Capítulo 36

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 7 enero, 1897


Vanagloria y derrota

"Tú por la fe estás en pie" (Rom. 11:20)
"Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga" (1 Cor. 10:12)

No hay momento de mayor peligro para una persona, que cuando acaba de lograr algún gran éxito o victoria. Si no está bien en guardia, su bella canción de agradecimiento acabará en un coro de vanagloriosa adulación del "yo". Comenzando por reconocer el poder de Dios, y alabando y dando gracias por él, el hombre va colocándose insensiblemente en el lugar de Dios, y asume que su propia sabiduría y fortaleza le propició el éxito y la victoria. Se expone así al ataque en un momento en el que va a ser seguramente vencido, dado que se separó de la fuente de poder. Sólo en el Señor Jehová hay fortaleza perdurable.

"Después Josué envió unos hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén, hacia el oriente de Bet-el, y les dijo: ‘Subid a reconocer la tierra’. Ellos subieron y reconocieron a Hai. Al volver, dijeron a Josué: ‘Que no suba todo el pueblo; dos mil o tres mil hombres tomarán a Hai. No fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos’. Subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai. Los de Hai les mataron a unos treinta y seis hombres, los persiguieron desde la puerta hasta Sebarim y los derrotaron en la bajada, por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y se volvió como el agua" (Josué 7:2-5).

Nadie está exento

La historia de Jericó y Hay es réplica suficiente a quienes repiten con tanta seguridad como si lo dijesen las propias Escrituras: ‘Una vez salvos, siempre salvos’, implicando con ello que una vez que alguien camina en el temor de Dios, es inmune a la caída espiritual. No puede haber duda alguna en cuanto a que los hijos de Israel confiaron plena y realmente en el Señor cuando cruzaron el Jordán y en la toma de Jericó. El propio Dios dio testimonio de que tenían la justicia por la fe, y su palabra declara que lograron una gloriosa victoria por la fe. No obstante, no pasaron muchos días antes que sufrieran una seria derrota. Fue el comienzo de la apostasía. Aunque el Señor obró con posterioridad muchas maravillas en su favor, y se mostró siempre dispuesto a realizar todo lo que la fe de ellos hiciera posible, el grueso del pueblo de Israel nunca volvió a estar perfectamente unido en pelear "la buena batalla de la fe" (1 Tim. 6:12). Sólo durante un breve período, tras el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, fue la multitud de los que habían creído "de un corazón y un alma" (Hech. 4:32). Pero es algo tan seguro como la promesa de Dios, que su pueblo en esta tierra ha de volver a dar testimonio de esa misma unión en poder y perfecta fe.

La causa de la derrota

Cuando Israel subió contra Hai, había pecado en el campamento, y esa fue la causa de su derrota. Sufrió todo el pueblo, no sólo debido al pecado de Acán, sino a que todos ellos habían pecado. "Aquel cuya alma no es recta se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá" (Hab. 2:4). Sea que fueran cegados por "el engaño del pecado" (Heb. 3:13) y se exaltaran en sus mentes, o bien que fuera su exaltación propia la que les llevara al pecado, poco importa; la cuestión es que el pueblo había cedido al pecado y había dado lugar a la confianza propia, que es en sí misma pecado. Sufrieron la derrota debido al pecado. Mientras éste ocupara un lugar en sus corazones no podrían continuar con la conquista de la tierra; y eso prueba una vez más que la herencia prometida a la que Dios les estaba conduciendo tenía una naturaleza tal que solamente gente justa podía poseerla, gente que tuviese la justicia de la fe.

Los hombres que fueron enviados a reconocer el país hicieron creer al pueblo que un ejército reducido podría fácilmente capturar Hai, puesto que era una ciudad pequeña. Pero su suposición era infundada. Es cierto que Hai era menor que Jericó, pero en la toma de una ciudad no tiene mucha importancia el número. "Por la fe cayeron los muros de Jericó", y si los israelitas hubiesen sido sólo la mitad, o la décima parte de los que fueron, el resultado habría sido el mismo. La toma de Hai requería el mismo poder que la toma de Jericó, es decir, el poder de Dios recibido por la fe. Cuando los enviados manifestaron que unos pocos miles de hombres bastarían para tomar Hai, estaban asumiendo que era su destreza militar la que iba a asegurarles aquella tierra. Pero eso era un grave error. Dios había prometido darles la tierra, y sólo era posible que la obtuvieran como un don. El ejército más poderoso que este mundo haya podido ver, pertrechado con las armas más poderosas, no podría tomarla, mientras que unos pocos hombres desarmados, poderosos en fe y dando la gloria a Dios, la podían haber poseído con facilidad. La fuerza que emplea el reino de los cielos no es la fuerza de las armas.

