Capítulo 42

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 18 febrero, 1897


De nuevo en cautividad (I)

Aunque los hijos de Israel entonaron el canto de liberación a orillas del Mar Rojo, y con razón, no obstante, no fue hasta haber cruzado el Jordán cuando quedaron realmente liberados de Egipto. No retuvieron firme hasta el fin su confianza del principio, sino que "en sus corazones se volvieron a Egipto cuando dijeron a Aarón: ‘Haznos dioses que vayan delante de nosotros’" (Hech. 7:39 y 40). Sin embargo, cuando cruzaron el Jordán y llegaron a tierra de Canaán, tuvieron el testimonio de Dios de que les había sido quitado el oprobio de Egipto. Tuvieron entonces reposo y fueron libres en el Señor.

Pero ese reposo no duró mucho tiempo; la murmuración, desconfianza y apostasía hicieron pronto aparición entre el pueblo de Dios. Quisieron un rey a fin de ser como los paganos que los rodeaban, y su deseo les fue ampliamente concedido. "Se mezclaron con las naciones, aprendieron sus obras y sirvieron a sus ídolos, los cuales fueron causa de su ruina. Sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios, y derramaron la sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas, a quienes ofrecieron en sacrificio a los ídolos de Canaán; y la tierra fue contaminada con sangre" (Sal. 106:35-38). Vinieron así a ser literalmente como los paganos que había a su alrededor.

Una ojeada a la historia de algunos de los reyes de Israel y Judá mostrará hasta qué punto los hijos de Israel, al pedir un rey, vieron cumplido su deseo de ser como los paganos. El profeta de Dios dijo a Saúl, el primero de los reyes: "Mejor es obedecer que sacrificar; prestar atención mejor es que la grasa de los carneros. Como pecado de adivinación es la rebelión, como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto rechazaste la palabra de Jehová, también él te ha rechazado para que no seas rey" (1 Sam. 15:22 y 23).

Salomón tomó muchas mujeres extranjeras de entre los paganos, y "cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres le inclinaron el corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era ya perfecto para con Jehová, su Dios, como el corazón de su padre David. Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas" (1 Rey. 11:4 y 5).

Bajo el reinado de Roboam, hijo de Salomón, "Judá hizo lo malo ante los ojos de Jehová y lo enojaron con los pecados que cometieron más que todo lo que hicieron sus padres. También ellos se edificaron lugares altos, estatuas e imágenes de Asera [imagen obscena en relación con ritos lascivos, que constituía una forma de adoración al sol], en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso. Hubo también sodomitas en la tierra, que cometieron todas las abominaciones de las naciones que Jehová había echado de delante de los hijos de Israel" (1 Rey. 14:22-24).

Lo mismo leemos sobre Acaz (2 Rey. 16:1-4). "Jehová había humillado a Judá por causa de Acaz, rey de Israel, por cuanto este había actuado con desenfreno en Judá y había pecado gravemente contra Jehová... el rey Acaz, en el tiempo que aquel [el rey de los asirios] lo apuraba, añadió mayor pecado contra Jehová; porque ofreció sacrificios a los dioses de Damasco que lo habían derrotado, y dijo: ‘Puesto que los dioses de los reyes de Siria les ayudan, yo también ofreceré sacrificios a ellos para que me ayuden’. Pero estos fueron la causa de su ruina y la de todo Israel" (2 Crón. 28:19-23).

