Capítulo 27

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 5 noviembre, 1896


Una lección práctica

Dios nos trata como a sus hijos, y nos enseña mediante lecciones prácticas. Mediante las cosas visibles, nos enseña aquello que el ojo del mortal no puede ver. Así, en el agua que surgió de la roca, y en la sangre y agua que manaron del costado herido de Cristo, aprendemos la realidad de la vida que Cristo da a quienes creen en él. Las cosas espirituales no son imaginarias, sino reales. Los hijos de Israel en el desierto podían saber que el agua que vivificaba sus cuerpos provenía directamente de Cristo, y a partir de eso podían saber que es Cristo quien realmente da la vida. No podían saber cómo, ni había necesidad de ello. Bastaba con que conocieran el hecho.

Si creemos la Palabra, podemos saber que bebemos tan directamente de Cristo como hicieron los israelitas en el desierto. Cristo hizo los cielos, la tierra y el mar, y las fuentes de las aguas. "Todas las cosas en él subsisten" (Col. 1:17). El agua que bebemos, que surge de la tierra, proviene tan ciertamente de Cristo como aquella que brotó de la roca en Horeb. "Él pone en depósitos los abismos" (Sal. 33:7).

Las personas se refieren al agua de la tierra como a un "producto natural", implicando casi que existe por ella misma. La lluvia que cae y el manantial, suelen ser considerados como "fenómenos naturales". Es terminología que se emplea inconscientemente, pero está calculada para evitar dar la gloria a Dios. Observa el curso de un manantial fresco y puro, desde su origen en las cimas de las montañas. Siempre está cambiando, y sin embargo es siempre el mismo. Es incesante en su fluir, ¿por qué no se agota? ¿Hay un depósito de capacidad infinita en el corazón de la tierra, que hace que el manantial brote continuamente, sin disminuir nunca su caudal? ¿No hay acaso algo maravilloso en ese fluir constante? ‘Oh, no’, dice el que se cree instruido, ‘se trata de algo simple: el agua que se evapora de la tierra asciende para formar las nubes, y estas descargan la lluvia, que es la que mantiene el flujo constante’. Pero ¿quién causa la lluvia? "Jehová es el Dios verdadero: él es el Dios vivo y el Rey eterno... a su voz se produce un tumulto de aguas en el cielo; él hace subir las nubes del extremo de la tierra" (Jer. 10:10-13). Él es el Dios vivo, y las acciones de la "naturaleza" no son sino manifestaciones de su incesante actividad.

Sin duda los israelitas en el desierto dejaron pronto de considerar el manantial de agua que surgió de la roca como algo milagroso. Es probable que muchos no dedicaran nunca un pensamiento al hecho, excepto para constatar que era útil para saciar su sed. Pero en su brotar año tras año, familiarizados como estaban con el hecho, debió venir a menos la maravilla, hasta desaparecer toda expectación. Les nacieron hijos, para quienes era como si siempre hubiera existido; para ellos debió ser algo así como una "causa natural", algo no muy distinto a cualquier manantial de los que hoy podemos contemplar surgiendo de la tierra. De esa forma, la Gran Fuente quedó en el olvido, como también sucede hoy.

Puedes estar seguro de que aquellos que lo atribuyen todo a "la naturaleza", y que no reconocen ni glorifican a Dios como la fuente inmediata de todo don terrenal, harían lo mismo en el cielo, si es que se los admitiera allí. Para ellos, el río de agua viva que fluye eternamente del trono de Dios, no sería más que otro "fenómeno de la naturaleza". No habiendo visto cuándo comenzó a brotar, lo verían como un hecho ordinario, no dando la gloria a Dios por él. Aquel que no reconoce a Dios en sus obras en este mundo, sería igual de despectivo hacia él en la tierra nueva. La alabanza a Dios que procederá de los labios de los redimidos en la eternidad no será sino la plenitud del coro cuyas primeras estrofas ensayaron ya en esta tierra.

