General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 4)

A.T. Jones

 

Anoche terminamos nuestro estudio dirigiendo la atención al ejemplo y acción de Cristo cuando se le pidió que atravesara el límite que le está permitido a un embajador. Hoy retomamos el estudio leyendo Juan 20:21:

Entonces Jesús les dijo otra vez: -¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así también yo os envío.

Cuando a Cristo se le pidió que ejerciera el oficio de juez o de árbitro, rehusó hacer tal cosa. Ahora declara: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”, y en otro versículo leemos cuál es la situación del cristiano en el mundo (1 Juan 4:17): “Como él es, así somos nosotros en este mundo”. Aunque de un modo diferente, esos versículos están enseñando la misma verdad que estudiamos anoche: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”. Y tras la experiencia que hemos escuchado esta tarde del hermano Holser relativa a Suiza, ¿os parece que es ir demasiado lejos si tomamos todas esas escrituras por lo que afirman, y aceptamos el principio que en ellas subyace? Tal como explica el número de esta semana de Review and Herald, nuestra casa publicadora se estableció en Suiza por considerar que allí gozaría de la mayor libertad, y que tendría las mejores oportunidades para desarrollar nuestra obra por el mayor tiempo posible. También se consideró a Estados Unidos como la tierra de la libertad. Y eso es cierto: fue así. Pero ahora Estados Unidos y Suiza son los dos países en donde mayor persecución hay, y donde progresan esas iniquidades más que en la propia Rusia. A la luz de las experiencias referidas anoche, ¿acaso no demuestra eso suficientemente que cuando establecemos la más mínima conexión con ellos y nos apoyamos de alguna forma en ellos nos estamos apoyando en una caña cascada, y que cuanto antes reconozcamos que nuestro único refugio, nuestra sola seguridad está en Dios, y que nuestra única lealtad la debemos al reino de Dios, a sus leyes y a los principios que se nos han dado, tanto mejor nos irá?

Expresado de otra manera: ese principio NO nos invita a explorar hasta dónde podemos conformarnos o conectarnos con los gobiernos y reinos de la tierra, sino a lo contrario,  cuánto podemos distanciarnos de ellos. Nuestro pensamiento no ha de ser hasta dónde podemos avanzar sin comprometernos, sino cuánto podemos alejarnos para estar perfectamente seguros. Ese es el principio. Los diez mandamientos son prohibiciones. Uno de ellos dice: “No matarás”, pero al decir tal cosa, aunque el mandamiento no especifica la línea que marca cuán cerca podemos estar de matar a alguien sin llegar a hacerlo, al decirnos que no matemos nos está advirtiendo a no albergar ni siquiera un pensamiento que, de ser llevado hasta sus últimas consecuencias pudiera herir de alguna forma a alguien. Cuando dice: “No cometerás adulterio”, no nos está animando a que veamos cuánto podemos acercarnos a él sin llegar a cometerlo. Es cierto lo contrario: no podemos pensar en él sin cometerlo.

Oísteis que fue dicho a los antiguos: “No matarás”, y cualquiera que mate será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga “necio” a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga “fatuo”, quedará expuesto al infierno de fuego.

El que va tan lejos como para pensar de otro que es fatuo o necio y decide expresarle su juicio en palabras: ‘Eres necio, eres fatuo’, ha cometido asesinato; el fuego del infierno es todo cuanto puede aguardarle.

Pero ¿qué lección está enseñando el Salvador en su discurso? -Les está enseñando cuál es el significado de sus palabras: “No matarás”. Cuando Dios dijo “no matarás”, prohibió albergar un pensamiento o pronunciar una palabra que, de llevarse hasta sus últimas consecuencias, pudiera terminar en asesinato o en daño.

Oísteis que fue dicho: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.

Ya lo ha cometido. ¡Cómo: no hizo más que mirar y pensar!, eso es todo… -Pero ha cometido adulterio; por lo tanto, al prohibir la comisión del adulterio, prohibió una mirada o un pensamiento que, de ser seguidos, pudiesen llevar a cometerlo.

