General Conference Bulletin, 1897

El Espíritu de Profecía nº1

(tarde del martes 9 de febrero de 1897)

A. T. Jones

 

Supongo que en este auditorio todo el mundo está seguro de creer verdaderamente en el Espíritu de Profecía; es decir: que el Espíritu de Profecía pertenece a la iglesia, a este mensaje tal como se ha manifestado mediante la hermana White. Esa es la creencia, o al menos la profesa creencia, en la medida en que ese concepto y las Escrituras que lo prueban forman parte de esta obra. Pero no es ahí donde radica el problema. Y ciertamente, tenemos ahora un problema. Si no lo reconocemos, estamos en una situación mucho peor que teniendo el problema, pero siendo conscientes de él. Más aún: la causa de Dios, tanto como vosotros y yo, nos encontramos inmersos en tal problema, y estamos en peligro, día tras día, de incurrir en la ira de Dios por estar donde estamos. El Señor nos lo ha dicho más de una vez; nos dice cómo llegamos hasta aquí y nos dice también cómo salir de aquí. Lo único que sé deciros en este punto, es que estudiéis el Espíritu de Profecía y que obtengáis de él lo que necesitáis.

El anterior es sólo uno de los varios pronunciamientos. Conociendo esas declaraciones, y habiéndolas conocido ya por un tiempo, me habría sentido muy feliz quedándome en casa y continuando la obra allí, ya que hay tanto por hacer, y es tal la implicación. Dios llama a que se produzcan muchos cambios entre aquellos que han formado parte de las comisiones, juntas, consejos, etc., y quienes los componen se encuentran reunidos precisamente aquí, siendo a ellos a quienes compete realizar dichos cambios. Ahora, ¿cómo podrían realizar los cambios en los que están personalmente implicados, a menos que sean ellos mismos quienes comiencen por cambiar? La única forma en que pueden producirse los cambios es si los hombres cambian. Dios obrará por medio de todo el que haga tal cosa; pero ¿qué va a suceder con los que rehúsen cambiar? Esa es la razón por la que afirmo que hoy tenemos un problema. Cuando el Señor nos dice cuál es nuestro problema, nos dice también cómo llegamos a desarrollarlo y cómo superarlo. El menosprecio a los Testimonios está en el origen de todo. Entonces, cuando nos encontramos en dificultades debido a haber menospreciado los Testimonios, y esos Testimonios nos dicen precisamente cómo solucionar esa dificultad, si seguimos el testimonio que nos hace superar el problema, estaremos en paz con los Testimonios.

No hay nada en lo que yo pueda colocarme aparte, pues estoy en medio del problema lo mismo que todos vosotros. El Señor dice que nuestra causa tiene un problema, y ciertamente soy parte de la causa; pertenezco a ella, mi vida está entretejida con ella, y lo mismo sucede con la vuestra: la causa lo es todo para nosotros, por lo tanto, cuando la causa está en peligro, lo estamos vosotros y yo. Pudiera ser que personalmente no hubierais tenido una implicación directa en los pasos que llevaron al origen del problema; aun así, dado que formamos parte de la causa, y siendo la causa nuestra propia vida, tenemos ciertamente un problema desde el momento en que la causa lo tiene. Pero Dios nos dice cómo salir de él.

No es mi intención el daros un consejo humano, sino el consejo del Señor. Es posible que aparezcan nombres de personas, y si tal es el caso, no los voy a evitar. Si falta el nombre de alguien -porque no se lo nombre- pero sabemos de quién se trata, eso no significa que haya un ataque dirigido contra ese hermano. Suponed que cometo un error, y que el Señor me habla acerca de él en un testimonio. Imaginad que al llegarme ese testimonio, me arrepiento y abandono ese error. Podéis obtener un beneficio de ese testimonio usándolo de la forma más eficaz, y en ello no estaréis emprendiendo acción ninguna en mi contra, puesto que ya no estoy en ello si es que he reconocido el error y lo he abandonado, si he actuado en consecuencia.

