General Conference Bulletin, 1897

Saliendo de Babilonia y de Egipto, nº 7

(mañana del lunes 15 de marzo de 1897)

A. T. Jones

 

En la lección de ayer llegamos al punto de la historia de Judá en que Asiria estaba afligiendo la tierra como una inundación. Judá quería escapar, y el Señor los llamaba a que lo buscaran de todo corazón a fin de poder librarlos. Pero sus esfuerzos por librarse a sí mismos se basaban en la asociación, confederación y alianza con Egipto.

Continuó así hasta que en los días de Ezequías cesó toda ayuda de Egipto. No porque Judá lo quisiera, sino porque no le quedaba otro remedio. El rey de Asiria había incursionado entre Jerusalem y el Mediterráneo, asentándose entre los ejércitos de Egipto y Jerusalem a fin de evitar que las fuerzas de Judá se asociaran con las de Egipto. Así podría derrotar a ambos, uno tras otro.

La primera vez que Senaquerib -rey de Asiria- vino contra Jerusalem, hizo lo mismo, y la responsabilidad de Ezequías fue tal, que las Escrituras afirman que tuvo que enviar a decir al rey de Asiria:

He pecado; retírate de mi país y aceptaré todo lo que me impongas [2 Reyes 18:14]

El rey de Asiria le impuso entonces treinta talentos de oro y trescientos de plata. Ezequías tuvo que sustraerlos de la casa de Dios para poder pagar aquel tributo.

Aquel conflicto había surgido cuando el pueblo de Ecrón se rebeló contra Asiria, pero el rey de Ecrón, que era fiel al rey de Asiria, no se unió a su pueblo en la rebelión. El pueblo lo tomó entonces como prisionero y lo llevó a la fuerza a Jerusalem, entregándolo a la custodia de Ezequías, quien lo mantuvo encarcelado. Ezequías simpatizaba tanto con aquella rebelión contra el rey de Asiria, que estuvo dispuesto a implicarse en el conflicto hasta ese punto.

El rey de Asiria pasó a la acción e invadió Ecrón. Después se dirigió a Jerusalem para liberar al rey de Ecrón y restituirlo al trono. Ezequías fortificó entonces la ciudad, levantó baluartes y todas las defensas preceptivas, pero de nada le valió; no hubo liberación, ya que Dios no podía librarlos de ese modo. Leeré el relato que hace el propio Senaquerib de aquella campaña, y también el registro bíblico al respecto. Ambos figuran en “Empires of the Bible”, en la página 322 y las tres siguientes. Comienzo leyendo el párrafo quince. Allí Senaquerib describe cómo se rebelaron los de Ecrón, y cómo secuestraron a su rey, haciéndolo prisionero. Este es su relato:

Los principales sacerdotes, los nobles y la gente de Ecrón apresaron a Padiah, su rey -quien era un adherente a la fe y adoración propias de Asiria-, atándolo con cadenas de hierro. Entonces lo entregaron a Ezequías, rey de Judá, y actuaron hostilmente contra la deidad. Ahora el corazón de ellos se aterrorizó

Entonces [Senaquerib] tomó la ciudad. Así sigue su relato:

Ezequías, rey de Judá, no se sometió a mi yugo

El relato bíblico dice en ese punto:

Subió Senaquerib, rey de Asiria, contra todas las ciudades fortificadas de Judá y las tomó [2 Reyes 18:13]

Sigue el relato de Senaquerib:

Sitié, capturé, saqueé y tomé el botín de cuarenta y seis de aquellas ciudades que eran grandes fortalezas, así como las innumerables ciudades de su territorio pertrechadas con artilugios bélicos … Los tomé a modo de botín y distribuí doscientas mil ciento cincuenta personas, jóvenes y mayores, varones y mujeres, caballos, yeguas, asnos, camellos, bueyes y ovejas sin número

Este es el relato de la Biblia:

Al ver Ezequías que Senaquerib había llegado con la intención de combatir a Jerusalén, consultó con sus príncipes y sus hombres valientes y les propuso cegar las fuentes de agua que estaban fuera de la ciudad; y ellos lo apoyaron. Entonces se reunió mucho pueblo, y cegaron todas las fuentes y el arroyo que corría a través del territorio, diciendo: “¿Por qué han de hallar los reyes de Asiria muchas aguas cuando vengan?” Con ánimo resuelto edificó luego Ezequías todos los muros caídos, e hizo alzar las torres y otro muro por fuera; fortificó además a Milo, en la Ciudad de David, y también hizo muchas espadas y escudos [2 Crón 32:2-5]

Senaquerib siguió escribiendo:

Lo encerré a él mismo [Ezequías] como pájaro enjaulado en Jerusalem, su ciudad real, construyendo a su alrededor torres de asedio contra él (pues había dado mandamiento de fortificar los grandes baluartes de la puerta principal de su ciudad)

Y en la Biblia leemos:

Puso capitanes de guerra sobre el pueblo, los hizo reunir en la plaza de la puerta de la ciudad, y les habló al corazón, diciendo: “Esforzaos y animaos; no temáis ni tengáis miedo del rey de Asiria, ni de toda la multitud que con él viene; porque más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de carne, pero con nosotros está Jehová, nuestro Dios, para ayudarnos y pelear nuestras batallas”. Y el pueblo tuvo confianza en las palabras de Ezequías, rey de Judá [2 Crón 32:6-8]

Lo que dijo Ezequías habría sido muy cierto si él hubiera sido inocente en ese asunto; pero teniendo en aquel momento a Padiah -rey de Ecrón- prisionero en Jerusalem, el Señor no podía aprobar la acción de Ezequías en su intento por defender la ciudad. En consecuencia, Senaquerib dijo:

El propio Ezequías temió ante el reproche de mi majestad, así como también la ciudad y sus mismos soldados que había introducido en Jerusalem, su ciudad real

Y leemos en la Biblia:

El rey de Asiria impuso a Ezequías, rey de Judá, trescientos talentos de plata, y treinta talentos de oro. Entregó, por tanto, Ezequías toda la plata que había en la casa de Jehová y en los tesoros de la casa real. En aquella ocasión Ezequías quitó el oro de las puertas del templo de Jehová y de los quiciales que el mismo rey Ezequías había recubierto de oro, y lo dio al rey de Asiria [2 Reyes 18:14-16]

Vuelve a hablar Senaquerib:

