Capítulo 44

El Pacto Eterno: las promesas de Dios
Las promesas a Israel

The Present Truth, 4 marzo, 1897


De nuevo en cautividad (III)

Por más que se sientan orgullosos de su libertad e independencia, en general los hombres prefieren la esclavitud, y elegirán la servidumbre más bien que la libertad. Así lo demuestran sus hechos.

Rechazar la libertad

El Dios del universo ha proclamado libertad a toda la raza humana; siempre ha dado libertad a todos; pero sólo unos pocos tomarán ventaja de ello. La experiencia del antiguo Israel no es más que la experiencia del corazón humano. Por dos veces el Señor expresó claramente a Abraham que su descendencia sería libre: una, cuando dijo que su siervo Eliezer no sería su heredero, y otra cuando le manifestó que el hijo de una sierva tampoco podía serlo. Posteriormente, el Señor liberó a Israel de la servidumbre de Egipto a fin de que pudiera gozar de libertad, incluida la de la obediencia a la perfecta ley de libertad; pero murmuraron "y en sus corazones se volvieron a Egipto cuando dijeron a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros" (Hech. 7:39 y 40).

Cuarenta años más tarde Dios los libró del oprobio de Egipto, pero con el tiempo desearon ser como los paganos que los rodeaban al pedir un rey, y eso a pesar de que se les había advertido que tener un rey los convertiría en esclavos. Y así sucedió, ya que no sólo aprendieron los caminos de los paganos, sino que incluso los superaron. "Jehová, el Dios de sus padres, les envió constantemente avisos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su morada. Pero ellos se mofaban de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio" (2 Crón. 36:15 y 16), y el Señor cumplió su amenaza de transportarlos más allá de Babilonia (Amós 5:25-27; Hech. 7:43).

Esclavos del pecado

Esa cautividad babilónica era sólo la expresión visible de la esclavitud en la que el pueblo se había colocado previamente de forma voluntaria. Se habían jactado de ser libres, mientras que eran "esclavos de corrupción, pues el que es vencido de alguno es hecho esclavo del que lo venció" (2 Ped. 2:19). "Todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado" (Juan 8:34). La esclavitud física es un asunto menor, al lado de la esclavitud del alma, pero de no ser por esta última, nunca se habría conocido la primera.

La deportación de Israel a la ciudad de Babilonia era extraordinariamente pertinente. No era por casualidad como fueron llevados allí, en lugar de serlo a cualquier otra parte. Babilonia –Babel- significa confusión; confusión en consecuencia de la exaltación propia y el orgullo, "pues donde hay celos y rivalidad, allí hay perturbación y toda obra perversa" (Sant. 3:16). El nombre de Babilonia tuvo este origen:

Los constructores de Babel

"Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Aconteció que cuando salieron de oriente hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Un día se dijeron unos a otros: ‘Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego’. Así el ladrillo les sirvió en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Después dijeron: ‘Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de toda la tierra’. Jehová descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: ‘El pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; han comenzado la obra y nada los hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero’. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra" (Gén. 11:1-9).

Desafiando a Dios

Albergaban la idea de que podían construir una ciudad tan grande y una torre tan alta como para desafiar los juicios de Dios. Se creían realmente mayores que Dios. Es la misma idea que tuvo Lucifer, de quien leemos:

"¡Cómo caíste del cielo, Lucero, hijo de la mañana! Derribado fuiste a tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: ‘Subiré al cielo. En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono y en el monte del testimonio me sentaré, en los extremos del norte" (Isa. 14:12-14).

Es fácil ver que el espíritu que hubo en Lucifer era el mismo que animaba a los constructores de Babel, y la razón es que fue Satanás mismo –Lucifer caído- quien impulsó esa obra. Él es "el príncipe de este mundo" (Juan 14:30), "el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia" (Efe. 2:2). Volvamos ahora al comienzo del capítulo 14 de Isaías, de donde hemos tomado el párrafo anteriormente citado, y veamos la relación del caído Lucifer con Babilonia, observando de paso que el capítulo anterior (el 13) habla sobre la futura destrucción de Babilonia.