De hecho, la cuestión es si uno encuentra en su corazón una firme creencia en los Testimonios solamente después de haber tenido contacto con uno, dos o tres [de tales testimonios] y comprueba que los ha aceptado todos ellos; entonces se sentirá satisfecho por creer en los Testimonios, pero no hasta haber tenido antes esa experiencia. Empezaré y terminaré con la Palabra. Hay aquí algo que nos dice cómo proceder ante situaciones como esa:

Si el Señor está en medio de sus concilios contemplando su orden, amor y temor, y cómo tiembla ante su palabra, entonces está usted preparado para hacer su obra libre de egoísmo”.

Aquí estamos en un concilio. Si bien tenemos caracteres diferentes, cuando somos moldeados por el mismo Espíritu de Cristo, somos uno. Entonces la iglesia puede levantarse y resplandecer con un brillo como el del sol de mediodía, y avanzar imponente como ejércitos en orden.

Se ha expulsado a Dios de su obra, de la administración de su obra en general, de la obra de avanzada, de los concilios, de los equipos de responsables de iglesia, de las iglesias, etc. Hemos tenido dioses falsos. Se han elegido hombres -y ellos han consentido en que así se haga- que se han interpuesto entre Dios y la obra. Dios va a actuar en su causa de todos modos, y si no dejáis de interponeros en su camino a fin de permitirle obrar a su manera, la ira de Dios caerá sobre los que interfieren de esa forma. Los hombres se mantienen -y permiten que se los mantenga- en puestos de los que debieron haber salido hace mucho tiempo. Si dejamos de interponernos en su camino y le permitimos obrar, lo hará de forma amable. No deseamos un látigo. Es preferible que nos sorprendamos ahora un poco, más bien que tener una gran sorpresa después de un tiempo; es preferible recibir ahora una reprensión amorosa, que seguir sin reconocer esas cosas y que se nos expulse del templo tal como les sucedió a algunos en su día, o resultar ingratamente sorprendidos cuando sea demasiado tarde para remediarlo.

Así pues, si el Señor está en medio de vuestros concilios contemplando vuestro amor, vuestro temor y cómo tembláis ante su palabra, entonces estáis preparados para hacer su obra, y él no consentirá en implicarse en ninguna transacción injusta.

Leo más:

El camino del hombre consiste en hacer planes y proyectos. Dios implanta un principio”.

Allí donde Dios ha implantado un principio, nuestra vida y acciones son simplemente una expresión de ese principio, de tal forma que si dicho principio no estuviera allí, ocuparía su lugar un principio del diablo.

Las circunstancias no pueden producir reformas. El cristianismo propone una reforma en el corazón. Lo que Cristo obra en el interior, se proyectará al exterior bajo el dictado de un intelecto convertido. El esquema de comenzar por lo exterior y tratar de que influya en el interior ha sido siempre un fracaso, y siempre lo será”.

No puedo aplicar un testimonio a nadie que no sea yo mismo, ya que debo acogerlo en el corazón y ha de obrar desde el interior. Entonces, Dios lo aplicará allí donde yo vaya. Lo mismo sucede con todos nosotros en el testimonio que pueda venirle a cualquiera, en la reunión, concilio o congreso de la Asociación General que sea. El presidente no puede aplicar a todo el campo mundial un testimonio que lo tenga a él por destinatario. Debe aceptarlo en el fondo de su alma, sometiéndose a él de cuerpo, alma y espíritu; entonces Jesucristo aplicará el testimonio allí donde vaya el presidente. Para él será algo viviente, y si avanza en ello, el Señor aplicará ese testimonio a cualquier lugar donde vaya. Pero los hombres han procurado aplicar los Testimonios a otros sin tenerlos dentro de ellos mismos como algo viviente. Vez tras vez se ha procurado tal cosa, y ahí radica el problema. Si uno no acepta el testimonio de cuerpo, alma y espíritu, de forma que el principio que contiene sea algo viviente en él, poco importa cuánto pueda leer y aplicar el testimonio a otros: su propia influencia será contraria a ese testimonio que intenta aplicar. Excepto que lo viva en su experiencia -en todo cuando dice y hace-, resultará destruido por sus acciones. Eso es lo que nos ha llevado a la situación en la que ahora nos encontramos.

El camino de Dios consiste en dar al hombre algo que no posee”.

