General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 8)

A.T. Jones

 

Nuestro estudio será continuación del que tuvimos la noche del viernes: qué es Babilonia, cuánto abarca y en qué consiste salir de ella. Es posible que no completemos el estudio en esta sesión, pero a partir de las evidencias consideradas el pasado viernes quedó ya claro que no hay otra tarea por hacer, excepto la de advertir al mundo de la devastación que se cierne sobre él, y la de hacer resonar el llamado de Dios para salvar a las personas de la ruina. Lo que debemos hacer es alzar la voz, hacer que se oiga la advertencia y el llamado {“Salid de ella, pueblo mío”}, y el Señor traerá a los que escuchen convicción de que eso es lo que deben hacer. A ellos corresponde decidir si van a hacerlo o no, pero el Señor hará que sepan que eso es lo que tienen que hacer.

Anoche destaqué, especialmente al leer por vez primera las palabras “Oí otra voz del cielo, que decía: ‘¡Salid de ella, pueblo mío!’”, que es del Cielo de donde proviene la voz que los llama a salir de ella. En consecuencia, los instrumentos humanos que presten su voz para hacer resonar el llamado, han de estar de tal modo conectados con Dios, que la gente que los escuche oiga la voz del Cielo. Hemos de estar hasta tal punto conectados con Dios, que al proclamar “Salid de ella, pueblo mío”, el Espíritu de Dios les diga: ‘Eso es lo que debes hacer’. Los que den la advertencia han de estar de tal modo conectados con Dios, que cuando la voz les presente las palabras de Dios mostrando la situación tal cual es en la actualidad, el Espíritu de Dios impresione a los que oyen convenciéndolos de que esa es la verdad, de que estamos en el tiempo en el que deben salir de ella.

Pero insisto en que a ellos corresponde decidir si lo harán o no. Dios nunca hace salir a nadie arrastrándolo. Tenemos una ilustración de lo que estoy diciendo en el episodio en que Pedro y Juan estaban encarcelados en Jerusalem, y el ángel del Señor los liberó, siendo emplazados a comparecer ante el sanedrín en la mañana siguiente (Hech 4:13). Cuando en el sanedrín vieron “la valentía de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se admiraban; y les reconocían que habían estado con Jesús.

Ante las palabras y la presencia de aquellos dos discípulos de Cristo, los sacerdotes y gobernantes fueron convencidos de la misión de Cristo y de que aquellos hombres estaban en lo cierto. “Y les reconocían que habían estado con Jesús”. Ahora bien, en lugar de rendirse a aquella convicción, se endurecieron contra ella y ordenaron que los discípulos fueran expulsados. “Entonces les ordenaron que salieran del Concilio y deliberaban entre sí, diciendo: -¿Qué haremos con estos hombres? Porque, de cierto, señal evidente ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que viven en Jerusalén, y no lo podemos negar. Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémoslos para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. Entonces los llamaron y les ordenaron que en ninguna manera hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan respondieron, diciéndoles: -Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios, porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Ellos entonces, después de amenazarlos, los soltaron, no hallando ningún modo de castigarlos”.

Estaban resueltos a castigarlos aunque no encontraran cómo hacerlo en aquellas circunstancias, pero lo cierto es que profirieron todas esas amenazas y quisieron castigarlos en contra de su propia convicción de que los discípulos estaban actuando correctamente. Ahí es donde Dios quiere que su pueblo esté hoy. Tenemos ahora un mensaje para el mundo, que es tan importante como lo fue el de los discípulos de entonces, y nuestra posición no será la correcta hasta que no nos encontremos en una conexión tal con Dios, que cuando hablemos la verdad allí donde vayamos, y demos a las personas el mensaje que él nos ha encomendado, el Espíritu de Dios pueda estar allí para llevar el testimonio a las personas y les diga: ‘Eso es así; el mensajero te está presentando la verdad’. Todo cuanto podemos hacer es llevar el mensaje a las personas. Nosotros no podemos hacer que salgan, y Dios nos les hará salir por la fuerza. Él se gana a las personas diciéndoles qué es la verdad, y haciendo pasar su bondad ante ellas. Eso es lo que Dios va a hacer cuando el instrumento humano mediante el que obra esté de tal forma relacionado con él, que permita que el Espíritu hable por su voz, de manera que las personas, al oír palabras pronunciadas por un ser humano, estén oyendo la “voz del cielo”.

