General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 26)

A.T. Jones

Comenzamos hoy allí donde terminamos la lección precedente: en 2 Corintios 3. Quisiera referirme primero al hecho de que los hijos de Israel no podían fijar “la vista en el fin de aquello que había de desaparecer”. Vimos que el significado de “el fin” no es el de final, sino el de finalidad o propósito. La palabra griega telos significa “el cumplimiento o logro final de alguna cosa; su consumación, realización o resultado, NO su cese o terminación. En sentido estricto, telos no es la finalización de un estadio precedente, sino el logro, la plenitud o perfección del mismo”.

Podéis por lo tanto ver que lo que estaba oculto a los ojos de ellos era el objetivo -o propósito- de aquellos tipos, ceremonias u ordenanzas dadas por Dios, de forma que eran incapaces de verlo. Y la razón por la que les estaba oculto era la incredulidad y dureza de sus corazones.

La incredulidad había puesto un velo en sus corazones, y en correspondencia, Moisés se cubrió el rostro con un velo, ocultando la gloria que de él irradiaba. Eso era una representación del velo que había en los corazones de ellos, que les hacía temer la visión del resplandor de aquella gloria. Leeré 2 de Corintios 3 de la Biblia en alemán, comenzando por el versículo 3:

Sois una carta de Cristo mediante nuestro servicio, preparada y escrita, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne de los corazones. Esa es la confianza que tenemos mediante Cristo en Dios. No que nosotros seamos capaces por nosotros mismos (o en nosotros mismos), como si fuera algo nuestro, sino que somos capaces mediante Dios (es decir, nuestra capacidad viene de Dios), el cual nos ha hecho capaces para desempeñar ese ministerio -el nuevo testamento-, no la letra, sino el Espíritu, ya que la letra mata, pero el Espíritu vivifica.

Ahora el versículo 7:

Si el ministerio de la letra que mataba y estaba grabado en piedra tenía gloria, de manera que los hijos de Israel no podían mirar al rostro de Moisés debido a la gloria, la cual cesaría, cuánta más gloria tendrá el ministerio del Espíritu.

Si aquello que cesó tuvo gloria, cuánta más gloria tendrá lo que permanece. Si tuvo gloria aquello que mataba mediante la letra, cuánta más gloria tendrá lo que da vida mediante el Espíritu.

Porque si el ministerio que predicaba la condenación tuvo gloria, mucha más gloria sobreabundante tiene el ministerio que predica la justicia. Aquella primera parte que fue gloriosa no es de comparar con la gloria sobreabundante. Si bien tuvo gloria lo que cesó, mucha más gloria tendrá lo que permanece.

Queremos estudiar por un momento en qué consistió el ministerio de muerte. La versión King James de la Biblia traduce: “El ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue glorioso”. Si comprendemos en qué consiste ese ministerio de muerte, podemos continuar con el resto del texto y comprender todo el asunto. A fin de comprender mejor el ministerio de muerte, leeré de nuevo unas pocas líneas del Testimonio de Jesús.

Los dirigentes judíos estaban llenos de orgullo espiritual. Sus deseos de glorificación del yo se hacían manifiestos incluso en los servicios del santuario.

Según lo leído, ¿cómo era su servicio del santuario?, ¿qué tipo de ministración era la suya? Era una ministración del yo, ¿no es así? Ahora, ¿qué es el yo? -Pertenece a la enemistad; es pecado. ¿Cuál es el final del mismo? -La muerte. Por lo tanto, ¿en que consistió el ministerio de muerte?, ¿cuál fue el ministerio de la letra? -Sólo muerte. En él no había salvación. Lo veremos más claramente a medida que avancemos.

Así, en su mundanalidad se separaron de Dios en espíritu. Aunque que profesaban servirle, estaban haciendo precisamente la obra que Satanás quería que hicieran.

En el santuario y en su ofrecimiento de los sacrificios, ¿a quién estaban sirviendo? -A Satanás. ¿Cuál era entonces su ministración? -Sólo podía ser un ministerio de muerte.