Se juzga al príncipe de este mundo

La ciudad altiva sería totalmente destruida:

"Porque Jehová tendrá piedad de Jacob, de nuevo escogerá a Israel y lo hará reposar en su tierra. A ellos se unirán extranjeros, que se agregarán a la familia de Jacob. Los pueblos los tomarán y los llevarán a su lugar, y la casa de Israel los poseerá como siervos y criadas en la tierra de Jehová. Cautivarán así a los que cautivaron y señorearán sobre los que los oprimieron. En el día en que Jehová te de reposo de tu trabajo, de tus temores y de la dura servidumbre en que te hicieron servir, pronunciarás este proverbio contra el rey de Babilonia y dirás: ¡Cómo acabó el opresor! ¡Cómo ha acabado la ciudad codiciosa de oro! Quebrantó Jehová el bastón de los impíos, el cetro de los señores: el que hería a los pueblos con furor, con llaga permanente, el que se enseñoreaba de las naciones con ira y las perseguía con crueldad. Toda la tierra está en reposo y en paz. Se cantaron alabanzas. Aun los cipreses se regocijaron a causa de ti, y los cedros del Líbano, diciendo: Desde que tú pereciste, no ha subido cortador contra nosotros. El seol abajo se espantó de ti; despertó a los muertos para que en tu venida salieran a recibirte; hizo levantar de sus sillas a todos los grandes de la tierra, a todos los reyes de las naciones. Todos ellos darán voces y te dirán: ¿Tú también te debilitaste como nosotros y llegaste a ser como nosotros? Descendió al seol tu soberbia y el sonido de tus arpas; gusanos serán tu cama y gusanos te cubrirán" (Isa. 14:1-11).

Sigue a continuación la declaración directa del Señor: "¡Cómo caíste del cielo, Lucero, hijo de la mañana!", etc, tal como hemos leído, afirmando que su caída se debió a su exaltación propia, para continuar así:

"Mas tú derribado eres hasta el seol, a lo profundo de la fosa. Se inclinarán hacia ti los que te vean; te contemplarán, diciendo: ¿Es este aquel varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos, que puso el mundo como un desierto, que asoló sus ciudades, que a sus presos nunca les abrió la cárcel? Todos los reyes de la tierra, todos ellos, yacen con honra cada uno en su última morada. Pero tú echado eres de tu sepulcro como un vástago abominable, como un vestido de muertos pasados a espada, que descendieron al fondo de la fosa, como un cadáver pisoteado. No serás contado con ellos en la sepultura, porque tú destruiste tu tierra, mataste a tu pueblo. No será nombrada por siempre la descendencia de los malignos" (vers. 15-20).

El propósito divino: la destrucción del opresor

Después de esa interpelación directa al gran tirano, sigue la continuación de la narrativa que lo concierne:

"Preparad a sus hijos para el matadero por la maldad de sus padres; que no se levanten ni posean la tierra ni llenen de ciudades la faz del mundo. Porque yo me levantaré contra ellos, dice Jehová de los ejércitos, y raeré de Babilonia el nombre y el sobreviviente, hijo y nieto, dice Jehová. Y la convertiré en posesión de erizos y en tierra cenagosa. La barreré con escobas de destrucción, dice Jehová. Jehová de los ejércitos juró diciendo: Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado; se confirmará como lo he determinado: y quebrantaré al asirio en mi tierra y en mis montes lo pisotearé; su yugo será apartado de ellos y su carga será quitada de su hombro" (vers. 21-25).

Y vienen ahora las impresionantes palabras, a modo de resumen:

"ESTE ES EL PLAN ACORDADO CONTRA TODA LA TIERRA, Y ESTA ES LA MANO EXTENDIDA CONTRA TODAS LAS NACIONES. Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder?" (vers. 26 y 27).

La soberbia del poder terrenal

Habrás observado que la liberación final y completa de todo Israel coincide con la destrucción del rey de Babilonia. También habrás notado que ese rey de Babilonia reina sobre toda la tierra: su destrucción trae reposo a toda la tierra. Puedes ver asimismo que a ese rey de Babilonia se le llama Lucifer, el que intentó disputar a Dios el dominio del mundo. La cuestión es, no obstante, que sea cual haya sido el gobernador visible, Satanás era siempre el auténtico rey. Así lo muestra también el hecho de que Babilonia fue un reino pagano, y "aquello que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican y no a Dios" (1 Cor. 10:20). Es "el dios de este mundo" (2 Cor. 4:4). El espíritu de exaltación propia está en radical oposición con el Espíritu de Dios, cuya mansedumbre y bondad constituyen su grandeza. Se trata del espíritu del anticristo, "el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto, que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios" (2 Tes. 2:4). Ese espíritu fue el rasgo característico de Babilonia, excepto en el breve período en que Nabucodonosor estuvo en sus sentidos. Él había dicho jactanciosamente: "¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?" (Dan. 4:30). Belsasar utilizó los vasos de la casa de Dios para beber vino en ellos, junto a sus mujeres y concubinas, "y alabaron a los dioses de oro y plata, de bronce, de hierro, de madera y de piedra" (Dan. 5:3 y 4), enorgulleciéndose en la creencia de que los dioses que él había hecho eran mayores que el Dios de Israel. De Babilonia fue dicho: "Te confiaste en tu maldad, diciendo: ‘Nadie me ve’. Tu sabiduría y tu misma ciencia te engañaron, y dijiste en tu corazón: ‘Yo, y nadie más’" (Isa. 47:10).

