Capítulo 40

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 4 febrero, 1897


"Otro día" (I)

"Si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios" (Heb. 4:8 y 9).

Hemos visto que, si bien no faltó ni una sola de las palabras que Dios prometió a Israel, "de nada les sirvió haber oído la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron" (Heb. 4:2), y que mucho tiempo después que el Señor les diera reposo presentó ante ellos, por medio de Josué, las condiciones bajo las cuales podrían disfrutar de la herencia.

El reino del Señor

Dejando atrás un período de más de cuatrocientos años durante el cual la historia de los hijos de Israel es un relato de apostasía, arrepentimiento y apostasía de nuevo, llegamos al tiempo de David, durante el cual el reino de Israel alcanzó su máximo poder. Aunque al pedir rey los hijos de Israel habían rechazado a Dios, él no los rechazó a ellos. No era la voluntad de Dios que Israel tuviera otro rey que no fuera él mismo, pero no se conformaron con andar por la fe, teniendo un rey a quien no podían ver. A pesar de todo, el reino seguía siendo del Señor, y por lo tanto ejercía su derecho a elegir los gobernantes.

Otro tanto sucede en todo el mundo. "De Jehová es la tierra y su plenitud" (Sal. 24:1). "Su reino domina sobre todos" (Sal. 103:19). En el mundo Dios no es reconocido como Rey, y hay jactancia orgullosa en los gobiernos. Sin embargo, "el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere". Jehová "quita reyes y pone reyes" (Dan. 4:32; 2:21). "No hay autoridad que no provenga de Dios" (Rom. 13:1). Esa es la razón por la que "toda persona [ha de someterse] a las autoridades superiores", y es evidencia de que el reino de Dios abarca a toda la tierra, incluso aunque los gobernantes a quienes permite por un tiempo que imaginen llevar las riendas se dispongan en contra de él.

Extranjeros y advenedizos en tiempo de David

Así, cuando en la providencia de Dios, David pasó a ocupar el trono de Israel, "después que Jehová le había dado paz con todos sus enemigos de alrededor" (2 Sam. 7:1), puso en su corazón el edificar un templo al Señor. El profeta Natán, hablando sus propias palabras, le dijo en un principio: "Anda, y haz todo lo que está en tu corazón", pero después recibió palabra del Señor, y comunicó a David que no debía edificarle templo. Por ese tiempo el Señor dijo a David:

"Yo fijaré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré allí, para que habite en él y nunca más sea removido, ni los inicuos lo aflijan más, como antes, en el tiempo en que puse jueces sobre mi pueblo Israel; y a ti te haré descansar de todos tus enemigos. Asimismo Jehová te hace saber que él te edificará una casa" (2 Sam. 7:10 y 11).

El pueblo de Israel, por lo tanto, no había obtenido aún el reposo y la herencia. David era un rey poderoso, y tenía un "nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra", sin embargo, cuando legó el reino a su hijo Salomón, con todo el material para la edificación del templo, dijo en su oración a Dios: "Nosotros, extranjeros y advenedizos somos delante de ti, como todos nuestros padres; y nuestros días sobre la tierra, cual sombra que no dura" (1 Crón. 29:15).

En el tiempo en que el reino de Israel era tan grande y poderoso como no lo fue nunca en esta tierra, el rey afirmó ser él mismo tan extranjero y advenedizo en la tierra, como lo fue Abraham, quien no recibió "herencia en ella ni aun para asentar un pie" (Hech. 7:5). David en su casa de cedro, como Abraham, Isaac y Jacob, quienes moraron en tiendas, "habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena" (Heb. 11:9). No sólo de Abraham, Isaac y Jacob, sino también de Gedeón, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, junto a muchos otros, se dice que "ninguno de ellos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, recibió lo prometido" (Heb. 11:32-39). ¿Qué mejor evidencia podría existir de que la herencia que Dios prometió a Abraham y a su descendencia nunca consistió en una posesión temporal perteneciente al "presente siglo malo"?

La Jerusalén temporal significa esclavitud

Puesto que el gran rey David, en el cenit de su poder, no había recibido la promesa, ¿que suposición podría ser más disparatada que la de que pudiera cumplirse la promesa de restaurar a Israel a su propia tierra en términos del retorno de los judíos a la vieja Jerusalén? Los que fundan sus esperanzas en "la Jerusalén actual" están perdiendo todas las bendiciones del evangelio. "No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor" (Rom. 8:15), por lo tanto, no pondremos nuestra confianza en nada relacionado con la vieja Jerusalén, ya que "la Jerusalén actual", "junto con sus hijos, está en esclavitud. Pero la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre" (Gál. 4:25 y 26). Cuando se cumpla la promesa y el pueblo de Israel posea realmente la tierra, no siendo ya nunca más extranjeros y advenedizos en ella, sus días no serán más como sombra que no dura, sino que permanecerán para siempre.

