General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 10)

A.T. Jones

 

A algunos les ha parecido que en la reunión de anoche no dije lo suficiente respecto a la vestimenta. Quizá sea así; es posible que quienes piensan que no dije lo suficiente, se hubieran alegrado si me hubiese referido a quienes visten con pulcritud, incluso con elegancia, tal como ellos creen que se aplica a su caso.

Los hay que ante alguien bien vestido, perciben la señal inequívoca de la existencia de orgullo. Pero es tan orgulloso el que se jacta de su dejadez, como el que se jacta de su elegancia. He conocido a personas que estaban orgullosas de su desaseo en el vestir. Los he conocido incluso que se jactaban por estar libres de orgullo. Daban gracias a Dios por no ser orgullosos. Pero lo eran.

Quizá por esa razón no dije más sobre la vestimenta. Añadiré esto: quienes se sienten orgullosos por no albergar orgullo, y por lo tanto, en ese, su orgullo, piensan que todo está bien en ellos, siendo que podrían y debieran esmerarse más en su forma de vestir, harían bien en reformarse y alcanzar una norma más elevada.

No obstante, la vestimenta no era ayer mi tema, sino salir de Babilonia. Mi disertación fue un repudio a la idolatría. Pretendió mostrar en qué consiste el sacrilegio y qué es aborrecer los ídolos.

Llegamos a la palabra “blasfemos”, en segunda de Timoteo capítulo tres. No podemos abordar en particular todos los ítems citados en la lista, pero algunos de ellos son dignos de mención. Este es uno: ingratos. En estos postreros días, los que tengan apariencia de piedad pero sin el poder de ella, serán ingratos. Ser ingrato es lo opuesto a ser agradecido. El agradecido está lleno de gracias. ¿Cuál es tu situación? ¿A dónde perteneces? Profesas la religión, haces profesión de piedad; ¿estás lleno de gracias? ¿Estás agradecido cuando todo sale bien, de la forma en que te convenía? Cuando no es así, sino que las cosas discurren como no quisieras, ¿te llenas de dudas, te muestras irritable y quejoso?, ¿te impacientas y te preguntas qué va a ser de ti? ¿Te entregas al descontento y la ingratitud en esas ocasiones? ¿Estás a veces agradecido, y a veces desagradecido? Si en ocasiones estoy agradecido y en ocasiones no, ¿acaso no seré contado entre los ingratos? “A esos, evítalos”.

Los que tienen la forma de piedad sin el poder y se guían por los sentimientos, se caracterizan por sus altibajos. Pero Dios no quiere en absoluto que ningún cristiano tenga altos y bajos, sino altos solamente. Él nos reaviva; es decir, nos da vida y nos resucita de entre los muertos como primera cosa, y espera que sigamos avanzando hasta terminar estando a su mano derecha.

Consideremos la otra ilustración: hemos sido “plantados”. Se nos llama árboles; árboles de justicia enraizados y fundados en el amor de Dios. Se espera que crezcamos: sólo que crezcamos. No que crezcamos y luego mengüemos o retrocedamos. Según me explicaron en Florida cuando estuve allí el pasado otoño, algunos naranjos sufren lo que llaman el “secado”. Crecen deprisa, superando al resto de naranjos, para secarse después casi hasta el propio pie. La temporada siguiente vuelven a rebrotar, superando de nuevo al resto, sólo para volverse a secar después. No es ese el tipo de árboles que Dios tiene en su huerto. Él planta árboles de justicia, y espera que no languidezcan en los altibajos, creciendo ahora y secándose después, sino que crezcan y sólo crezcan.

Sin santidad. Todos sabemos qué es lo único que puede dar santidad: la presencia de Jesucristo. Sólo la presencia permanente de Dios puede hacer que algo o alguien sea santo. Se trate de un trozo de terreno -como en el episodio de la zarza ardiente-, de un edificio -como es el caso de un templo-, o se trate del corazón del cristiano, la presencia de Dios hace santo ese lugar. Ahora bien, los que tienen apariencia de piedad sin la presencia de Dios, necesariamente carecerán de santidad. Y dice la Escritura: “A esos, evítalos”. Debo evitar carecer de santidad, es decir: debo evitar mi propio yo. El único lugar al que podemos acudir al abandonar nuestro yo, es a Dios. Eso nos lleva a la presencia permanente de Dios, quien hace santo, quien santifica.