Reconociendo a Dios

"Reconócelo en todos tus caminos y él hará derechas tus veredas" (Prov. 3:6). Cuando Dios dirige los caminos de un hombre, estos son siempre perfectos, como los propios caminos de Dios. "¿Quién es el hombre que teme a Jehová? Él le enseñará el camino que ha de escoger" (Sal. 25:12). Aquel que ve y reconoce a Dios en todas sus obras, y que da gracias en todo, vivirá una vida de rectitud.

Considera el don del agua que tan continuamente empleamos. Si tan pronto como necesitáramos agua pensáramos en Dios como el proveedor de ella, y tan pronto como la viésemos o usáramos pensásemos en Cristo como el dador del agua de vida, y recordásemos que en ese agua recibimos su propia vida, ¿cuál sería el resultado? Simplemente este: que nuestras vidas estarían continuamente bajo su dirección y cuidado. Reconociendo que nuestra vida procede de él, reconoceríamos que sólo él tiene el derecho a disponer de ella, y le permitiríamos que viviera su propia vida en nosotros. De esa forma estaríamos bebiendo en justicia. La verdad brotaría para nosotros de la tierra, y la justicia miraría desde los cielos (Sal. 85:11). Hasta de los propios cielos nos llovería la justicia (Isa. 45:8).

Ese reconocimiento de Dios en todos nuestros caminos evitaría que cayéramos en el orgullo egoísta, y nos libraría de poner la confianza en "nuestras propias habilidades". Daríamos siempre oído a las palabras: "¿Quién te hace superior? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?" (1 Cor. 4:7). Nos mantendría en el camino correcto, ya que la promesa es: "Encaminará a los humildes en la justicia y enseñará a los mansos su carrera" (Sal. 25:9). En lugar de nuestra propia sabiduría, que es debilidad y necedad, debiera guiarnos la sabiduría de Dios.

Aprendemos la misma verdad analizando el extremo opuesto. El hombre se vuelve un pagano y se degrada, simplemente al no reconocer a Dios tal como se revela en "las cosas hechas". No hay excusa para las densas tinieblas en las que se sumieron, "ya que, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias. Al contrario, se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. Pretendiendo ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles". "Como ellos no quisieron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente depravada [carente de juicio], para hacer cosas que no deben. Están atestados de toda injusticia..." (Rom. 1:21-23; 28 y 29).

Así sucedió a los israelitas, a quienes fue permitido presenciar algunas de las maravillosas obras de Dios, pero sin que lo reconocieran en ellas. "Entonces hicieron un becerro, ofrecieron sacrificio al ídolo y en las obras de sus manos se regocijaron" (Hech. 7:41). "Así cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba. Olvidaron al Dios de su salvación, que había hecho grandezas en Egipto, maravillas en la tierra de Cam, cosas formidables en el Mar Rojo" (Sal. 106:20-22).

Pero no tenía por qué haber sucedido así; como tampoco hoy. Dios estaba conduciendo a los hijos de Israel para plantarlos en el monte de su heredad, en el lugar que él había establecido como morada para sí mismo, en el santuario que sus manos habían establecido; y mientras se encontraban de camino hacia allí, les haría participar de las delicias de ese lugar. Así, les dio agua directamente de sí mismo a fin de mostrarles que por la fe podían, incluso entonces, acercarse a su trono y beber del agua de vida que procede de él.

La misma lección se aplica a nosotros. Dios no desea que esperemos hasta que nos sea concedida la inmortalidad, antes de poder participar de los goces de la ciudad celestial. Gracias a la sangre de Cristo podemos acercarnos confiadamente hasta el lugar santísimo de su santuario. Se nos anima a acercarnos con decisión a su trono de gracia, para hallar misericordia. Su gracia, su favor, es vida, y fluye como río de agua viva. Puesto que se nos permite acceder al trono de Dios, de donde mana el río de agua viva, nada impedirá que bebamos de él, especialmente teniendo en cuenta que nos lo ofrece de forma gratuita (Apoc. 22:17).

