General Conference Bulletin, 1897

La ciencia de la salvación nº 2

(tarde del domingo 14 de febrero de 1897)

A. T. Jones

 

Antes de comenzar el tema de esta noche, quisiera dedicar unos minutos responder preguntas que muchos se han hecho respecto a si todo lo dicho en el último tema superaría la prueba de la verdad. -Sí; la superaría. No fue lenguaje descuidado. Es cierto que no especifiqué en detalle cada particular, pero si revisáis lo dicho una vez que se haya impreso, veréis que es correcto. Os hablé de la campanilla de invierno y de cómo está en equilibrio con el resto de la tierra, y ésta con ella. Ahora, si cayera a la tierra un meteorito de varias toneladas de peso, ¿no alteraría la fuerza de la gravedad?, ¿no alteraría eso el equilibrio de esa flor con la tierra? -No, ya que no es sólo con la tierra con lo que la flor guarda un equilibrio, sino con el propio universo. Recordaréis que, al estudiar la ley de la gravedad, el enunciado científico consiste en que cada partícula de materia en el universo resulta atraída por todas y cada una de las demás, por lo tanto, no sólo la tierra, sino el propio universo está adecuado a las necesidades de las flores. En resumen: la caída de un meteorito a la tierra no incrementa la gravitación del universo.

Si en la pasada presentación hubiera abordado el tema de “la ciencia en la Biblia”, o bien “la ciencia y la Biblia”, habría tratado en mayor profundidad el asunto de la gravedad de acuerdo con la idea científica prevalente en el mundo. Pero no estaba hablando de eso; todo cuanto pretendía era señalar el descubrimiento de la ley de la gravitación y de su teoría. Respecto a la teoría de esa ley ha habido cambios desde el tiempo de Newton, pero en esencia no alteran la ley.

Estrictamente hablando, la gravitación no es una ley, sino una expresión del poder de Dios. Lo que solemos llamar “leyes de la naturaleza” son en realidad métodos de Dios. Lo que se conoce por ley de la gravitación es un “hábito” de Dios, una manifestación de su poder. Pero dado que no estaba discutiendo en qué consiste realmente la gravedad, utilicé la terminología común al respecto a fin de mostrar que tal ley rige el equilibrio que mantiene la integridad del universo.

Esta tarde voy a leer otra definición de ciencia. También corresponde a uno de los científicos más reconocidos en el mundo: “La ciencia es el conocimiento más exacto del que disponemos sobre cualquier asunto”. El vocablo “ciencia” significa literalmente “conocimiento”. Es válida la definición que dimos en la lección precedente: la ciencia es el producto del pensamiento. Cierto es también que la ciencia es el conocimiento más exacto del que disponemos sobre el particular.

En referencia a los dos puntos presentados en la lección precedente, durante los mil setecientos años transcurridos antes que la ciencia lo descubriera, ¿dónde se podía encontrar “el conocimiento más exacto” sobre el diferente brillo de las estrellas? -En la Biblia. Por consiguiente, ¿dónde se encontraba la verdadera ciencia sobre ese asunto? -En la Biblia. ¿Dónde se encontraba “el conocimiento más exacto” sobre el equilibrio del universo durante los dos mil quinientos años que precedieron a su moderno descubrimiento? -En la Biblia. Por consiguiente, ¿cuál era el libro más científico del mundo respecto a ese particular? -La Biblia. Tened presente que continúo sin estar hablando de la ciencia y la Biblia. Mi tema es la ciencia de la salvación, y si bien me refiero a otras ciencias, lo hago solamente en inseparable conexión con esta, la principal de las ciencias. Es con el fin de que vosotros y yo sepamos por todas las evidencias que sea posible reunir en estas dos horas de estudio, que la salvación es ciencia, que es la ciencia de rango más elevado en el universo, la suprema merecedora de nuestro estudio; y para que tengamos la seguridad de estar procediendo científicamente al conceder a su estudio nuestro interés más prioritario e indiviso.