Peor que los paganos

Manasés, hijo de Ezequías, "hizo lo malo ante los ojos de Jehová, imitando las abominaciones de las naciones que Jehová había expulsado de delante de los hijos de Israel. Reedificó los lugares altos que su padre Ezequías había derribado, levantó altares a Baal e hizo una imagen de Asera, como había hecho Acab, rey de Israel. Adoró además a todo el ejército de los cielos y rindió culto a aquellas cosas... Y edificó altares para todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa de Jehová. Además, hizo pasar a su hijo por el fuego y se dio a observar los tiempos, fue agorero e instituyó encantadores y adivinos, multiplicando así la maldad de sus hechos ante los ojos de Jehová para provocarlo a ira. También puso una imagen de Asera hecha por él en la casa de la cual Jehová había dicho a David y a Salomón, su hijo: ‘Pondré mi nombre para siempre en esta casa y en Jerusalén, a la cual escogí entre todas las tribus de Israel. No volveré a hacer que Israel ande errante lejos de la tierra que di a sus padres, con tal que cumplan todas las cosas que yo les he mandado y las guarden, conforme a toda la ley que mi siervo Moisés les mandó’. Pero ellos no escucharon, y Manasés los indujo a que obraran peor que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel". "Además, Manasés derramó tal cantidad de sangre inocente que llenó a Jerusalén de extremo a extremo, aparte del pecado con que hizo pecar a Judá, para que hiciera lo malo ante los ojos de Jehová" (2 Rey. 21:1-9;16).

Amón sucedió a Manasés, "hizo lo malo ante los ojos de Jehová, como había hecho Manasés, su padre; porque ofreció sacrificios y sirvió a todos los ídolos que su padre Manasés había hecho" (2 Crón. 33:22).

En el reino del Norte

Si tomamos los reyes que reinaron en la región del norte de Israel después que el reino se dividió al morir Salomón, encontramos un registro todavía peor. Hubo en Jerusalén algunos reyes rectos; pero comenzando con Jeroboam, "quien pecó y ha hecho pecar a Israel" (1 Rey. 14:16), cada uno de los sucesivos reyes de Israel fue peor que su precedente. Nadab, el hijo de Jeroboam, "hizo lo malo ante los ojos de Jehová andando en el camino de su padre y en los pecados con que este hizo pecar a Israel" (1 Rey. 15:26). Baasa "hizo lo malo ante los ojos de Jehová; anduvo en el camino de Jeroboam y en el pecado con que este hizo pecar a Israel" (vers. 34). Omri, quien edificó la ciudad de Samaria, "hizo lo malo ante los ojos de Jehová; lo hizo peor que todos los que habían reinado antes de él, pues anduvo en todos los caminos de Jeroboam hijo de Nabat, y en el pecado que aquel hizo cometer a Israel, al provocar con sus ídolos la ira de Jehová, Dios de Israel" (1 Rey. 16:25 y 26). Sin embargo, malvado como fue, lo superó "Acab hijo de Omri [quien] hizo lo malo ante los ojos de Jehová, más que todos los que reinaron antes de él" (vers. 30 y 33).

Las cosas siguieron así hasta que el Señor pudo decir mediante el profeta Jeremías: "Recorred las calles de Jerusalén, mirad ahora e informaos; buscad en sus plazas a ver si halláis un solo hombre, si hay alguno que practique la justicia, que busque la verdad" (Jer. 5:1). Costaba encontrar un hombre tal, "porque hay en mi pueblo malhechores que acechan como quien pone lazos, que tienden trampas para cazar hombres. Como jaula llena de pájaros, así están sus casas llenas de engaño; así se han hecho poderosos y ricos. Engordaron y se pusieron lustrosos, y sobrepasaron los hechos del malo" (vers. 26-28).

En vista de que Dios echó a los paganos de la tierra por su abominable idolatría, es evidente que los hijos de Israel no podían tener herencia alguna en ella mientras fueran iguales o peores que los paganos. El hecho de que los que toman el nombre del Señor adopten costumbres y maneras paganas, no convierte esas costumbres en más aceptables ante Dios. El hecho de que podamos encontrar paganismo en la iglesia, no lo hace recomendable. Al contrario, una profesión elevada convierte a la mala práctica en aún más detestable. Los hijos de Israel, por lo tanto, no poseían realmente la tierra de Canaán mientras que estaban siguiendo los caminos de los paganos; y, puesto que el oprobio de Egipto era precisamente el pecado en el que habían caído, es evidente que a pesar de que se jactasen de su libertad en tierra de Canaán, se encontraban en la peor clase de esclavitud. Cuando, en una época posterior, los judíos dijeron pretenciosamente, "Descendientes de Abraham somos y jamás hemos sido esclavos de nadie", Jesús les replicó: "De cierto, de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado" Juan 8:33-35.

