General Conference Bulletin, 1897

La apostasía de Israel, nº 6

(tarde del domingo 14 de marzo de 1897)

A. T. Jones

 

Tal como vimos en la pasada lección, Israel apostató y se procuró un rey a fin de ser como las demás naciones. En nuestra lección de hoy veremos hasta qué punto llegó a ser como todas las naciones. Israel apostató de Dios debido a no creer en él de todo corazón. La palabra no fue acompañada de fe en aquellos que oyeron [Heb 4:2]. Se hicieron formalistas, y entonces vinieron sobre ellos los males de los que habrían escapado de haber sido fieles a Dios, tal como habría sido el caso con cualquiera de los paganos. Posteriormente, tal como especifica el Espíritu de profecía, atribuyeron al gobierno de Dios todos esos males resultantes de su apostasía. Concluyeron que aquel gobierno había sido un fracaso; no cumplía sus expectativas; no les satisfacía en este mundo y querían poseer un gobierno que ellos mismos dirigieran, un gobierno que pudieran manejar y mediante el cual pudieran gobernarse y protegerse.

Entonces dijeron a Samuel:

Danos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones [1 Sam 8:5]

Cuando el Señor protestó solemnemente mediante Samuel, ellos protestaron contra la protesta, replicando:

No. Habrá un rey sobre nosotros, y seremos también como todas las naciones [1 Sam 8:19-20]

Puesto que era eso lo que querían, el Señor les permitió que lo tuvieran. No sólo habían decidido y establecido que tendrían un rey, sino que también habían escogido a quién tendrían por rey [1 Sam 9:20]. Sería Saúl, el hijo de Cis; y el Señor les permitió también tenerlo, puesto que se habían empeñado en seguir su propio camino.

Pero debido a su elección de un rey y un reino, les sobrevinieron todos los males que el Señor había anunciado. Comenzaron a cosechar algunos de ellos en los días de Saúl. La influencia y reino de David les ayudó considerablemente a mitigar aquellos males. Aunque habían rechazado a Dios, él no los abandonó; permaneció todavía con ellos para guiar a todos cuantos se prestaran a ello, y para salvarlos -si era posible- de todas las calamidades que él sabía que habrían de sobrevenirles, y a las que no podrían escapar como nación. Pero salvaría a todos los que pudieran escapar como individuos. Habían iniciado un curso que los llevaría de una forma indefectible e irrevocable, un paso tras otro, hasta la ruina.

Con Salomón comenzó la plenitud de sus problemas, como resultado inevitable del curso contrario a la protesta del Señor que habían tomado. Y Egipto estaba siempre allí. Egipto siempre acaba por hacerse presente. Salomón tomó una mujer de Egipto en contra de la palabra del Señor. Fue a buscar caballos a Egipto en contra de la palabra del Señor. La gloria que el Señor le dio, la pervirtió en el servicio a Egipto, en la idolatría de Egipto y del resto de naciones que los rodeaban. Las cargas que gravban al pueblo a fin de que Salomón pudiera mantener a sus trescientas mujeres y setecientas concubinas, procedentes de todas las naciones paganas en su adoración idolátrica, eran del tipo que jamás debió existir, del tipo que jamás traería beneficio alguno al pueblo; y por el bien de ambos pueblos, Dios decidió separar a diez tribus de las dos restantes.

No nos es posible saber todo el bien que el Señor tenía para las diez, o para las dos tribus, ya que nunca llegó a materializarse. A Jeroboam correspondió primeramente el gobierno de las diez tribus. Pero Jeroboam, olvidando el espléndido ejemplo de David -quien había esperado pacientemente que llegara el tiempo del Señor-, ascendió al trono de las diez tribus a su propia manera, sin importarle que Salomón viviera aún; levantó su mano contra el rey y dio el paso propuesto para alcanzar el trono de las diez tribus y gobernarlas, estableciéndose como rey en contra de Salomón. Allí hubo traición y rebelión. En consecuencia, Salomón se dispuso a castigarlo, y Jeroboam huyó a Egipto, donde estuvo hasta que murió Salomón.

