Capítulo 43

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 25 febrero, 1897


De nuevo en cautividad (II)

Sabemos que en cualquier momento, durante un período de varios cientos de años, los hijos de Israel pudieron haber gozado la plenitud de la promesa hecha a Abraham: el reposo eterno en la tierra renovada con Cristo y los santos glorificados, victoriosos sobre el postrer enemigo (1 Cor. 15:26). Efectivamente, cuando nació Moisés se había acercado el tiempo del cumplimiento de la promesa, y Josué no murió hasta "muchos días después que Jehová concediera paz a Israel" (Josué 23:1). La expresión "muchos días después...", se aplica al tiempo en el que Dios, mediante David, les ofreció "otro día" –hoy-. Dios estaba anhelante, esperando que el pueblo tomara todo aquello que les había dado. Así lo demuestra la palabra que Dios les envió, mediante el profeta Jeremías.

Si hubieran obedecido a Dios

Aunque el pecado de Judá estuviera escrito con cincel de hierro y punta de diamante (Jer. 17:1), aunque el pueblo estuviera tan aferrado a la idolatría, el Señor, en su misericordia, les hizo la siguiente promesa:

"Así me ha dicho Jehová: Ve y ponte a la puerta de los Hijos del pueblo, por la cual entran y salen los reyes de Judá; ponte en todas las puertas de Jerusalén, y diles: ¡Oíd la palabra de Jehová, reyes de Judá, todo Judá y todos los habitantes de Jerusalén que entráis por estas puertas! Así ha dicho Jehová: Guardaos por vuestra vida de llevar carga en sábado y de meterla por las puertas de Jerusalén. No saquéis carga de vuestras casas en sábado, ni hagáis trabajo alguno, sino santificad el sábado, como mandé a vuestros padres. Pero ellos no escucharon ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su corazón para no escuchar ni recibir corrección. No obstante, si vosotros me obedecéis, dice Jehová, no metiendo carga por las puertas de esta ciudad en sábado, sino que santificáis el sábado y no hacéis en él ningún trabajo, entrarán por las puertas de esta ciudad, en carros y en caballos, los reyes y los príncipes que se sientan sobre el trono de David, ellos y sus príncipes, los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén; y esta ciudad será habitada para siempre. Y vendrán de las ciudades de Judá, de los alrededores de Jerusalén, de la tierra de Benjamín, de la Sefela, de los montes y del Neguev, trayendo holocausto y sacrificio, ofrenda e incienso, y trayendo sacrificio de alabanza a la casa de Jehová" (Jer. 17:19-26).

No nos corresponde especular sobre cómo se habría podido cumplir la promesa; nos basta con saber que Dios la pronunció, y que él es poderoso para cumplir todas sus promesas. Edificar la antigua ciudad y renovarla, habría resultado algo tan fácil como transformar "nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso semejante al suyo" (Fil. 3:21), o quizá como crear una ciudad enteramente nueva y que ocupara el lugar de la antigua.

Promesas de restauración rechazadas

Ten presente que esa promesa expresada por Jeremías tuvo lugar en los últimos días del reino de Judá, puesto que Jeremías no comenzó a profetizar sino hasta "los días de Josías el hijo de Amón" (Jer. 1:2), en el décimo-tercer año de su reinado, sólo veintiún años antes del inicio de la cautividad babilónica. Antes que Jeremías comenzara a profetizar, casi todos los profetas habían terminado su labor, y habían pasado. Las profecías de Isaías, Oseas, Amós, Miqueas y otros –los principales profetas-, estaban en manos del pueblo antes que naciese Jeremías. Es un hecho de importancia crucial, que no debe ser pasado por alto. En esas profecías se encuentran muchas promesas de la restauración de Jerusalén, todas las cuales podían haberse cumplido si el pueblo les hubiera prestado oído. Pero como todas las promesas de Dios, lo fueron en Cristo: pertenecían, como la que estamos considerando, a la eternidad, y no simplemente a su tiempo. Pero dado que en sus días no las aceptaron, siguen igual de frescas para nosotros. Pueden hallar cumplimiento solamente mediante la venida del Señor, a quien esperamos. Esas profecías contienen el evangelio para nuestro tiempo, tan ciertamente como los libros de Mateo, Juan, o las epístolas.