Pero "el Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento" (2 Ped. 3:9). "La paciencia de nuestro Señor es para salvación" (vers. 15). Incluso hasta en los días de Moisés, el tiempo de la promesa estaba a su alcance (Hech. 7:17), pero el pueblo no quiso tenerla. Eligieron este presente siglo malo, más bien que el mundo por venir. Pero Dios juró por sí mismo que los descendientes del fiel Abraham entrarían en él, y "puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de la desobediencia, otra vez determina un día: ‘Hoy’, del cual habló David mucho tiempo después, cuando dijo: ‘Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones’" (Heb. 4:6 y 7).

La incredulidad del hombre no puede anular la promesa de Dios (Rom. 3:3). "Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo" (2 Tim. 2:13). Aun en el caso de que ni uno solo de los descendientes naturales de Abraham y Jacob fuera un auténtico hijo de Abraham, sino del diablo (Juan 8:39-44), la promesa de Dios a la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob se cumpliría de todas formas al pie de la letra, pues "Dios puede levantar hijos a Abraham" hasta de las mismas piedras (Mat. 3:9). Eso sería simplemente una repetición de lo que ya hizo al principio, cuando creó al hombre del polvo de la tierra. Si Josué les hubiera dado reposo, está claro que no habría habido necesidad alguna de otro día de salvación; pero la infidelidad de los profesos seguidores de Dios hace que se demore el cumplimiento, de forma que Dios, en su misericordia, provee otro día, que es "Hoy". "Ahora es el tiempo aceptable; ahora es el día de salvación" (2 Cor. 6:2). Dice el Espíritu Santo: "Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones" (Heb. 3:13 y 8).

"Hoy"

¡Piensa en ello! Se califica a los días de David como "mucho tiempo después". Fue realmente más de quinientos años después que la promesa hubiera podido cumplirse; y sin embargo, bien después de todo ese largo período, el Señor ofrece aún "otro día". Ese otro día es hoy. No se nos concede un año para aceptar el ofrecimiento de la salvación, tampoco un mes ni una semana. Ni siquiera es nuestro el día de mañana; el día aceptable es sólo hoy. Eso es todo el tiempo que Dios nos ha dado. La oportunidad dura sólo un día. Con cuánta mayor fuerza, por lo tanto, nos llega esta palabra, después de haber transcurrido tanto tiempo: "Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones". Qué glorioso tesoro nos ha dado Dios hoy: la oportunidad de entrar en la puerta de justicia. Cristo es la puerta, y por medio de él pueden todos entrar "entre tanto que se dice: ‘Hoy’" (Heb. 3:13). "Este es el día que hizo Jehová". ¿Lo aceptaremos y "nos gozaremos y nos alegraremos en él"? (Sal. 118:24). "Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos" (Sal. 118:15), "porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio" (Heb. 3:14). "Porque así dijo Jehová, el Señor, el santo de Israel: ‘En la conversión y en el reposo seréis salvos; en la quietud y en confianza estará vuestra fortaleza’" (Isa. 30:15).

El evangelio anuncia el reposo, ya que Cristo dice: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga" (Mat. 11:28-30). El antiguo pueblo de Israel fracasó en entrar en ese reposo, no debido a que no les hubiera sido ofrecido, sino debido a que no creyeron al serles predicado el evangelio. Hoy se nos predica el evangelio a nosotros, tal como se hizo con ellos (Heb. 4:2).

El reposo está ye preparado, puesto que "los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo: ‘Por tanto, juré en mi ira que no entrarían en mi reposo’" (Heb. 4:3). Dios juró por él mismo que la descendencia de Abraham –los que tienen su fe-, entrarían en el reposo. Eso equivale al juramento de que los que no creyeran, no entrarían en él; por lo tanto, Dios juró eso realmente. No se trata de un decreto arbitrario, sino de la constatación de un hecho: es tan imposible para un incrédulo el entrar en el reposo, como lo es para un ser humano el desarrollarse con vitalidad en ausencia de comida, bebida y respiración.