Si es que no era ya antes un egipcio en su corazón, se convirtió en eso una vez allí. A la muerte de Salomón, Jeroboam regresó de Egipto. Llegó el tiempo de que las diez tribus se separaran de las otras dos. Roboam protagonizó la acción que las separó. El pueblo acudió a él pidiéndole que aliviara las cargas que su padre les había impuesto; era una demanda justa y razonable. Los ancianos que habían asesorado a Salomón le aconsejaron atenderla y responder positivamente. Pero Roboam no apreció su consejo, pues no quería convertirse en un servidor del pueblo, tal como le recomendaban que fuera. Él quería ser el jefe del pueblo, y en consecuencia recibió el consejo de los jóvenes que habían crecido con él. Su madre era amonita, una de las más viles entre las esposas idólatras que Salomón tuvo; y los jóvenes que crecieron con él eran hijos de otras mujeres idólatras de Salomón. Aquellos jóvenes habían crecido en medio de todas las abominaciones paganas que Salomón había practicado con sus esposas. Roboam participó de los sentimientos de ellos y se inclinó por ese camino, y rechazando decididamente el consejo del Señor así como el de los hombres que temían al Señor.

Roboam dio al pueblo la respuesta que conocéis bien: ‘Me habéis pedido que aligere vuestras cargas, pero en lugar de eso las voy a hacer más pesadas; donde fueron como vuestro meñique, las haré como vuestra cintura’. Entonces replicaron:

¡Israel, cada uno a sus tiendas! ¡David, mira ahora por tu casa! [1 Reyes 12:16]

Roboam se sorprendió mucho ante aquella reacción, lo que no es de extrañar, ya que siendo tan torpe como para no comprender que su exacción era un portento de necedad, habría sido un milagro que no le sorprendiera la reacción del pueblo. Entonces les envió a su tesorero con la comisión de apaciguar los ánimos y atraer al pueblo en lo posible hacia sí. Pero apedrearon hasta la muerte al tesorero, y Roboam, al conocer la situación, se llenó de temor, huyó aprisa a Jerusalem y dispuso un ejército para someterlos por la fuerza a que lo sirvieran. El profeta del Señor le dijo entonces que no era esa la conducta a seguir y que debía permanecer allí, cosa que hizo.

Jeroboam tomó después el reino y estableció los becerros de oro que había traído de Egipto, de forma que al separarse de las otras dos, las diez tribus fueron llevadas directamente a Egipto, a la idolatría egipcia y al sistema egipcio de gobierno. Jeroboam marcó la pauta y dio un ejemplo que seguirían el resto de los reyes de las diez tribus. A partir de entonces, se trataría siempre de “los pecados con que Jeroboam hijo de Nabat hizo pecar a Israel” [2 Reyes 10:29]. La apostasía recorrió sin tregua un camino descendente, hasta que pereció el reino entero para no oírse hablar más de él -entonces ni en el futuro-. La apostasía en la línea de los reyes de las diez tribus fue de mal en peor. Jeroboam fue inicuo. Los que lo siguieron inmediatamente lo fueron también. Llegó entonces Omri, quien fue aún peor que los anteriores. Luego Acab, que fue peor que todos los que le precedieron. Tal fue el curso en aquel reino, hasta que pereció completamente y desapareció.

Pero el Señor estaba todo el tiempo haciendo lo posible para procurar que lo sirvieran. Les envió un profeta tras otro; llamó vez tras vez a sus reyes para que lo temieran y sirvieran. Al llegar Israel a sus últimos días, vemos a Amós y Oseas profetizando de forma específica en su favor. También Miqueas; no obstante, sólo una pequeña porción de su libro está dedicada directamente a las diez tribus. Amós les dedica casi todo su libro, y Oseas una gran parte de él. En ellos encontramos el último llamado del Señor para que Israel se volviera hacia él y se salvara de la completa destrucción.