Sin afecto natural. ¿Cómo tratáis a los niños? Por descontado, nuestros niños no son todos perfectos; no han nacido todos santos por ser hijos nuestros. Es cierto que podemos encontrar cosas que están mal en su conducta. A pesar de eso, ¿cómo los tratamos?, ¿cómo llegaron a esos caminos torcidos?, ¿cómo vino a ellos esa maldad? Oiréis a algunos decir, refiriéndose a ciertos actos o rasgos de los niños: ‘Ese niño lo hizo en total sinceridad’. Es cierto. De hecho, ¿se puede decir que haya algo en el niño que no haga en total sinceridad? -Probablemente no, puesto que el niño no se trajo a sí mismo al mundo. No pretendo decir de forma alguna que esos rasgos se deban ignorar o consentir. Pero al detectarlos o corregirlos, ¿trataremos a los niños como si fueran enteramente responsables por ellos?, ¿o consideraremos más bien que lo somos nosotros en cierta medida? ¿Los trataremos “sin afecto natural”?, ¿o admitiremos que tenemos algo que ver en ello? ¿Reconoceremos que el asunto está allí por naturaleza y actuaremos en consecuencia, no sólo con afecto natural, sino afectados por la gracia divina?

Implacables {truce breakers en la Biblia KJV: quien rompe una tregua}. Una tregua es una decisión acordada entre dos ejércitos en guerra, aunque uno de los dos la solicita levantando una bandera blanca. Se acuerda un período de calma en medio de la guerra, un cese de las hostilidades; puede ser necesaria para enterrar a los muertos, para mantener una conversación de paz o por otras razones, pero se trata de una detención de toda actividad bélica, de un cese temporal en la contienda, por parte de quienes habían estado implicados en la guerra. Si el motivo fue enterrar los muertos, pueden incluso hacerlo juntos, pueden sentarse y parlamentar en perfecta paz, pero una vez que se acaba la tregua, la guerra continua. En Tito 3:2 y 3, leemos: “Que a nadie difamen, que no sean amigos de contiendas, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con toda la humanidad”. Se trata de un período de tregua; pero ¿qué sucedía anteriormente?: “Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de placeres y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, odiados y odiándonos unos a otros”. Eso venía siendo lo habitual, y el que odia transgrede el mandamiento que dice: “No matarás”. Anteriormente hubo contención, conflicto, envidia, celos, disimulo, ira, sediciones, herejías, homicidios y cosas semejantes. Tal era antes la situación. Ahora hemos encontrado a Cristo -así es de esperar-, quien trae la paz: queda establecida una tregua cuyos términos aceptan los cristianos, los que llevan el nombre de Cristo.

Por lo tanto, tras haber tomado el nombre de Cristo y hacer profesión de pertenecerle, quien cede a la envidia, malicia, odio, murmuración, maledicencia y sediciones, ¿qué está haciendo? Está rompiendo la tregua; ha violado la tregua a la que se acogió en el nombre y profesión de la piedad. ¿Habéis encontrado alguna vez en vuestra experiencia entre las iglesias de nuestra denominación alguna manifestación de envidia, celos, palabras ofensivas hacia otro, murmuración, desacuerdo, disimulo, ira, contiendas, divisiones o cosas semejantes? Eso significa que se ha quebrantado la tregua. ¿Eres uno de ellos? “A esos, evítalos”.

Calumniadores. La siguiente expresión viene de forma natural: “implacables, calumniadores”. Calumniar es hacer una acusación falsa. La palabra griega es diaboloi: diablo; la palabra griega para diablo es diabolos: el acusador, el principal entre los acusadores. Recordad lo que de él se dice en el capítulo 12 de Apocalipsis: “Ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche”. Es el propio diablo, el gran acusador. Y aquí, en el vocablo que estamos estudiando, se expresa en plural -diaboloi-: diablos. Son los que siguen los caminos del diablo, el acusador principal; por lo tanto, se los llama diablos, falsos acusadores o calumniadores. No les estoy llamando diablos; estoy llamando vuestra atención al hecho de que el Señor los llama así. Calumniadores, o falsos acusadores. ¿Eres uno de ellos?