La prueba inevitable

Comprueba también cómo la observancia del sábado viene a constituir la prueba, para todos a quienes se ha revelado la verdad. Si guardaban el sábado, entonces ellos y su ciudad permanecerían para siempre. ¿Por qué? Recuerda lo que estudiamos anteriormente sobre el reposo de Dios, y tendrás la respuesta. El sábado es el sello de una creación completa y perfecta. Como tal, revela a Dios como Creador y Santificador (Eze. 20:12, 20); como Santificador mediante su poder creador. Por lo tanto, el sábado no es una obra por medio de la cual podemos procurar en vano ganar el favor de Dios, sino que es un reposo: reposo en los brazos eternos. Es la señal y recordatorio del eterno poder de Dios, y su observancia es la señal de esa perfección que sólo Dios puede obrar, y que otorga libremente a todos los que confían en él. Significa plena y perfecta confianza en el Señor, en que él puede salvarnos y nos salvará por el mismo poder con que hizo todas las cosas en el principio. Por lo tanto vemos que, puesto que a nosotros se nos hace la misma promesa que al antiguo Israel, es evidente que el sábado ha de tener idéntica prominencia en nuestros días, y más especialmente en la medida en que se acerca el día de la venida de Cristo.

Se pronuncia juicio

Pero había una alternativa, en el caso de que el pueblo rehusara reposar en el Señor. Se encomendó al profeta que añadiera:

"Pero si no me obedecéis para santificar el sábado, para no traer carga ni meterla por las puertas de Jerusalén en sábado, yo haré descender fuego en sus puertas, que consumirá los palacios de Jerusalén y no se apagará" (Jer. 17:27).

Y así sucedió. Aunque Dios fue fiel y paciente al enviar mensajes de advertencia a su pueblo, "ellos se mofaban de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio. Por lo cual trajo contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en la casa de su santuario, sin perdonar joven ni virgen, anciano ni decrépito; todos los entregó en sus manos. Asimismo todos los utensilios de la casa de Dios, grandes y chicos, los tesoros de la casa de Jehová, y los tesoros de la casa del rey y de sus príncipes, todo lo llevó a Babilonia. Quemaron la casa de Dios y derribaron el muro de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos de valor. A los que escaparon de la espada los llevó cautivos a Babilonia, donde fueron siervos de él y de sus hijos hasta que vino el reino de los persas; para que se cumpliera la palabra de Jehová, dada por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubo gozado de reposo; porque todo el tiempo de su asolamiento reposó, hasta que los setenta años fueron cumplidos" (2 Crón. 36:16-21).

El rey de Babilonia, soberano en Jerusalén

El último rey en Jerusalén fue Sedequías, pero no fue un rey independiente. Varios años antes de que ocupara el trono, Nabucodonosor había sitiado Jerusalén, y el Señor le había entregado la ciudad (Dan. 1:1 y 2). Aunque Joacaz fue derrotado, se le permitió reinar en Jerusalén como tributario, lo que hizo durante ocho años. Al morir, le sucedió su hijo Joaquín, pero reinó sólo tres meses antes que Nabucodonosor sitiara y conquistara de nuevo Jerusalén, llevando cautivo al rey junto a su familia, artesanos y herreros, y los utensilios de la casa de Jehová a Babilonia; "no quedó nadie, excepto la gente pobre del país" (2 Rey. 24:8-16). Hubo aún otro rey en Jerusalén, pues Nabucodonosor hizo rey a Matanías, cambiándole el nombre por el de Sedequías (vers. 17). Sedequías significa "la justicia de Jehová", y le fue dado porque Nabucodonosor hizo jurar por Dios al nuevo rey (2 Crón. 36:13) que no se rebelaría contra su autoridad. El siguiente hecho muestra que Nabucodonosor tenía derecho a formular esa demanda:

"Al comienzo del reinado de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra de parte de Jehová a Jeremías: Jehová me ha dicho: Hazte coyundas y yugos, y ponlos sobre tu cuello; los enviarás al rey de Edom, al rey de Moab, al rey de los hijos de Amón, al rey de Tiro y al rey de Sidón, por medio de los mensajeros que vienen a Jerusalén para ver a Sedequías, rey de Judá. Les mandarás que digan a sus señores que Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, ha dicho: Así habéis de decir a vuestros señores: Yo, con mi gran poder y con mi brazo extendido, hice la tierra, el hombre y las bestias que están sobre la faz de la tierra, y la di a quien quise. Y ahora yo he puesto todas estas tierras en mano de Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo, y aun las bestias del campo le he dado para que me sirvan. Todas las naciones le servirán a él, a su hijo y al hijo de su hijo, hasta que llegue también el tiempo de su misma tierra y la reduzcan a servidumbre muchas naciones y grandes reyes. A la nación y al reino que no sirva a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que no ponga su cuello bajo el yugo del rey de Babilonia, castigaré a tal nación con espada, con hambre y con peste, dice Jehová, hasta que acabe con ella por medio de su mano. Y vosotros no prestéis oído a vuestros profetas, adivinos, soñadores, agoreros o encantadores, que os hablan diciendo: No serviréis al rey de Babilonia. Porque ellos os profetizan mentira, para haceros alejar de vuestra tierra y para que yo os arroje y perezcáis. Pero a la nación que someta su cuello al yugo del rey de Babilonia y lo sirva, la dejaré en su tierra, dice Jehová, la labrará y habitará en ella" (Jer. 27:1-11).

Nabucodonosor tenía, pues, tanto derecho a reinar en Jerusalén, como el que hubiera tenido cualquiera de sus reyes precedentes. Su reino, no obstante, era más extenso que el de cualquiera de los anteriores reyes de Israel; pero sobre todo, tras recibir instrucción del Señor, aprovechó su oportunidad para esparcir por todo el mundo el conocimiento del Dios verdadero (ver Daniel 4). Por lo tanto, cuando Sedequías se rebeló contra Nabucodonosor, se estaba enfrentando inicuamente contra el Señor, quien había entregado Israel al poder de Nabucodonosor como castigo por sus pecados. Las palabras que siguen son una descripción gráfica del proceder de Nabucodonosor contra Jerusalén, y de cómo Dios guió la acción del rey pagano, aun a pesar de que estaba utilizando la adivinación:

"Tú, hijo de hombre, traza dos caminos por donde venga la espada del rey de Babilonia. De una misma tierra salgan ambos, y al comienzo de cada camino pon una señal que indique la ciudad adonde va. El camino señalarás por donde venga la espada a Rabá, de los hijos de Amón, y a Judá, contra Jerusalén, la ciudad fortificada. Porque el rey de Babilonia se ha detenido en una encrucijada, al principio de los dos caminos, para usar de adivinación; ha sacudido las saetas, consultó a sus ídolos, miró un hígado. La adivinación señaló a su mano derecha, sobre Jerusalén, para dar la orden de ataque, para dar comienzo a la matanza, para levantar la voz en grito de guerra, para poner arietes contra las puertas, para levantar terraplenes y construir torres de sitio. Mas para ellos esto será como adivinación mentirosa, ya que les ha hecho solemnes juramentos; pero él trae a la memoria la maldad de ellos, para apresarlos. Por tanto, así ha dicho Jehová, el Señor: Por cuanto habéis hecho recordar vuestras maldades, manifestando vuestras traiciones, descubriendo vuestros pecados en todas vuestras obras; por cuanto habéis sido recordados, seréis entregados en su mano" (Eze. 21:19-24).

Final del domino temporal e independencia de Israel

A continuación vienen las fatídicas palabras dirigidas a Sedequías:

"Respecto a ti, profano e impío príncipe de Israel, cuyo día ya ha llegado, el tiempo de la consumación de la maldad, así ha dicho Jehová, el Señor: ¡Depón el turbante, quita la corona! ¡Esto no será más así! Sea exaltado lo bajo y humillado lo alto. ¡A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré [del revés, del revés, del revés la tornaré], y esto no será más, hasta que venga aquel a quien corresponde el derecho, y yo se lo entregaré!" (vers. 25-27).