Todas esas profecías y la historia de Israel figuran en la Biblia como una advertencia para el pueblo que vive en los últimos días de la historia de este mundo. Y la instrucción de Dios quedó escrita para beneficio de su pueblo en los últimos días, a fin de que se vuelva a Dios y sea salvo de la ruina. Esa es la razón por la que todos esos hechos están ahí registrados. Por lo tanto, los mensajes de Amós y Oseas son hoy verdad tan actual para vosotros y para mí -y para cualquiera en el mundo- como lo fueron para las diez tribus en el momento de escribirse.

Amós profetizó, y el sacerdote que estaba en Betel le dijo: ‘No profetices aquí; esta es la casa del rey y el patio del rey; ve a Judá’. Acto seguido se fue a informar a Jeroboam segundo de que Amós estaba profetizando maldiciones sobre aquella tierra; que estaba promoviendo la rebelión contra el rey; que estaba diciendo que la espada del Señor caería sobre ellos y que el Señor no toleraría su discurso.

Leámoslo en Amós 7:10-15:

Entonces el sacerdote Amasías de Betel envió a decir a Jeroboam, rey de Israel: “Amós se ha levantado contra ti en medio de la casa de Israel; la tierra no puede sufrir todas sus palabras. Porque así ha dicho Amós: ‘Jeroboam morirá a espada, e Israel será llevado de su tierra en cautiverio’”. Y Amasías dijo a Amós: -Vidente, vete, huye a tierra de Judá, come allá tu pan y profetiza allá; pero no profetices más en Betel, porque es santuario del rey y capital del reino. Entonces respondió Amós y dijo a Amasías: -No soy profeta ni soy hijo de profeta, sino que soy boyero y recojo higos silvestres. Y Jehová me tomó de detrás del ganado, y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”

Y les profetizó, pero no olvidéis que esos eran los últimos días de Israel. Cuando impidieron que Amós profetizara en aquella tierra y lo expulsaron, persiguiéndolo tal como habían hecho antes con muchos de los profetas, el Señor suscitó a Oseas en la tierra de Judá. Estando en la tierra de Judá, a la que aquel sacerdote idólatra había dicho a Amós que fuera, Oseas podría profetizar concerniente a Israel desde donde no podían perseguirlo ni tratarlo a su antojo.

Un comentario al propósito: sabéis que desde los días de Samuel los reyes de Israel persiguieron al pueblo de Dios, persiguieron a los profetas y mataron a los sacerdotes según su voluntad. Pudieron hacer tal cosa porque disponían del poder, tanto como del espíritu para llevarlo a cabo. Ahora bien, si Israel no hubiera tenido jamás un rey, un reino o un gobierno surgido de ellos mismos, ¿habría podido proceder de ese modo? -No; habría sido imposible. Sabéis que para los hombres de Dios y los profetas del Señor, los reyes de Israel eran peores que los reyes paganos, hasta el punto de que mientras los reyes de Judá e Israel maltrataban a los profetas del Señor, los reyes paganos les dispensaban un trato de respeto y favor.

Tal como venía diciendo, Oseas profetizó también al respecto. Leeré ahora unos pocos versículos de su libro para que veáis qué dijo. Id primero al capítulo nueve:

No se quedarán en la tierra de Jehová, sino que Efraín volverá a Egipto

Efraín era una de las diez tribus, pero su nombre se emplea aquí representando a las diez. Las diez tribus acabaron cautivas en Asiria. Pero siendo así, ¿qué significaba aquel mensaje del Señor al efecto de que regresarían a Egipto? -Egipto representa la mayor apostasía y alejamiento de Dios posibles. Las tinieblas de Egipto tienen lugar cuando los hombres gobiernan en el lugar de Dios, y el gobierno, los hombres y todo el sistema está en oposición contra Dios y contra su pueblo, tal como habían estado contra Israel cuando este habitó en tierra de Egipto antes de caer las plagas y ser liberado Israel. Cuando el Señor dice aquí que Efraín iría a Egipto aunque Asiria los tomara en cautiverio, está mostrando que estaban totalmente determinados a seguir un curso de absoluta apostasía, y no podrían “quedar en la tierra de Jehová” por la simple razón de que no quisieron hacerlo.

