Capítulo 41

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 11 febrero, 1897


"Otro día" (II)

Vimos en el capítulo precedente que el reposo prometido es el reposo de Dios, el reposo en el que entró Adán cuando el Señor le hizo reposar en el delicioso jardín.

El pecado produce agotamiento. Adán tenía labores que realizar en el jardín del Edén, a pesar de lo cual gozó de un perfecto reposo todo el tiempo que estuvo allí, hasta que pecó. Si jamás hubiera pecado, el cansancio no se habría conocido nunca en la tierra. El trabajo no forma parte de la maldición, pero sí el cansancio. "Por cuanto... comiste del árbol de que te mandé diciendo: ‘No comerás de él’, maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida, espinos y cardos te producirá y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra" (Gén. 3:17-19).

Guardando el reposo

Hasta entonces habían disfrutado de perfecto reposo, incluso mientras obraban. ¿Por qué? –Porque su obra consistía simplemente en "guardar" esa perfecta obra que Dios les había preparado y encomendado para que anduviera en ella. Adán no tenía que crear. Si hubiera tenido que hacerlo, aunque fuese solamente una flor o una simple hoja, se habría agotado hasta la muerte, sin haberlo conseguido. Pero Dios hizo la obra y puso a Adán en posesión de ella, dándole las instrucciones para que la guardara, y esa fue su ocupación por tanto tiempo como guardó la fe.

Observa que ese perfecto reposo era reposo en una tierra nueva, y observa también que si el pecado no hubiera entrado nunca, la tierra habría permanecido nueva para siempre. Fue el pecado el que trajo la desgracia a la tierra, haciéndola envejecer. El perfecto reposo de Dios se lo encuentra únicamente en un estado celestial, y la tierra nueva era ciertamente "mejor [patria], esto es, celestial" (Heb. 11:16). Lo que se dio al hombre al principio, cuando estuvo "coronado de gloria y de honra" (Heb. 2:9), es lo que perdió cuando pecó, quedando "destituido de la gloria de Dios" (Rom. 3:23), pero es también lo que tiene el Segundo Adán [Cristo] en su diestra, coronado de gloria y de honra a causa del padecimiento de la muerte, y es precisamente lo que Dios ha prometido a Abraham y a su descendencia, y les será dado cuando venga el Mesías en "los tiempos de la restauración de todas las cosas" (Hech. 3:21).

Aún queda algo del Edén

Esa nueva y perfecta creación ha desaparecido, pero persiste un remanente. La prueba de que las obras estaban terminadas y el reposo preparado desde la fundación del mundo, es que "reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día" (Heb. 4:4). El sábado del Señor –el séptimo día-, es una porción del Edén que subsiste en medio de la maldición; es una parte del reposo de la tierra nueva que puentea el abismo desde el Edén perdido hasta el Edén restaurado. Porque el sábado completó la semana de la creación, y fue la prueba de que la obra estaba completa, era el sello de una creación nueva y perfecta. Ahora es necesaria una nueva creación, y ha de ser llevada a cabo por el mismo poder que en el principio. Todas las cosas fueron creadas en Cristo, y "si alguno está en Cristo, nueva criatura es" (2 Cor. 5:17); y el sello de la perfección es el mismo en ambos casos. El sábado, por lo tanto, es el sello de la perfección, de la perfecta justicia.

Significado del sello

Pero es necesario comprender que el reposo del sábado no consiste meramente en abstenerse de la labor manual desde la puesta del sol del viernes hasta la del sábado: esa no es más que la señal del reposo, y como sucede con todas las demás señales, es un fraude en el caso de que falte aquello de lo que es señal. El verdadero reposo del sábado consiste en el reconocimiento pleno y continuo de Dios como Creador y Sustentador de todas las cosas, Aquel en quien vivimos, nos movemos y somos (Hech. 17:28), él es nuestra vida y nuestra justicia. Guardar el sábado no es un deber obligado, necesario para obtener el favor de Dios, sino que es guardar la fe mediante la cual se nos atribuye la justicia.

Es absurda la suposición de que no debiéramos guardar el sábado del séptimo día debido a que no somos salvos por las obras, puesto que el sábado no es una obra, sino un reposo: el reposo de Dios. "El que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas" (Heb. 4:10). La verdadera observancia del sábado no es justificación por las obras, ni tiene nada que ver con ello; es, por el contrario, justificación por la fe: el reposo pleno que corresponde a una fe perfecta en el poder de Dios para crear un nuevo hombre, y para guardar el alma de caer en el pecado.