Estaban haciendo precisamente la obra que Satanás quería que hicieran, estaban tomando un curso de acción que ponía en entredicho el carácter de Dios y hacía que el pueblo lo viera como un tirano.

En su ministerio, en su desempeño de los servicios, tomaban un curso de acción que daba al pueblo la impresión de que Dios era un tirano. Un ministerio como ese ha de ser necesariamente un ministerio de muerte, de condenación.

Ved esta frase terrible:

Al presentar sus ofrendas de sacrificio en el templo, eran como actores en una obra de teatro.

Leo todo lo anterior del “Espíritu de profecía” [reproducido en R&H, 23 mayo 1899]. ¿Qué tipo de adoración era?, ¿qué tipo de ministerio?

Los rabinos, los sacerdotes y dirigentes, habían dejado de ver más allá (del símbolo), hacia la verdad que estaba representada en sus ceremonias externas.

Ministraban solamente la ceremonia exterior, y lo hacían tal como hace un actor de teatro. Lograban que el pueblo viera a Dios como un tirano. Se trataba de un ministerio de condenación a muerte.

En las ofrendas de los sacrificios y en los tipos levíticos estaba prefigurado el evangelio de Cristo.

En consecuencia, era glorioso. ¿Lo comprendéis? En sí mismo era glorioso, pero mediante el velo que había en sus corazones ocultaron aquella gloria de su vista. No la vieron ni permitieron que brillara. Aquel ministerio de muerte fue glorioso, pues en todo lo que estaban realizando estaba representada la gloria del evangelio de Cristo, con tal que permitieran que se les retirara el velo de los ojos, de forma que pudieran ver. De esa forma propiciarían que se manifestara el ministerio del Espíritu, y por consiguiente de la vida. El ministerio de muerte era glorioso en virtud de la verdad que encerraba; no en virtud de la manera en que lo ministraban. La carencia de Cristo que caracterizaba todo su ministerio, lo convertía para ellos en un ministerio de muerte. No obstante, en sí mismo era glorioso por la verdad que contenía, y que no permitirían que se evidenciara.

En las ofrendas de los sacrificios y en los tipos levíticos estaba prefigurado el evangelio de Cristo. Los profetas tenían conceptos elevados, santos y nobles, y habían esperado poder ver la espiritualidad de las doctrinas entre el pueblo en sus días; pero había pasado un siglo tras otro y los profetas habían muerto sin ver cumplidas sus expectativas. La verdad moral que presentaban y que tan significativa era para la nación judía, perdió su carácter sagrado en gran medida para ellos. Habiendo perdido de vista la doctrina espiritual, multiplicaron las ceremonias. No manifestaron adoración espiritual en pureza, bondad, y en amor hacia Dios y hacia su prójimo. No guardaron los primeros cuatro ni los últimos seis mandamientos, sin embargo incrementaron sus requerimientos externos.

Como ha dicho hoy el hermano Gilbert: “Sólo al cuarto mandamiento, se le añadieron cuatrocientos uno requerimientos”.

No conocieron que entre ellos había Uno que estaba prefigurado en el servicio del templo. No podían discernir el Camino, la Verdad y la Vida.

No podían ver la finalidad, el propósito y objeto de aquello que fue abolido.

Se habían implicado en la idolatría y adoraban formas externas. Hacían continuos añadidos al tedioso sistema de obras en el que confiaban para la salvación.

Me alegra que el hermano Gilbert haya podido dar hoy esa charla, pues a lo largo de toda ella he comprobado que era la mejor preparación posible para la lección de esta noche. Los que han estado aquí han visto a partir de las pocas ilustraciones que ha dado, que hasta el día de hoy hay una profunda verdad espiritual escondida bajo esas formas que los judíos practican en la actualidad. Bajo esas formas, en su mismo centro, está la verdad misma de la justicia y la vida de Jesucristo; pero está completamente oculta a la vista de ellos. No ven nada, excepto la mera forma externa, que es en la que confían para la salvación.