Recordaréis que leímos lo que el Señor había dicho a Abram:

Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré

Por lo tanto, esa “la tierra” es la tierra del Señor. Cuando habló mediante Oseas al efecto de que no se iban a quedar en la tierra de Jehová, no se estaba refiriendo a aquella exigua extensión de tierra en torno a Samaria, sino a la tierra que le fue mostrada a Abraham y a la que Dios había llamado a su pueblo cuando los sacó de Egipto. Pues bien: no morarían en la tierra del Señor. Luego sigue la referencia a Egipto, que representa el summum de la apostasía. Lo veréis con mayor claridad a medida que sigamos leyendo:

No se quedarán en la tierra de Jehová, sino que Efraín volverá a Egipto y a Asiria, donde comerán vianda inmunda. No harán libaciones a Jehová ni sus sacrificios le serán gratos; cual pan de duelo será para ellos, y todos los que coman de él serán impuros. Su pan será, pues, para ellos mismos: ese pan no entrará en la casa de Jehová. ¿Qué haréis en el día de la solemnidad, y en el día de la fiesta de Jehová? Ellos se fueron a causa de la destrucción. Egipto los recogerá, Menfis los enterrará. La ortiga conquistará lo deseable de su plata, y el espino crecerá en sus moradas

Capítulo décimo:

Israel es una frondosa viña que da de sí abundante fruto. Cuanto más abundante era su fruto, más se multiplicaban los altares; cuanto mayor era la bondad de su tierra, mejor hacía sus ídolos. Su corazón está dividido. Ahora serán hallados culpables. Jehová demolerá sus altares y destruirá sus ídolos. Seguramente dirán ahora: “No tenemos rey”

En aquel tiempo no tenían rey. Había sido asesinado y se encontraban en un interregno. Todavía no se había puesto otro rey en su lugar, pero observad lo que dice: “Seguramente dirán ahora: ‘No tenemos rey’”. Cuando escogieron aquel rey en contra de la protesta del Señor, él les dijo que lo estaban rechazando a él. “No. Habrá un rey sobre nosotros” [1 Reyes 8:19]. ¿Tuvieron un rey? -Sí; y llegó el momento en el que estarían obligados a reconocer: “No tenemos rey”. Ahora bien, ¿por qué lo dijo el Señor precisamente en aquel tiempo?

Seguramente dirán ahora: “No tenemos rey porque no temimos a Jehová. Pero, ¿qué haría el rey por nosotros?” Ellos pronuncian palabras, juran en vano al hacer un pacto; por tanto, el juicio florecerá como ajenjo en los surcos del campo. Por las becerras de Bet-avén serán atemorizados los moradores de Samaria. Sí, su pueblo se lamentará a causa del becerro, lo mismo que los sacerdotes que se regocijaban de su gloria, la cual será disipada

En el capítulo trece podéis ver lo que dice el Señor. (vers. 9, King James):

Israel, te has autodestruido, mas en mí está tu ayuda. Yo seré vuestro rey

Pero no quisieron. Veis, pues, que Dios anhelaba todo el tiempo ser su único rey; quería que lo reconocieran como tal y que no tuvieran otro. Entonces, tal como declara el versículo once,

Te di un rey en mi furor, y te lo quité en mi ira

Leo ahora el versículo 10 (King James):

Yo seré vuestro rey. ¿Hay algún otro que pueda salvaros en todas vuestras ciudades? Y los jueces a quienes dijisteis: ‘Danos un rey y príncipes’

Está refiriéndose al tiempo en el que exclamaron: ‘Danos un rey que reine sobre nosotros’. Ahora les recuerda: ‘Protesté, amonestándoos a que no procurarais tal cosa y os advertí de que os vendría todo este mal; ahora vosotros mismos confesáis no tener rey; ciertamente os habéis destruido a vosotros mismos. Yo seré vuestro rey, permitidme que lo sea’.