Debemos tomar aquello que no tenemos, aquello que Dios nos da, y nos hará poderosos en el Señor. 2 Cor 2:14:

A Dios gracias, el cual hace que siempre triunfemos en Cristo Jesús, y manifiesta el olor de su conocimiento por nosotros en todo lugar”.

Si el principio está allí, Dios hablará allí donde vayamos. No hace diferencia si se trata de una transacción comercial. Todo cuanto hagamos les recordará a Dios una vez que nos hayamos ausentado, de tal forma que a través de nosotros se manifestará el sabor de su conocimiento en cualquier lugar.

El camino de Dios consiste en hacer del hombre aquello que él no es”.

Consiste en hacer de mí algo que yo no soy. Entonces, cuando me llega un testimonio diciéndome que no estoy andando con rectitud, ese testimonio va a hacer de mí lo que no soy: va a hacerme recto. Es imposible que me lo aplique y siga como estaba, ya que cuando realmente me aplico el testimonio, seré lo que no era y Dios se podrá manifestar allí donde yo vaya.

El camino del hombre consiste en buscar una situación cómoda, en ser indulgente con el apetito y en [satisfacer] la ambición egoísta. El camino de Dios consiste en obrar con poder. Él confiere la gracia si el hombre enfermo se da cuenta de que la necesita. Demasiado a menudo el hombre se siente satisfecho aplicándose remedios de curandero, para reivindicar después su proceder como si fuera correcto”.

El camino de Dios es diferente. Todos estamos enfermos, y si pudiéramos darnos cuenta de ello, Dios nos proporcionaría la cura necesaria. El hombre prefiere el curanderismo, y cree que su proceder es el correcto; pero el propósito de Dios es purificar el alma. Juan 7:38:

El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”.

Significa que se implanta en su interior el reino de Dios.

Día tras día los hombres están revelando si el reino de Dios está en su interior. Si Cristo rige en sus corazones, se fortalecen en el principio, en el poder y la habilidad para tenerse como fieles centinelas, como fieles reformadores, ya que no puede existir reforma a menos que haya una estrecha cooperación con Jesucristo. Mediante la gracia de Cristo, los hombres deben emplear las facultades que Dios les ha dado para reformarse a sí mismos. Mediante esa acción de negarse a uno mismo, que es algo que el Cielo ve con aprobación, ganan victorias sobre sus tendencias heredadas y cultivadas; entonces, lo mismo que Daniel, dejan en otros impresiones que jamás se borrarán. La influencia llegará a todas las partes de la tierra”.

Este es el testimonio al que me refería antes. Cuando recibís un testimonio y lo incorporáis a vuestro corazón y a vuestra vida, eso hace de vosotros algo que no erais; establece en vuestro interior el reino de Dios, y ese testimonio será llevado a todas las partes de la tierra. Pero es posible que no salgáis nunca de vuestro Estado, ¿cómo podría darse entonces esto último? Allá donde vosotros y yo vayamos, Dios traerá a los corazones impresiones que jamás se borrarán y que a su vez darán lugar a otras impresiones en otros, y así sucesivamente. Cabe que alguien se endurezca en contra de ello, pero llegará de todas formas: tras haber dejado esa impresión, él sabrá que viene del Señor. Los saduceos no creían en la resurrección, pero reconocieron que los discípulos habían estado con Jesús, y tras su muerte pudieron aprender de él. En sus corazones sabían que había resucitado. El hecho estaba allí, aunque en un principio no se habían convertido a resultas del mismo. Tal es el principio contenido en la Biblia. Leo de un testimonio escrito en 1896:

Muchos de los hombres que han actuado como responsables de las comisiones y juntas directivas han de ser eliminados de ellas”.

Observad: dice muchos. Teniendo en cuenta que no hay muchísimos, si es que han de ser descartados muchos de ellos, eso significa que tras haber tomado la acción, no pueden quedar muchos.

Otros hombres han de tomar el lugar de estos [muchos], ya que su voz no es la voz de Dios. Sus planes y proyectos no concuerdan con los caminos de Dios. Se ha mantenido en el oficio a esos mismos hombres como directores de comités, hasta que bajo su administración y sus propios caminos se ha introducido fuego profano en lugar del fuego sagrado que el propio Dios encendió. Ya no se les llama más Israel, sino suplantadores”.