Me alegra -y no se trata de una impresión, sino de la convicción del hecho- que todos y cada uno de quienes se entreguen a la verdad de Dios tal como el Señor nos la revela hoy, y tal como la va a revelar a todo hombre, vaya a ser llevado por la verdad al preciso lugar en el que el Espíritu de Dios podrá obrar con él todo el tiempo de ese modo.

Sabemos que hemos estado por más de dos años en el tiempo cuando el Señor ha declarado: “¡Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz!” Eso es verdad, y lo sabemos todos los que estamos aquí. Ahora bien, no podemos levantarnos a nosotros mismos. Es la verdad de Dios la que nos ha de levantar. El poder de Dios ha de tener su lugar, y nos levantará. Evidentemente, antes de resplandecer nos hemos de levantar. No podemos brillar aquí abajo donde estamos; no estamos en la posición correcta para hacerlo; hemos de levantarnos a fin de poder brillar, porque es arriba donde está la luz. Estamos demasiado cerca de la tierra -los adventistas del séptimo día, todos nosotros, estamos demasiado cerca de la tierra, demasiado abajo, demasiado cerca de las tinieblas; así no podemos brillar de la forma en que Dios ha dispuesto que hagamos. Por consiguiente, nos dice: “Levántate, resplandece”.

Pero repito: de nada sirve que intentemos levantarnos a nosotros mismos. Y afirmo también que tan ciertamente como cualquier adventista del séptimo día que esté aquí en esta asamblea -o en el lugar que sea de la tierra- entregue enteramente su voluntad, su cuerpo, su mente y corazón -todo- a Dios, tomando su verdad por lo que es, Dios se encargará de que esa verdad lo levante hasta el lugar en el que brillará.

En consecuencia, dediquémonos aquí mismo al estudio sincero del asunto, y de la obra que hay pendiente de realizar, de una forma en que podamos ver lo que Dios tiene que impartirnos de su verdad, que nos va a levantar hasta el lugar en el que pueda obrar en nosotros según su buena voluntad, y desde el que, al utilizarnos y hablar mediante nosotros, la gente pueda ver que el poder de Dios está allí, y pueda oír la voz del cielo. Si tal no sucede, no podemos dar el mensaje. Eso es todo.

De nada sirve que digamos a las personas: “Salid de ella, pueblo mío”, si nuestras palabras carecen del poder que hará que salgan; no hay poder alguno de nuestra parte capaz de hacer que la cosa ocurra. Sería simplemente hablar al aire. Vivimos en un tiempo en que tiene demasiada importancia el que no hablemos al aire. Dios quiere que hablemos a las personas de forma que él pueda hablarles al corazón en las palabras que les dirijamos.

Por nosotros mismos carecemos de la capacidad para realizar esa obra. Tenemos la palabra: “Nuestra capacidad proviene de Dios” (2 Cor 3:5). Podemos poner toda nuestra confianza en ella y permitir que Dios nos lleve al lugar donde su suficiencia se manifieste en nuestra obra, y “nuestra capacidad proviene de Dios”. Eso significa simplemente que Dios va a hacer provisión para nuestra incapacidad, que nos va a hacer capaces.

Avancemos algo más en lo relativo a cuánto abarca Babilonia. Recordaréis que en lecciones pasadas hemos leído que todo el mundo va a honrar a la bestia -al papado- y a obedecer sus dictados; todos lo harán, excepto aquellos cuyos nombres permanezcan escritos en el libro de la vida. Pero hay algunos textos adicionales que podemos leer sobre el tema. Veamos Apoc 17:8, especialmente la última parte del versículo, aunque lo voy a leer en su totalidad:

La bestia que has visto era y no es, y está para subir del abismo e ir a perdición. Los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será.

Se asombrarán cuando vean la bestia que fue, que no es, y que volverá a ser. Pero habrá ciertas personas que no se asombrarán lo más mínimo por ello. Todo el mundo estará sorprendido, asombrado, estupefacto, observando maravillado; pero va a haber un pueblo que no se preocupará porque así sea, y son aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida, los que no adoran a la bestia y su imagen. Leo particularmente ese texto para relacionarlo con el pensamiento de anoche, consistente en que “todos los que moran en la tierra le adoraron, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida”. Todos los reinos de la tierra cometieron fornicación con Babilonia; los habitantes de la tierra resultan embriagados con el vino de la ira de su fornicación, lo que demuestra que todo el mundo está conectado con ella, y en virtud de ese prodigio {Babilonia} va a alcanzar la posición en la que va a cumplirse la escritura.