Al tributo previo, que se paga anualmente, añadí el tributo de fidelidad a mi señoría, y se lo impuse a él … los trabajadores, soldados y constructores que había traído para la fortificación de Jerusalem, su ciudad real, ahora llevaban el tributo. Traje conmigo mi nave real con treinta talentos de oro, ochocientos talentos de plata, tela tejida, escarlata, bordado; piedras preciosas de gran tamaño, canapés de marfil, tronos móviles de marfil, pieles de búfalo, maderas nobles, un gran tesoro de todo tipo; y sus hijas, eunucos de su palacio, músicos y músicas. Y él hizo su envío para pagar tributo y rendir homenaje. Le quité las ciudades que le había saqueado, y se las di a Mitinti, rey de Asdod, a Padiah, rey de Ecrón y a Zilli-Bel, rey de Gaza. Hice que su reino disminuyera

Esa es la historia detrás del versículo en el que Ezequías mandó decir al rey de Asiria:

He pecado; retírate de mi país y aceptaré todo lo que me impongas

Algún tiempo después Ezequías envió embajadores a Egipto, que formó una alianza con Ezequías y dispuso un ejército. Senaquerib se enteró de eso a tiempo para situar su armada entre Egipto y Jerusalem. Entonces hizo primeramente una oferta a Ezequías, en Jerusalem, para que se rindiera, y esperó hasta regresar de Egipto, en cuyo momento caería sobre ellos y los tomaría a todos cautivos, llevándolos a una tierra que sería tan buena como la que iban a dejar. Ante la proclama de Senaquerib [invitando a la rendición], Ezequías dio instrucciones de que no le respondieran. Los embajadores de Senaquerib regresaron a Laquis y descubrieron que el rey se había ido a Libna, lugar al que fueron entonces a informarle.

Senaquerib se apercibió entonces de que estaban acudiendo los ejércitos de Egipto, y volvió a enviar una carta a Jerusalem en la que exponía lo que era capaz de hacer y lo que el Señor era incapaz de hacer, afirmando que Ezequías no debía poner su confianza en el Señor, quien no podría librarlo de sus manos; le dijo también que cuando hubiera derrotado al rey de Egipto, volvería, y Jerusalem habría de afrontar las consecuencias.

Pero por aquel tiempo Ezequías había aprendido a confiar en el Señor, ya que no tenía a nadie más en quien confiar. Se vio impelido a poner finalmente su confianza en el Señor. Fue al templo, puso ante el Señor aquella carta de Senaquerib, y oró: ‘Esta es ahora nuestra situación. No hay nada que nosotros podamos hacer. Señor, toma tú las riendas de este asunto’. El Señor lo hizo: aquella noche fueron destruidos los ejércitos de Senaquerib, y él regresó a su casa en Nínive. Por fin, mediante aquellas penurias y tiempos angustiosos que se cernieron sobre ellos, encontrándose en la situación desesperada de no poder esperar ayuda alguna de Egipto ni de cualquier otro, llegaron al punto al que el Señor quería llevarlos desde el principio: a la situación en la que él pudiera librarlos.

Si hubieran dependido del Señor todo el tiempo, tal como ahora estaban haciendo, el Señor habría hecho en favor de ellos todo el tiempo lo mismo que hacía ahora. Nunca habrían caído en la servidumbre a Asiria ni habrían tenido nada que ver con Egipto. Nunca habrían sido despojados ni llevados cautivos. Habrían seguido siendo el pueblo del Señor y su reino por siempre, habitando separados, no siendo contados como una más entre las naciones.

No continuaré relatando en detalle la historia posterior de Judá, que vino a ser una repetición de la historia de las diez tribus. Sería un relato como el que consideramos anoche, hasta llegar al momento en que el Señor envió su profeta a Sedequías, el último rey, diciéndole:

Respecto a ti, profano e impío príncipe de Israel, cuyo día ya ha llegado, el tiempo de la consumación de la maldad, así ha dicho Jehová, el Señor: “¡Depón el turbante, quita la corona! ¡Esto no será más así! Sea exaltado lo bajo y humillado lo alto. ¡A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel a quien corresponde el derecho, y yo se lo entregaré!” [Eze 21:25-27]

Poco tiempo después de producirse aquella declaración, el pueblo fue llevado cautivo a Babilonia con excepción de los pobres que carecían de todo recurso. Estos fueron dejados en la tierra para que la poseyeran como mejor les pareciera. Así, en aquel tiempo era muy ventajoso ser pobre y no poseer nada, y eso se escribió para beneficio e instrucción de todos cuantos pueblan hoy la tierra. Ahora no es una bendición ser rico y tener muchas propiedades. Se están acercando los días en que los pobres que no tienen nada van a ser quienes mejor vivan en este mundo. Eso es lo que sucedió cuando fue destruida Jerusalem y sus pobladores fueron muertos o llevados en cautividad.

En aquel tiempo los que no poseían nada podían tener casas por doquier, ya que la tierra era suya. Todos los demás habían sido llevados en cautiverio. Así volverá a suceder: los que se aferran a sus posesiones en este mundo, los que son ricos, serán llevados cautivos por sus riquezas y perecerán con el mundo. Pero los que son pobres en los bienes de este mundo y nada tienen por haberlo entregado todo para la causa del Señor, morarán en la tierra del Señor cuando todos los que habitan los confines de la tierra sean llevados en cautividad y toda la tierra sea destruida.

El registro de la apostasía de Israel y su destrucción no se escribió sin un propósito. Tampoco Oseas y las profecías que consideramos anoche, así como el capítulo ocho de Isaías. Todo eso se escribió para nosotros, y requiere atención en el presente.

Llegamos a los últimos días de Judá. Leed los libros de Jeremías y Ezequiel. Hoy son verdad actual para los adventistas del séptimo día, tanto como el libro de Apocalipsis. Jeremías y Ezequiel fueron escritos para amonestarnos a nosotros, que vivimos en estos tiempos finales [1 Cor 10:11], ya que se escribieron en los días en que había llegado el final de Judá y la destrucción de Jerusalem. El registro de aquellos hechos tiene por objeto llamar la atención de todos los pobladores del mundo a la cercanía de su destrucción final, advirtiéndoles respecto a los acontecimientos y conflictos que van a conmocionarlo en esa crisis.

Israel se escogió un rey en contra del consejo del Señor. Tras haberse separado, las diez tribus llegaron al punto de decir: ‘No tenemos rey’, y cuando el Señor les dijo: ‘Yo seré vuestro rey’, replicaron: ‘No. Queremos tener otro rey’. Y lo tuvieron, pero fue el último, viniendo entonces a quedar sin rey y sin reino, cautivos y perdidos ya para siempre. Todo debido a haber rehusado tener al Señor por su Rey.