Dicho lo anterior, la Biblia no es un tratado de ciencia, excepto por lo que respecta a la ciencia de la salvación. Sobre ese tema, la Biblia es un tratado global y abarcante. La Biblia se refiere a otras ciencias; pero no hay en la Biblia tratados sobre ninguna otra ciencia. Hay referencias a ellas, tal como las que hemos señalado en Corintios e Isaías. ¿Por qué aparecen allí?, ¿para establecer un hecho científico? -No, sino para ilustrar mejor la comprensión de la ciencia de la salvación. ¿Por qué se evoca esa verdad astronómica en 1 Cor 15:41? ¿Cuál es el propósito de afirmar que “una estrella es diferente de otra en resplandor”? -Para hacer ver que “así también sucede con la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder”. De igual forma en que una estrella difiere de la otra en resplandor, así sucede también con la resurrección. Veis, pues, que el motivo para evocar ese hecho científico, es ilustrar un punto en la ciencia de la salvación, ayudarnos a comprender mejor un aspecto de la ciencia de la salvación.

¿Por qué razón Isaías, en su discurso, trajo a colación esa declaración acerca de la gravitación? Veamos más sobre el capítulo. Leeré el citado versículo, y a continuación el final de la exposición que hace Isaías sobre ese tema:

¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados? … ¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?, dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres y ninguna faltará. ¡Tal es la grandeza de su fuerza y el poder de su dominio! (Isa 40:25-26).

Nadie escapa a su conocimiento y todo lo mantiene en un equilibrio adecuado a las necesidades incluso hasta de la florecilla que crece en el valle. Ahora bien, ¿por qué llama nuestra atención a esos detalles, incluyéndolos en ese lugar de su discurso? -No para enunciar un hecho científico, sino para llamar la atención de todos a la ciencia de la salvación. ¿Qué logra con eso? -Que al observarlo, nuestra atención se dirija al que todo lo hizo. Sigo leyendo:

¿Por qué dices, Jacob, y hablas tú, Israel: ‘Mi camino está escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio’? (Isa 40:27).

Siendo que Dios tiene tal cuidado por la flor que crece a nuestros pies, flor que no se le oculta ni olvida, ¿cómo podéis pensar que pasáis desapercibidos para el Señor, que pasó vuestro juicio y que ya no cuida de vosotros? Veis, pues, que la verdad científica aparece invariablemente citada con el fin de ilustrar para vosotros y para mí la ciencia de la salvación.

Otro pensamiento: esos autores [bíblicos] obtuvieron la verdad por revelación. Evidentemente, no adquirieron ese conocimiento a partir del estudio científico que este mundo puede dar. El Señor les estaba revelando la ciencia principal, que es la de la salvación, y recurrió a otras ciencias para ilustrarla. Según eso, ¿cuál es para el Señor la ciencia más importante? -La salvación sin duda. Siendo que el Señor utilizó las otras ciencias sólo con el fin de ilustrar esta, resulta más que obvio que considera él esta ciencia por encima de todas las demás.

Pero eso no es todo. La Biblia cita a un hombre que era muy versado en toda ciencia -en las ciencias naturales de este mundo-. Observad que era un experto en las ciencias que tanto significan hoy para el mundo. Y quiero que veáis qué dijo al respecto. Esta es la escritura:

Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y tan dilatado corazón como la arena que está a la orilla del mar. Era mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales y que toda la sabiduría de los egipcios. Fue más sabio que todos los demás hombres, más que Etán, el ezraíta, y que Hemán, Calcol y Darda, hijos de Mahol. Y fue conocido entre todas las naciones de los alrededores. Compuso tres mil proverbios, y sus cantares fueron mil cinco. También disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo disertó sobre los animales, sobre las aves, sobre los reptiles y sobre los peces (1 Rey 4:29-33).

Disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece en la pared. ¿Qué rama de la ciencia estudia ese conocimiento? -La botánica. Sabía sobre botánica más que cualquier otro en el mundo.

Disertó también sobre los animales. ¿Cómo se llama hoy la ciencia que estudia a los animales? -Zoología. Salomón la comprendió mejor que cualquiera en nuestros días. La enseñó, ya que leemos que disertó sobre todas esas ciencias.

Sobre las aves”. ¿Cuál es la ciencia? -La ornitología. Así, Salomón enseñó ciencias botánicas, zoológicas y ornitológicas.

¿Qué nombra a continuación? “Los reptiles”. ¿Qué ciencia se ocupa de ellos? -La herpetología.