Hagamos ahora una pregunta: tomando el asunto tal como lo presentan las Escrituras resulta que todos los reinos de la tierra están juntos con Babilonia, fornicando con ella, en una relación ilícita con ella; los habitantes de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación; ¿en qué puede consistir entonces salir de Babilonia?, ¿qué es lo único que puede significar? -Nada menos que salir del propio mundo.

Hay también otra palabra al respecto. Volvamos a Apoc. 18 y veamos cuánto hay ahí implicado. La noche del viernes leímos hasta el versículo 10. Ahora reanudamos la lectura en el 11:

Y los mercaderes de la tierra lloran y se lamentan sobre ella, porque ninguno compra más sus mercaderías.

Seguiré leyendo pausadamente, y una vez terminada la lectura quiero que consideréis cuánto del comercio humano escapa a su control.

Mercadería de oro, y de plata, y de piedras preciosas, y de margaritas, y de lino fino, y de escarlata, y de seda, y de grana, y de toda madera olorosa, y de todo vaso de marfil, y de todo vaso de madera preciosa, y de cobre, y de hierro, y de mármol; Y canela, y olores, y ungüentos, y de incienso, y de vino, y de aceite; y flor de harina y trigo, y de bestias, y de ovejas; y de caballos, y de carros, y de siervos, y de almas de hombres.

Babilonia controla todo eso. ¿Cuánto queda fuera de su control? -Nada. Entonces, cuando llegue el tiempo en que imponga el boicot general, le va a resultar muy fácil hacer que alguien no pueda comprar ni vender, pues todo el comercio en el mundo está bajo su control. Nadie puede comprar o vender, excepto en los cauces que ella decrete. Pero cuando controle todo eso y Dios dice: “Salid de ella”, está claro que la obediencia a ese llamado nos lleva al sitio preciso en el que se cumple la voluntad de Dios mediante una separación completa de Babilonia. El propio hecho de que nuestros nombres estén en el libro de la vida, así como nuestra negativa a obedecer las órdenes de Roma, nos hace salir totalmente y nos coloca en un lugar en el que no tendremos conexión alguna con ella y hasta el punto de que no tengamos nada que llevarnos a la boca.

Estudiémoslo algo más. Cuando nuestra lealtad a la verdad de Dios, nuestra entrega total a él, nos lleve al lugar en el que resultemos privados de cualquier comida o bebida en la tierra, ¿cómo vamos a poder vivir? Tenemos la promesa: “Se le dará su pan
y sus aguas tendrá seguras”. Por lo tanto, dado que en nuestra fidelidad a Dios se nos va a forzar a una separación absoluta de todo lo relacionado con el mundo y lo que hay en él, ¿no es ahora ya tiempo de que por propia elección separemos totalmente nuestro corazón y afectos del mundo y de todo lo que hay en él?

Están ante nosotros los reinos de la tierra que están conectados con Babilonia, y que van a ser empleados para imponer la voluntad de ella sobre el pueblo de Dios. Cuando tal cosa suceda, seremos forzados a cortar toda conexión o dependencia hacia ellos a todos los efectos. ¿Cómo nos las vamos a arreglar entonces? ¿Cómo seremos protegidos? ¿Qué haremos cuando las multitudes nos ataquen y la gente cometa atrocidades contra nosotros? ¿Con qué protección contaremos en el mundo? ¿Cómo podremos vivir? ¿Será seguro separarse de los gobiernos de esta tierra, de forma que no puedan defendernos de los que ejercen violencia contra nosotros? ¿No podremos entonces recurrir a la ley, con sus penalidades estipuladas, como baluarte contra los que apedreen nuestros templos, rasguen nuestras carpas o nos hagan daño de otras formas? Va a llegar ciertamente el tiempo en que seremos proscritos, y en que todos esos reinos que están bajo el poder de la bestia serán meras herramientas en sus manos para ejecutar el odio de Babilonia contra nosotros. No es sólo que ese tiempo está por llegar, sino que está ahora próximo.