Leamos ahora el primer versículo del capítulo once:

Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo

¿Por qué evoca el hecho en aquel momento, en los últimos días de Israel, mil años después de haberlos sacado de Egipto? ¿Cuál es el propósito de citarlo entonces?

Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí. A los baales sacrificaban, y a los ídolos quemaban incienso. Con todo, yo enseñaba a andar a Efraín tomándolo por los brazos; más ellos no comprendieron que yo los cuidaba. Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida. No volverá a tierra de Egipto, sino que el asirio mismo será su rey, porque no se quisieron convertir. La espada caerá sobre sus ciudades y consumirá sus aldeas; las consumirá a causa de sus propios consejos. Mi pueblo está aferrado a la rebelión contra mí; aunque me llaman el Altísimo, ninguno absolutamente me quiere enaltecer

El Señor está ahora lamentando sobre Israel, que está al borde de su ruina. Le está haciendo el último llamado. Esta será su última profecía. Por aquel tiempo, Ezequías estaba reinando en Judá. Cuando llegó al trono se dispuso a reformar el reino y a revertir la apostasía de Acaz. Cuando hubo limpiado el templo y restablecido el orden, celebró dos semanas de Pascua. Pero antes de ello Ezequías envió mensajeros a las diez tribus -a lo que quedaba de ellas- convocándolas a la Pascua en Jerusalem para adorar al Señor Dios de los ejércitos. El registro bíblico especifica que se burlaron de los mensajeros y los menospreciaron, sin embargo “una multitud” de Isacar, Zabulón y Neftalí, y de israelitas de diversos lugares en las provincias acudieron a Jerusalem, observaron la Pascua y se unieron al Señor. Mientras ellos estaban en Jerusalem junto al pueblo de Judá, en ese mismo momento el rey de Asiria invadió militarmente Israel y tomó posesión de toda la tierra de las diez tribus. Los que obedecieron aquel llamado de Ezequías para ir a Jerusalem a adorar al Señor se salvaron de la cautividad asiria.

Justo antes que Ezequías les extendiera aquella invitación, Oseas escribió lo que vamos a leer. El Señor estaba lamentando la decisión final que su pueblo había tomado:

Yo enseñaba a andar a Efraín tomándolo por los brazos [11:3]

El Señor tenía un anhelo tan grande de que Efraín anduviera en el buen camino, que lo tomaba por los brazos y caminaba junto a él; pero este le rehusó los brazos; no quiso ser guiado de ese modo. Aun así, el Señor se resistía a abandonarlo:

¿Cómo podré abandonarte, Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré hacerte como a Adma, o dejarte igual que a Zeboim? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira ni volveré a destruir a Efraín, porque Dios soy, no hombre; soy el Santo en medio de ti, y no entraré en la ciudad [11:8-9]

El propio Señor se retrae a los juicios que han de caer sobre ellos. Puesto que él es Dios, hará que no caigan todavía, aunque sea inevitable que finalmente le sobrevengan. Continuaron en rebelión; siguieron andando en sus propios caminos, y el resultado quedó registrado en 2 Reyes 17:5-8:

Luego el rey de Asiria invadió todo el país y sitió a Samaria, y estuvo sobre ella tres años. En el año nueve de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria y llevó a Israel cautivo a Asiria. Los estableció en Halah, en Habor junto al río Gozán, y en las ciudades de los medos. Esto sucedió porque los hijos de Israel pecaron contra Jehová, su Dios, que los sacó de la tierra de Egipto, de bajo la mano del faraón, rey de Egipto. Adoraron a dioses ajenos y anduvieron en los estatutos de las naciones que Jehová había expulsado de delante de los hijos de Israel, así como en los estatutos que hicieron los reyes de Israel