Y sobre los peces”, es decir, sobre la ictiología.

Quienes leen ese pasaje en la Escritura, no suelen concebir a Salomón como a un científico universal. Si leyeran que Salomón disertó sobre botánica, zoología, ornitología, herpetología e ictiología, se darían cuenta inmediata de lo grande que fue Salomón. Pero citar esos nombres no puede añadir una partícula a su grandeza, pues el hecho no cambia al nombrarlo de otra manera.

Leo eso a fin de que podáis ver que Salomón sabía sobre ciencia; pero no es que supiera algo sobre ciencia, sino que sabía más sobre esas ciencias de lo que jamás alguien haya sabido sobre cada una de ellas.

Pero, aunque comprendió magníficamente todas esas ciencias y dio discursos sobre ellas, esto es lo que escribió a modo de resumen:

El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.

¿Qué era lo que en su estimación tomaba precedencia sobre todo el resto de ciencias combinadas? -La salvación de Dios.

Los ángeles saben acerca de todas las ciencias, sin embargo consideran la salvación como más merecedora de su estudio que todas las demás ciencias sumadas. También los profetas hicieron lo propio, y emplearon las demás ciencias como un medio de comprender mejor la salvación. Y aquí tenemos a un hombre que fue entendido en las demás ciencias, y que afirma que la ciencia de la salvación trasciende a todas las demás. Quisiera ahora que vierais que el propio Dios hace esa misma consideración.

Pensad en esto: acabamos de leer que Salomón disertó sobre todas esas otras ciencias. ¿Cuántas de sus enseñanzas sobre esas otras ciencias han quedado escritas en el registro sagrado a fin de que podamos estudiarlas? -Ni una sola. Dios no nos ha proporcionado registro alguno de las disertaciones de Salomón sobre botánica, no ha dejado registrada ni una sola de las lecciones que dio sobre zoología o sobre cualquier otra de esas ciencias. Pero nos proporciona una vez y otra a través de Salomón y de los demás, lecciones sobre la ciencia de la salvación. Por lo tanto, poniendo aparte la opinión de los ángeles, la los profetas y la del científico universal Salomón, ¿cuál es la idea del propio Dios? -Que la salvación significa más para vosotros y para mí, que es más merecedora de nuestro estudio, que todas esas otras ciencias; más que todo ese otro conocimiento que él mismo dio también.

La ciencia que Salomón comprendió y enseñó, no fue una ciencia como la de Huxley, Darwin u otros científicos de la época de estos. A través de su mente natural, el hombre se puede sumergir en las ciencias naturales y hacer muchos descubrimientos. A pesar de que no siempre son correctos, pueden evidenciar ciertos puntos que lo son. Ahora bien, ese no era el caso de Salomón. Dios lo dotó de sabiduría, de manera que él miró en todas esas ciencias según la luz de Dios. Disertó sobre ellas según la sabiduría divina, de forma que la ciencia que enseñó Salomón era la ciencia de Dios. Enseñó la botánica genuina, la botánica divina; enseñó la zoología divina, etc. Las suyas eran las ideas de Dios, se trataba de verdad divina, era todo el tiempo la ciencia de Dios. No se trataba de la falsamente llamada ciencia.

Tratándose de ciencia de Dios y siendo divina en ella misma, ¿por qué no nos la dio el Señor toda ella? ¿Por qué no ha proporcionado al mundo los tratados de Salomón sobre botánica y el resto de temas? -Hay una razón por la que no lo ha hecho, y es porque no es eso lo que el mundo necesita en primer lugar y por encima de todo.

Un hombre puede tener todo ese conocimiento, puede ser entendido en todo eso tal como Salomón. Pero ¿de qué le serviría si carece en primer lugar de la ciencia de la salvación? Salomón tenía el saber de todas esas ciencias, y sin embargo, cuando apartó su corazón de Dios, cuando lo apartó de la ciencia de la salvación y del estudio de ella de todo corazón, ¿de qué le sirvió su conocimiento del resto de ciencias?, ¿lo capacitó para mantenerse libre de pecado?, ¿cuánto poder había allí para resguardarlo de su yo natural, de la maldad y corrupción que había en él?