Judá duró algo más, hasta llegar lo que hemos leído: “¡Depón el turbante, quita la corona!” Judá no podría ya nunca tener un rey. Tuvo que confesar “No tenemos rey”. Tuvo que ir cautivo a Babilonia. El pueblo y las tribus no tendrían ya más reyes, hasta que llegara el verdadero Rey a quien corresponde el derecho de reinar y regir. Pero aún entonces estaban tan determinados, tan llenos estaban del mismo espíritu que rechazó a Dios en los días de Saúl, que no quisieron que el Señor reinara sobre ellos. Lo rechazaron y eligieron en su lugar a un rey de este mundo: “¡No tenemos más rey que César!” [Juan 19:15]

Es una y la misma historia. Cuando rechazaron a Dios, lo hicieron en contra de la protesta de él, y eligieron a un rey cuyo nombre era Saúl. El Señor vio en ello el rechazo a Jesús, su Rey, y la elección de Barrabás y César. Su rechazo a Cristo y preferencia por César no fue más que la continuación de la lógica de su rechazo a Dios y elección de Saúl. Cuando rechazaron a Dios eligiendo a Saúl, el Señor supo que lo rechazarían y elegirían en su lugar a César. Su último paso estaba contenido ya en el primero que dieron.

Ese es el motivo por el que el Señor dijo a Samuel:

No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos [1 Sam 8:7]

Significa eso mismo para los adventistas del séptimo día. Dios quiere ser el gobernante de su pueblo, quiere ser su Rey. ¿Lo va a ser? ¿Les parecerá satisfactorio su reinado? A su pueblo ¿le bastará su gobierno? Esa esa hora la cuestión, tal como lo fue entonces. A ellos no les bastó en su día: no estarían dispuestos a someterse a él de todo corazón. Se escoraron hacia el formalismo y vinieron a ser tan mundanos como para entregarse a la idolatría del mundo. Habían de tener un rey como todos los paganos. Hoy es la misma historia. Si Dios resulta no ser un gobernante suficiente para los adventistas del séptimo día, ha de ser porque no quieran creer en él de todo corazón. Ha de ser porque son tal como los paganos, hasta el punto de necesitar un gobierno pagano y un poder pagano para protestar contra ellos mismos, y para gobernarse ellos mismos. Ojalá los adventistas del séptimo día presten oído a la palabra del Señor: “Yo seré vuestro Rey”.

Como acabo de decir, Judá fue llevada cautiva a Babilonia, y unos pocos de los más pobres fueron dejados en la tierra. Tenían que haberse quedado allí, pero fueron voluntariamente a Egipto. Una vez más, en contra de la protesta del Señor, fueron a Egipto. De esa forma, todo el pueblo del Señor quedó esparcido entre los paganos: unos en Babilonia y otros en Egipto. A partir de entonces las Escrituras hablan del pueblo de Dios teniendo que salir de Babilonia y de Egipto. Y así sigue sucediendo hoy.

Esta es hoy la palabra:

¡Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas! [Apoc 18:4]

Es decir: ‘Salid de Babilonia’. El capítulo once de Apocalipsis habla de “Egipto” “en sentido espiritual”, y [el capítulo quince] de aquellos que obtienen la victoria sobre la bestia, sobre su imagen, sobre su marca y sobre el número de su nombre, y “cantan el cántico de Moisés”; no un canto parecido, sino “el cántico de Moisés, siervo de Dios”. ¿Qué canto es ese? -El cántico de la liberación de Egipto. Por consiguiente, los que obtienen la victoria sobre la bestia, sobre su imagen, sobre su marca y sobre el número de su nombre y cantan el cántico de Moisés, lo hacen por haber sido liberados de Egipto. Eso es así debido a que desde el principio y por siempre:

De Egipto llamé a mi hijo [Ose 11:1, Mat 2:15]

Hoy existe una Babilonia y un Egipto. En ambos hay pueblo de Dios. El Señor hace el llamado: “Salid de ella, pueblo mío”, y “De Egipto llamé a mi hijo”.

Veámoslo de nuevo: ¿Dónde estaba Nimrod? -Estaba en Babilonia, y gobernaba el reino de Babilonia. ¿Dónde estaba Abraham? -Estaba en el país gobernado por el reino que estableció Nimrod. Pero el Señor lo llamó a que saliera de aquel país, que era Babilonia desde un punto de vista espiritual tanto como físico. Pero hay más: Nimrod era hijo de Cus, que fue hijo de Cam. Y la tierra de Cam es Egipto. Por consiguiente, en Nimrod estaba tanto Babilonia como Egipto. Cuando Dios llamó a Abraham, lo hizo para que saliera tanto de Egipto como de Babilonia

Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente descendientes de Abraham sois, y herederos según la promesa [Gál 3:29]

Por lo tanto, sois llamados a salir de ambos: Egipto y Babilonia.

Estudiemos la Biblia, leámosla tal como está escrita, según su significado espiritual. Entonces la Biblia entera, desde el primero hasta el último de sus versículos, será una realidad viviente y esclarecedora para cada uno de nosotros.

Vemos después a Israel en Egipto, y al Señor volviendo a llamarlos para que salieran de él. Pero rechazaron al Señor, lo que hizo que terminaran en la cautividad babilónica y el regreso a Egipto. Cuando vino Jesús, lo rechazaron y escogieron en su lugar al César. Apareció entonces la iglesia cristiana y pronto tuvo lugar la gran apostasía, que resultó en la formación de una nueva Babilonia. Dios llamó entonces a que las personas salieran de ella. En el tiempo de la Reforma les llamó a salir de Babilonia. Se estableció entonces el protestantismo: la cristiandad reformada. Pero esta también apostató y hace ahora una imagen de la bestia, lo que trae de nuevo Babilonia; esta vez, madre e hijas, asociadas a los gobiernos del mundo. Y Dios sigue llamando: ‘Salid de Babilonia’, “salid de ella, pueblo mío”.

La filosofía que subyace en la apostasía de la iglesia cristiana, la enseñanza falsa y pagana que se ha introducido en las escuelas cristianas y ha obrado la apostasía, vino de Egipto. Esa filosofía egipcia pervirtió las escuelas cristianas, llevó a la apostasía y cristalizó en la iglesia de Roma, que hoy es ambas cosas: Babilonia y Egipto. Por lo tanto, hoy, en verdad actual y viviente, el Señor está llamando a su pueblo a que salga de Babilonia y de Egipto.

Pero el Señor lo quiere todo. Quiere señorear en todo. Quiere su reino por encima de cualquier otro. Quiere tenerlo en la iglesia, en la escuela, en las instituciones publicadoras, quiere tenerlo en todo lugar donde se evoque su nombre. ¿Le permitiréis que lo tenga?

Siendo así, vosotros, cada uno de vosotros, habéis de comenzar permitiéndole que ocupe el primer lugar en vuestro propio corazón. Permitid a ese Rey que señoree allí, en su propio reino, en su reino del Espíritu. Esa realeza y reino han de ser tan plenos y absolutos, que no reconozcáis rey o gobernante excepto a Dios; y ninguna ley que no sea la ley de Dios.

