Capítulo 25

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 22 octubre, 1896


Vida en la Palabra

A los judíos les resultó difícil creer las palabras de Cristo de que él se daría a sí mismo para que lo comieran. Se dijeron: "¿Cómo puede darnos a comer su carne?" Jesús les repitió la declaración de forma aún más enfática, y añadió: "El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son vida".

Si cada uno de los presentes hubiera podido comer la carne de Cristo, quien se encontraba ante ellos, y la carne que comían hubiese podido ser reemplazada por otra nueva, de forma que hubieran continuado comiendo de él hasta llenar sus estómagos y asimilar esa carne, no habrían recibido beneficio permanente alguno en ello. No les habría significado ningún bien espiritual. Algo así es en realidad lo que habían estado haciendo cuando comieron del pan que procedía de la vida que había en su cuerpo; pero no obtuvieron provecho de ello. Así, de ser cierta la pretensión católica según la cual los sacerdotes tienen el poder de transformar el pan en la auténtica carne de Cristo, no habría en ello provecho alguno. La persona la puede comer, y seguir siendo tan impía como antes. "La carne para nada aprovecha. Las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son vida" (Juan 6:63).

"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos; y todo el ejército de ellos, por el aliento de su boca" (Sal. 33:6). El Señor habló y dijo: "’Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol que dé fruto según su especie, cuya semilla esté en él, sobre la tierra’. Y fue así" (Gén. 1:11). La vida de cualquier planta no es más que la manifestación de la vida de la palabra del Señor. La vida que había en su palabra hizo que el grano creciera al principio, y esa misma vida lo ha hecho siempre crecer desde entonces. Por lo tanto, todo el alimento del que dispone el ser humano para comer es el que procede de la palabra de Dios. No podemos ver la vida en un grano de trigo, pero cuando comemos el pan que deriva de él, experimentamos esa vida. La fuerza física que obtenemos de los alimentos no es otra cosa que la palabra de Dios puesta en acción. Si no reconocemos a Dios en eso, obtenemos solamente fortaleza física; pero si vemos y reconocemos a Dios en todo, recibimos su vida de justicia. Dice el Señor: "Reconócelo en todos tus caminos y él hará derechas tus veredas" (Prov. 3:6).

Cuando Dios dirige nuestros pasos, nuestros caminos serán derechos; ya que "en cuanto a Dios, perfecto es su camino" (Sal. 18:30). La multitud que comió los panes en el desierto no creía en el Señor, no reconoció su vida, y por consiguiente no obtuvieron vida espiritual en ello. Así sucedió también a los hijos de Israel en el desierto. "No le habían creído ni habían confiado en su salvación. Sin embargo, mandó a las nubes de arriba, abrió las puertas de los cielos e hizo llover sobre ellos maná para que comieran, y les dio trigo de los cielos" (Sal. 78:22-24). Así, aunque estaban realmente alimentándose de la vida de Cristo, no recibieron vida espiritual debido a su ciega incredulidad. En la dádiva del maná, Dios les estaba dando la misma lección que Cristo dio a la multitud en el desierto: que su palabra es vida, y que "no sólo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre" (Deut. 8:3).

En el maná estaba la prueba de su lealtad a la ley de Dios, y especialmente al sábado como sello de esa ley. Pero en el maná estaban recibiendo a Cristo, si es que se hubieran dado cuenta de ello. Por lo tanto, aprendemos que si permitimos que Cristo more en nuestros corazones por la fe en su palabra –no algunas palabras, sino toda palabra-, traerá a nuestras vidas la obediencia a toda la ley, incluyendo el sábado. Nuestras vidas necesitan toda palabra que sale de la boca de Dios.

Para los cristianos es una costumbre dar las gracias al comer. Hay una razón igual de sólida para dar gracias cuando bebemos, o cuando recibimos cualquier otra de las bendiciones de Dios. "Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús" (1 Tes. 5:18). El problema es que dar las gracias se convierte demasiado a menudo en una mera forma. Frecuentemente se lo practica por costumbre, y no sale del corazón. ¿Qué significa realmente? Significa que nuestra comida y bebida, así como todo lo necesario para nuestra vida, procede de Dios. Es todo ello una manifestación de su amor hacia nosotros. Pero dado que "Dios es amor", la manifestación de su amor no es más que la manifestación de su vida. Al participar de las bendiciones de su amor, estamos realmente participando de él. Si reconocemos continuamente eso, sea que comamos, o bebamos, o hagamos cualquier otra cosa, todo será para gloria de Dios. Estaremos viviendo como en su presencia inmediata. Sabiendo que su vida es justicia, y que su palabra es su vida, nuestras gracias por la comida vendrán a ser gracias por su palabra.