Los planes de Dios no conocen la derrota

Otra cosa que aprendemos de la historia de Hai es que no era el propósito de Dios que su pueblo sufriera jamás la derrota, ni que perdiera la vida un solo hombre en la ocupación de la tierra. En un conflicto bélico ordinario no se consideraría una gran pérdida la de treinta y seis soldados, con tal que el ataque resultara exitoso; pero en la toma de posesión de la tierra de Canaán constituía un terrible revés. La promesa era: "Yo os he entregado... todos los lugares que pisen las plantas de vuestros pies", y "nadie podrá hacerte frente en todos los días de tu vida" (Josué 1:3 y 5), pero ahora se habían visto obligados a huir, y con pérdida de vidas humanas. Quedaba anulada la influencia que debió tener el cruce del Jordán y la toma de Jericó para impresionar e intimidar a los paganos. Confiando en sus propias fuerzas, los israelitas habían perdido el poder de la presencia de Dios, y habían dado pública expresión de su debilidad.

Los medios de defensa

Era totalmente contrario al plan de Dios que uno solo de los israelitas perdiera su vida en la toma de posesión de la tierra prometida, como muestra el hecho -que bien podemos señalar en este punto- de que Dios no había dispuesto que luchasen para la posesión de aquella herencia prometida. Hemos visto ya que ni los números ni las armas tuvieron relación alguna con la toma de Jericó, y que cuando dependieron de sus armas, la fuerza que en un conflicto bélico ordinario se habría considerado ampliamente suficiente, no lo fue en absoluto. Recuerda igualmente la maravillosa liberación de Egipto, y la derrota de todo el ejército de Faraón sin que se levantara una sola arma ni se hiciera uso del poder humano, y cómo Dios condujo a su pueblo por el camino más largo y difícil a fin de evitarles la guerra (Éx. 13:18), y lee la siguiente promesa: "Si dices en tu corazón: ‘Estas naciones son mucho más numerosas que yo, ¿cómo las podré exterminar?, no les tengas temor. Acuérdate bien de lo que hizo Jehová, tu Dios, con el faraón y con todo Egipto, de las grandes pruebas que vieron tus ojos, de las señales y milagros, de la mano poderosa y el brazo extendido con que Jehová, tu Dios, te sacó. Así hará Jehová, tu Dios, con todos los pueblos en cuya presencia tú temes. También enviará Jehová, tu Dios, avispas contra ellos, hasta que perezcan los que queden y los que se hayan escondido de tu presencia. No desmayes delante de ellos, porque Jehová, tu Dios, está en medio de ti, Dios grande y temible" (Deut. 7:17-21).

Tal como hizo el Señor con el faraón y con todo Egipto, prometió igualmente hacer con todos los enemigos que se opusieran al progreso de los israelitas en la tierra prometida. Pero los israelitas no asestaron un solo golpe para consumar su liberación de Egipto ni para vencer a todo su ejército. Cuando Moisés, cuarenta años antes, había intentado llevar a cabo la liberación por la fuerza física, experimentó el fracaso más sonado, y fue obligado a huir bajo el oprobio. Fue sólo cuando conoció el evangelio como poder de Dios para salvación, cuando fue capaz de conducir al pueblo, sin temor alguno a la ira del rey. Eso es prueba concluyente de que Dios dispuso que no hubiesen de luchar para poseer la tierra; y si no luchaban, está claro que tampoco habría pérdida de vidas humanas en batalla. Lee más acerca de la forma en que Dios dispuso que les daría la tierra:

"Yo enviaré mi terror delante de ti; turbaré a todos los pueblos donde entres y haré que todos tus enemigos huyan delante de ti. Enviaré delante de ti la avispa, que eche delante de tu presencia al heveo, al cananeo y al heteo. No los expulsaré de tu presencia en un año, para que no quede la tierra desierta ni se multipliquen contra ti las fieras del campo. Poco a poco los echaré de tu presencia, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra" (Éx. 23:27-30).

Cuando Jacob, años antes, habitó en aquella misma tierra junto a su familia, "el terror de Dios cayó sobre las ciudades de sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob" (Gén. 35:5). "Cuando ellos eran pocos en número y forasteros en ella, y andaban de nación en nación, de un reino a otro pueblo, no consintió que nadie los agraviara, y por causa de ellos castigó a los reyes. No toquéis –dijo- a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas’" (Sal. 105:12-15). Ese mismo poder habría de llevarlos a la tierra, dándoles rápidamente una herencia eterna allí, ya que con posterioridad, el Señor, lamentando la incredulidad de ellos, exclamó:

"’¡Si me hubiera oído mi pueblo! ¡Si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos y habría vuelto mi mano contra sus adversarios’. Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido y el tiempo de ellos sería para siempre" (Sal. 81:13-15).