Significado de ser liberado de Babilonia

Fue ese mismo espíritu el que animó al pueblo judío. Cuando insistieron en tener un rey a fin de ser como los paganos que los rodeaban, rechazaron a Dios, puesto que decidieron que ellos mismos podían administrar las cosas mejor que él. "¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque estos no son dioses? Sin embargo, mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no aprovecha. ¡Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos! ¡Pasmaos en gran manera!, dice Jehová. Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua" (Jer. 2:11-13). "¿He sido yo un desierto para Israel o una tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: ‘Somos libres; nunca más vendremos a ti’?" (vers. 31). Por lo tanto, cuando los hijos de Israel fueron llevados a Babilonia -la ciudad del orgullo y la exaltación-, no fue sino la manifestación visible de la condición en la que por largo tiempo habían estado. Fueron llevados a Babilonia por no haber guardado el sábado, tal como leemos en Jeremías 17:27 y en 2 de Crónicas 36:20 y 21. Hemos visto ya que la observancia del sábado consiste en reposar en Dios; significa reconocerlo plenamente como el supremo y legítimo Gobernante. Por lo tanto, hemos de comprender que la completa liberación de Babilonia es la liberación de la esclavitud del yo, en favor de una absoluta confianza en Dios, y de la obediencia a él.

Se cumplen los setenta años

De igual forma en que Dios había determinado un tiempo definido en el que liberaría a su pueblo de Egipto, predijo también el tiempo exacto de la cautividad de Israel en la ciudad de Babilonia. "Así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis. Vendréis y oraréis a mí, y yo os escucharé. Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Seré hallado por vosotros, dice Jehová; haré volver a vuestros cautivos y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová. Y os haré volver al lugar de donde os hice llevar" (Jer. 29:10-14).

Lo mismo que sucedió la primera vez, en esta segunda todo ocurrió conforme a la Palabra de Dios. La cautividad comenzó en el año 606 A.C. y sesenta y ocho años más tarde, el 538 A.C. la ciudad de Babilonia cayó en manos de los Medo-Persas (ver Dan. 5). Leemos acerca de ese tiempo: "En el primer año de Darío hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos, en el primer año de su reinado, yo, Daniel, miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, en los que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén: setenta años. Volví mi rostro a Dios, el Señor, buscándolo en oración y ruego, en ayuno, ropas ásperas y ceniza" (Dan. 9:1-3). Por fin había al menos un hombre que buscaba a Dios de todo corazón. No sabemos si además de Daniel, otros lo estaban buscando también. En todo caso no debieron ser muchos; no obstante, Dios cumplió su parte al pie de la letra. Dos años después de la oración de Daniel, en el año 536 A.C., exactamente setenta años después del comienzo de la cautividad de Israel en la ciudad de Babilonia, Ciro, el rey de Persia, promulgó un edicto que encontramos en Esdras 1:1-4:

"En el primer año de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra de Jehová anunciada por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro, rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito en todo su reino, este decreto: Así ha dicho Ciro, rey de Persia: Jehová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha mandado que le edifique una casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, sea Dios con él, suba a Jerusalén, que está en Judá, y edifique la casa a Jehová, Dios de Israel (él es el Dios), la cual está en Jerusalén. Y a todo el que haya quedado, en cualquier lugar donde habite, que las gentes de su lugar lo ayuden con plata, oro, bienes y ganados, además de ofrendas voluntarias para la casa de Dios, la cual está en Jerusalén".

Se estimó que el número de los que regresaron a Jerusalén como resultado de esa proclamación, fue de "cuarenta y dos mil trescientos sesenta, sin contar sus siervos y siervas, que eran siete mil trescientos treinta y siete. Había también doscientos cantores y cantoras". "Habitaron los sacerdotes, los levitas, los del pueblo, los cantores, los porteros y los sirvientes del Templo en sus ciudades. Todo Israel habitó, pues, en sus ciudades" (Esdras 2:64 y 65, 70).

Una lección todavía sin aprender

No todos regresaron a Jerusalén, pero todos podían haberlo hecho. Si todo Israel hubiera aprendido la lección que había de enseñarles la cautividad, se habría podido cumplir rápidamente la tan demorada promesa, pues desde el principio de la cautividad el único período de tiempo definido en la profecía era el de los setenta años. Pero de igual forma en que el pueblo estaba ya realmente en la cautividad babilónica –es decir, en la esclavitud del orgullo y la confianza propia- desde antes de ser deportados por Nabucodonosor, continuaron en ese mismo estado de esclavitud tras haberse cumplido los setenta años. Dios predijo que así sucedería, de forma que hacia el final de ese período dio una visión a Daniel, en la que estableció otro período de tiempo.

En el próximo capítulo estudiaremos acerca de ese gran período profético y de los eventos implicados: el llamamiento final a salir de Babilonia.

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