¿No podemos ver que una vida tal será por necesidad una vida de rectitud? En nuestro alimento cotidiano debiéramos estar alimentándonos de Cristo, y en ello de su justicia. Eso es lo que Dios desea que aprendamos del relato del envío del maná. Para ellos significó la vida, y si hubieran reconocido a Cristo en él, su vida habría venido a ser la justicia de la ley. Pero nuestro alimento cotidiano procede de Dios tanto como sucedía con el maná. Ojalá que aprendamos la lección que ellos descuidaron.

Una lección de igualdad

En el relato del envío del maná encontramos expresiones como esta: "cada uno recogió conforme a lo que había de comer". Se les instruyó a que recogieran según las personas que había en sus respectivas tiendas. Y "los hijos de Israel lo hicieron así, y recogieron unos más, otros menos. Lo medían por gomer, y no sobró al que había recogido mucho, ni faltó al que había recogido poco" (Éx. 16:17 y 18).

Hay en esto algo maravilloso. Se diría que hay en ello un milagro, y en cierto sentido lo había; pero el milagro no consistía en que la cantidad recogida por uno se encogiera de repente hasta dar la medida, y la escasa cantidad recogida por otro se expandiera en correspondencia de forma misteriosa. El apóstol Pablo nos ayuda a comprenderlo. Escribiendo a los hermanos en Corinto, en relación con la dadivosidad, afirmó: "No digo esto para que haya para otros holgura y para vosotros escasez, sino para que en este momento, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: ‘El que recogió mucho no tuvo más y el que poco, no tuvo menos’" (2 Cor. 8:13-15).

El milagro consistió en el milagro de la gracia de Dios en la dadivosidad. El que había recogido mucho no tuvo más, porque lo repartió con aquel que recogió menos, o con aquel que no pudo recoger nada. De esa forma, el que había recogido poco, "no tuvo menos" de lo que necesitaba. Vemos así que allí en el desierto se puso en acción el mismo principio que animó a la iglesia tras Pentecostés. "La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma. Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado" (Hech. 4:32-34).

Hablamos mucho de las faltas de los Israelitas de antiguo; no estará de más considerar alguna vez la otra parte. De entre todas sus faltas, no había ninguna que no fuese común al resto de la humanidad. No eran peores que las personas en general, y en algunas ocasiones escalaron las cimas de la fe y la confianza hasta alturas que muy rara vez se suelen alcanzar. No hemos de suponer que conservaran siempre esa generosidad, o que faltara entre ellos el codicioso. Lo mismo cabe decir de la iglesia cuya historia relata Hechos de los apóstoles. Nos basta con saber lo que hicieron, al menos parte del tiempo, y con saber que Dios lo aprobó. Dios les dio pan en abundancia. La parte de ellos era simplemente recogerlo. Por lo tanto, no había razón alguna por la que no debieran compartirlo con sus hermanos necesitados. Verdaderamente, visto desde nuestra perspectiva, compartir parecería la cosa más natural.

Pero nuestra condición es idéntica a la de ellos. Nada tenemos que no hayamos recibido del Señor. Él nos lo da, y lo máximo que podemos hacer es recoger su bendición. Por lo tanto, no debiéramos considerar ninguna de nuestras posesiones como propias, sino como aquello que él nos confía. Pero observa que eso en nada se parece a los esquemas del comunismo. No se trataba de dividir la propiedad por leyes, sino de la dádiva cotidiana del poderoso al débil. Nadie hacía acopio para el futuro, dejando a otros destituidos de la provisión para el día, sino que confiaban en Dios para su pan cotidiano.

Ese tipo de sistema no puede ser logrado por ningún plan humano. Es el resultado de tener el amor de Dios en el corazón. "El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?" (1 Juan 3:17). "Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre siendo rico, para que vosotros con su pobreza fuerais enriquecidos" (2 Cor. 8:9). Esa gracia y ese amor caracterizan al verdadero Israel.

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