Pero "la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios" (Rom. 10:17), por lo tanto es vana la profesión de fe en Dios, en aquel que ignora o rechaza alguna de las palabras de Dios. El hombre ha de vivir de toda palabra que procede de la boca de Dios. Hay vida en cada una de las palabras de Dios. Si un hombre no conociera más que una sola palabra de Dios, y la aceptara como palabra de Dios en verdad, sería salvo por ella. Dios tiene compasión de los ignorantes, y no requiere del hombre una cierta cantidad de conocimiento antes de poder salvarlo; pero la ignorancia voluntaria es otra cosa diferente. La ignorancia de una persona pude ser el resultado del rechazo deliberado del conocimiento, y el que hace así, está rechazando la vida. De igual forma en que hay vida en toda palabra de Dios, dado que la vida es una y la misma en cada palabra, aquel que rechaza aunque sea una sola palabra de las que le llegan, en realidad las está rechazando todas. La fe acepta al Señor por todo lo que él es: por todo lo que vemos de él y por todo lo infinito que no conocemos de él.

Un don al hombre

No olvidemos que el sábado no es ninguna carga que Dios impone a las personas (¿quién podría concebir el reposo como una carga?), sino una bendición que les ofrece; significa quitar las cargas. "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mat. 11:28). Lejos de imponerlo a nadie, Dios declara que es imposible participar del reposo del sábado sin creer. A aquel que dice: ‘No creo que el guardar el sábado sea para mí una necesidad’, el Señor le replica: ‘No lo puedes guardar; no entrarás en mi reposo; no tienes parte en él’. Es imposible que alguien pueda guardar el sábado del Señor sin fe, puesto que "el justo vivirá por la fe" (Heb. 10:38). El sábado es el reposo de Dios, el reposo de Dios es la perfección, y ésta puede ser obtenida solamente mediante una fe perfecta. "Dios es Espíritu, y los que lo adoran, en espíritu y en verdad es necesario que lo adoren" (Juan 4:24). Su reposo, por consiguiente, es un reposo espiritual, de forma que un reposo meramente físico sin reposo espiritual no es en absoluto observancia del sábado. Sólo los que son espirituales pueden guardar verdaderamente el sábado del Señor. Por tanto tiempo como Adán fue dirigido por el Espíritu, gozó de un perfecto reposo, tanto del cuerpo como del alma; pero tan pronto como pecó, perdió el reposo. Aunque la maldición pronunciada sobre la tierra produce fatiga del cuerpo, el sábado sigue existiendo desde el Edén, la prenda y sello del reposo espiritual. La abstención de todo nuestro trabajo y placer en el séptimo día –de todo lo que realizamos para nuestro provecho personal-, es sencillamente el reconocimiento de Dios como Creador y Sustentador de todas las cosas, como Aquel por cuyo poder vivimos; pero ese reposo visible no es más que una farsa si es que no lo reconocemos real y plenamente como tal, y nos encomendamos totalmente a su cuidado.

El sábado, por lo tanto, es de forma especial el amigo del pobre; apela especialmente al obrero menesteroso, puesto que es a los pobres a quienes es predicado el evangelio. Los ricos difícilmente darán oído al llamado del Señor, pues es probable que se sientan satisfechos con su suerte; confían en sus riquezas, y se sienten suficientes para cuidar de sí mismos en el presente; y en cuanto al futuro, "su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas" (Sal. 49:11). Pero para el pobre que no sabe cómo hará para vivir mañana, el sábado viene trayéndole gozo y esperanza, por cuanto dirige su mente a Dios, el Creador, quien es nuestra vida. Dice: "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Mat. 6:33). En lugar de estar obligados a decir: ‘¿Cómo voy a poder vivir si guardo el sábado?’, el pobre puede ver en el sábado la solución al problema de la vida. "La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera" (1 Tim. 4:8).

El día bendito y el hombre bendito

Mantén presente que si bien el día de sábado es el séptimo día de la semana, el reposo que simboliza el sábado es un reposo continuo. Dado que un día no es una persona, hay una diferencia entre bendecir un día y bendecir a una persona. Dios bendijo el séptimo día (Gén. 2:3), pero bendice cada día a las personas. Sólo aquellos que reposan siempre en el Señor, están guardando el sábado. Si bien nadie puede ser un guardador del sábado mientras que ignora el día en el que Dios ha puesto su bendición, es igualmente cierto que aquel que no reposa continuamente en el Señor, no está guardando el sábado.

Así, solo por la fe en él se encuentra el reposo en el Señor. Ahora bien, la fe salva del pecado, y una fe viviente es algo tan continuo como la respiración, ya que "el justo vivirá por la fe". Si alguien deja de creer en el Señor durante la semana, cede al temor y la duda en cuanto a cómo podrá seguir subsistiendo, se hunde en la preocupación y la impaciencia, o cae en la rudeza o en cualquier clase de injusticia hacia sus semejantes, ciertamente no está reposando en el Señor, no está acordándose del día de sábado para santificarlo, ya que si realmente lo hiciera, conocería el poder de Dios para darle el sustento, y encomendaría el cuidado de su alma "al fiel Creador y [haría] el bien" (1 Ped. 4:19).