La enemistad que hay en el corazón natural ciega sus mentes respecto a lo que fue abolido, eso que en caso de que sus corazones se volvieran hacia el Señor, verían claramente que fue abolido. Nosotros, cuyos corazones se han vuelto hacia el Señor, debemos ver ahora esas cosas, o de lo contrario caeremos en un sistema semejante de formas y ceremonias, por más que estemos observando aquello que Cristo ha establecido.

Cuando el hermano Gilbert estaba hablándonos hoy de esas cosas, me parecía la preparación perfecta para nuestro estudio, a fin de que podamos ver la verdad relativa al ministerio de muerte en este tercer capítulo de la segunda carta a los Corintios. Dicha ministración fue gloriosa debido a las verdades en ella contenidas -aun estando escondidas-; no obstante, no tenían una gloria comparable a la que viene mediante una fe viviente en Cristo, quien derribó la pared, abolió la enemistad y liberó a su pueblo para que contemplara con el rostro descubierto, como en un espejo, la gloria del Señor que los transformaría según esa misma imagen de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor. La enemistad de la mente carnal es el fundamento de toda esa pared, del muro intermedio de separación, del ceremonialismo que fue erigido y que era ciertamente la ley ceremonial tal como existía en los días de Cristo en esta tierra. Y aboliendo esa enemistad, derribó -aniquiló- por siempre esa pared para todos los que están en él, ya que sólo en él se ve eso realizado.

Una palabra más al respecto: siempre existió una verdadera ley ceremonial además de la ley de Dios, y aparte del ceremonialismo del pueblo de Israel en su enceguecido corazón. Aquellos servicios que ellos pervirtieron convirtiéndolos en meras formas, era Dios quien los había dispuesto a fin de que a través ellos las personas pudieran ver a Cristo revelado más plenamente, a fin de que pudieran ver la presencia cotidiana de Dios y que de esta forma pudieran apreciar la gloriosa salvación del pecado -que es transgresión de la ley de Dios-. Pero no sólo pervirtieron todas esas disposiciones ceremoniales que Dios había instituido con tan bendito propósito, sino que pervirtieron la totalidad de la propia ley de Dios convirtiéndola en un sistema de ceremonialismo, de forma que todo se centrara en la justicia y la salvación por la ley, por las obras, mediante ceremonias. Dado que todas esas cosas que el Señor había instituido, una vez pervertidas eran incapaces de satisfacer el corazón, tuvieron que añadirles multitud de invenciones suyas a fin de suplir la carencia si fuese posible, y asegurarse de la salvación; pero era todo un asunto sólo de muerte. Al respecto, por lo tanto, era también cierto que “el mandamiento intimado para vida”, para ellos “era mortal”.

Por lo tanto, siempre existió una verdadera ley ceremonial. De haber sido fieles a Dios, siempre habrían dispuesto de ella. Si se hubieran mantenido fieles, aquella verdadera ley ceremonial les habría llevado a ver a Cristo siempre presente y tan perfectamente aliado con ellos -y viviendo en ellos- que al venir él, toda la nación lo habría recibido con gran alegría y él se habría visto reflejado en ellos tal como sucederá cuando regrese por segunda vez. Así pues, había una auténtica ley ceremonial que Dios dispuso con ese propósito: el de que mediante ella pudieran ver la espiritualidad de la ley de Dios, que es el reflejo del carácter de Cristo y su justicia tal como se encuentran únicamente en él. Esas cosas debieran haberles ayudado a comprender a Cristo, de forma que lo vieran como el cumplimiento, la gloria y la expresión genuina de los diez mandamientos. De esa forma él sería el fin, el objeto y propósito de todo ello: de los diez mandamientos y de todo lo demás. Pero cuando sus corazones se apartaron y sus mentes se cegaron a esas cosas, lo convirtieron todo en una formalidad, como siempre sucederá allá donde haga incursión el enemigo.