Entonces, y no antes, seremos liberados de Egipto y de Babilonia. Y habiendo sido así liberados, se podrá verdaderamente decir, y se dirá a todo el universo por parte del Señor:

Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús [Apoc 14:12]

No ‘los que intentar hacer lo mejor que pueden’, sino que será algo así como el certificado dado por Dios ante todo el universo, de que hay en la tierra un pueblo que guarda los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Ese tiempo está a punto de venir, y Dios está llamando a un pueblo a que salga de Babilonia y de Egipto a fin de que tal cosa se pueda cumplir y él la pueda certificar: ‘Aquí hay un pueblo que me va a permitir reinar en ellos, que no necesita otro gobernante ni una ley distinta, que no necesita otro gobierno excepto el de Dios’.

Pensad de nuevo en ello: Dios comenzó con el hombre poniendo en él y haciendo vivir en él el primero de los mandamientos:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente [Deut 6:5; Luc 10:27]

Pero el hombre tomó otro camino, prestó oído al discurso de otro, y lo perdió todo. Dios lo levantó de nuevo sobre sus pies y le restituyó de nuevo el privilegio de amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas y con toda su mente. En muy corto tiempo sus descendientes se habían alejado tanto de Dios, que no había en sus corazones lugar para el Señor, y tuvieron que ser barridos de la tierra mediante un diluvio. Solamente ocho almas estuvieron dispuestas a tener al Señor en sus vidas.

El Señor reemprendió de nuevo esa obra a partir de ocho personas. Para ellas, el primero de todos los mandamientos era: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”. Pero se apartaron de eso, tuvieron otros dioses, y de la idolatría pasaron a la monarquía. Se organizó un estado; el primer estado en el mundo, que fue el fruto de la apostasía.

Dios llamó de nuevo a su pueblo a que saliera de aquel estado impío y comenzó un nuevo linaje. Dios llamó a Abraham a que saliera de aquel país, de su parentela y de la casa de su padre, para ir a una tierra que él le mostraría. No le dio de ella ni siquiera la extensión de terreno que pisaban sus pies, pero le prometió que se la daría a él y a su simiente después de él, siendo que no tenía ningún hijo. Así, Dios lo llamó a que saliera de aquel país en el que estaba habitando, pero sin darle otro país en el mundo. Por lo tanto, Abraham, el amigo de Dios, la iglesia de Dios, fue dejado sin patria en este mundo.

Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente descendientes de Abraham sois, y herederos según la promesa [Gál 3:29]

Hemos de caminar en las pisadas de la fe de nuestro padre Abraham, aquella fe que tuvo estando aún incircunciso [Rom 4:11]. ¿Estáis vosotros sin patria en este mundo? El Señor os llama a salir de vuestro país, para ir a la tierra que os muestra. Se trata de la patria celestial. ¿La aceptaréis?

Los descendientes de Abraham fueron a Egipto, y Dios los separó de aquel país. Moisés fue el gran ejemplo en aquella era. Fue el heredero al trono de Egipto, pero le volvió la espalda para caminar con Dios. Tenía que darle la espalda a fin de caminar con Dios.

Dios liberó a su propio pueblo y dijo de él:

Un pueblo que vive apartado, que no se cuenta entre las naciones [Núm 23:9, NVI]

Pero apostataron de Dios y establecieron un reino y un estado como el de los paganos que los rodeaban. ¿Cómo les probó? ¿Les trajo algún beneficio? El señor no los abandonó, pero ¿supuso aquello alguna ventaja para ellos? Su curso fue el del continuo descenso hasta llegar a la división en dos reinos, y posteriormente a la desaparición de ambos. Desde entonces hasta ahora, han andado “errantes entre las naciones” [Oseas 9:17]. Ni siquiera se los ha contado entre las naciones, por más que lo hayan procurado.

Al venir Cristo suscitó de nuevo una familia espiritual. Pero sobrevino también la apostasía y la iglesia cayó en la idolatría y el ateísmo, estableciendo un gobierno: nuevamente la iglesia-estado. Fue el papado. ¿Qué va a sucederle? -Sabéis que “va rumbo a la destrucción” [Apoc 17:8]. Dios suscitó entonces una nueva familia espiritual en el cristianismo protestante. Pero este ha apostatado y se ha juntado a la madre de las rameras, estableciendo la imagen de la bestia: un estado en la tierra, que profesa ser el reino de Dios. ¿Cuál va a ser su final? -Sabéis que va a ser destruido con destrucción eterna.

¿Qué sucedió con el reino de Nimrod? -Fue destruido. ¿El reino de Egipto? -Fue destruido. ¿El de Asiria? -Fue destruido. ¿Qué sucedió al reino de las diez tribus? -Fue destruido. ¿El de Judá? -Fue destruido. ¿El de Babilonia? -Fue destruido. ¿El de Medo-Persia, el de Grecia, el de Roma? -Destruidos. ¿Qué pasa con la división en diez reinos que sucedió a Roma? -Serán destruidos. ¿Y con el papado que surgió de las ruinas de Roma? -Va a ser destruido. ¿Qué le va a suceder al reino que ha hecho la imagen del papado, en los Estados Unidos? -Va a ser destruido.

Lo que quiere mostrarnos el Señor, es que él no quiere que su pueblo esté conectado con esas cosas. ¿No os parece evidente esa lección? ¿Quiere el Señor que su pueblo fije sus afectos en lo que va a perecer? Desde Adán hasta hoy Dios ha estado llamando a cada uno y a todos para que le permitan reinar, para poder ser su rey; para que salgan de su país, de su parentela y de la casa de su padre y se mantengan separados, sin contarse entre las demás naciones. ¿Tendrá por fin un pueblo que le permita lograr su propósito?

(Voces): -Sí.

Efectivamente: sabemos que va a tener un pueblo como ese, ya que la palabra de Dios lo afirma. Ahora bien, ¿va a tener ese pueblo entre los que ahora profesan ser su pueblo? Esa es la cuestión. ¿Formarás parte de él? ¿Estarás tú en ese pueblo? -Decís que sí. ¡Muy bien! Siendo así, ¿saldrás de tu país, de tu parentela y de la casa de tu padre?, ¿te mantendrás separado de las naciones?, ¿tendrás a Dios por tu único Rey?, ¿será tu gobierno el gobierno de Dios, y ningún otro?