Cuando el devenir de las cosas en Babilonia nos fuerce a esa situación, ¿qué vamos a hacer?, ¿cómo podremos vivir? Visto desde nuestra perspectiva, ¿qué es lo que eso nos va a traer? Es únicamente nuestra fidelidad a Dios lo que nos va a poner en esa situación. ¿Nos va a ayudar nuestra fidelidad a Dios, una vez que estemos en esa situación? ¿Propiciará la fidelidad a Dios la protección que vamos a necesitar cuando llegue ese tiempo? -Todos decís que sí. Bien: si la fidelidad a Dios de todo corazón, ahora, va a llevarnos a esa situación, ¿os parece que sería demasiado arriesgado que rompamos las ataduras y depositemos nuestra confianza enteramente en Dios ahora mismo? ¿Creéis que sería ir demasiado lejos el que pongamos justo ahora nuestra fidelidad del lado de Dios, y confiemos en él para nuestra protección, tan plenamente como si no hubiera gobierno alguno en toda la tierra?

Los poderes terrenales van a forzar entonces a todo aquel cuyo nombre esté en el libro de la vida; ¿no debiéramos permitir que la palabra de Dios y su poder nos eleven ahora hasta allí? Prefiero que sea la obra de Dios y su poder la que me ponga en cierta posición, más bien que ser forzado por las circunstancias, por las fuerzas del mal y los poderes de la tierra a estar allí. Prefiero de todo corazón al Señor y sus caminos, que languidecer con mis afectos, confianza y dependencia ligados a los poderes terrenales, prefiriendo que el estado actual dure tanto como sea posible, de no ser porque reconozco que no puedo seguir así e ir al cielo. Mucho mejor cortar amarras con todas las consecuencias e ir al cielo. Cortaré amarras con el mundo y con todo lo que es de él y está en él, para poner toda mi confianza en Dios como si no existiera en todo el universo nadie más que él.

Hay un texto que creo que resume bien el asunto. Jer 17:5:

Así ha dicho Jehová: ‘¡Maldito aquel que confía en el hombre, que pone su confianza en la fuerza humana, mientras su corazón se aparta de Jehová!’

Si mi corazón se inclina a buscar apoyo y confianza en cualquier cosa que no sea Dios, ¿con quién está mi corazón? -Ciertamente, no con el Señor. Veamos ahora el siguiente versículo:

Será como la retama en el desierto, y no verá cuando llegue el bien.

Hermanos, cuando llegue el bien, queremos saberlo. ¿Qué impedirá que alguien lo vea cuando llega? -Confiar en el hombre, en la fuerza humana. Mirar al hombre, a cualquier invención del hombre o a cualquier combinación de hombres, logrará eso. “Pone su confianza en la fuerza humana”. ¿Depender de una organización humana, de cualquier combinación humana y confiar en su fuerza, va a impedirme que vea cuando llegue el bien? ¿Por qué? -Porque mi corazón se está apoyando en alguien que no es Dios. Puedo intentar tranquilizar mi conciencia autoconvenciéndome de que es un instrumento de Dios para sostenerme; pero el Señor no obra de ese modo, sino que hace una clara distinción entre Dios y el hombre, y entre confiar en el Señor y confiar en la fuerza humana. Confiaré enteramente en Dios; sea él quien use la fuerza humana -si así lo dispone- para sostenerme, más bien que depender de la fuerza humana para sostenerme y esperar que Dios obre según ese camino. Cuando nos apoyamos en el hombre, en organizaciones humanas y en el poder de este mundo y del hombre, para pretender posteriormente darle el crédito a Dios, lo cierto es que estamos dando el primer lugar a aquello en que nos estamos apoyando. Pero sólo Dios ha de tener el primer lugar. Entonces, cuando nos apoyamos solamente en él, podrá emplear el instrumento que quiera para sostenernos, o hacer lo que mejor disponga con nosotros. Pero lo importante aquí es que quien se apoya en el hombre y en la fortaleza humana, no verá el bien cuando este llegue. Y en el tiempo en que vivimos, eso es trágico.

Será como la retama en el desierto, y no verá cuando llegue el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada.

Esa escena de desolación -la tierra despoblada y deshabitada- resulta ser el destino final de Babilonia.

Mirémoslo ahora desde el lado positivo: “Bendito el hombre que confía en Jehová”. ¿Confía en Jehová a través del hombre? -No. ¿Confía en Jehová mediante la fuerza humana? -No. Confía en el propio Señor; su “confianza está puesta en Jehová”.