El mismo asunto malvado discurre por todo. Pero gracias al Señor permanece la bendita palabra de que si el corazón se vuelve al Señor, será retirado el velo y verán a rostro descubierto la gloria del Señor. ¿No es eso acaso un encargo directo de parte de Dios, para que llevemos al pueblo judío la preciosa verdad y el poder de Cristo a fin de mostrarles que el fin, el objeto y propósito de todas esas cosas es la salvación en Cristo? Predíquese eso a todo el mundo, haciendo lo posible para que el corazón se vuelva al Señor, se pueda quitar el velo y todos puedan ver la gloria del Señor con el rostro descubierto.

Pero observad: no podemos empeñarnos en tal misión a menos que el velo haya sido retirado antes de nuestros propios corazones -a menos que ese ceremonialismo sea extirpado de nuestras vidas-. ¿Qué sentido tendría que alguien aferrado al ceremonialismo fuera a salvar a otros del mismo ceremonialismo? En consecuencia, Dios nos ha traído esta palabra en este tiempo: ha abolido “en su carne las enemistades (la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas)” -en ceremonias- a fin de hacer de los dos uno solo, trayendo la paz. De esa forma, tanto los judíos como nosotros tenemos acceso mediante un mismo Espíritu al Padre.

No creo que tengamos necesidad de seguir examinando el tema dese ese lado, ya que podemos ilustrarlo de este otro lado de la cruz. El asunto se ha perfeccionado en nuestros días casi al máximo en el misterio de iniquidad contra el que habremos de contender a partir de ahora como nunca antes.

Observad: cuando Cristo quitó esas formas y ceremonias, incluso las que él mismo había dispuesto; una vez que hallaron su cumplimiento en él mismo, siendo él su finalidad, objeto y propósito, encomendó el asunto a otros de este lado de la cruz. Dispuso la cena del Señor, dispuso el bautismo, y sigue en vigencia la totalidad de la ley tal cual es en él mismo; no tal cual es en la letra, dado que la enemistad que hay en el corazón humano la convertirá hoy en un ministerio de muerte, tanto como lo hizo entonces y en cualquier época. Quien intente encontrar la vida en la observancia de los mandamientos y que enseñe de esa manera a otros, está aún hoy en el ministerio de muerte. Es una verdad universal la que expresó Pablo al respecto de que cuando fue fariseo, cuando estaba centrado en el ceremonialismo: “Hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte”.

De este lado de la cruz, Jesús dispuso la cena del Señor, el bautismo y otras cosas, entre las cuales está el sábado con el reposo. Todas ellas tienen en él [Cristo] un significado profundo y divino. ¿Qué fue lo que les impidió ver a Cristo en esas cosas, utilizándolas en lugar de eso para lograr sus propósitos de exaltación y glorificación propias? -Fue esa enemistad que no se sujeta a la ley de Dios ni tampoco puede, ese deseo del yo por resultar glorificado y magnificado. ¿Estaba profetizada una exaltación del yo, una magnificación y glorificación del yo de este lado de la cruz? -Ciertamente. Se habría de manifestar “el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se exalta sobre todo lo que se llama dios” (2 Tes 2:3-4, LBLA). Sabemos que el yo -la enemistad-, del otro lado de la cruz, pervirtió las ordenanzas divinas convirtiéndolas en ceremonialismo. ¿Qué va a hacer el yo -la enemistad-, de este lado de la cruz? -Lo mismo. Lo hará siempre y en todo lugar.

De este lado de la cruz, la enemistad se manifestó en aquellos cuyos corazones no se volvieron al Señor: en los inconversos. El sentido de esta escritura: “el corazón se vuelve al Señor”, es el de la conversión. No es volver en el sentido simplemente de dar vueltas. Tanto en griego como en alemán, el significado es volverse al Señor en la conversión. Aquellos que, haciendo profesión de cristianismo, son inconversos de corazón, tienen la forma de la piedad desprovista de su poder; tienen la profesión, pero no la sustancia. De este lado de la cruz, eso sucedió a hombres que tenían la forma del cristianismo desprovisto de su poder: una profesión, un nombre, y nada más. Ahí estaban las ordenanzas que el Señor había dispuesto, y que han de hallar en él su aplicación. Pero esos formalistas, no teniendo en ellos mismos la salvación de Jesucristo mediante una fe viviente, no estando en él, esperan obtener la salvación mediante las formas que observan. Así, según el papado, la regeneración se logra mediante el bautismo. Y viniendo esa regeneración por el bautismo y no por Cristo, dicho bautismo se convierte en lo esencial en la salvación. El papado lo pone en el lugar de Cristo, tal como hicieron los judíos con la circuncisión. Eso explica el frenesí con el que los sacerdotes abordan el lecho hasta de un bebé moribundo, a fin de trazar la señal de la cruz y asperjar el agua, de forma que el infante sea regenerado y salvo.