Leo ahora los versículos 13 al 15:

Jehová amonestó entonces a Israel y a Judá por medio de todos los profetas y de todos los videntes, diciendo: “Volveos de vuestros malos caminos y guardad mis mandamientos y mis ordenanzas conforme a todas las leyes que yo prescribí a vuestros padres y que os he enviado por medio de mis siervos los profetas”. Pero ellos no obedecieron, sino que se obstinaron tanto como sus padres, los cuales no creyeron en Jehová su Dios. Desecharon sus estatutos, el pacto que él había hecho con sus padres y los testimonios que él les había prescrito, siguiendo en pos de vanidades y haciéndose vanos ellos mismos por imitar a las naciones que estaban alrededor de ellos, aunque Jehová les había mandado que no obraran como ellas

Las diez tribus se perdieron. Concerniente a Judá, Oseas profetizó:

Judá aún gobierna con Dios, y es fiel con los santos [11:12]

Judá podía continuar aún. Su rey era Ezequías; después vino Manasés, quien hundió a Judá de nuevo en la apostasía. Su hijo anduvo en sus pasos. Vino después Josías, quien reformó una vez más el reino. Tras ser muerto Josías, el reino de Judá tomó el camino directo hacia la ruina. No hubo después de él ningún rey que temiera al Señor. Ya en los días de Ezequías tenían a Egipto como una referencia constante, se atenían a él y se aferraban a él como si fuera su salvador, cuando en realidad las dificultades en las que se veían eran todas ellas fruto de su incredulidad y alejamiento del Señor.

Observad ahora los últimos días de Judá. Acaz fue a Tiglat-pileser, rey de Asiria, y le pidió que acudiera a salvarlo de la mano del rey de Damasco y del rey de Samaria. Tiglat-pileser así lo hizo, y tomó posesión de Damasco, liberando a Acaz. Este le pagó tributo y fue a Damasco a encontrase con él y a rendirle obediencia como súbdito. Estando allí vio un altar idolátrico; lo copió, haciendo uno similar, y lo puso a la puerta del templo del Señor. Con ello llevó a la nación a la apostasía, tal como habían hecho en Israel sus homólogos.

En Judá, Ezequías sucedió a Acaz. Cuando se hizo rey Ezequías, quiso liberarse de la sumisión y tributo a Asiria. En Judá había un partido que estaba a favor de Ezequías en su determinación de liberarse de Asiria. Dicho partido asumía que la única forma de lograr tal cosa era recurriendo a Egipto. Por entonces Isaías profetizaba, y les dijo que pusieran su dependencia en el Señor para ser librados tanto de Egipto como de Asiria. Les dijo que estaban siendo oprimidos debido a haber pecado contra el Señor. Les dijo lo inútil que sería su recurso a Egipto, ya que no podría librarlos. Lejos de ayudarles, los sumiría en una opresión aún mayor.

Id al capítulo ocho de Isaías. ¿Cuál es el pasaje de la Escritura que tanto empleamos en ese libro de Isaías en relación con la venida del Señor y con la espera de la misma? ¿Dónde se lo encuentra? ¿Recordáis que el capítulo ocho de Isaías es el que habla acerca de los que consultan a espíritus de difuntos que hablan susurrando y murmurando, en referencia al espiritismo? Esto es lo que dice [vers. 16-17]:

Ata el testimonio, sella la instrucción entre mis discípulos. “Esperaré, pues, a Jehová, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob. En él confiaré”

¿Se trata de un capítulo adventista? -Sí. ¿Es un capítulo que se extiende hasta la venida del Señor? -Sí.