No se trata de que te rebeles contra ningún otro gobierno. Simplemente ya no te interesa cualquier otro, puesto que has conocido un gobierno mejor, el gobierno perfecto. Si dicho gobierno está en tu vida, no necesitarás que te gobierne ningún otro gobierno en la tierra, y ningún gobierno de la tierra tendrá problemas contigo. Eso es todo lo que pide el Señor. ¿Le permitirás tenerlo en tu vida?

Mediante el mensaje del tercer ángel, Dios se propone “establecer el cristianismo sobre una base eterna” [3 MS 464]. Tan ciertamente como Dios va a establecer el cristianismo sobre una base eterna mediante el mensaje del tercer ángel, se tratará de un cristianismo que no estará conectado con nada de esta tierra. Está conectado solamente con Dios; sólo con su palabra eterna; alumbrado por su Espíritu eterno; enseñado por Aquel cuyas salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad [Miq 5:2], y por lo tanto será llevado al Dios eterno, quien reinará y extenderá sus brazos eternos.

Sé, y sabéis, que algunos de los hermanos no piensan que eso sea así. Se predicó y se publicó en el Bulletin hace dos años. Muchos no lo aceptaron. Algunos siguen sin aceptarlo. Creen que es totalmente erróneo, pero en la última asamblea de la Asociación General se nos leyeron dos testimonios que habían sido escritos especialmente para aquel congreso, y compruebo que uno de ellos aparece publicado en el Bulletin nº 4; el otro aún no ha sido impreso -pero supongo que lo será en breve- reprobando a los adventistas del séptimo día por implicarse en asuntos de política. Os voy a leer un pasaje que os permitirá comprender la idea:

El Señor Jesús resulta chasqueado en su pueblo. Él es el Capitán; deben desfilar bajo su estandarte. No tienen tiempo, sabiduría ni fuerzas que perder alineándose con postulados de partidos políticos. Hay una intensa actividad de abajo que enfervoriza a hombres y mujeres, y los hijos e hijas de Dios no deben ejercer su influencia en ese debate político. Pero ¿qué tipo de espíritu es el que ha tomado a nuestro pueblo, cuando aquellos que creen que estamos ahora bajo el mensaje del tercer ángel, el último mensaje de misericordia al mundo, hermanos en la misma fe, manifiestan los emblemas de partidos políticos opuestos uno al otro, proclamando sentimientos antagónicos y declarando sus opiniones divididas? [GCDB 17 febrero 1897]

Planteo ahora esta pregunta en forma de proposición: si los adventistas del séptimo día hubieran aceptado y seguido lo que se predicó hace dos años en relación con este tema del gobierno y la iglesia, ¿habría sido necesario que se diera ese testimonio? -No, ciertamente. Por lo tanto, ¿llamaban aquellas lecciones a algo equivocado, siendo que exhortaban al pueblo de Dios a que tomara una posición que habría evitado que se lo encontrara en falta al respecto? Cuando se presenta ante el pueblo de Dios una línea de verdad que, de haber sido aceptada, habría situado a su pueblo en una posición en la que el Señor no habría encontrado motivo para el reproche en lo que respecta a esa línea de verdad, ¿acaso no hay seguridad en aceptarla como verdad? ¿Cómo podría estar equivocada?

Pero ese es solamente uno de los testimonios. El otro presenta página tras página de reproches del mismo tipo a su pueblo, por implicarse en las discusiones políticas de la última campaña. Eso ha sido así hasta el punto de que en dos testimonios sucesivos el Señor ha tenido que reprender a su pueblo por seguir esa misma conducta de la que se habría salvado si hubiera aceptado el mensaje que se le dio dieciocho meses antes de que comenzara la campaña. ¿Por qué envió el Señor ese mensaje a su pueblo dieciocho meses antes de que tuviera lugar esa campaña, antes de que tuvieran la ocasión de tomar el camino contrario? ¿Acaso no quería el Señor que su pueblo estuviera preparado antes de que viniera sobre él aquel tiempo de confusión y disputa, de forma que supiera cuál era el camino correcto y no cayera en la misma confusión de los que están confundidos, no tomando así parte en aquello que hizo necesaria la reprensión?

No pido ahora a nadie que lo acepte porque está allí. Pido que se lo acepte, estudie y se ore; que se lo tenga en cuenta y acepte porque es la verdad, y librará al pueblo de Dios de la posibilidad de tener que ser reprobado o amonestado al respecto. Sin embargo, sé que hay hermanos que siguen pensando que es todo erróneo, y que esa enseñanza animaba a nuestro pueblo a tomar una posición extrema; de hecho, aseveran que se tomó una posición extrema. ¿Cómo se puede calificar de extrema, una posición que coloca al pueblo de Dios allí donde él quiere que esté, de forma que se libre de toda esa confusión que confunde al mundo?

Este año ha venido de otra forma esa misma línea de pensamiento. En las lecciones de este año no se ha recurrido en absoluto a las mismas escrituras referidas hace dos años. Entonces fue el evangelio; también ahora es el evangelio, ya que se trata simplemente del evangelio presente en toda la Biblia, y no podéis abordar la parte que sea de la Biblia sin que aflore ese mismo tema.

Hay otra cosa que debemos considerar. Si tomamos parte en asuntos políticos y en discusiones políticas, diferentes personas tomarán posiciones diferentes, oponiéndose a partidos políticos y proclamando sentimientos opuestos, así como manifestando sus opiniones antagónicas mientras que profesan ser hermanos. ¿Cuál es el último paso en la contienda política? -La guerra. Por lo tanto, ¿qué hay en ella desde el principio? -Lo mismo que al final: guerra. Se trata de ese espíritu, de principio a final. ¿Pueden los hermanos que son uno en Cristo, implicarse en algo que causará división entre ellos y espíritu de antagonismo? -No. No pueden hacerlo y permanecer en Cristo. Deben procurar la unidad; la unidad en el Espíritu.

Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz [Efe 4:3]

Algunos han estado dispuestos a seguir la lógica de ello, admitiendo que para cualquier cristiano, incluso para un adventista del séptimo día, es aceptable la lucha armada. No luchar unos contra otros, claro, pero sí luchar por su país e implicarse en la guerra para sostener el gobierno civil. Ahora bien, ¿cuál es el país para un cristiano?, ¿podéis decírmelo?

(Voces): -“No es de este mundo”.

No es de este país y no es de este mundo. Nuestro país y nuestro reino no son de este mundo.

¿Puede el cristiano luchar por su país con armas de la milicia carnal? El Rey de la patria celestial permitió que se lo crucificara, que se lo matara y enterrara, antes que levantar una mano para luchar por su país. Por lo tanto, ¿puede estar en la verdad quien se entrega a esa lógica?