La búsqueda de la regeneración y salvación mediante el bautismo, de la forma que sea, significa enemistad, ceremonialismo. De este lado de la cruz constituye ciertamente el misterio de iniquidad.

Refiriéndose a la cena del Señor, Jesús dijo: “La muerte del Señor anunciáis hasta que venga”, y “Haced esto en memoria de mí”. Pero el papado la convierte en el propio Cristo, de forma que al tomar de ella creen estar tomando a Cristo, en lugar de tomarla en memoria de él. Esperan obtener la salvación al tomarla.

Cristo enseñó que su presencia continuaría aún con su pueblo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Eso sucede mediante el Espíritu Santo; y es por la fe como se recibe el Espíritu Santo. Pero el papado, careciendo de fe, y por lo tanto no teniendo el Espíritu Santo y no teniendo la presencia de Cristo con él, convierte la cena del Señor -que es un recordatorio de él- en el Señor mismo. Según eso, al tomarla, el Señor está en ellos.

Tal es el papado respecto a esas ordenanzas. Y respecto a los mandamientos, careciendo de la vida del Señor Jesús, que es en ella misma una expresión de todos los mandamientos, recurren a multitud de regulaciones y finas distinciones de su propia invención, de toda clase imaginable. Precisamente, y por idéntico motivo, tal como hizo el fariseísmo antes de Cristo.

Así lo expresa Farrar en su obra: “Vida de Pablo”, p. 26, en referencia al sistema farisaico del tiempo de Pablo y de Cristo en el mundo. Es una descripción literal del papado en cada una de sus fases, tal como es hoy:

Por fariseísmo entendemos obediencia petrificada en formalismo, religión degradada en ritualismo, moral corroída por sofismas; el triunfo y perpetuidad de los peores y más débiles elementos de un grupo religioso sectario.

Su sistema de “moral” es la ciudadela misma de la sofistería. También ahí la moral genuina resulta corroída y convertida en elementos de muerte y sofisma.

Lo dicho explica cómo obró la enemistad -la historia del formalismo y el ceremonialismo- de ambos lados de la cruz de Cristo. ¿Cuál es la diferencia entre antes y después de la cruz?, ¿en qué es diferente el papado? En esto: previamente a la cruz, Cristo no se había manifestado en su plenitud tal cual es y tal como apareció en el mundo. Había ceremonias -formas- que se habían dado con el fin de instruir al pueblo acerca de Cristo, formas que su pueblo pervirtió. Posteriormente, al llegar la plenitud del tiempo, vino el propio Cristo, y entonces el papado pervirtió al mismo Cristo, convirtiéndolo en formalismo.

Es decir: antes que viniera Cristo, el fariseísmo -esa enemistad, esa exaltación propia- pervirtió las formas que Dios dispuso a fin de que supieran acerca de Cristo hasta que él viniera en su plenitud. Pero el papado toma a Cristo después que vino en su plenitud, y lo pervierte a él, tanto como a las formas que él dispuso. Pervierte la verdad que se manifiesta en él en su plenitud, convirtiéndola totalmente en ceremonialismo y formalismo.

Pero Cristo, tal como se manifestó al mundo, es la majestad de Dios. Dios se manifestó en carne, y Cristo fue la ministración del misterio de Dios en su plenitud. Él es la ministración de justicia excelsamente gloriosa. Cuando todo eso resultó pervertido por esa enemistad originada en Satanás y que es en ella misma enemistad contra Dios, no sujetándose a la ley de Dios ni pudiendo hacerlo, cuando el misterio de Dios resulta pervertido de ese modo, eso es también un misterio. Ahora bien, ¿de qué misterio puede únicamente tratarse? -Del misterio de iniquidad. Esa es la razón de que sea el misterio de iniquidad de este lado de la cruz, y en mucha menor medida del otro lado. Se trata siempre de la operación del mismo espíritu, pero no en el mismo grado de desarrollo. Es siempre y en cada momento la ministración de muerte.