Sabéis que cuando apartó su corazón de la ciencia de Dios, de la ciencia de la salvación, aun conservando todas las demás, acabó siguiendo un curso tan malvado, tan depravado, tan hundido en la idolatría y en cualquier asunto profano como si desconociera el ABC de todas las cosas.

Podemos ahí ver por qué el Señor no preservó para el hombre todo lo que comprende la ciencia. Suponed que pudiera tenerla toda ella, tal como Salomón, y pudiera enseñarla tal como él. Sin haber entregado a Dios el corazón, en su estado irredento, ¿qué bien le podría hacer la ciencia? No lo resguardaría de la maldad y corrupción de todo tipo que anida en el corazón humano.

No son esas ciencias lo que necesita hoy el mundo en primera instancia. Los corazones están en necesidad de purificación, las almas necesitan salvación; están en necesidad de que se reconstruya todo su carácter, de que la mente se transforme en la misma imagen y gloria de Dios, de forma que la vida refleje su justicia y manifieste ante todo el mundo solamente el conocimiento de Dios. Aunque tengamos todo lo que las ciencias pueden dar, de nada aprovechará en ausencia de salvación, ya que en muy poco tiempo no tendremos en absoluto nada de ellas. Eso es hoy digno de nuestra consideración en todos nuestros estudios, lecturas e investigaciones.

Hay otro punto: Dios quiere que vosotros y yo, quiere que todos los hombres piensen correctamente en todo asunto con el que tengan que ver. Existen hoy pensadores en todos esos temas científicos, pero su pensamiento no es el correcto. Llegan tan lejos como para no dejar lugar alguno a Dios. El hombre sin Dios, sin la conducción del pensamiento y mente de Dios, es incapaz de razonar correctamente en esos otros temas. La mente no alcanza la corrección hasta no haber sido renovada a la imagen del que lo creó. Debe ser transformada, renovada. Hemos de tener otra mente totalmente distinta. Todo pensamiento debe sujetarse en obediencia a Cristo.

Esa es la obra de la salvación. Consiste en la restauración de la imagen de Dios en el alma, en llevar la mente allí donde no será más que el reflejo y brillo de la justicia, del pensamiento del Dios viviente. Cuando eso se ha efectuado y la obra de Dios ha culminado en este mundo al haberse manifestado a todos los demás el conocimiento de Dios, entonces el Señor abrirá el universo y la eternidad para nosotros. Todas esas otras ciencias quedarán entonces abiertas para nuestro estudio, y el Señor podrá decirnos: ‘Avanzad por donde deseéis; confío en vosotros. Queda abierto ante vosotros el vasto universo. No hay nada de lo que se os prive. Es vuestra posesión. Os pertenece. Id allá donde quisiereis, permaneced donde queráis, haced lo que prefiráis; confío en vosotros. Fijad vuestra mente en el tema que os satisfaga, expandid vuestro pensamiento tan profundamente como queráis; lo haréis con una mente recta’.

No es mi pretensión que se deban ignorar todas las demás ciencias entre tanto no hayamos llegado al otro mundo. La idea consiste en que la ciencia de la salvación ha de ser la norma y guía en el estudio de todas las demás. ¿No nos ha dejado acaso el Señor un ejemplo en el estudio de todas ellas? ¿No nos ha enseñado con su ejemplo la atención que debiéramos dedicar a esas cosas y el uso que debiéramos darles? ¿Cuál es el propósito de leer y estudiar esos otros libros de texto? -El sernos de ayuda en la mejor comprensión y enseñanza de las ciencias de la salvación, que de otra forma no alcanzaríamos. Ese es el uso que se les da en la Biblia. El Señor nos envía a predicar el evangelio con el que tienen que ver esas otras ciencias, y nos ha dejado ejemplo de cómo hacer uso de ellas. El Señor nos muestra que la ciencia de la salvación ha de tomar precedencia sobre todas las demás ciencias conocidas en el universo.

En este mundo todas las ciencias se deben supeditar a la ciencia de la salvación, la cual seguirá teniendo la preeminencia cuando lleguemos a la tierra nueva. Cuando la eternidad se abra ante nosotros y cuando podamos viajar allá donde queramos y pensar sobre el tema que nos guste, ¿podremos olvidar la salvación debido a que ya obtuvimos el diploma? -No. Sabemos que está escrito:

La cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante las interminables edades de la eternidad.