Pero eso no es todo. Si nosotros, como adventistas del séptimo día, hemos de predicar esos principios [belicosos] y nos hemos de atener a ellos, hay un paso importante que debemos dar en justicia hacia el gobierno de los Estados Unidos, hacia el estado de Michigan y hacia otros varios estados, a fin de aparecer en la verdadera luz.

Lo repetiré a fin de que podáis comprender bien de qué estoy hablando. Si es que se debe aceptar que nos adherimos al principio de que los cristianos pueden guerrear, pueden levantar su brazo armado para defender el país, el gobierno y todo ello, entonces, como denominación, en justicia hacia ella misma, y especialmente en justicia hacia el gobierno de los Estados Unidos y hacia varios de los estados, debemos proclamarlo públicamente, así como repudiar y revertir el curso que tomó previamente la denominación como tal.

Tengo conmigo dos documentos impresos en 1865, si bien el material que contienen data de 1864. Uno de ellos lleva por título: “Puntos de vista de los adventistas del séptimo día relativos a la toma de armas, presentado ante los gobernadores de diversos estados y al mariscal general Provo [de Estados Unidos], junto a una sección de la normativa de inscripción”.

En aquella ocasión los adventistas del séptimo día, mediante su comité de la Asociación General, hicieron saber al gobierno de los Estados Unidos, a los gobiernos de los estados de Illinois, Michigan, Pennsylvania, Wisconsin y uno o dos estados más, que los adventistas del séptimo día, como cristianos que eran, no podían aprobar que un cristiano tomara las armas o guerreara bajo ninguna circunstancia. El otro documento consiste en extractos de los escritos y publicaciones adventistas del séptimo día, justificando que el gobierno aceptara de la denominación aquel alegato como siendo genuino.

Si es que ahora tiene que darse un cambio que derogue y sustituya aquel manifiesto, de forma que hayamos de aceptar la postura de que los cristianos pueden guerrear bajo cualquier circunstancia, en favor del gobierno o de lo que sea, debemos manifestárselo al gobierno de los Estados Unidos, de forma que el comité de la Asociación General, en representación de la denominación, se dirija al gobierno de los Estados Unidos y le comunique que hemos cambiado nuestra posición, presentando un nuevo manifiesto que refleje la diferente postura que hemos adoptado.

Yo no creo ni por un momento que tengamos que institucionalizar algo que hemos hecho, simplemente por la razón de que lo hemos hecho. Ahora bien, si estaba bien hecho, entonces debemos aprobarlo y asumirlo. Y si nuestros puntos de vista han cambiado al respecto, estamos en la obligación de informar a los gobiernos acerca del hecho, de forma que no piensen de nosotros que somos lo que no somos. Eso es lo mínimo que debemos a los gobiernos, puesto que como denominación nos pronunciamos oficialmente ante ellos como sosteniendo la postura opuesta.

Hace dos años, cuando se dieron aquellas lecciones, yo no sabía de la existencia de esos documentos. No lo supe sino hasta comienzos del año 1897. Alguien me los envió dentro de un sobre, y eso es todo cuanto sé al respecto. Fueron impresos en 1865 en la “Prensa de vapor de la Asociación Publicadora Adventista, Battle Creek, Michigan”. Las firmas de los miembros del comité de la Asociación General figuran en los documentos que se presentaron al gobierno y gobernadores de los Estados Unidos, y el nombre de “State Conference Committees” está también allí rubricado.

A continuación os leeré algunos de los extractos que se imprimieron entonces a partir de documentos, publicaciones e informes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, presentándolos ante el gobierno y gobernadores de los Estados Unidos, como prueba de que la posición adoptada por el comité de la Asociación General de la denominación era una expresión de su comprensión sostenida y acordada, y no una decisión puntual ad hoc, o para escapar a las implicaciones que se cernían sobre la nación debido a la guerra. Se les entregó a los gobernadores a fin de que vieran que eso constituía un principio sostenido por los adventistas del séptimo día, principio que mantenían por el hecho de ser cristianos.

Leeré algunos extractos, y veréis lo mismo que yo vi tan pronto como comencé a leerlos: que en caso de haber dispuesto de ellos hace dos años en el Tabernáculo, no habría podido enseñar los principios contenidos en ellos más plenamente de lo que lo hice en las lecciones que di, y que publica el Bulletin. Lo que leo es un extracto de algo que escribió el pastor James White en Signos of the Times de 1852:

La profesa iglesia de Cristo ha abandonado el brazo de su verdadero Esposo, y ahora se apoya en el brazo férreo de la ley. Busca protección, y el hecho de que reciba alimento de los gobiernos corruptos del mundo está apropiadamente representado por las hijas rameras de la vieja madre: un símbolo de la Iglesia Católica. De igual forma en que la esposa debiera estar sujeta a su marido, así debiera la iglesia sujetarse a Cristo, y en lugar de buscar protección de parte del brazo de la ley, debiera apoyarse únicamente en el poderoso brazo de su Amado. La iglesia está casada ilícitamente con el mundo. Eso puede verse en los diversos departamentos del gobierno civil. Hasta en el propio departamento de guerra se puede ver al profeso ministro de Jesucristo burlándose del Dios de paz mediante sus plegarias en las que pide éxito en la batalla

Este es un extracto citado en Review and Herald del 9 de mayo de 1854:

Sean inminentes o no esas cosas [relativo al regreso del Señor], el hecho permanece. Se ha generalizado un espíritu bélico, un espíritu de odio y engaño. Lo que tememos es su influencia contaminadora, la influencia desmoralizadora de la familiaridad con ideas de guerra y derramamiento de sangre; la excitación insana, el amargo espíritu partidista que es rencoroso y hace que se extienda el mal.

No se niegue la amenaza que eso representa para los discípulos de Cristo. Hay peligro, ya que “por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” [Mat 24:12]. Hay misteriosas e inexplicables simpatías que unen a un ser humano con otro, que contrarrestan lo individual, de forma que absorbemos inconscientemente el tenor general, y no nos damos cuenta de ello hasta que la mente resulta arrastrada e inquietada, y ese estado indeseable está presto a recibir y concebir el mal. El azote moral es aún más destructivo que la propia plaga

Otro extracto reimpreso de Review and Herald, 31 julio 1856:

Jesús dijo: “Sígueme tú” [Juan 21:22]. ¿Cuál es tu norma de fe, querido hermano y hermana? ¿No es la Biblia? Respondes que sí. Llegamos entonces al sitio desde el que podremos determinar si estamos siguiendo o no a Jesús. Me adelanto en el camino, y razono con vosotros. Y dicho camino es cada acto de nuestras vidas. Hagamos primeramente un amplio análisis. Pregunto: ¿Actúas como el mundo? Me refiero a si participas de las máximas y leyes del mundo. Si es así, tu camino no es el que Jesús transitó. Jesús dijo de sus discípulos: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” [Juan 17:16]. ¿Cuándo veis a Jesús en el tribunal de César? -Nunca, excepto cuando estuvo allí como Cordero que va al matadero.