Fidelidad de Dios

Sin embargo había maravillosas posibilidades al alcance del pueblo durante todo aquel tiempo. En cualquier momento podían haberse arrepentido y podían haber vuelto hacia el Señor, y lo habrían encontrado dispuesto a cumplir en ellos plenamente su promesa. Aunque "todos los principales sacerdotes y el pueblo aumentaron la iniquidad, siguiendo todas las abominaciones de las naciones", no obstante, "Jehová, el Dios de sus padres, les envió constantemente avisos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su morada" (2 Crón. 36:14 y 15). Muchas maravillosas liberaciones, cuando los israelitas eran oprimidos por sus enemigos y buscaron humildemente al Señor, mostraron que el mismo Dios que liberó a sus padres de Egipto, estaba presto a ejercer su poder para socorrerlos, a fin de perfeccionar aquello para lo cual los había introducido en la tierra prometida.

En la historia de Josafat (2 Crón. 20) vemos una intervención notable de Dios en favor de los que confían en él, y presenciamos la victoria de la fe. Para nosotros es especialmente útil, pues nos muestra cómo obtener victorias; y nos muestra también una vez más lo que ya hemos señalado repetidamente: que las auténticas victorias de Israel fueron ganadas por la fe en Dios, y no por la fuerza de la espada. Este es el resumen de la historia:

Los moabitas y los amonitas, junto a otros, vinieron en batalla contra Josafat. Superaban ampliamente en número al ejército de Israel, y en aquella apurada situación "Josafat tuvo miedo y humilló su rostro para consultar a Jehová, e hizo pregonar ayuno a todo Judá. Se congregaron los de Judá para pedir socorro a Jehová; y también de todas las ciudades de Judá vinieron a pedir ayuda a Jehová" (vers. 3 y 4).

La oración de Josafat en aquella ocasión es todo un modelo. Dijo: "Jehová, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y dominas sobre todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano tal fuerza y poder que no hay quien te resista? Dios nuestro, ¿no expulsaste tú a los habitantes de esta tierra delante de tu pueblo Israel, y la diste a la descendencia de tu amigo Abraham para siempre?... Ahora pues, aquí están los hijos de Amón y de Moab, y los de los montes de Seir... Ahora ellos nos pagan viniendo a arrojarnos de la heredad que tú nos diste en posesión. ¡Dios nuestro!, ¿no los juzgarás tú? Pues nosotros no tenemos fuerza con que enfrentar a la multitud tan grande que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros rostros" (vers. 6-12).

Comenzó reconociendo en Dios al Dios de los cielos, por lo tanto, poseyendo todo el poder. Continuó reclamando todo ese poder, al reclamar a Dios como a su propio Dios. Expuso entonces su necesidad, y expresó su demanda en plena seguridad de fe. Todas las cosas son posibles a quien ora de esa forma. Demasiados oran a Dios sin un sentido cabal de su existencia, como si estuvieran orando a un nombre abstracto y no a un Salvador viviente, personal. Y evidentemente no reciben nada, puesto que nada esperan. Todo el que ora debe primeramente contemplar a Dios, antes de pensar en sí mismo y en sus propias necesidades. Ocurre sin duda que muchos, cuando oran, piensan más en sí mismos que en Dios; en lugar de eso, debieran perderse en la contemplación de la grandeza y bondad de Dios; entonces no es difícil creer que él "recompensa a los que lo buscan" (Heb. 11:6). Como dijo el salmista, "En ti confiarán los que conocen tu nombre, por cuanto tú, Jehová, no desamparaste a los que te buscan" (Sal. 9:10).