Dediquemos los pocos minutos restantes al cristianismo genuino. Gál 5:6. Leeré de los versículos uno al seis: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”. Hemos leído con anterioridad en qué consiste ese yugo de servidumbre -toda esa esclavitud a la que ellos mismos se habían encadenado-, esas formas y ceremonias que habían convertido en un yugo de servidumbre (ver BULLETIN pp. 470, 472). Según Colosenses 2, Efesios 2 y 2 Corintios 3, Cristo nos ha librado de todo eso. Nos ha librado del formalismo y del ceremonialismo, de estar bajo reglamentos, decretos y todo ese asunto. Es el principio viviente de la vida del propio Jesucristo el que nos inspirará, guiará y actuará en nosotros por siempre. La diferencia entre un principio y un reglamento es que el principio contiene la propia vida de Cristo, mientras que un reglamento es una forma que el hombre elabora con la intención de expresar su idea acerca del principio. Lo impondrá a la fuerza, no sólo para sí mismo, sino para todos los demás, que deben hacer exactamente como él. Esa es la diferencia entre el cristianismo y el ceremonialismo; la diferencia entre el principio y el reglamento. El primero es vida y libertad; el segundo, esclavitud y muerte.

Leeré una frase de “Obreros evangélicos”, p. 350. Se refiere a Cristo: “No hay en la tierra orden monástica de la cual no se lo habría excluido por violar los reglamentos prescritos”. -Así es. No podéis atar la vida de Dios con reglamentos; especialmente, no con reglamentos de manufactura humana. Por consiguiente, él quiere que estemos de tal modo imbuidos de la vida misma de Jesucristo, de la vida de Cristo mismo, que la vida vivificadora de Jesucristo y los principios de la verdad de Dios brillen y obren en la vida, de forma que la vida de Cristo se siga manifestando en carne humana. Ahí es donde Dios nos ha llevado en Cristo. Y en él llegamos hasta ese punto al ser crucificados con él por la fe, al ser muertos y resucitados con él, sentándonos en lugares celestiales allí donde está él sentado en su gloria, a la diestra de Dios.

La Biblia no es un libro de reglamentos sino de principios. Las declaraciones de la Biblia no son de modo alguno reglamentos. Son los principios de la vida de Jesucristo, de la vida de Dios. Consisten en Jesucristo manifestado de esa forma. Es deber de la cristiandad extraer a Cristo a partir de la forma, y mediante la obra del Espíritu de Dios reproducir a Jesucristo nuevamente en forma humana. Cuando Cristo estuvo en el mundo, él era la Biblia -la Palabra de Dios- en forma humana. Antes que él viniera al mundo, la Palabra de Dios existía en forma de Biblia. Tras haber ascendido al cielo y a Dios, nos dice: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”. Cristo plenamente formado en vosotros. Cristo: el todo, en todos vosotros. Esto es todo cuanto seréis: Cristo en vosotros. Cuando Cristo sea plenamente formado en vosotros y en mí, la Palabra de Dios -Jesucristo- resultará una vez más transformada desde la forma de la Biblia a la forma humana. Entonces Dios pondrá sobre ella su sello y la glorificará, tal como la glorificó ya anteriormente en aquella transformación, o más bien transfiguración de la Palabra de Dios. Cristo nos ha elevado hasta ese punto en esta serie de estudios. ¿Nos sentaremos junto a él en los lugares celestiales hasta los cuales nos ha elevado?

Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Ciertamente, yo, Pablo, os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a cumplir toda la Ley.

¿Qué es lo que buscaban aquellos predicadores de la circuncisión? -La salvación. Por consiguiente, tenían la obligación de cumplir todo lo que Dios hubiera estipulado jamás para la salvación.