‘Pero queremos buenas leyes, y es nuestro deber tener a buenos hombres que las redacten y ejecuten’.

Queremos ciertamente buenas leyes; y Jesús no nos ha dicho que lo sigamos al margen de ellas. Él afirmó: “La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió” (Juan 14:24).

Escribió el salmista (19:7): “La ley de Jehová es perfecta: convierte el alma”. Pablo afirmó (2 Tim 3:16-17): “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. ¿Qué más, o qué menos quieres, querido hermano?

El siguiente paso requerido de vuestro agente, es que dicte leyes que, en caso de ser desobedecidas, sean asistidas por el poder de la espada: un arma anticristiana. Tales leyes son el ente esencial, vital, del gobierno del que dicho agente forma parte, gobierno que defenderá su nacionalidad solamente mediante arsenales o implementos mortíferos, grandes armadas o navíos dotados de armas letales. Luego colocas en el cadalso de la muerte a tu buen hermano cristiano, seguidor del Príncipe de paz; o bien lo colocas ante un cuerpo de militares con un requerimiento de hábeas corpus para arrojarlo a la prisión por el crimen de haber deseado inhalar el aire libre del cielo. O, si se trata del magistrado supremo de la nación, decretas que el buen obispo organice una cruzada asistido por todos los poderes opresivos de la nación.

Pensad, estimados seguidores de Jesús, si el hombre tiene derecho a matar, siendo que Dios ha dicho “No matarás”. ¿Acaso no está apoyada en la espada toda la estructura de los gobiernos humanos? ¿No van a ser reducidos a añicos cuando venga Aquel que posee el justo derecho a gobernar en justicia?

Pero no estoy en guerra con los gobiernos humanos de modo alguno. David dijo en un himno de alabanza a Dios: “Ciertamente la ira del hombre te alabará; tú reprimirás el resto de las iras” (Sal 76:10). “Los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno y serás alabado por ella, porque está al servicio de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme, porque no en vano lleva la espada, pues está al servicio de Dios para hacer justicia y para castigar al que hace lo malo” (Rom 13:3-4).

Hermanos, si mantenéis en la mente que los cristianos son una compañía diferente, un rebaño pequeño, separado, elegido del mundo para ser luces en el mundo, a fin de que éste, contemplando sus buenas obras (luz), pueda ser llevado a incorporarse a la compañía del rebaño pequeño, se tendrán por muertos, glorificarán al Padre celestial y podrán comprender escrituras como las de Romanos 13 y 1 Timoteo 1:2 que antes he citado. “¿Dirá el barro al que lo modela: ‘¿Qué haces?’” (Isa 45:9). Tenga el cristiano la mente de Jesús; entonces lo seguirá.

¿Hemos visto cuáles son algunos de los resultados, cuando profesos cristianos siguen al mundo? Se resumen en el tipo de eminencia que logró Balaam, cuando Balac le pidió que maldijera a Israel y el profeta declaró esta parábola: “¿Pero cómo podré echar maldiciones sobre quien Dios no ha maldecido? ¿Cómo podré desearle el mal a quien el Señor no se lo desea? Desde la cima de las peñas lo veo; desde las colinas lo contemplo:  es un pueblo que vive apartado, que no se cuenta entre las naciones” (Núm. 23:8-9, NVI)

El siguiente extracto fue reimpreso de Review and Herald del 14 de agosto de 1856:

¿Te ha otorgado el evangelio de Jesús el derecho a blandir la espada, a tomar las armas carnales, a recurrir al cuchillo para proveer las necesidades de tu casa? ¿Te autoriza a librar al oprimido de su opresor mediante la transgresión del sexto mandamiento de Dios: “No matarás”? Jesús dice: “Amad a vuestros enemigos”.

¿Crees que como cristiano que vive bajo la luz del evangelio, tienes el permiso bíblico para participar del debate político de la forma que sea: legislando o ejecutando leyes de gobiernos humanos? Si es así, creo que estás totalmente equivocado

Eso es lo que la denominación proclamó en 1864. Lo presentó ante el gobierno de los Estados Unidos como evidencia de que no creía en la guerra; que no se podía implicar en la toma de armas y que en el caso de ser reclutados, no podía esperarse que lucharan. El gobierno de los Estados Unidos escuchó sus alegaciones e hicieron provisión para que asistieran en los hospitales, donde podrían desempeñar su labor como ministros del evangelio, cuidar los enfermos y traer salvación a los moribundos. Si ahora nos retractamos de eso, en justicia deberíamos comparecer ante el gobierno y manifestárselo.

Continúo leyendo:

Cualquier texto que pueda citar, o cualquier razón plausible que pueda presentar, deben ser probados por la Escritura en su llaneza y literalidad. En su debido momento podremos analizar todas esas escrituras o razones que está urgiendo, pero primeramente prestemos atención al evangelio. Eso debería bastar para los cristianos que están dispuestos a seguir a Jesús.

Jesús dice: “Si alguno me sirve, sígame” (Juan 12:26). Usted dice: ‘Puedo hacer eso, y a la vez servir como pleno ciudadano de mi país en sus políticas nacionales y de gobierno’. Pero Jesús dice: “Nadie puede servir a dos señores” (Mat 6:24). “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os odia” (Juan 15:19).

¿Qué implicación puede tener en los procedimientos del mundo, siendo que “no sois del mundo”, sino que “el mundo os odia” y hemos sido elegidos para salir del mundo? Usted arguye: ‘¿Pero hemos de dejar la gobernanza en manos de los impíos? No podemos ayudarnos a nosotros mismos. Los malvados y seductores irán de mal en peor, y en el tiempo del fin del mundo “los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá” (Dan 12:10). La razón es porque el mundo no quiere obedecer a Dios, seguir a Jesús ni reconocer que hay un Legislador (Sant 4:12).

“Dice, pues, el Señor: ‘Porque este pueblo se acerca a mí con su boca y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado; por eso, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso, porque perecerá la sabiduría de sus sabios y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos” (Isa 29:13-14). Cuán bien ha sido eso ejemplificado por tantos profesores de teología que en el pasado estuvieron a la cabeza de reavivamientos religiosos, reformas morales y sociedades pacificadoras; dirigiendo la iglesia de Cristo, armados con el evangelio que trae la vida y la inmortalidad; blandido mediante súplicas, oraciones y lágrimas. Tenemos el evangelio según lo expresó Jesús: “Oísteis que fue dicho: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos”. “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Mat 5:43-45; Luc 6:36). A pesar de esas escrituras, vemos el deplorable estado de las iglesias cristianas a medida que ahondan en su caída moral y conformidad con el mundo. Reproducimos algunas de las muchas citas…

Siguen a continuación varias declaraciones de diversos predicadores prominentes, respirando “armas”, “lucha”, “batalla”, “guerra”, etc. Luego continúa así:

A la vista de hechos como ese, que revelan una transmutación desde el oro más refinado hasta la peor escoria, el desprecio más explícito a los testimonios de Cristo y a su anterior profesión, hemos de exclamar: “Han seguido el camino de Caín, se lanzaron por lucro en el error de Balaam” [Judas 11].