Se espera que la ley de Dios controle los actos, al controlar la fuente misma de los pensamientos. Ese es el principio que la Biblia aplica al ser humano. A propósito de ese principio que estamos estudiando -la separación de religión y estado-, Dios espera que tomemos posición firme. Es imposible tergiversar el principio de la forma que sea para hacerlo apoyar la unión de la iglesia y el estado, o de la religión y el estado. Si al respecto tomamos una posición que llevada hasta su final pudiera de alguna forma terminar en la unión de la iglesia y el estado, estamos en el error y carecemos del auténtico principio. Si aceptamos un punto, o hacemos una declaración que llevada a sus últimas consecuencias pudiera tender a la unión de la iglesia y el estado, es porque nuestra mente alberga la doctrina de la unión de la iglesia y el estado. Por lo tanto, si queremos estar exentos de eso, si queremos estar libres de tal cosa de forma que nuestras palabras, nuestra enseñanza y nuestra proclamación al mundo sea el testimonio de Dios contra la bestia y su imagen, y el testimonio de la verdad tal como es en Jesús, hemos de adoptar y mantener una posición que imposibilite de cualquier forma inclinarse en favor de la unión entre la iglesia y el estado.

Anoche estábamos de acuerdo -y todos debieran estarlo- en que si los que toman el nombre de Cristo hubiesen observado siempre los principios contenidos en aquellos textos que leímos, habría sido imposible que se desarrollara el papado en el mundo; y en que si los protestantes, desde los días en que Lutero hizo sonar la trompeta de Dios hasta ahora, hubieran seguido los principios contenidos en aquellos textos y hubieran continuado haciendo así, habría sido imposible que se desarrollara la imagen de la bestia.

Por lo tanto sabemos bien que la violación de los principios contenidos en esos textos que leímos anoche llevó al desarrollo del papado, ha llevado al desarrollo de la imagen del papado, y es imposible que lleve a un resultado diferente. El primer paso dado atravesando esa línea roja contenía ya todo lo que posteriormente vendría, desde el comienzo del desarrollo del papado hasta ahora.

Podríamos leer otro texto en relación con lo dicho: Marcos 12:29-30. Ante la pregunta de cuál era el gran mandamiento de la ley,

Jesús le respondió: -El primero de todos los mandamientos es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

Eso exige que el hombre lo dedique todo a Dios, durante todo el tiempo. ¿Cuánto queda, entonces, para dedicar al César? –“Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”. Una pequeña parte del dinero del cristiano -el impuesto tributado- pertenece a César, pero el cristiano mismo pertenece a Dios. ¿Cuánto del cristiano es de Dios, según derecho divino reconocido por el cristiano? Por supuesto, todos los hombres son de Dios por creación y por redención, pero el cristiano reconoce el derecho de Dios sobre él de forma que ser cristiano requiere una entrega total a Dios. A fin de llegar a esa situación, el hombre tiene que nacer de nuevo, de lo contrario no puede entrar en el reino de Dios, y ese reino no es de este mundo. Por consiguiente, tan ciertamente como la obediencia a los mandamientos de Dios requiere que se entregue a Dios la totalidad del ser humano, no queda parte alguna del hombre perteneciente al César.

Detengámonos un momento en el texto que acabamos de leer: “con toda tu mente”. Cuando la ley se cumple en mí, ¿cuánto de mi mente va a quedar disponible para dedicarla a la política, al enchufismo en asuntos municipales, para promocionar la elección de tal o cual candidato, para ver quién me promocionará a un cargo, o qué posición puedo alcanzar en el municipio o en el estado?

“Amarás al Señor… con toda tu mente”. Pero si divido mi mente y dedico parte de ella a esas cosas, dejando el resto para el Señor, ¿qué se nos dice acerca de la “persona de doble ánimo”? -Que “es inconstante en todos sus caminos”; “no piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor”. “Ninguno puede servir a dos señores”: no podéis servir a Dios y a este mundo; no podéis servir a Dios y a César.

Como se ha dicho antes, eso no significa que se deba dejar de tributar al César; Cristo ordenó que se hiciera así, pero se trata sólo de una porción del dinero que lleva acuñada la inscripción de César. Nuestro servicio, nosotros mismos, todo lo que hay en nosotros, pertenece a Dios. Los cristianos están sujetos a las potestades (gobernantes), pero sirven sólo a Dios. E incluso esa sumisión a las autoridades de esta tierra, lo es por motivos de conciencia respecto a Dios. Así lo afirma [Rom 13:1-6]. Dios ha de poseer la totalidad del corazón.