El tema central de nuestro estudio es Babilonia, y en qué consiste salir de Babilonia. Tengo aquí un recorte que da una idea de cómo es Babilonia, la madre de las rameras, y dónde se sienta: en la propia Roma. Eso será una ilustración de cuál es aquí su significado, y qué implican las palabras “implacables” y “calumniadores”.

El pasado año, el cardenal Gibbons, poco tiempo después de regresar de Roma, concedió una entrevista al corresponsal del World de Nueva York, que se reimprimió después en Catholic Standard (número de octubre de 1894). Este es un párrafo de la entrevista:

Al hablar, su eminencia mide muy bien sus palabras. Aunque se expresa sin sombra de ambigüedad al tratar con personas en las que confía, no obstante es amable al exponer sus opiniones. En cierta ocasión me aseguró que el placer que le produce contemplar Roma resulta en gran medida mediatizado por la necesidad de ser cauto en su expresión. “En la extraña atmósfera de Roma”, como él dice, “se cazan, comentan y tergiversan hasta tus palabras más insignificantes”. “Yo estoy acostumbrado a decir lo que pienso llanamente y con franqueza, como solemos hacer en América”, añadió.

Pero en Roma no se podía permitir hablar así. ¿Qué tal en Battle Creek? ¿Qué tal en Oakland, en College View o en cualquier iglesia? ¿Qué tal en la iglesia a la que pertenecéis? ¿Tenéis esa perfecta confianza fraternal de saber que aquellos con quienes habláis no van a cazar, comentar y tergiversar una palabra vuestra? ¿O, por el contrario, los hay que van a la caza de una expresión y convierten a alguien en ofensor por una palabra? ¿Eres de los que no se toma el tiempo para atender a la explicación que se está dando, y sin estar seguro de haber oído bien lo expuesto, vas inmediatamente al presidente de la Asociación o a algún otro hermano que ocupa un puesto de responsabilidad y le dices: ‘Tal y tal hermano ha dicho tal y tal cosa; ¿cómo puede emplearlo en el ministerio?, ¿cómo puede respaldar a alguien que sostiene doctrinas como esa?’ Os planteo simplemente estas preguntas; decidid por vosotros mismos. Podéis saber si es así o no; y si eso es cierto de Battle Creek o de cualquier otro lugar entre los adventistas del séptimo día, entonces, ¿dónde está a ese respecto la diferencia entre tal lugar y la propia sede de Babilonia -Roma-, en la que “se cazan, comentan y tergiversan” las palabras? Si tal cosa estuviera sucediendo, ¿no sería hora de salir de Babilonia? ¿No sería aplicable: “A esos, evítalos”, y buscar una comunión con Jesucristo, una fe y confianza en él tan inconmovibles, que traigan la perfecta confianza cristiana entre quienes profesan el nombre de Cristo, de forma que tus palabras no sean objeto de caza, comentario y tergiversación?

Es cierto que el cristiano tiene que ser tan absolutamente veraz, franco y sincero, como para no tener que temer por el uso que vayan a hacer de sus palabras, pero ¿qué decir de los que profesan ser cristianos, y sin embargo están prestos a hacer eso mismo con las palabras? Esa es la cuestión. Si tal es el caso en la iglesia a la que perteneces, “a esos, evítalos”. Con esto quiero decir que si tú eres uno de ellos, evita tu propio yo: sal de él.

Calumniadores, sin templanza, crueles, enemigos de lo bueno, traidores, impetuosos.

Impetuosos. Hay una expresión que es hoy común entre la gente: “sesudo”. La información reside en la cabeza, como todos saben, y ahí hay tanto material, que la gente se maravilla de que la cabeza lo pueda contener. Pero esa es una de las características de los últimos días. La gente será sesuda: es decir, guardará el conocimiento en su cabeza.