De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído.

Eso mismo es cierto hoy, ¿no os parece? ¿No veis que esas mismas escrituras que se empleaban para defender el ceremonialismo entonces, son el poder viviente de Dios en contra del ceremonialismo y el papado, en contra de la forma de piedad desprovista del poder que maldice al mundo en los últimos días y hasta la venida de Jesucristo?

De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído. Nosotros, por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia.

El versículo 6, que comienza así: “Porque en Cristo Jesús…”, ¿qué implica?: ¿mirar a Cristo desde la distancia?, ¿acudir a él como si fuera una fuente o depósito, para tomar algo de él y llevarlo externamente? -No. Es “en Cristo Jesús”. En él “ni la circuncisión vale algo ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor”. Eso es cristianismo. Cualquier cosa que no lo alcance, es ceremonialismo, hoy tanto como entonces. Es el misterio de iniquidad y es la marca de la bestia. Y cualquiera que carezca de ese principio vital -del poder viviente en su vida-, adorará a la bestia y a su imagen. Eso significa que la adorarán todos aquellos cuyos nombres no estén escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo. Gracias sean dadas a Dios por su Don inefable.

¿Qué representaba para ellos la circuncisión? -Lo representaba todo. Era en ella misma el sello de la perfección de la justicia por las obras. De hecho, tomaba el lugar de Jesucristo. Pero eso, en Cristo, de nada aprovecha. Circuncisión significa obras; únicamente obras para lograr la justicia y la salvación. Pablo había sido un fariseo del tipo “dame algo más que hacer, y lo haré”. Eso es lo que significaba la circuncisión. Esa palabra resumía todo el sistema de salvación por obras. Pero en Cristo Jesús, ¿qué es lo que cuenta para salvación? La circuncisión no vale nada, como tampoco las obras -del tipo que sean-; lo que vale es la fe que obra. La fe permite que la salvación en Jesucristo sea un poder viviente en la vida, obrando en ella la justicia de Dios mediante su amor, y el amor de Dios consiste en que guardemos sus mandamientos. ¡Sea el cristianismo el que prevalezca y se extienda por doquier! “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

Para la última parte de nuestro estudio leeré algunos pasajes de Colosenses. Leamos acerca del misterio del evangelio, comenzando por el versículo 25 del primer capítulo y avanzando hacia el segundo y tercer capítulos:

De la cual soy hecho ministro según la dispensación de Dios que me fue dada en orden a vosotros, para que cumpla la palabra de Dios; A saber, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, mas ahora ha sido manifestado a sus santos: A los cuales quiso Dios hacer notorias las riquezas de la gloria de este misterio entre los Gentiles; que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria: el cual nosotros anunciamos

¿Quién anuncia -predica-?, ¿dónde? -Vosotros; y predicáis allá donde vais. “Nosotros anunciamos a Cristo, amonestando a todo hombre y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre”. Presentar a todo hombre perfecto en él, siempre en él. Se espera que llevemos las personas a Jesús, de forma que puedan morar en él, vivir en él, andar en él.

En lo cual aún trabajo, combatiendo según la operación de él, la cual obra en mí poderosamente. Porque quiero que sepáis cuán gran solicitud tengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca vieron mi rostro en carne.

¿Quiénes son esos que nunca vieron su rostro en carne? Se refiere a nosotros, que estamos aquí. ¿Cómo sigue? “Para que sean confortados sus corazones, unidos en amor”. Todos unidos, y una sola hebra que los une a todos: Cristo y su amor.

Unidos en amor, y en todas riquezas de cumplido entendimiento para conocer el misterio de Dios, y del Padre, y de Cristo.

¿De qué misterio se trata? -De Cristo en vosotros, de la aniquilación del ceremonialismo, de la abolición de la enemistad, del derribo de toda pared que separa los corazones de los hombres.