Será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces. No temerá cuando llegue el calor, sino que su hoja estará verde. En el año de sequía no se inquietará ni dejará de dar fruto.

Está por venir una tremenda sequía. Pero Dios ha dispuesto las cosas de forma que no tiene por qué temer ni estar amedrentado por ese año de sequía. Ha hecho provisión antes de que esta llegue; ha puesto en Dios su confianza y al venir la sequía seguirá confiando en él. Observad el contraste: el que confía en el hombre y en la fortaleza humana no verá cuando llegue el bien, mientras que el que puso en el Señor su confianza no verá cuando llegue el calor. Es mucho mejor camino. Tomémoslo. Cuando vengan las calamidades, no afectarán al que puso en Dios su confianza, no se conmoverá lo más mínimo por ellas.

Vayamos ahora al capítulo 16 de Apocalipsis y veamos qué revela acerca de la extensión del dominio de Babilonia. Voy a leer Apoc 16:13-14, no en referencia al tiempo de su aplicación, sino para comprender los límites del dominio de Babilonia; hasta donde alcanza y cuánto queda bajo su dominio:

Vi salir de la boca del dragón, de la boca de la bestia y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos semejantes a ranas. Son espíritus de demonios, que hacen señales y van a los reyes de la tierra en todo el mundo para reunirlos para la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso.

Vers. 16: “Y los reunió”.

Vers. 19: después de la séptima plaga, al llegar el fin, se refiere a “la gran ciudad”. ¿Cuál es esa gran ciudad? -Babilonia todo el tiempo.

La gran ciudad se dividió en tres partes y las ciudades de las naciones cayeron. La gran Babilonia vino en memoria delante de Dios, para darle el cáliz del vino del ardor de su ira.

Así pues, Babilonia, la gran ciudad, queda dividida en tres partes. ¿Tienen esos tres espíritus inmundos que salen de la boca del dragón, de la boca de la bestia y de la boca del falso profeta algo que ver con esas tres partes en las que se divide la gran ciudad? Creo que sí; creo que se refieren precisamente a lo mismo. Creo que el dragón, la bestia y el faso profeta representan esas tres partes en las que se divide al llegar el tiempo de su ruina. Y todos sabemos quiénes son el dragón, la bestia y el falso profeta, así como los tres espíritus inmundos que obran milagros saliendo de sus bocas y yendo al mundo entero para congregarlo. Por lo tanto, tenemos aquí una clara evidencia de que Babilonia controla al mundo en su totalidad. ¿Qué significa, entonces, salir de Babilonia?

Leamos ahora 2 Tim 3:

Debes saber que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos. Habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanidosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos

Cita un total de diecinueve pecados, para añadir después: “tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella”.

¿Qué fue lo que constituyó a Babilonia -la grande-? ¿Qué hizo que fuera lo que es? -Fue la iglesia apoyándose en la fortaleza de otro; la iglesia separándose de su Esposo y apoyándose en otro, en la fortaleza de otro distinto de su legítimo Señor: eso es lo que la convirtió en Babilonia. La iglesia que pretendía ser iglesia de Cristo, se juntó con otro señor y vino a ser adúltera: la ramera. Así llegó a ser Babilonia la grande. Y siendo ella la que ha seguido ese curso siniestro y ha dado ejemplo al resto para que la sigan, se la describe como “la madre de las rameras”.

Entonces, cuando en la Reforma Dios quiso curar a Babilonia y esta rehusó, el cristianismo comenzó a hacer su camino en el mundo independientemente de ella una vez más. Pero cuando las iglesias que profesan el protestantismo han seguido el mismo curso que ella y han abandonado a su legítimo Señor para poner su confianza, su esperanza, en los gobiernos terrenales, en los reinos de esta tierra, y se han juntado con ellos, entonces quedan constituidas las hijas; ahora se trata de Babilonia y sus hijas -de la bestia y del falso profeta-. Ahí tenéis la profesión de religión desprovista del poder de Dios; la apariencia de piedad, pero habiendo negado la eficacia de ella. Y tenéis a los que hacen profesión, buscando y dependiendo de los reinos y naciones de la tierra en procura del poder que saben que no tienen: todo eso está perfectamente resumido en la combinación de apariencia de piedad y ausencia de poder o eficacia. Babilonia -la madre y las hijas- abarca a todo el mundo en los últimos días; Babilonia -la madre y las hijas- es la apariencia de piedad sin el poder de ella.