Ved lo que contiene el capítulo; ved cómo comienza (vers. 5 y siguientes):

Otra vez volvió Jehová a hablarme, diciendo: “Por cuanto desechó este pueblo las aguas de Siloé, que corren mansamente, y se regocijó con Rezín y con el hijo de Remalías, he aquí, por tanto, que el Señor hace subir sobre ellos aguas de ríos, impetuosas y abundantes: al rey de Asiria con todo su poder. Él rebasará todos sus ríos y desbordará sobre todas sus riberas; y, pasando por Judá, inundará y seguirá creciendo hasta llegar a la garganta. Luego, extendiendo sus alas, llenará la anchura de tu tierra, Emanuel

Eso fue literalmente cierto en su caso. El rey de Asiria vino e inundó toda la tierra. Pero ¿por qué se escribe eso en el contexto del retorno del Señor, y relacionándolo con el pueblo que ha de esperar su venida? Se escribió en ese lugar, y nos llega ahora a nosotros, para mostrar a todos ahora en nuestro día, que las dificultades, apuros y perplejidades van a sobrevenir a toda la tierra y van a afectar a todas las naciones; que van a desbordar a lo largo y ancho del planeta y que la gente no va a escapar esta vez. Ese es el motivo por el que el pasaje está ante nosotros; nosotros que tenemos nuestros ojos puestos en el Señor. Sigamos leyendo [vers. 9-12]:

Reuníos, pueblos, y seréis quebrantados. Oíd, todos los que sois de lejanas tierras: ceñíos, y seréis quebrantados; preparaos, y seréis quebrantados. Haced planes, y serán anulados; proferid palabra, y no será firme, porque Dios está con nosotros. Porque Jehová me habló de esta manera con mano fuerte y me advirtió que no caminara por el camino de este pueblo, diciendo: “No llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama conspiración, ni temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo”

¿Estamos en unos tiempos como esos ahora, precisamente ahora en que esperamos la venida del Señor? ¿Se están agrupando las naciones debido al temor y la perplejidad, debido a los problemas que están afligiendo a la tierra? ¿Vemos algo parecido a eso en algún lugar? ¿Lo habéis visto alguno de vosotros? -¡Ciertamente! ¿Lo ha visto alguien, además de los adventistas del séptimo día? -Con toda seguridad. De hecho, es posible que casi todos lo estén viendo mejor que los propios adventistas del séptimo día. En todo caso, es bien evidente. Se están asociando unos con otros, uniéndose en compañías y confederaciones, y cerrando filas. ¿Por qué motivo lo hacen? ¿Qué es lo que está por venir? -Van a ser hechos añicos, por lo tanto, ¿de qué se están protegiendo? -De ser deshechos. No es que ellos lo sepan; no piensan en tal cosa, pero se están ciñendo ante los males que están por sobrevenir. Y sus esfuerzos por librarse de esos males no hacen más que agravar la situación y acercarlos aún más a la destrucción, a ser reducidos a añicos.

A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo. Entonces él será por santuario; pero a las dos casas de Israel, por piedra para tropezar, por tropezadero para caer y por lazo y red al morador de Jerusalén. Muchos de entre ellos tropezarán, caerán y serán quebrantados; se enredarán y serán apresados. Ata el testimonio, sella la instrucción entre mis discípulos. Esperaré, pues, a Jehová, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob. En él confiaré. He aquí que yo y los hijos que me dio Jehová somos por señales y presagios en Israel, de parte de Jehová de los ejércitos, que mora en el monte Sión [13-18]

Es evidente que eso alcanza hasta la venida del Señor. Es una exhortación al pueblo que ha de encontrase con el Señor. Pero ¿por qué alude a esas catástrofes en el momento en que Asiria estaba oprimiendo a Judá? -Porque eso muestra de la forma más patente el tipo de problemas que sobrevendrían sobre toda la tierra, afligiendo a todos sus habitantes, en el tiempo de la venida del Señor. Y los intentos de Judá por escapar a esos males y evitarlos por ellos mismos, serán idénticos a los que protagonizarán los que hacen profesión de ser pueblo de Dios.