“En el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento. Y esto digo…” ¿Lo dijo a vosotros y a mí, que no hemos visto su rostro en la carne? “Esto digo, para que nadie os engañe con palabras persuasivas” que os lleven al ceremonialismo, al formalismo y a falsos dogmas y doctrinas. “Esto digo, para que nadie os engañe con palabras persuasivas”. “De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él”. En él; siempre en él. Creo que esa expresión se ha venido repitiendo entre nosotros hasta el punto de que podemos considerarla como el lema de esta asamblea ministerial. Sea “en él” nuestro santo y seña. No considero exagerado que salgamos con esa expresión resonando aún en nuestros oídos y fijada en nuestras mentes: en él, en él. Predicar en él, orar en él, trabajar en él, enseñar en él, llevarle a él las personas de forma que puedan estar en él. De esa forma caminaremos siempre en él, arraigados y sobreedificados en él.

Arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis aprendido, creciendo en ella con hacimiento de gracias. Mirad que ninguno os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo y no según Cristo.

Preparaos: nos vamos a enfrentar cara a cara con el misterio de iniquidad. Preparaos para la falsa filosofía, las vanas sutilezas, las tradiciones y los elementos del mundo -elementos de la mente natural y del corazón carnal-. Estad apercibidos. Cristo, Cristo; en él; sólo en Jesucristo, sólo en él. No hay nada que valga, excepto la fe que obra por el amor. Y se trata del amor de Dios que guarda los mandamientos de Dios.

Porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente: Y en él estáis cumplidos, el cual es la cabeza de todo principado y potestad: En el cual también sois circuncidados de circuncisión no hecha con manos, con el despojamiento del cuerpo de los pecados de la carne, en la circuncisión de Cristo.

Abolió el cuerpo de carne al destruir la enemistad en carne pecaminosa; al vencer todas las tendencias de la carne pecaminosa y sujetar la totalidad del hombre a la ley de Dios. Tal es la circuncisión que trae Cristo, que es llevada a cabo por el propio Espíritu de Dios. Y esa misma obra bendita tiene lugar en todos los que están en él.

El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra; por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios.

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a él.

Sepultados juntamente con él en el bautismo, en el cual también resucitasteis con él, por la fe de la operación de Dios que le levantó de los muertos.

“Ya vosotros, estando muertos…” ¿Estáis muertos? ¿Estáis muertos con él?, ¿en él? Estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, ¿os ha resucitado juntamente con él?

“Perdonándoos todos los pecados”. Gracias a Dios. El registro ha quedado limpio; Dios quitó las transgresiones que nos eran contrarias, anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, y nos ha imputado su propia justicia. ¿Qué fue lo que tenía esa acta de decretos en contra nuestra? -La enemistad, que convierte en servicio al yo todo lo que Dios había dado. Eliminó todo lo que iba contra nosotros, lo que nos era contrario, quitándolo de en medio, clavándolo en la cruz. Y habiendo despojado a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. Por lo tanto, que ningún ser humano sea vuestra conciencia; que nadie os juzgue o decida en vuestro lugar. Sea el amor de Cristo en el corazón quien decida y obre lo que es correcto. Que nadie sea vuestra conciencia en comida o en bebida, o respecto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo.

¡Que ningún ser humano os arrebate el premio! Que nadie os aparte de vuestra meta, tal como la tenemos expuesta en las páginas 166 y 167 del BULLETIN. “Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad”. ¿En qué consiste la humildad afectada, si no es en seguir reglamentos de manufactura humana, y en la perversión de las disposiciones divinas en favor de nuestros propios caminos? “Vanamente hinchado por su propia mente carnal”. ¿Qué es la mente carnal? -Es “enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede”. Pero Cristo Jesús abolió en su carne la enemistad, y en él queda abolida en nuestra carne y obtenemos la victoria.

Vanamente hinchado por su propia mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios. Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne. Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba.

¿Habéis resucitado con él? ¿Nos ha resucitado? ¿Estáis allí con él? Si es así,

buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es.

Ese día se acerca; lo está trayendo cada vez más cerca. Gracias a Dios por su Don inefable; y “gracias a Dios, que nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento”.

Amén.

 

 

www.libros1888.com