Mientras que el pueblo estaba aún reunido orando, llegó el profeta del Señor y dijo: "Oíd, todo Judá, y vosotros habitantes de Jerusalén, y tú, rey Josafat. Jehová os dice así: ‘No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios’". "No tendréis que pelear vosotros en esta ocasión; apostaos y quedaos quietos; veréis como la salvación de Jehová vendrá sobre vosotros. Judá y Jerusalén, no temáis ni desmayéis; salid mañana contra ellos, porque Jehová estará con vosotros" (vers. 15 y 17).

El pueblo creyó ese mensaje, y "se levantaron por la mañana, salieron al desierto de Tecoa. Mientras ellos salían, Josafat, puesto en pie, dijo: ‘Oídme, Judá y habitantes de Jerusalén. Creed en Jehová, vuestro Dios y estaréis seguros; creed a sus profetas y seréis prosperados’. Después de consultar con el pueblo, puso a algunos que, vestidos de ornamentos sagrados, cantaran y alabaran a Jehová mientras salía la gente armada, y que dijeran: ‘Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre’" (vers. 20 y 21).

Se pusieron a cantar

¡Extraña forma de ir a la batalla! Nos recuerda de alguna forma la marcha alrededor de Jericó, y el grito de victoria. En general, los que reciben una promesa como la que se hizo en aquella ocasión, de que Dios va a luchar por ellos, piensan que manifiestan gran fe al pasar al frente y hacer su parte contra el enemigo. Se dicen: ‘Dios ha prometido ayudarnos, pero hemos de hace nuestra parte’, y hacen toda provisión para la batalla. Pero el pueblo, en esa ocasión, tuvo la sencillez suficiente como para creer al Señor al pie de la letra; sabían que habían de hacer ciertamente su parte, pero sabían también que su parte era creer, y avanzar como quien cree realmente. Y ellos creían. Su fe era tan fuerte, que se pusieron a cantar. No se trataba de un canto forzado, de un susurro procedente de labios temblorosos; sino de un canto firme, espontáneo y poderoso salido del corazón en tonos de gozo y victoria, y todo ello estando frente a un enemigo cuya mayoría era abrumadora. ¿Cuál fue el resultado? "Cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso emboscadas contra los hijos de Amón, de Moab y de los montes de Seir que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros. Porque los hijos de Amón y Moab se levantaron contra los de los montes de Seir para matarlos y destruirlos; y cuando acabaron con los del monte Seir, cada cual ayudó a la destrucción de su compañero. Luego que vino Judá a la torre del desierto, miraron hacia la multitud, pero sólo vieron cadáveres tendidos en la tierra, pues ninguno había escapado" (vers. 22-24).

En cuanto comenzaron a cantar, el enemigo resultó vencido. El pánico hizo presa en el ejército de los amonitas y moabitas, y se abatieron entre ellos. Bien pudo suceder que, al oír sus cantos triunfales, pensaran que Israel habían recibido refuerzos, y verdaderamente así había sido. Hasta tal punto había recibido refuerzos, que ni siquiera tuvieron necesidad de luchar ellos mismos. Su fe había sido su victoria, y sus cantos, la evidencia de su fe.

Tenemos ahí una lección para nuestros conflictos con los adversarios: "principados... potestades... huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efe. 6:12). "Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros" (Sant. 4:7). Pero "resistidlo firmes en la fe" (1 Ped. 5:9). Sólo una resistencia tal lo pondrá en fuga, pues él sabe que es más fuerte que nosotros; pero cuando se le hace frente en la fe de Jesús, huye indefectiblemente, porque sabe que contra Cristo carece de todo poder. Vemos así una vez más, que "ciertamente volverán los redimidos de Jehová; volverán a Sión cantando" (Isa. 51:11). En experiencias como las que acabamos de considerar, el Señor estaba mostrando a Israel cómo debía hacer para vencer, y cuán anhelante y dispuesto estaba siempre a completar la promesa hecha a los padres.

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