Todavía estoy hablando del tema de la bestia y su imagen, y de todos esos movimientos que han tenido lugar según vimos en las dos presentaciones precedentes, que identifican a la bestia y a su imagen tal como las vemos en los Estados Unidos. Estamos estudiando las razones por las cuales es erróneo todo eso que están haciendo; por qué las iglesias están interfiriendo en los asuntos políticos de las ciudades y a través de ellas en el país, proponiéndose de ese modo controlar la nación. ¿Por qué obran así?, ¿por qué eso es un proceder erróneo? Como ya he dicho antes, no basta con que digamos a la gente que eso está mal, sino que debemos demostrarles que efectivamente es así. Debemos mostrarles el error a partir de la Palabra, a fin de que puedan aprender de Dios qué es lo correcto, y de esa forma identificar lo erróneo.

En relación con lo anterior hemos de hacer otra consideración: sabéis que las Escrituras se refieren a la iglesia como siendo el cuerpo de Cristo, quien es cabeza de la iglesia. No necesitamos señalar las escrituras que así lo demuestran; la evidencia al respecto es abundante y estáis familiarizados con ella. Siendo la iglesia el cuerpo de Cristo y siendo Cristo la cabeza de la iglesia, ¿acaso no es la iglesia -para efectos prácticos- Cristo en el mundo? Pero Cristo enseñó -las Escrituras enseñan- la separación entre iglesia y estado. Cristo dijo: “Mi reino no es de este mundo”.

Ya que tenemos aquí esta pizarra, la emplearé retomando la ilustración de anoche relativa a las tinieblas y la luz. Este mundo son tinieblas; [tenemos a] los gobernadores de las tinieblas de este mundo. “En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz”. Representemos el oscuro mundo mediante esta pizarra, excluyendo la marca blanca sobre ella. Cuando Cristo vino al mundo, la luz brilló sobre él. En Galilea se oyó la voz del profeta clamando: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio gran luz”. Imaginemos esta línea blanca en la pizarra como siendo la separación entre las tinieblas y la luz. De este lado está la luz: aquí es donde está Cristo. Sigue estando el oscuro mundo, el mundo de las tinieblas [al otro lado]. Cristo afirma que su reino no es de este mundo. El reino de Dios es el reino de la luz y de la gloria. Él es ahí el Rey, y “el reino de Dios está entre vosotros”.

¿A qué lado de la línea está la iglesia? -Allí donde está Cristo, ya que vimos que Cristo es la iglesia; la iglesia es Cristo mismo en el mundo. Así pues, aquí -en la luz- está la iglesia, aquí está Cristo; allá, en las tinieblas, están los estados, los gobiernos que son de este mundo. Ninguno de los gobiernos que ha habido en la tierra entrará en el cielo. Cristo está separado de ellos; rehusó taxativamente asumir la función de juez o árbitro, se negó a hacer lo que les corresponde en derecho a ellos.

Otro punto: en cierta ocasión le fueron ofrecidos “todos los reinos del mundo”. ¿Por qué no aceptó tal oferta de convertirse, mediante aquel don, en la cabeza de todos los gobiernos y reinos de este mundo, a quienes habría podido manipular y mediante la acción política “regenerar la sociedad”, “redimir las ciudades”, reformar a los alcaldes, gobernantes, presidentes, reyes y emperadores, y de esa forma “salvar” al mundo? ¿Por qué lo rehusó? -Eso no habría hecho más que asegurar la ruina eterna para el mundo.

Cristo no asintió. No podía hacer tal cosa. Se le estaba ofreciendo el gobierno, la posesión de todos los reinos del mundo. Pero lo rehusó. Sin embargo, aquí tenemos a estos dirigentes eclesiásticos de nuestros días codiciándolos y esforzándose por obtenerlos. Si todos los cristianos, desde los días de Cristo hasta los nuestros, hubieran actuado en relación con los reinos de este mundo tal como lo hizo Cristo, ¿habría podido surgir el papado? -No. ¿Habría podido formarse una imagen de él? -Imposible. Por consiguiente, ¿cuál es la posición que debieran tomar en esto los cristianos? -La posición que ocupó Cristo, quien rehusó implicarse de la forma que fuese en los reinos de este mundo.