¿Están siguiendo a Jesús? ¿Están blandiendo -ellos y sus seguidores- las armas del evangelio? ¿Están manifestando una confianza incondicional en la perfecta ley de Dios? ¿Reconocen que para el cristiano no hay más que un Legislador? ¿Escuchan a Pablo cuando dice: “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Cor 10:4)? ¿Están dando oído a las Escrituras que profesan enseñar?

“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo”. ¿Por qué? “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y, habiendo acabado todo, estar firmes” (Efe 6:11-13).

Pablo enumera las armas cristianas en Efesios 6:14-18, y dice “tomad … la espada del Espíritu [no la de acero], que es la palabra de Dios, orad en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu”; llevando puesta esa armadura celestial, y calzados los pies con el apresto del evangelio de paz, esforzándose por participar de la bienaventuranza de Cristo: “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia …   Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios” (Mat 5:7 y 9). Vea qué respondió Juan cuando los soldados le preguntaron qué debían hacer: “No le quiten nada a nadie, ni con amenazas ni acusándolo de algo que no haya hecho” (Lucas 3:14, DHH).

Recuerde: cuando se impartió a todos los cristianos la gran doctrina práctica acerca de qué hacer con la espada, Jesús dijo a Pedro: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mat 26:52).

Ojalá que los cristianos caminen en la luz de esas verdades, y no habrá muchos cristianos que sean generales o soldados haciendo recurso a los “veinticinco rifles de precisión del reverendo Beecher”, aunque en una exhibición de hipocresía cada uno de ellos venga acompañado de una Biblia.

Oigan a Jesús decir: “Mi Reino no es de este mundo; si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Juan 18:36). Los cristianos, equipados de ese modo con las armas del evangelio, totalmente desarmados de las armas carnales y estando totalmente separados de los gobiernos del mundo, pueden dejar que el mundo siga apresurándose por el camino ancho con sus armas de guerra, imponiendo sus leyes que incluyen la pena de muerte.

Es el inestimable privilegio del remanente de la iglesia, mientras mira en la historia del pasado cómo los discípulos de Cristo -como Pablo- clamaron: “Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero” (Rom 8:34); aunque su camino haya sido humedecido por las lágrimas, aunque se haya impregnado de su sangre y cubierto con sus restos desgarrados y huesos blanqueados, al contemplar cómo habita “apartado, que no se cuenta entre las naciones”, es su privilegio exclamar con Balaam: “¡Sea mi muerte como la del justo! ¡Sea mi fin semejante al suyo!” (Núm 23:9-10)

Hay mucho más en ese panfleto, pero no hay necesidad de seguir leyéndolo. Leeré uno o dos pasajes del Señor, quien está hoy aquí en nuestro favor. Nos lo dio hace cuatro años el Espíritu de profecía, y se nos leyó en el Tabernáculo:

“Porque Jah ha escogido a Jacob para sí, a Israel por posesión suya. Yo sé, ciertamente, que Jehová es grande, y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses” [Sal 135:4-5]. Considerad, mis hermanos y hermanas, que el Señor tiene un pueblo, un pueblo escogido, su iglesia, que debe ser suya, su propia fortaleza, que él sostiene en un mundo rebelde y herido por el pecado; y él se ha propuesto que ninguna autoridad sea conocida en él, ninguna ley reconocida por ella, sino la suya propia

En la asamblea de la Asociación General de este año nos ha llegado otro testimonio que nos retrotrae al punto en el que comenzó la apostasía, y nos emplaza cara a cara ante Dios y su verdad, y con todo ese asunto tal como proviene del Señor, tal como quiere que sea hoy su pueblo:

La línea de demarcación entre el pueblo que profesa guardar los mandamientos de Dios y el mundo, no es tan nítida como lo fue en su día. Los que caminan en armonía con Dios no se implicarán en concurrencias políticas. Los que hacen así dan evidencia de no ser siervos fieles de Jesús. Han manejado fuego común por tanto tiempo, que perdieron su discernimiento. Hay un pueblo que se ha alistado para permanecer bajo el estandarte de Jesús. Constituyen el ejército de Cristo. Se han comprometido a salir del mundo y permanecer separados. Se han comprometido a utilizar la espada del Espíritu: la palabra de Dios, para hacer una guerra agresiva contra el pecado y la impiedad. Debemos mostrar nuestra lealtad… [GCB 1 enero 1897]

Existe un término gubernamental que se aplica a los ciudadanos. Debemos mostrar nuestra lealtad, ¿a qué? Esa es la cuestión.

Debemos mostrar nuestra lealtad a nuestro Rey, el Señor Jesucristo. El apóstol Santiago declara: “Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios” [4:4]. Y el amado Juan, el discípulo que más se asemejó a Jesús en espíritu, dio la advertencia: “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” [1 Juan 2:15]. Nadie encontrará la felicidad siguiendo el ejemplo de Adán y alejándose de su Creador [Id.]

Así, esta lección termina donde comenzó, con Adán y su Creador, y con el primero de todos los mandamientos en el universo:

Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas [Deut 6:5]

Haciendo así, nunca te alejarás de tu Creador. No habrá apostasía. No habrá idolatría. No se establecerá un gobierno que siga el ejemplo de los paganos que se alejaron de Dios, sino que Dios será el todo en todos y conducirá a su pueblo a esa tierra gloriosa que mostró a nuestro padre Abraham cuando se separó de todos los gobiernos del mundo, manteniéndose separado todo el tiempo que vivió en el mundo.

Aquel que nos llama a que sigamos y caminemos en los pasos de esa fe que tuvo nuestro padre Abraham estando aún incircunciso, nos llevará a esa tierra que es la gloria de todas las tierras. Allí moraremos en la presencia del Señor bajo las gloriosas alas del Todopoderoso por siempre jamás, amando a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas nuestras fuerzas; y él puede señalarnos ahora, entonces y por siempre ante la contemplación del universo, y decir:

Aquí está[n] … los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús [Apoc 14:12]

Y diga todo el pueblo: “Amén y Amén”.

 

 

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