Así, aquí terminamos el curso y nos graduamos, y luego llegará el tiempo de un gran comienzo en el que entraremos en una eternidad de estudio para poder comprender ésa que es la mayor de todas las ciencias, mejor que cuando estuvimos en este mundo.

En la lección precedente afirmamos que no existe impropiedad al aplicar las palabras “ciencia” o “científico” a la salvación. La salvación es ciencia; es científica. La operación del Espíritu de Dios en la mente, transformándola junto con toda la vida según la imagen de Jesucristo, llevándola del pecado a la justicia, es un proceso científico. Por consiguiente, cuando lo estudiáis, tened por cierto que no somos de forma alguna acientíficos al considerarlo como lo primero y principal en cualquier tema, todo el tiempo. Los pretendidos científicos son en realidad acientíficos mostrándose negligentes respecto a esta que es la principal de todas las ciencias.

Una cosa más ha quedado demostrada en las tres naciones que son ejemplos del saber en el mundo. El registro del pueblo de la Biblia -el judío-, el pueblo de Dios en la Biblia, es ejemplo y fuente reconocida para todo aquel que se proponga servir a Dios. Grecia y Roma, con su filosofía, literatura y leyes, son los ejemplos para muchos que profesan seguir la Biblia, como para los que no lo hacen.

Hemos visto ya que en el pueblo de Dios hubo uno que fue escritor de proverbios, poeta y científico universal. Sus cantares fueron mil cinco, y sus proverbios tres mil. Ahí tenéis una mente privilegiada; no obstante, el que tenía esa gran sabiduría en todos esos campos, demostró en su vida que todo ese conocimiento resulta ser absolutamente impotente por sí mismo, cuando la ciencia de la salvación no está presente y cuando no está controlando y manteniendo en justicia el equilibrio de todo el conjunto.

Anteriormente he llamado vuestra atención al hecho de que Dios no ha preservado para nosotros ninguna de las enseñanzas científicas de Salomón. Ahora quiero llamar vuestra atención el hecho de que Dios sí que nos ha hecho llegar el registro de la vida de aquel hombre, cuando se apartó de Él. Nos ha proporcionado el registro del enorme fracaso de Salomón a pesar de su sabiduría, cuando olvidó la ciencia de la salvación. ¿Por qué consideró Dios más importante para vosotros y para mí que dispusiéramos del conocimiento de su vida tras haberse apartado de Él, que del conocimiento de toda la instrucción científica que Salomón dio? A los ojos del hombre, ¿qué es más práctico para la humanidad? El registro de la caída, la gran caída de Salomón es de más valor para la humanidad, de lo que habría sido toda su enseñanza científica recopilada en un tratado y ofrecida a la humanidad de nuestros días. En aquella gran caída quedó demostrada para todos la insignificancia e inoperancia del conocimiento secular de todas esas ciencias, cuando falta el conocimiento de la salvación de Dios.

Grecia provee otro ejemplo notable. Es difícilmente imaginable un nivel más elevado de capacidad de pensamiento y de intelecto refinado según la mente natural, que el logrado por la cultura griega. Representa el zénit de la perfección de la mente humana sin Dios.

La cuestión, no obstante, es qué consiguió una mente como esa. ¿Qué hizo por ellos? ¿Qué bien les hizo su literatura, su filosofía y su arte? ¿De qué les sirvió su religión? Filosofía proviene de philo sophia, o amor por la sabiduría. ¿Qué era aquella sabiduría? -Absoluta necedad. Dios lo afirma. ¿En qué consistía su religión? -En mera mitología. ¿Cuál era su arte? -Dios dice que era idolatría. ¿Recordáis la escritura?

La Palabra de Dios no nos dice que Pablo se llenara de admiración contemplando el arte de las estatuas de los griegos. En lugar de eso, leemos que “su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría”. ¿En qué consistía, por lo tanto, aquel arte? -En idolatría.