El que "no pudieron entrar a causa de su incredulidad" muestra que habrían entrado si hubieran creído, y el hecho de que "las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo" (Heb. 4:3), demuestra que había un perfecto reposo a su disposición. Cuando las obras están acabadas, les sigue el reposo, puesto que leemos: "Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día" (vers. 4). Eso es lo que Dios dijo del séptimo día en un lugar; pero en otro lugar dijo: "No entrarán en mi reposo" (vers. 5). Vemos, por lo tanto, que el reposo que estaba a su disposición, y al que los hijos de Israel no entraron debido a su incredulidad, es el reposo relacionado con el séptimo día. Efectivamente, es el reposo de Dios el que se les ofrecía, y ese fue el que se perdieron, y el séptimo día es el sábado –reposo- del Señor; es el único reposo del que se nos habla en relación con Dios ("y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día"). Ese reposo estuvo preparado, tan pronto como se terminó la obra de la creación.

La obra de Dios y el reposo de Dios

El reposo prometido es el reposo de Dios. El reposo sigue al trabajo, pero sólo una vez que el trabajo se ha terminado. Nadie puede reposar de una determinada obra hasta haberla concluido. La obra de Dios es la creación, una obra perfecta y completa: "Y vio Dios todo cuanto había hecho, y era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana del sexto día. Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos. El séptimo día concluyó Dios la obra que hizo, y reposó el séptimo día de todo cuanto había hecho. Entonces bendijo Dios el séptimo día y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación" (Gén. 1:31; 2:1-3).

La obra era perfecta, tenía la bondad y la perfección características de Dios, y era completa; por lo tanto, el reposo era también perfecto. No tenía mancha alguna de maldición sino que era puro, incontaminado. Dios miró a su obra, y no había nada que lamentar, nada que le hiciera decir: ‘Si tuviera que volver a hacerla...’ No cabía la alteración o la corrección; Dios estaba perfectamente satisfecho con ella. ¡Qué pluma puede describir, o qué mente imaginar, el sentimiento de satisfacción desbordante, la deliciosa paz y felicidad que necesariamente siguen a una labor, cuando está acabada y cuando está bien hecha! Esta tierra no conoce ahora esa situación, ya que es nuestra continua experiencia que, cuando creemos haber acabado alguna cosa, siempre queda algo por hacer, algún error que enmendar. Pero ese delicioso reposo, Dios lo gozó en un grado mucho mayor del que el hombre es capaz de imaginar -en la medida en que Dios es mayor que el hombre-, en aquel séptimo día en el que Dios reposó de toda su obra.

El reposo en el que Adán entró

Ese reposo incomparable es el que Dios dio al hombre al principio. "Tomó, pues, Jehová Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase" (Gén. 2:15). "Edén" significa delicia, placer; el jardín del Edén es el jardín de la delicia; la palabra hebrea traducida como "puso", es un término que implica la idea de reposo; es la palabra de la que proviene el nombre de Noé (que significa reposo, descanso). Por lo tanto, podríamos leer Génesis 2:15 así: ‘Tomó, pues Jehová Dios al hombre y lo introdujo en el reposo, en el jardín delicioso, para que lo cuidase y guardara’.

El hombre entró en el reposo, puesto que entró en la obra perfecta y completa de Dios. Él mismo era la obra de Dios, creado en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios había preparado de antemano para que anduviera en ellas (Efe. 2:10). "Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel que él ha enviado" (Juan 6:29), y fue sólo por la fe como Adán pudo gozar de la obra de Dios y participar de su reposo, ya que tan pronto como dejó de creer en Dios, aferrándose en su lugar a la palabra de Satanás, lo perdió todo. No tenía poder en sí mismo, ya que no era sino polvo de la tierra, y podía sólo retener su reposo y su herencia por tanto tiempo como permitiera a Dios obrar en él "así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Fil. 2:13).

"Los que hemos creído entramos en el reposo", ya que "esta es la obra de Dios, que creáis". Las dos declaraciones no son contradictorias, sino idénticas en significado, dado que la obra de Dios, que es nuestra por la fe, es una obra completa, y por consiguiente entrar en esa obra es entrar en el reposo. De forma que el reposo de Dios no es ociosidad ni indolencia. Cristo dijo: "Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro" (Juan 5:17), sin embargo, "Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra. No desfallece ni se fatiga con cansancio" (Isa. 40:28). Obra mediante su palabra para sustentar lo que creó en el principio; por lo tanto, se exhorta a los que han creído en Dios, y por consiguiente han entrado en el reposo: "procuren ocuparse en buenas obras" (Tito 3:8), pero dado que esas buenas obras se logran sólo por la fe, y "no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho" (vers. 5), también tienen que mantenerse por la fe. Pero la fe trae el reposo, por lo tanto el reposo de Dios es compatible con la mayor actividad, y va necesariamente acompañado de ella.

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