25). Dios pasa por alto -pasa de largo- los pecados, no en el sentido de que entre en componendas con ellos, sino que "la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7). La vida de Cristo es la justicia de Dios, pues es del corazón de donde mana la vida, y la ley de Dios estaba en el corazón de Cristo, como perfecta justicia. La aplicación de la sangre o vida de Cristo, por lo tanto, es la aplicación de la vida de Dios en Cristo; y eso significa quitar el pecado.

La aspersión de la sangre en los postes de la puerta simbolizaba lo que más tarde quedó escrito: "Jehová, nuestro Dios, Jehová uno es. Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón... las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas" (Deut. 6:4-9). La justicia de la ley de Dios se encuentra únicamente en la vida de Cristo. Puede estar en el corazón sólo en tanto en cuanto la vida de Dios en Cristo en el corazón, para limpiarlo de todo pecado. Poner la sangre en los postes de la puerta de la casa es lo mismo que escribir la ley de Dios en los postes de la casa y en las puertas, y era indicativo de morar en Cristo, de estar incorporado en su vida.

Cristo es el Hijo de Dios, cuya delicia consistía en hacer la voluntad de su Padre. Él es nuestra Pascua, como lo fue para los hijos de Israel en Egipto, pues su vida es eterna e indisoluble, y aquellos que participan de ella por la fe comparten la seguridad de ella. No hubo hombre ni demonio que pudiera arrebatarle su vida, y el Padre lo amó, y no tenía deseo de tomar su vida de él. Cristo la entregó voluntariamente, y la volvió a tomar. Morar en él, por lo tanto, como estaba representado en la aspersión de la sangre sobre los postes de la puerta, es ser librado del pecado, y por lo tanto, quedar libre de la ira de Dios contra los hijos de desobediencia. "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos" (Heb. 13:8). La fe en su sangre, simbolizada en la aspersión de la sangre del cordero en las puertas de las casas, cumple hoy lo mismo que siempre cumplió. Cuando celebramos la Cena del Señor, que se instituyó en el tiempo de la Pascua en el que Cristo fue traicionado y crucificado, celebramos lo mismo que los israelitas en Egipto. Ellos estaban aún en Egipto cuando celebraron aquella primera pascua. Se trataba de un acto de fe, que mostraba su confianza en Cristo como su Libertador prometido. Así nosotros, mediante el emblema de la sangre de Cristo, mostramos nuestra fe en su vida para preservarnos de la destrucción que se avecina sobre la tierra debido al pecado. En ese día el Señor pasará de largo a aquellos cuya vida está escondida con Cristo en Dios, "como un hombre perdona al hijo que lo sirve" (Mal. 3:17). Y sucederá así por idéntica razón, porque Dios salva a su propio Hijo, y los hombres son salvos en él.

La última pascua

Cuando Cristo celebró la última pascua con sus discípulos, dijo: "¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca!, porque os digo que no la comeré más hasta que se cumpla en el reino de Dios" (Luc. 22:15 y 16). Esto nos muestra que la institución de la pascua tenía relación directa con la venida del Señor para castigar a los impíos y librar a su pueblo. "Así pues, todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga" (1 Cor. 11:26). La muerte de Jesús no sería nada sin la resurrección. Y la resurrección de Cristo significa ni más ni menos que la resurrección de todos aquellos que están escondidos en su vida. Es mediante su resurrección como nos engendra a una esperanza viva de herencia incorruptible, incontaminada, que no se desvanece; y esa misma fe y esperanza, referidas a la misma herencia, las mostró el verdadero Israel en Egipto. La herencia que esperamos está guardada en los cielos; y la herencia que fue prometida a Abraham, Isaac y Jacob, herencia para la cual estaba Dios preparando a los hijos de Israel, era "mejor, esto es, celestial".

La "aspersión de la sangre" (ver Éx. 12:5-14; Heb. 11:27 y 28; 12:14, y 1 Ped. 1:2-10) es el gran lazo que nos une en nuestra experiencia cristiana con el antiguo Israel. Muestra que la liberación que Dios estaba obrando en favor de ellos es idéntica a la que está obrando en nuestro favor. Nos une a ellos en un mismo Señor y en una misma fe. Cristo estaba presente con ellos de forma tan real como lo está con nosotros. Podían sostenerse como viendo al Invisible, y sólo así podemos nosotros sostenernos. Cristo fue "inmolado desde el principio del mundo", y por lo tanto resucitado desde el principio del mundo, de forma que todos los beneficios de su muerte y resurrección estuvieran al alcance de ellos, tanto como al nuestro. Y la liberación que Cristo estaba obrando en su favor era de la más absoluta realidad. Su esperanza consistía en la venida del Señor para la resurrección de los muertos, completando así la liberación, y nosotros tenemos la misma bienaventurada esperanza. Aprendamos, pues de los errores subsecuentes de ellos, y "retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio" (Heb. 3:14).

En lo sucesivo todo será más claro en nuestro camino, pues discerniremos cada paso en nuestro estudio como la forma en que Dios trata a su pueblo en el plan de la salvación, aprendiendo sobre su poder para salvar y para llevar adelante la obra de proclamar el evangelio. "Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza" (Rom. 15:4).

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