La cruz de Cristo

El sábado nos revela a Cristo como al portador de las cargas. Él lleva la carga del mundo entero, con toda su pena, pecado y dolor, y la lleva de buen grado –le resulta "ligera"-. "Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia. ¡Por su herida habéis sido sanados!" (1 Ped. 2:24). Es en la cruz de Cristo donde recibimos vida, donde somos hechos nuevas criaturas. El poder de la cruz, por consiguiente, es poder creador. Así, cuando en la cruz Jesús clamó: "Consumado es", estaba simplemente anunciando que en él, por medio de su cruz, podían obtenerse las obras perfectas de Dios, que fueron acabadas desde la fundación del mundo. Así, el sábado –el reposo del séptimo día que conmemora la creación completada desde el principio-, es un bendito recordatorio del hecho de que en la cruz de Cristo se ofrece gratuitamente el mismo poder creador para librarnos de la maldición, y para hacernos tan completos en él, como lo fue cuando "vio Dios todo cuanto había hecho, y era bueno en gran manera". La palabra de vida que se nos proclama en el evangelio, es "lo que era desde el principio" (1 Juan 1:1).

Jesús nunca falla ni cede a la impaciencia o al desánimo; por lo tanto podemos poner confiadamente sobre él toda nuestra preocupación. El sábado es verdaderamente una delicia. En el salmo dedicado al sábado, David cantó: "Por cuanto me has alegrado, Jehová, con tus obras; en las obras de tus manos me gozo" (92:4). El sábado significa el triunfo en las obras de las manos de Dios, no en nuestras propias obras. Significa victoria sobre el pecado y la muerte –y sobre cualquier cosa relacionada con la maldición- mediante nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual fueron creados los mundos. Es un remanente del Edén tal como era antes de venir la maldición; por lo tanto, quien lo guarda en verdad, comenzó realmente ya su reposo eterno, el reposo perfecto que sólo la tierra nueva puede dar.

La invitación de Dios a guardar el sábado

Podemos ahora comprender por qué el sábado ocupa un lugar tan prominente en el registro del trato de Dios con Israel. No es debido a que el sábado fuese exclusivamente para ellos, no más de lo que lo era la salvación; sino porque la observancia del sábado es el comienzo de ese reposo que el Señor prometió a su pueblo en la tierra de Canaán. Se oye a veces decir que el sábado no fue dado a los gentiles, pero hay que recordar que tampoco la tierra fue prometida a los gentiles. Estos son "ajenos a los pactos de la promesa" (Efe. 2:12). Pero es cierto que los gentiles –todo el mundo-, fueron llamados a venir a Cristo, el agua viva. "¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas!" (Isa. 55:1). La promesa hecha a Israel fue, y es, "llamarás a gente que no conociste y gentes que no te conocieron correrán a ti por causa de Jehová, tu Dios, y del Santo de Israel" (Isa. 55:5). Continuando con su llamamiento, el Señor dice:

"Guardad el derecho y practicad la justicia, porque cerca de venir está mi salvación y de manifestarse mi justicia. Bienaventurado el hombre que hace esto, el hijo del hombre que lo abraza: que guarda el sábado para no profanarlo, y que guarda su mano de hacer lo malo. Que el extranjero que sigue a Jehová no hable diciendo: ‘Me apartará totalmente Jehová de su pueblo’... Y a los hijos de los extranjeros que sigan a Jehová para servirle, que amen el nombre de Jehová para ser sus siervos; a todos los que guarden el sábado para no profanarlo, y abracen mi pacto, yo los llevaré a mi santo monte y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptados sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos. Dice Jehová el Señor, el que reúne a los dispersos de Israel: ‘Aún reuniré en él a otros, junto con los ya reunidos’" (Isa. 56:1-8).

Y a unos y a otros, a los que están lejos como a los que están cerca, Dios les proclama paz (Isa. 57:19). Les declara:

Una gloriosa promesa

"Si retraes del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamas ‘delicia’, ‘santo’, ‘glorioso de Jehová’, y lo veneras, no andando en tus propios caminos ni buscando tu voluntad ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová. Yo te haré subir sobre las alturas de la tierra y te daré a comer la heredad de tu padre Jacob. La boca de Jehová lo ha hablado" (Isa. 58:13 y 14).

Aquellos para quienes el sábado es una delicia –no una carga- se deleitarán en el Señor. ¿Por qué? –Porque el sábado del Señor es el reposo del Señor: reposo que se encuentra sólo en su presencia, en la que hay "plenitud de gozo" (Sal. 16:11) y delicia eterna. Es el reposo del Edén, ya que Edén significa placer, delicia; es el reposo de la tierra nueva, ya que el Edén pertenece a la tierra nueva. Hemos leído que aquellos que se allegan al Señor para guardar su sábado serán establecidos con gozo en la casa del Señor, y se dice de ellos: "Serán completamente saciados de la grosura de tu Casa y tú les darás de beber del torrente de tus delicias" (literalmente: "de tu Edén") (Sal. 36:8). Tal es la herencia del Señor. Ahora es el tiempo aceptable, hoy es el día en el que podemos entrar en el Señor, ya que "Jehová es la porción de mi herencia" (Sal. 16:5), y en él tenemos todas las cosas.

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