Sedequías fue profano e impío, pues a su abominable idolatría añadió el pecado del perjurio, quebrantando un juramento solemne. Por lo tanto, el reino le fue quitado. La diadema pasó de los descendientes de David, a la cabeza de un caldeo, y surge ante nuestra vista el reino de Babilonia. Hemos leído ya sobre su extensión, y disponemos también del testimonio del profeta Daniel, en su explicación sobre la gran estatua que Nabucodonosor vio en un sueño que le dio el Dios del cielo:

"Tú, rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad. Dondequiera que habitan hijos de hombres, bestias del campo y aves del cielo, él los ha entregado en tus manos, y te ha dado el dominio sobre todo. Tú eres aquella cabeza de oro" (Dan. 2:37 y 38).

Vemos aquí la huella del dominio que en el principio se le dio al hombre (Gén. 1:26), si bien la gloria y el poder habían disminuido considerablemente. Pero vemos cómo Dios seguía teniendo sus ojos en ello, y estaba obrando por su restauración, de acuerdo con la promesa hecha a Abraham.

De Babilonia al reino eterno

La Biblia dedica muy poco espacio a las descripciones de la grandeza humana, y el profeta se apresura en llegar a la conclusión. En Ezequiel 21:27 están predichas tres revueltas o revoluciones, a continuación de haber pasado a manos de Nabucodonosor el dominio de toda la tierra. Puesto que su reino era de alcance mundial, las tres convulsiones predichas han de referirse igualmente a hechos relacionados con el establecimiento de un imperio universal. Así, el profeta Daniel continuó en estos términos su explicación del sueño de Nabucodonosor:

"Después de ti se levantará otro reino, inferior al tuyo; y luego un tercer reino de bronce, el cual dominará sobre toda la tierra" (Dan. 2:39).

Daniel 5 muestra que el reino que sucedió a Babilonia fue Medo-Persia; y en Daniel 8:1-8, 20 y 21 vemos que el tercer reino, el sucesor de Medo-Persia en el dominio universal mundial, fue el de Grecia. Tenemos aquí bosquejada a grandes rasgos la historia del mundo, durante varios siglos. Las dos primeras convulsiones de Ezequiel 21:27 quedan aclaradas: Babilonia fue seguida por Medo-Persia, y esta lo fue a su vez por el imperio de Grecia.

No se nombra directamente al último de estos reinos universales de la tierra, el que sigue a la tercera gran convulsión, pero se lo identifica claramente. El nacimiento de Cristo ocurrió en los días de César Augusto, quien promulgó un edicto que obligaba a todos a empadronarse (Luc. 2:1). Por lo tanto, podemos estar seguros de que Roma es el producto de la tercera gran revolución mundial. De hecho, desembocamos indefectiblemente en ese imperio, pues no hay otro en la historia que pudiera ocupar su lugar. Así, cuando Babilonia regía el mundo, fueron predichas tres grandes revoluciones que traerían en su estela tres grandes imperios sucesivos: Medo-Persia y Grecia son citadas literalmente en la línea de sucesión, y después encontramos al emperador de Roma rigiendo el mundo. Se trata de pruebas estrictamente bíblicas. La historia secular provee evidencias abrumadoras e inagotables que testifican de la exactitud del registro sagrado.

Pero la revolución que resultó en la entrega del poder mundial a Roma, fue la última revolución general que ha de tener lugar en este mundo "hasta que venga aquel [Aquel] a quien corresponde el derecho". Desde la caída de Roma, no pocos han soñado con la posesión de un dominio mundial, pero sus sueños han venido a desvanecerse en la nada.

Cristo estaba en la tierra, es cierto, pero era un extranjero, como Abraham, sin un lugar en donde recostar su cabeza. No obstante, vino "a publicar libertad a los cautivos" (Isa. 61:1), y proclamó que todo aquel que permaneciera en su palabra conocería la verdad, y ésta lo haría libre. Día tras día y año tras año, a medida que los siglos han ido transcurriendo, ha venido resonando la proclamación de libertad, y fatigados cautivos han hallado libertad del poder de las tinieblas. No toca a nosotros saber los tiempos o las épocas que el Padre puso en su sola potestad; pero sabemos que cuando la profesa iglesia de Cristo consienta en ser llenada de su Espíritu, el mundo entero oirá sin demora el mensaje del evangelio en la plenitud de su poder, y entonces vendrá el fin. Cuando eso suceda, toda la creación que ahora gime, será libertada de la servidumbre de corrupción a la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom. 8:21).

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