¡Suplantadores, en lugar de Israel! ¿Es posible imaginar un problema más grave que ese?

Leo de un testimonio escrito en 1894:

Hace tiempo que debieran haberse efectuado cambios. Dios habría revertido el reproche de su iglesia”.

Aquí están las palabras:

Los comités no deben estar formados por los mismos hombres año tras año; hace tiempo que debieron haberse efectuado cambios. Dios habría revertido el reproche de su iglesia; pero eso es imposible por tanto tiempo como sean mantenidos en su cargo año tras año hombres que se creen totalmente competentes para obrar sin aceptar el consejo de Dios. Ese estado de cosas está leudando cada rama de la obra, debido a que los hombres no sienten su necesidad de la conducción del Espíritu Santo”.

¿Qué se va a hacer? ¿Va a tener el Señor esta vez una oportunidad de obrar? ¿Se le va a permitir traer los cambios necesarios? Ese testimonio no debe aplicarse asumiendo nosotros esa obra y haciendo los cambios al instante. Mi corazón debe ser recto antes de tomar parte en cambio alguno. Lo que procede es que nos sometamos a Dios y le permitamos obrar a través nuestro. Cuando Dios esté allí, no nos preocupará de qué hombres se trate.

No nos corresponde ahora comenzar a pensar quién puede ser el candidato a proponer, de forma que se lo pueda promover para ocupar posiciones que ahora ostentan otros; en ese caso, aunque los anteriores estuvieran fuera de esos puestos, los ocuparíamos nosotros, y el Señor estaría tal lejos como sea posible imaginar. El problema actual consiste en que se ha dejado fuera al Señor. Si lo que hiciéramos fuese esforzarnos por ocupar esos puestos, el Señor seguiría estando fuera, y la causa vendría a estar peor que antes. No es eso lo que se necesita. No debe haber aquí política; pero si la política está en nosotros, también lo estará aquí, y ciertamente se hará manifiesta. Cuando alguien tiene en sí mismo la política, su mejor lugar está en el amplio mundo, entre quienes son políticos y nada más que eso, ya que eso es lo que él es también, y si no ejerce la política en el mundo, la ejercerá en la iglesia, trayendo sólo daño y maldad. Por supuesto, es mejor que se realice una obra tal en el mundo que en la iglesia. Así pues, no es esa la razón por la que estamos aquí. Estamos aquí para encontrar a Dios y abrirle nuestros corazones de forma que él ocupe el lugar desde el centro hasta la circunferencia en cada pensamiento, palabra y hecho. Y Dios no es un político: es Dios. Lo que nos corresponde es buscar a Dios de todo corazón, de forma que él pueda hacer todo lo que queda por hacer. Él lo realizará si se lo permitimos. Démosle a Dios una oportunidad. Los que se han interpuesto en el camino, deben dejarlo libre; y el resto de nosotros debemos abstenernos de interferir en el camino. Entonces Dios podrá ocupar el lugar que le corresponde.

A continuación se nos refiere aquí al episodio de Nicodemo y Cristo. Nicodemo era un dirigente en Israel, y se nos dice que

Nicodemo buscó una entrevista con Jesús de noche, diciéndole: ‘Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces si no está Dios con él’. Todo eso era verdad, sin duda alguna; pero ¿qué dijo Jesús? ‘Le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios’. Aquí había un hombre que desempeñaba un alto puesto de confianza, un hombre respetado por estar educado en las costumbres de los judíos, un hombre cuya mente rebosaba sabiduría. Estaba por cierto en posesión de talentos nada ordinarios. No quería ir a Jesús de día, porque se habría convertido en el blanco de todas las miradas. Habría sido demasiado humillante para un príncipe de los judíos manifestar simpatía por el despreciado Nazareno. Nicodemo pensó: Me cercioraré de la misión y de las pretensiones de este Maestro, veré si es realmente la luz para alumbrar a los gentiles, y la gloria de Israel.