Hay una consideración que nos debemos hacer esta noche: esos dirigentes eclesiásticos de la Reforma Nacional se proponen “regenerar la ciudad”, “redimir el estado”, “salvar a la nación por el interés de la sociedad, procurando la prosperidad de los reinos, las naciones y el avance de la civilización, lo que a su vez va a redundar en la prosperidad, gloria y exaltación de la iglesia”. Preguntan: ‘Si se mantiene esa línea clara de separación entre la iglesia y el estado, ¿en qué va a terminar la civilización?, ¿cómo va a influir la iglesia en el mundo?’ Argumentan que la iglesia está ciertamente en el mundo para beneficiarlo de alguna forma. Ahí están esas ciudades, estados, reinos y naciones que son corruptos, y la iglesia tiene que ejercer alguna influencia en ellos. Si es que debe mantenerse completamente separada de ellos, ¿cómo va a poder influirles para bien? Tales son sus cuestiones y argumentos.

La respuesta es que separarse totalmente de ellos es la única forma en que puede influenciarlos para bien. La iglesia tiene una influencia en el mundo, en los reinos, naciones y pueblos cuando, y sólo cuando se comporta fielmente como la iglesia de Cristo, no siendo del mundo como Cristo no es del mundo. Cuando la iglesia no actúa así, ciertamente será una influencia en el mundo, pero sólo para arruinarlo.

Quiero hacer ver el principio de que el objetivo del cristianismo no es civilizar a nadie. El único objetivo del cristianismo es cristianizar a las personas. Y es mil veces preferible que haya un salvaje cristiano, antes que tener toda una nación de cristianos salvajes. Admito que eso parece una paradoja; así pues, permitidme que lo explique, pues es verdad. El papado alardea jactanciosamente por ser el civilizador de las naciones; incluso se considera la madre, el terreno y la sede de la civilización. Permítase a un misionero papal ir a una tribu o nación de salvajes. Puede conseguir que el rey o los jefes acepten la enseñanza católica. Puede ciertamente lograr que se vistan, que construyan casas, que vallen los campos y que labren sus huertos, llevándolos de esa forma desde un estado de vida salvaje a uno civilizado. Incluso puede lograr que dejen de guerrear (excepto si es por “la fe”). En ese sentido están civilizados, y sobre esa base los declara cristianos. Se les enseña a considerarse cristianos. Otros paganos y otros salvajes los miran como a cristianos y los tienen por tales. De esa forma, [el papado] ha logrado “una nación cristiana”. Pero de hecho no han cambiado en cuanto a su disposición general; siguen siendo de corazón salvaje, y llegada la ocasión, especialmente cuando lo requiera “la fe”, se mostrarán absolutamente salvajes. Hay abundante evidencia del hecho, pues jamás ha habido en el mundo un salvajismo peor, incluso entre los más salvajes, que el que se instaló por siglos en el Imperio romano durante la dominación papal. Es imposible que el hombre se vuelva más salvaje de lo que fueron esos campeones de la ortodoxia. Eso es lo que significa mi expresión: “cristianos salvajes”.

Por el contrario, permítase que un ministro cristiano, o simplemente un cristiano, vaya individualmente a una nación de salvajes -tal como ellos viven en la selva- y les presente el evangelio de Jesucristo en el amor de Dios. Cuando uno de esos salvajes se convierte a Jesucristo, puede seguir llevando vestimenta salvaje, o carecer de vestimenta; puede ignorarlo todo respecto a vallar un campo, edificar una casa, o cosas por el estilo que solemos considerar características de la civilización; pero es un cristiano. Su corazón cambió. Sin embargo, según ve las cosas el mundo, según las ve el hombre y en lo que respecta a la civilización, pasaría por un salvaje. Pero es un cristiano, y al cristianizarse se civiliza de una forma natural. Ciertamente, si continúa su vida, a su debido tiempo aparecerán las formas de la civilización. Eso es lo que significa mi expresión: “salvaje cristiano”, y eso es lo que quería decir al sugerir que es preferible que haya un salvaje cristiano, más bien que toda una nación de cristianos salvajes.

Si la civilización fuera la meta y objetivo del cristianismo, entonces no había lugar para el cristianismo en el mundo en el lugar donde comenzó y en el tiempo en que lo hizo. Pensad en esto: ¿Acaso no estaban ya civilizados los judíos?