"¡Bienaventurados los que habitan en tu casa; perpetuamente te alabarán!" (Sal. 84:4). Mediante las cosas que vemos, aprendemos acerca de lo invisible. Si contemplamos y reconocemos a Dios en sus obras y en todos nuestros caminos, ciertamente aún en esta tierra estaremos morando en la inmediata presencia de Dios, y estaremos alabándolo continuamente tal como hacen los ángeles en el cielo.

"Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes, para anunciar que Jehová, mi fortaleza, es recto y que en él no hay injusticia" (Sal. 92:13-15). "¡Cuán preciosa, Dios, es tu misericordia! ¡Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas! Serán completamente saciados de la grosura de tu Casa y tú les darás de beber del torrente de tus delicias, porque contigo está el manantial de la vida; y en tu luz veremos la luz" (Sal. 36:7-9).

El Edén aquí, ahora

Observa la expresión: "les darás de beber del torrente de tus delicias". La palabra hebrea traducida por "delicias" es Edén. Significa placer, o delicia. El jardín de Edén es el jardín de la delicia. Así, el texto dice realmente que los que hacen su morada con Dios, andando bajo la sombra del Omnipotente, serán abundantemente satisfechos con la abundancia de su Casa, y beberán del río del Edén, que es el río de aguas vivas de Dios.

Esa es la porción del creyente, ya ahora; y podemos saberlo con la misma seguridad con la que sabemos que los israelitas bebieron agua de la roca, o que estamos viviendo diariamente por las bondades de su mano extendida. Ahora podemos por la fe refrescar nuestras almas bebiendo del río de aguas vivas, y comiendo del "maná escondido" (Apoc. 2:17). Podemos comer y beber justicia, comiendo y bebiendo la carne y sangre del Hijo de Dios.

"Después me mostró un río limpio, de agua de vida, resplandeciente como cristal, que fluía del trono de Dios y del Cordero" (Apoc. 22:1).

Ríos de agua viva

Dios bendice a las personas a fin de que sean a su vez una bendición para otros. Dios dijo a Abraham: "Te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás bendición" (Gén. 12:2). Así ha de suceder también con todos sus descendientes. Por lo tanto, leemos las palabras de Cristo, que se pueden cumplir para nosotros hoy y cada día, con tal que las creamos:

"Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él" (Juan 7:37-39).

Así como Cristo era el templo de Dios, y su corazón el trono de Dios, también nosotros somos templo de Dios, a fin de que él more en nosotros. Pero Dios no puede quedar confinado. No es posible sellar herméticamente al Espíritu Santo en el corazón. Si es que está allí, su gloria se verá brillar. Si el agua de vida corre por el alma, fluirá hacia los demás. Tal como Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo, así también hace morada en sus verdaderos creyentes, poniendo en ellos la palabra de la reconciliación, haciéndolos sus representantes en nombre de Cristo, a fin de reconciliar a los hombres con él. A sus hijos adoptivos corresponde el maravilloso privilegio de participar en la obra de su Hijo unigénito. Como él, también ellos vienen a ser ministros del Espíritu; no simplemente ministros enviados por el Espíritu, sino aquellos que han de ministrar el Espíritu. Así, al venir a constituirnos en moradas para Dios, a fin de reproducir nuevamente a Cristo ante el mundo, de nosotros manarán corrientes vivas que refrescarán al débil y cansado, revelando el cielo a la tierra.

Esa es la lección que Dios quería que aprendieran los israelitas en las aguas de Meriba, y la que procura con toda paciencia enseñarnos a nosotros, incluso a pesar de que, como ellos, hemos murmurado y nos hemos rebelado. ¿No aprenderemos ahora la lección? "¡Bienaventurado el pueblo que tiene todo esto! ¡Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová!" (Sal. 144:15).

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