Jesús dice virtualmente a Nicodemo: No es la controversia lo que te ayudará; no son las discusiones las que traerán luz al alma. Debes tener un nuevo corazón, de otra manera no puedes discernir el reino de los cielos. No será un cúmulo mayor de evidencias lo que te coloque en una posición correcta, sino nuevos propósitos, nuevas motivaciones para la acción. Debes nacer de nuevo. Antes que este cambio ocurra y haga todas las cosas nuevas, no tendrán efecto alguno las más poderosas evidencias que puedan presentarse. La falta está en tu propio corazón; todas las cosas deben ser cambiadas, de otra forma no podrás ver el reino de Dios.

Esta fue una declaración muy humillante para Nicodemo, quien tomó las palabras de Cristo y dijo con un sentimiento de irritación: ‘¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?’ No tenía suficiente disposición espiritual para discernir el significado de las palabras de Cristo. Pero el Salvador no hizo frente a los argumentos con argumentos. Extendiendo su mano con solemne y tranquila dignidad, insistió con mayor seguridad en la aplicación individual de la verdad: ‘De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu’. Nicodemo le dijo: ‘¿Cómo puede hacerse esto?’

En la mente del príncipe estaban penetrando algunos fulgores de la verdad. Las palabras de Cristo lo llenaron de pavor y lo indujeron a preguntar: ‘¿Cómo puede hacerse esto?’ Con profundo fervor Jesús le respondió: ‘¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?’ Sus palabras transmitieron a Nicodemo la lección de que, en lugar de sentirse irritado ante la declaración sencilla de la verdad y permitirse ironías, debía tener una opinión mucho más humilde de sí mismo, debido a su ignorancia espiritual. Sin embargo, las palabras de Cristo fueron pronunciadas con tan solemne dignidad, y tanto la mirada como el tono expresaban un amor tan ferviente, que no se ofendió al darse cuenta de su humillante posición.

Seguramente que alguien a quien se le habían confiado los intereses religiosos de la gente no debía ser ignorante de una verdad cuya comprensión era tan importante para ella, como la condición de entrada en el reino de los cielos. ‘De cierto, de cierto te digo -continuó Jesús-, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenas y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?’

La lección que Jesús presentó a Nicodemo, yo la presento como altamente aplicable a los que hoy en día están en posiciones de responsabilidad como príncipes en Israel, y cuyas voces se oyen a menudo en los concilios dando evidencia del mismo espíritu que poseía Nicodemo. ¿Tendrá la lección dada a ese gran dirigente la misma influencia sobre el corazón y la vida? Nicodemo se convirtió como resultado de esa entrevista”.

Esas palabras fueron pronunciadas a presidentes de Asociaciones, a ancianos de iglesia y a quienes ocupan puestos de responsabilidad en nuestras instituciones. Tú sabes si eres presidente de Asociación. Si tal es el caso, te habla a ti. Te dice: Tienes que nacer de nuevo. Tú sabes si eres el anciano de una iglesia. Te habla a ti, diciendo: Tienes que nacer de nuevo. Sabes si ocupas un puesto de responsabilidad en una de nuestras instituciones. Te habla a ti, y te dice: Tienes que nacer de nuevo; tienes que convertirte. No dice que nunca estuviste convertido. Incluso aunque nos hayamos convertido, el tiempo es tal, que Dios llama a una conversión más cabal, a una consagración más profunda que la que jamás hayas conocido. El que nos convirtiéramos hace cinco, diez o quince años, no significa nada para vosotros o para mí si es que ahora, hoy, no estamos convertidos. Y él nos dice: Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Hoy, mientras se dice hoy, nos dice a vosotros y a mí: Tienes que nacer de nuevo; te has de convertir; y a menos que el hombre nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Y aquí está la bendita promesa: ‘Os daré un corazón nuevo’. ¡Sean dadas gracias al Señor! Busquémoslo de todo corazón, con una sinceridad como nunca antes, a fin de que nos pueda emplear como nunca antes y levante el reproche de su iglesia, de forma que esta se pueda poner en pie libre de restricciones, hermosa como la luna, radiante como el sol, imponente como ejércitos en orden de batalla. Eso es lo que el Señor quiere para vosotros y para mí hoy. ¿Lo va a tener?

 

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