Por qué lucharon

‘Pero los hijos de Israel lucharon durante toda su existencia nacional, y también bajo la dirección de Dios’, -es la objeción que hacen muchos. Y es cierto, pero eso no prueba en absoluto que fuera el propósito de Dios el que hubieran de luchar. No hay que olvidar que "el entendimiento de ellos se embotó" (2 Cor. 3:14) por la incredulidad, de forma que no fueron capaces de percibir el propósito de Dios para ellos. No captaron las realidades espirituales del reino de Dios, sino que, al contrario, se conformaron con las sombras; y el mismo Dios que sobrellevó su dureza de corazón al principio, y que hizo todo lo posible para instruirles mediante las sombras, cuando no quisieron tener la sustancia, continuó a su lado, lleno de compasión hacia las enfermedades de su pueblo. Dios les permitió, por la dureza de su corazón, el que tuvieran varias mujeres, y hasta dio leyes para regular la poligamia, pero eso no prueba que tal fuera el deseo de Dios para ellos. Sabemos bien que "en el principio no fue así". Por lo tanto, cuando Jesús prohibió a sus seguidores el luchar por la causa que fuera, no estaba introduciendo nada nuevo; no más que cuando enseñó que un hombre había de tener una sola mujer, y debía serle fiel por tanto tiempo como ambos viviesen. Estaba simplemente enunciando principios antiguos, estaba predicando una verdadera reforma.

Ejecutar el juicio decretado

Una cosa, sin embargo, que nunca debieran perder de vista los que se sienten inclinados a justificar las guerras –de defensa o de conquista- por las órdenes que Dios dio a los israelitas, es el hecho de que Dios nunca les ordenó que destruyeran a nadie cuya copa de iniquidad no estuviera llena, y que no hubiera rechazado irrevocablemente el camino de la justicia. Al final de este mundo, cuando llegue el momento en que los santos hayan de poseer el reino, será dado el juicio a los santos del Altísimo (Dan. 7:22), y los santos juzgarán no sólo al mundo, sino también a los ángeles (1 Cor. 6:2 y 3). Participarán asimismo en la ejecución del juicio como coherederos con Cristo, ya que leemos:

"Regocíjense los santos por su gloria y canten aun sobre sus camas. Exalten a Dios con sus gargantas y con espadas de dos filos en sus manos, para ejecutar venganza entre las naciones, castigo entre los pueblos; para aprisionar a sus reyes con grillos y a sus nobles con cadenas de hierro; para ejecutar en ellos el juicio decretado. Gloria será esto para todos sus santos" (Sal. 149:5-9).

Dado que Cristo en su reino asocia consigo a su pueblo, haciéndolos reyes y sacerdotes, no hay inconsistencia alguna en que sus santos, en unión con él, y bajo su autoridad directa, ejecuten justo juicio sobre los malvados incorregibles. Así, cuando consideramos que la liberación de Egipto fue el principio del final, y que Dios se proponía entonces entregar a su pueblo el mismo reino que nos promete ahora a nosotros, y al que Cristo llamará a sus benditos cuando regrese, podemos bien comprender que un pueblo justo pudo ser entonces agente de la justicia divina, como también lo será en el futuro. Pero no se trata de una guerra de conquista, ni siquiera para la posesión de la tierra prometida, sino de la ejecución de un juicio. Es preciso recordar que Dios mismo da personalmente instrucciones cuando hay que ejecutar ese juicio, y no deja a los hombres para que actúen según su mejor parecer. Por cierto que sólo los que estén ellos mismos sin pecado pueden ejecutar juicio sobre los pecadores.

La guerra no es un éxito

Conviene recordar aún una cosa en relación con la cuestión de la lucha y la posesión de la tierra de Canaán, la herencia prometida, y es que los hijos de Israel no la obtuvieron con todo su luchar. Permanece para nosotros la misma promesa que se les hizo a ellos: "Si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día" (Heb. 4:1, 8). La razón por la que no lo obtuvieron fue su incredulidad, y esa es también la razón por la que lucharon. Si hubieran creído al Señor, le hubieran permitido que limpiara la tierra de sus totalmente depravados habitantes, de la forma en que él había previsto. Mientras tanto, ellos no habrían permanecido ociosos, sino que habrían estado entregados a la obra de fe que Dios les asignó, y que ha de el ser objeto de nuestro próximo estudio.

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