Dios quiere en nuestros días gente con corazón. En lugar de personas con una gran “cabeza”, Dios quiere que tengan un gran corazón. Dios concedió a Salomón abundancia de corazón como la arena de la mar, y se nos exhorta a todos así: “Ensanchaos también vosotros”. Dios quiere a gente con un gran corazón: gente sincera, no gente sesuda. Y hay dos caminos al respecto: los Testimonios nos han dicho de forma clara e insistente que hay demasiada teoría entre los adventistas del séptimo día, pero no la suficiente experiencia del amor de Cristo en el corazón; demasiado dogma, y poco del Espíritu de Dios; demasiada forma, y poca experiencia real y práctica del poder de Dios y de la verdad obrando en el corazón y brillando en la vida. Que Dios pueda poseer todo el corazón, a fin de que lo pueda ensanchar llenándolo con su plenitud.

Engreídos. Los términos guardan una concatenación lógica. Los engreídos siguen a los impetuosos de igual forma en que los calumniadores siguen a los implacables. “Engreídos” o “altivos”. En Romanos 12:16 encontramos la expresión: “No seáis altivos, sino asociaos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión”. ¿Cuál es el carácter de nuestra obra en las presentaciones bíblicas, en las reuniones campestres y demás? ¿Nos alegramos cuando nos visita algún adinerado, alguien de la “alta sociedad” que parece ser favorable a la verdad, y entonces pensamos: ‘estamos haciendo algo importante’? Pero al visitar nuestra carpa otro como el que describe Santiago: “un pobre con vestido andrajoso” cuyo aspecto no lo favorece, y decimos al rico: “Siéntate tú aquí, en buen lugar”, y al otro hombre: ‘no lo conocemos de nada’, ¿qué es eso? Santiago afirma que es hacer acepción de personas. ¿Haces acepción de personas? “Si hacéis acepción de personas, cometéis pecado y quedáis convictos por la ley como transgresores”. No sea ese vuestro caso. “Asociaos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión”. No estoy diciendo que se deba despreciar al rico o a los mejor situados. De ninguna manera. Se los debe llevar a Cristo para que se conviertan, como a todos los demás. Mi pregunta es: ¿los estamos cortejando y creemos estar haciendo algo grande cuando alguno de ellos se interesa por nosotros o por la verdad, mientras que despreciamos al pobre o al marginado? Dios no hace acepción de personas. “Si hacéis acepción de personas, cometéis pecado”. “No seáis altivos, sino asociaos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión”.

En Filipenses hay otro versículo que se refiere al mismo tema, y contiene una exhortación. Fil. 2:3-6:

Nada hagáis por rivalidad o por vanidad; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo. No busquéis vuestro propio provecho, sino el de los demás. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse.

Esta fue la queja contra él: ‘Se junta con publicanos y pecadores, y come con ellos’. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”.

Amadores de los deleites más que de Dios. No es necesario dedicar especial atención a eso. Basta al respecto la presentación que hizo anoche el Dr. Prescott. “Tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella. A esos, evítalos”.

En este punto particular del estudio hay un texto que habla de lo que podemos esperar que venga del mundo; en qué miente el mundo y dónde estamos conectados con el mundo.

Sant. 4:4:

¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios.

¿No os sentís cada uno en necesidad de preguntaros: ‘tengo amistad con el mundo’? La pregunta no es si tengo mayor amistad con el mundo de la que tengo con Dios, sino si tengo la más mínima amistad con el mundo, ya que cualquiera que tiene amistad con el mundo, es enemigo de Dios. Así está escrito, y así es. Observad cómo comienza: “¡Adúlteros!” Analicemos la expresión y veamos qué significa en relación con Babilonia. La misma palabra informa del origen y gestación de Babilonia. Rom. 7:1-4:

¿Acaso ignoráis, hermanos (hablo con los que conocen de leyes), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que este vive? La mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras este vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley que la unía a su marido. Así que, si en vida del marido se une a otro hombre, será llamada adúltera; pero si su marido muere, es libre de esa ley, de tal manera que si se une a otro marido, no será adúltera. Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.