Dios está llamando así todo el tiempo: ‘No confiéis en Asiria ni en Egipto, sino enteramente en el Señor. Dad la espalda a Asiria: eso está bien. Pero no acudáis a Egipto para escapar de Asiria. Buscad al Señor. No vayáis a Egipto, sino al Señor. Cuando hayáis encontrado de todo corazón al Señor, seréis librados de todo ese conflicto y opresión de Asiria’.

El capítulo treinta de Isaías revela el secreto de ese mecanismo (vers. 1-3):

¡Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová, para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y no de mi espíritu, añadiendo pecado a pecado! Se apartan para descender a Egipto pero no me han consultado. Quieren fortalecerse con la fuerza del faraón, y ponen su esperanza en el amparo de Egipto. Pero la fuerza del faraón se os cambiará en vergüenza y la protección a la sombra de Egipto, en confusión

El embajador se dispuso a negociar con Egipto. Cuando Judá envió sus embajadores a Egipto, le causaron vergüenza (vers. 4-7):

Cuando estén sus jefes en Zoán y sus embajadores lleguen a Hanes, todos se avergonzarán de un pueblo que no les sirve de nada, ni los socorre ni les trae provecho alguno; antes les será para vergüenza y aun para deshonra. Profecía sobre las bestias del Neguev: Por tierra de tribulación y angustia, de donde salen la leona y el león, la víbora y la serpiente que vuela, llevan sobre lomos de asnos sus riquezas y sus tesoros sobre jorobas de camellos. Las llevan a un pueblo que no les será de provecho alguno. Ciertamente, la ayuda de Egipto será vana e inútil. Por eso yo le he dado voces, que su fortaleza sería estarse quietos

A fin de que veáis que ese asunto no es ajeno a nuestro caso, leeré un testimonio fechado el 5 de julio de 1896 [en TM 380]:

Las advertencias dadas en la Palabra de Dios a los hijos de Israel no fueron dirigidas solamente a ellos, sino a todos los que vivieran en la tierra. Él les dice: “¡Ay de los hijos que se apartan... para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y no de mi espíritu, añadiendo pecado a pecado! Que se apartan para descender a Egipto, y no han preguntado de mi boca; para fortalecerse con la fuerza de Faraón, y poner su esperanza en la sombra de Egipto”. Si el Señor reprobó a su pueblo de la antigüedad porque descuidó el buscar consejo de él cuando estaba en dificultad, ¿no se desagradará hoy de que su pueblo, en lugar de depender de los brillantes rayos del Sol de justicia para que alumbren su camino, se aparte de él en el proceso de su prueba para buscar la ayuda de seres humanos que son tan falibles e ineficientes como ellos mismos? ¿Dónde está nuestra fuerza? ¿Está en hombres que son tan desvalidos y dependientes como nosotros mismos, que necesitan la dirección de Dios tanto como nosotros? Cristo dice: “Separados de mí nada podéis hacer”, y él ha proporcionado el Espíritu Santo como pronto auxilio en todo tiempo de necesidad

Pero sabéis que en las perplejidades del pasado año; perplejidades a las que se esperaba que la campaña política pusiera fin, hasta los propios adventistas del séptimo día fueron presionados a alejarse tanto de su lealtad a Dios, como para llegar a intervenir en la campaña intentando influir en los asuntos políticos y controlar las elecciones, esforzándose por modelar las cosas. ¿Con qué finalidad? -Para cooperar en que la tierra escapara a las dificultades que tan seguramente estaban por sobrevenirle. Por supuesto que vendrán dificultades. Pero ¿se alistarán los adventistas del séptimo día con otras asociaciones para una obra como esa? Libérense de Asiria. Libérense de Asiria y de Egipto para ir a Dios. Esa es la única salvación. La única liberación: entonces, ahora y en todo tiempo.

 

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