Capítulo 24

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 15 octubre, 1896


Vida recibida de Dios

Escuchad y vivid

Hacia el final de la peregrinación por el desierto, Moisés dijo al pueblo: "Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis, seáis multiplicados y entréis a poseer la tierra que Jehová prometió con juramento a vuestros padres. Te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová, tu Dios, estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Te afligió, te hizo pasar hambre y te sustentó con maná, comida que ni tú ni tus padres habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre" (Deut. 8:1-3).

"La palabra de Dios es viva, eficaz" (Heb. 4:12). Cristo dijo: "Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (Juan 6:63). Dijo mediante el profeta: "Inclinad vuestro oído y venid a mí; escuchad y vivirá vuestra alma" (Isa. 55:3). "De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán" (Juan 5:25). En los días en que los hijos de Israel estaban en el desierto, ese tiempo había llegado. Al darles el maná, el Señor les estaba enseñando que el hombre puede sólo vivir "de todo lo que sale de la boca de Jehová".

Observa bien esto. Dios los estaba probando mediante el maná para ver si andarían o no en su ley. Pero al mismo tiempo les estaba enseñando que la ley es vida. Jesús dijo: "Sé que su mandamiento es vida eterna" (Juan 12:50). Habían de guardar los mandamientos a fin de poder vivir, pero sólo podían guardarlos escuchándolos. La vida está en los mandamientos mismos, y no en la persona que procura guardarlos. No puede obtener la vida por sus propios esfuerzos, sin embargo ha de obtenerla a través de los mandamientos. La gracia reina mediante la justicia para vida eterna, mediante Jesucristo nuestro Señor. La razón es que la propia palabra es vida, y si la escuchamos atentamente seremos vivificados por ella. "¡Si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río y tu justicia como las olas del mar" (Isa. 48:18).

Jesús dijo: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mat. 19:17). Pero no es mediante nuestros esfuerzos por conformarnos a una cierta norma, ni midiéndonos a nosotros mismos por ella para ver qué progreso estamos haciendo, como obtenemos la justicia y la vida. Un camino como ese logra hacer fariseos, pero no cristianos. Abraham guardó todos los mandamientos de Dios, sin embargo no se había escrito ni un sólo renglón de los mismos. ¿Cómo lo hizo? Escuchando la voz de Dios, y confiando en él. Dios dio testimonio de que tenía la justicia de la fe.

De la misma forma en que había guiado a Abraham, Dios estaba conduciendo a los hijos de Israel. Les había hablado por los profetas, y por los milagros que había obrado al liberarlos de Egipto, les había mostrado su poder para obrar justicia en ellos. Si solamente hubieran escuchado su voz, y la hubieran creído, no habría habido dificultad alguna en cuanto a su justicia. Si sólo hubieran confiado en Dios, y no en ellos mismos, el Señor se habría encargado de la justicia y vida de ellos. "Oye, pueblo mío, y te amonestaré. ¡Si me oyeras, Israel! No habrá en ti dios ajeno ni te inclinarás a dios extraño. Yo soy Jehová tu Dios que te hice subir de la tierra de Egipto; abre tu boca y yo la llenaré" (Sal. 81:8-10). "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados" (Mat. 5:6). Al darles el maná, Dios quería enseñarles ese hecho, y en el relato escrito del mismo quiere que nosotros lo aprendamos. Estudiémoslo, pues, en mayor detalle.

Pan viviente

El apóstol Pablo nos dice de los hijos de Israel en el desierto, que "todos bebieron la misma bebida espiritual" (1 Cor. 10:4). Hemos leído ya las palabras del Señor cuando prometió darles alimento: "Mira, yo os haré llover pan del cielo" (Éx. 16:4). Él "mandó a las nubes de arriba, abrió las puertas de los cielos e hizo llover sobre ellos maná para que comieran, y les dio trigo de los cielos. Pan de nobles [ángeles] comió el hombre" (Sal. 78:23-25).

El alimento que debían comer no era el producto del país que estaban atravesando. De haber sido así, lo habrían poseído antes. Pero la Escritura nos dice que les llovió del cielo. Vino directamente de Dios. Era comida "espiritual", comida de ángeles. Lo que habría sido para ellos si hubieran creído, podemos verlo a partir del relato de otra ocasión en la que la multitud del pueblo fue milagrosamente alimentada en el desierto.

En el capítulo sexto de Juan tenemos el relato de otra provisión milagrosa de alimento a una multitud en el desierto. Se reunieron "como en número de cinco mil hombres", sin contar a las mujeres y los niños, y todo cuanto disponían para comer era cinco panes y dos peces. Uno de los discípulos afirmó que doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomara un poco. No es maravilla que Pedro exclamara: "Qué es esto para tantos?"

Pero Jesús "sabía lo que iba a hacer". Tomó en sus manos los panecillos y dio gracias, y entonces dio el pan a los discípulos, quienes los distribuyeron a la multitud. Lo mismo ocurrió con los peces. El resultado fue que a partir de aquella exigua cantidad que en condiciones ordinarias no habría alcanzado ni siquiera a permitir una degustación, quedaron todos satisfechos, sobrando doce cestas llenas. Había más comida al final, que cuando comenzaron.

¿De dónde vino ese pan? Hay sólo una respuesta posible: del Señor mismo. La vida divina que en él había, que es la fuente de toda vida, hizo que se multiplicara el pan, de la misma forma en que había hecho que creciera el grano del que estaba compuesto. La multitud, por lo tanto, comió de Cristo mismo. Era su propia vida la que alimentaba sus cuerpos aquel día. El milagro fue obrado con el propósito de satisfacer sus necesidades físicas inmediatas; pero tenía el objetivo de enseñarles una lección espiritual de la mayor importancia que Jesús expuso ante ellos al día siguiente.

Cuando la gente encontró a Jesús el siguiente día, él los reprendió por estar más preocupados por los panecillos y los peces que por la comida superior que él tenía para ellos. Les dijo: "trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, la cual os dará el Hijo del hombre, porque a este señaló Dios, el Padre". Le preguntaron entonces: "¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?", a lo que Jesús respondió: "Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel que él ha enviado" (Juan 6:27-29). Entonces, a pesar de todo lo que habían visto y experimentado, le pidieron una señal, diciendo: "¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos y te creamos? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: ‘Les dio a comer pan del cielo’" (vers. 30 y 31).

Jesús les recordó entonces que no fue Moisés quien les dio aquel pan en el desierto, sino que sólo Dios da el verdadero pan del cielo. Dijo: "El pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo". Incapaces todavía de comprender lo que significaban las palabras de Jesús, le pidieron poseer por siempre ese pan de vida, momento en el que les declaró claramente que él mismo era el pan viviente: "Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás". Y más tarde añadió: "De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí tiene vida eterna. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y aún así murieron. Este es el pan que desciende del cielo para que no muera quien coma de él. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo" (vers. 32-51).

De igual manera en que la multitud comió aquel pan que procedía del Señor Jesús, resultando fortalecida por él, podía, si hubiera creído, haber recibido vida espiritual de él. Su vida es justicia, y todo el que come de él con fe, recibe esa justicia. Como el Israel de antiguo, estaban comiendo pan del cielo, y como aquellos, no lo apreciaron hasta el punto de recibir el pleno beneficio que encerraba.

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