Quien profesa el nombre de Cristo está, como su propia profesión declara, casado con Cristo de la misma forma en que lo está la esposa con su marido. La esposa que, teniendo marido, fija su atención en otro hombre y pone en él su dependencia, ¿qué es? -Lo sabéis.

Su esposo está allí todo el tiempo. Está vivo, y vive con ella. Así, nuestro esposo vive, y dice: “No te dejaré ni te desampararé”. Él no es como los esposos humanos, que en ocasiones deben ausentarse por tiempo prolongado (bien entendido que una ausencia prolongada no justifica que la esposa ponga su dependencia en otro hombre).

Tenemos al esposo celestial con quien estamos unidos, tal como lo está una esposa en su relación matrimonial. Él ha venido del cielo para sacarnos de este mundo, de toda conexión con este mundo y del dios de este mundo, para llevarnos a Dios. Cristo dice: “No soy de este mundo”. Es el segundo Adán. El primer hombre -el primer Adán- es de la tierra, es terrenal; el segundo es el Señor del cielo. Tal como es el terrenal, así lo son también los que son de la tierra; y tal como es el celestial, así son también los celestiales. Nuestro esposo es del cielo; es sólo celestial. Cuando estuvo en el mundo, no era del mundo. No puso su dependencia en el mundo, no tuvo conexión alguna con él. Tal como es el celestial, así también los que son del celestial.

Aquí estamos, pues, unidos al marido celestial según esa relación celestial. El que profesa tal cosa, pero tiene su mente, sus afectos y amistad centrados en el mundo, ¿qué está haciendo? -Está violando esa relación matrimonial. Ese es el sentido de la expresión, “¡adúlteros!” Lo dicho es cierto para la persona individualmente. ¿Qué diremos del conjunto de personas que compone la iglesia? La persona conectada con Cristo tiene una experiencia personal, y mantiene una conexión cristiana personal. El conjunto total de personas conectadas con Cristo constituye la iglesia de Cristo, y cada uno de ellos ha de tener una experiencia de iglesia y una conexión de iglesia.

Imaginemos a uno de esos individuos que se apartó de Cristo -del verdadero esposo y legítimo Señor- amistándose con el mundo y poniendo su dependencia en los reyes de este mundo. Es un adúltero, como dice el texto. Considerémoslo ahora en el conjunto de individuos que están obrando como él, constituyendo así una iglesia de esa clase: así es como surgió Babilonia la madre: cometiendo fornicación con los reyes de la tierra, abandonando a su propio y legítimo Señor, conectándose con los reinos de este mundo, con los caminos de este mundo, y poniendo su dependencia en los gobiernos e instituciones de este mundo. En consecuencia, lo siguiente que afirma la Escritura es que ha cometido fornicación con los reyes de la tierra, y que está sentada sobre una bestia escarlata, teniendo escrito un nombre en su frente: “BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA”. Esta da el malvado ejemplo que otras iglesias -profesamente protestantes- han seguido, viniendo así a ser las hijas según esa baja estirpe.

Podéis ver que el motivo por el que Santiago emplea el término “adúlteros”, esa amistad con el mundo en alguien que profesa el nombre de Cristo, es lo que constituyó a Babilonia al principio, y es lo que constituye a Babilonia la madre y a las hijas,  Babilonia en su totalidad. Se trata de la profesa iglesia de Jesucristo, que tiene apariencia de piedad pero carece del poder. Está amistada con el mundo; está conectada con él; se apoya en los reinos y en los usos de los reinos de este mundo, en lugar de apoyarse en el brazo poderoso y amante de su legítimo esposo. La amistad con el mundo comprende todo lo que es Babilonia: enemistad con Dios.