¿Veis claramente que el tercer capítulo de segunda de Timoteo describe a Babilonia? Es una descripción de ella, tanto como lo es el capítulo 18 de Apocalipsis. Y después que 2ª de Timoteo 3 especifica que “tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella”, añade: “A estos, evítalos”. Esa frase que llama a salir de Babilonia, ocupa aquí el mismo lugar que la frase {de Apocalipsis}: “Salid de ella, pueblo mío”.

La forma de piedad careciendo de poder es la plaga de toda profesión de religión en cualquier parte del mundo. El éxito de ese gran esquema en reunir a todas las denominaciones en la unidad de la fe, orquestado diligentemente por el papa de Roma y por muchos profesos protestantes, no significa más que la colocación del sello a una obra culminada.

El pasado agosto en Ohio, en una reunión campestre de otra denominación, el pastor principal, predicando el sermón dominical ante miles de personas sobre el milenio y la esperanza y expectación de la venida de este, presentó como una de las grandes señales de la llegada del milenio el hecho patente de que “los católicos y los protestantes están remando en la misma dirección”, y cientos de personas respondieron: ‘Amén’.

El hecho es innegable: no sólo el hecho de que se dijo tal cosa en el encuentro campestre, sino que ese tipo de esquema se ha ido fraguando entre quienes están cada vez más en Babilonia. Y dicho esquema se va a cumplir en ellos al pie de la letra para traer el milenio al preparar así el camino al “rey”, y al reino de Dios a la postre. Cuando venga el Salvador encontrará la unión consumada de reinos e iglesias de la tierra reunidos en un cuerpo, haciendo profesión de cristianismo pero careciendo del poder del cristianismo, prometiéndose y prometiendo al mundo el gran y glorioso milenio por tanto tiempo anhelado en la tierra, junto al rápido advenimiento del reino de Dios. También sabemos bien que su rey va realmente a venir, presentándose como si fuera Cristo y siendo recibido como tal. No obstante, habrá algunos que estarán desconectados de todo ese sistema, -aquellos que hayan obedecido al llamado: “Salid de ella, pueblo mío”, aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida. Estos no recibirán al rey de Babilonia para que reine sobre ellos. Y entonces se van a emplear las Escrituras en su contra, tal como propusieron que se hiciera los defensores de la Reforma Nacional en 1886: “A aquellos mis enemigos que no querían que yo reinara sobre ellos, traedlos acá y decapitadlos delante de mí”. Eso trae de forma lógica la pena capital -tal como señala el capítulo 13 de Apocalipsis- sobre todos los que no adoran a la bestia y su imagen. Toda la fuerza combinada bajo el dominio terrenal y de los espíritus malignos -el dragón, la bestia y el falso profeta-; Satanás y todos sus instrumentos en la tierra combinados, quedarán establecidos como un gran sistema de cristianismo, siendo que se trata en realidad de un gran sistema diabólico.

¿Qué podría representar mejor que ese reino universal la forma de piedad, no sólo sin el poder, sino negándolo?, ya que esa forma de piedad niega que Jesucristo es venido en la carne. Todo espíritu que confiesa que Jesucristo es venido en la carne, es el Espíritu de Dios. Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo es venido -no que vino, sino que es venido ahora en mi carne, “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”, Cristo morando en el interior, Dios reinando en el reino de Dios que está en vosotros- eso es lo que significa. Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo es venido en la carne, no es de Dios. Y ese es el espíritu del anticristo. Y vosotros lo habéis vencido, hijitos, porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. ¿Quién es el que está en el mundo? -Es el rey de este mundo: Satanás. Mayor es Cristo, quien está en vosotros, que el que está en el mundo.

Por consiguiente, todo lo anterior nos muestra claramente que en los últimos días todo el mundo y la mundanalidad estarán combinados en un gran sistema con apariencia de piedad, pero sin poder -y negando el poder-, y que irá de mal en peor. Y el clamor: “A estos, evítalos” es simplemente otra forma de clamar: “Salid de ella, pueblo mío”. Allí donde resuene ese clamor, significa sencillamente: ‘salid del mundo, separaos en vuestro corazón y en vuestra mente del mundo y de las cosas que hay en el mundo, tan completamente como si el mundo se hubiera deshecho ya. “Salid de ella, pueblo mío”.

 

 

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