Pero si alguien pretendiera que los judíos no alcanzaban la plena norma de la civilización hasta el punto de satisfacer al movimiento de la Reforma Nacional, pensemos en Grecia y en Roma. ¿Cuál era la situación de Grecia y Roma por aquel tiempo en lo relativo a la civilización? Era tan elevada, que todo cuanto tiene que ver con ella en la actualidad en las naciones civilizadas, no es más que una copia de la civilización, arte, esplendor, legislación y formas de gobierno de los griegos y romanos. Por esa razón afirmo que si la meta del cristianismo es la civilización; si ese es de alguna forma el objetivo del cristianismo y de la obra cristiana, entonces no había lugar para el cristianismo en el lugar y el tiempo en que comenzó en el mundo: existía un grado de civilización que las naciones nunca han alcanzado todavía desde entonces hasta hoy. Pero observad: ¿qué tipo de personas componía aquel mundo civilizado? -Eran paganos. Y el evangelio fue enviado a esos paganos civilizados tanto como a los más salvajes entre los paganos que poblaran la tierra. No sólo eso: si se pudiera establecer alguna distinción, aquellos paganos civilizados estaban en mayor necesidad del evangelio que los salvajes.

Ahora bien, es un hecho que el cristianismo tiene mucho que ver con civilizar a la gente, pero a condición de que no se haga esfuerzo alguno, mediante el evangelio, por civilizar a nadie. Es decir: si el cristianismo, que se da al mundo solamente para cristianizar a las personas, es mal-empleado para civilizarlas, no conseguirá ni siquiera eso. Por el contrario, si aquello que fue dado al mundo solamente para cristianizar a los hombres se emplea únicamente para ese fin, logrará ambas cosas: cristianizará a la gente, y como consecuencia la civilizará.

Es la repetición de la misma vieja historia. Cuando uno toma las cosas que Dios ha dado con el propósito más supremo y elevado que quepa nombrar o pensar, y las emplea con un propósito distinto, se malogra incluso el propósito para el que uno la mal-emplea. Pero si, por el contrario, se toman las cosas solamente según el propósito para el que Dios las dio, dicho propósito se verá cumplido, y se obtendrán los benditos frutos de ello junto al resto por añadidura. La Biblia está llena de ilustraciones de ese principio, pero encontramos aquí su resumen: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”.

Por lo tanto, los cristianos no debieran procurar civilizar a los hombres, sino simplemente cristianizarlos, en cuyo caso la civilización vendrá por ella misma. Los cristianos no han de procurar civilizar a las personas a fin de cristianizarlas. Los cristianos procuran cristianizar a las personas a fin de salvarlas. Y vuelvo a afirmar que los implicados en la Reforma Nacional, al obrar en pro de lo que denominan el avance de la civilización, los intereses de la civilización, intentando conectar el senado con la iglesia, están simplemente obrando en pro de la ruina de la civilización de que gozamos ya actualmente. Ese esfuerzo tendrá como único resultado pervertir los elementos de la civilización que existe hoy, degradándolos hasta llevar a la más salvaje crueldad: a la imagen de la bestia.

En consecuencia, jamás permitamos que se nos engañe con un argumento como ese. Señalad el hecho, y mostradlo ateniéndoos a la línea recta que va desde el cielo hasta la tierra, separando la iglesia y el estado. La iglesia de Jesucristo obra en este mundo mediante los miembros de su cuerpo -que es la iglesia- con el propósito de cristianizar a las personas en procura de su salvación.

Enseñad a todos que cuando la iglesia dedica todos sus poderes, toda su mente y todas sus fuerzas a ese objetivo influenciará al mundo, a las naciones y a los reinos… -iba a decir infinitamente más de como lo lograría de la otra manera, pero en realidad, de la otra manera no influenciará en absoluto para el bien. De la forma correcta sí lo hará, mientras que separándose en el espesor de un cabello de ella, logrará sólo que la influencia que lo sería para el bien se torne en lo contrario.

Lo uno es Cristo; lo otro el anticristo. La obra de la iglesia, el propósito del cristianismo, no es la civilización, sino la SALVACIÓN mediante la fe solamente en nuestro Señor Jesucristo.

 

 

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