Por lo tanto, podéis ver que toda consideración, todo principio de la Escritura, exige en su propia esencia una separación completa del mundo y de todo lo que hay en él. Estando el mundo en la condición en la que está, siendo que todos se están apartando de Dios y están en proceso de unificarse en contra del Señor y de Cristo -en la persona de aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo-, de entre todos los tiempos que jamás haya habido en la tierra, ahora es el momento en que esas escrituras han de tener una fuerza y un poder vitales para quienes invocan el nombre de Cristo, y especialmente para aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Ved que hasta aquí hemos estudiado en qué consiste Babilonia y qué es lo que comprende: el mundo entero. Por lo tanto, salir de ella no puede ser nada menos que salir del mundo. Hemos estudiado a continuación en qué consiste salir del mundo, y hemos visto que consiste en estar totalmente separado del mundo y de todo lo que hay en él; en no tener conexión alguna con él. La siguiente cuestión ha de ser: ¿cómo conseguir tal cosa? Dios ha hecho provisión completa a tal efecto. Está ya dispuesta para nuestra aceptación. Al entrar en esta parte del estudio, hemos de saber que en favor de todo corazón que reciba con la debida sumisión la palabra de Dios en el Espíritu de Cristo, el propio Señor va a hacer que la verdad obre precisamente aquello que es necesario para cada uno que esté dispuesto a recibirla de ese modo. Esa verdad nos separará realmente, hará esa obra en nuestro favor. Nosotros no podemos hacerla; no podemos separarnos de nosotros mismos, pero Dios tiene una verdad que lo va a efectuar, que nos separará de nosotros mismos, que nos librará del presente siglo malo, que nos librará del pecado en abstracto; no simplemente de pecados individuales, sino del pecado. De esa forma, el pecado no tendrá ya poder sobre nosotros, sino que en su lugar será el poder de Dios el que obrará.

Dios tiene en su Palabra una verdad que va a lograr precisamente eso, que nos va a elevar de tal forma sobre el mundo como para hacernos morar en la luz de la gloria de Dios y en el reino de Dios. Ese poder estará sobre nosotros, en nosotros y a nuestro alrededor, de forma que saldremos a efectuar la obra para la que hemos sido llamados, para hacer la obra que Dios ha dispuesto, y para pregonar con fuerza el mensaje de advertencia y el llamamiento que ahora debe ser dado a todos: “Salid de ella, pueblo mío”.

No podemos dar dicho llamamiento a menos que nosotros mismos estemos completamente fuera de “ella”. No puedo llamar a alguien a que salga del mundo si yo mismo no estoy fuera de él. No puedo lograr que alguien vea en qué consiste la separación del mundo -ni siquiera con la verdad de Dios- a menos que yo vea y conozca por propia experiencia en qué consiste estar separado del mundo. No puedo llamar a las personas a que se separen totalmente del mundo y de todo lo que hay en él, y a que pongan su dependencia absoluta en Dios y en nada más, si yo mismo estoy conectado con el mundo. De esa forma es imposible. Les podemos decir las palabras “salid de ella”, pero no habrá en ellas poder convincente y no harán que salgan, puesto que sólo el poder de Dios puede lograr eso, y a ellos mismos les resulta imposible hacerlo.

Tal como leímos en una charla precedente, es la “voz del cielo” la que llama a salir de Babilonia. Por lo tanto, de aquí en adelante en nuestra obra deberemos estar de tal forma conectados con el cielo, que las personas, al oír la palabra de Dios estén oyendo la voz del cielo, que es la que cumplirá el propósito de ese llamamiento solemne. Y en la línea de verdad que seguirá en el paso siguiente, Dios conectará de tal forma con el cielo a todo aquel que lo reciba, que hará que encuentre el cielo aun estando en la tierra. Dios quiere para este tiempo, y especialmente a partir de ahora, que sean los días del cielo sobre la tierra, de acuerdo con la Escritura. Él va a hacer que sea así para todo aquel que se entregue enteramente a Dios y a su verdad, y que preste oído a la voz del cielo.

En consecuencia, ruego que entre esta presentación y la siguiente dispongamos nuestras mentes y corazones con solemnidad y consagración en preparación para lo que el Señor tenga que decirnos, para todo lo que tenga que darnos y para todo lo que tenga que hacer por nosotros.

Dios tiene importante verdad para nosotros, que cumplirá la gran obra que debe hacerse en nuestro favor. Necesitamos entregarlo todo a él, diciéndole: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y cuando él hable, dejadlo todo y aceptad la palabra, pues es palabra de Dios. Esa palabra nos elevará por encima del mundo. Entonces, una vez que Dios nos haya elevado, podremos brillar.

 

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