Hasta el día de hoy, hombres, mujeres y niños toman los restos de aquello que no fue más que idolatría, y lo adoran; lo llaman arte y lo reproducen. Centran en ello su pensamiento, escriben libros al propósito, lo enseñan y estudian en las universidades. Pero ¿qué puede resultar de eso? ¿Qué les reportó a los propios griegos? -Lo sabéis; no necesito repetirlo. Sabéis lo que les reportó su literatura, arte, leyes, filosofía y todas esas cosas. Más que acuñar una filosofía propia, Roma la copió de Grecia. En Roma vive la filosofía griega. ¿Qué logró en favor de los romanos? -Algo parecido a lo que logró en favor de los griegos, sólo que en el caso de los romanos, con peores resultados si cabe. Hasta donde he podido investigar, los griegos tenían el suficiente respeto hacia las mujeres como para vestir adecuadamente toda figura femenina que esculpían. Por supuesto, los hombres se representaban siempre desnudos. Pero cuando vamos a Italia desaparece ese pudor, y ambos sexos se representan desnudos por igual. En la mayor parte de ocasiones estaba ausente cualquier tipo de vestimenta. Y por cierto, el novamás del arte idolatrado hoy por quienes acuden a Roma para estudiarlo, consiste precisamente en las figuras femeninas desnudas, que a pesar de contener muy poco arte, se las considera como el súmmum de la perfección en el arte, y son objeto de innumerables reproducciones que incluyen todas las imperfecciones del original.

Quiero hacer una pregunta: ¿cuántos de vosotros habéis visto un par de piernas humanas, desde las rodillas hasta los pies? Ahora mismo estoy descansando el peso de mi cuerpo sobre el pie izquierdo. Esa es ahora mi posición de equilibrio. Tengo la otra pierna, la derecha, discretamente flexionada, y el pie de ese lado se apoya levemente en el suelo. ¿Están los músculos de mi pierna derecha en el mismo estado de contracción que los de la izquierda? -No, y esa situación constituye toda una expresión de arte. Existe esa diferencia, a pesar de que ambas piernas están constituidas de la misma manera, y no es posible apreciar diferencia alguna entre la anatomía de una y otra. Pero ahí está precisamente el arte. Hay bastante que decir al respecto, pero mi propósito esta noche no es disertar sobre el arte. Mi tema es cuál es el valor de la salvación, y de qué sirve cualquier otra cosa en ausencia de ella. ¿De qué le sirvió a Roma sin la salvación? -Sus iniquidades la hundieron. ¿De qué le sirvió a Grecia sin la salvación? -Sus iniquidades la hundieron.

Por lo tanto, habiéndose demostrado triplemente a nivel mundial la absoluta impotencia del esfuerzo de la mente humanamente más preparada para lograr el bien que sea cuando el corazón se aparta de Dios, ¿qué puede hacer el Señor por el mundo, si esas lecciones triples no logran enseñar a la gente? ¿Qué puede hacer por el hombre si este se empeña en seguir por ese camino a pesar de la solemne advertencia de esos tres grandes ejemplos en la historia? Dios ha dejado registro de ellos para hacer patente la impotencia del mejor esfuerzo de la mente humana en todas las ramas de la ciencia, el arte y la literatura, para traer al hombre el bien que sea, para guardarlo del pecado, para conducirlo hacia el bien y la virtud, cuando se es negligente con la salvación de Dios y con la ciencia de la salvación que él ha dado para el corazón del hombre.

Por lo tanto, pregunto: ¿Debiéramos copiar la necedad de los griegos y los romanos? ¿Debiera seducirnos su idolatría, llevándonos al engaño de interpretarla como arte? ¿Debiera interesarnos su religión, cuando no se trata de otra cosa, excepto iniquidad? Porque no basta con afirmar que es mitología: es iniquidad.

Pero alguien alegará: ¿Acaso no es valiosa su literatura? Analicemos cuál es su valor, según el pensamiento de Dios. En el tiempo en que estaba introduciendo en el mundo la ciencia de la salvación en lengua griega, el Señor tenía ante sí toda la panoplia de la literatura griega ante sí, y también la romana. No obstante, sólo entresacó de ella tres frases cortas, que incluyó en su tratado de la ciencia de la salvación. Os las voy a enumerar. Una de ellas está en Hechos diecisiete. Es una cita del escritor griego Aratus. La leeré del versículo veintiocho. Pablo dice:

Como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: “Porque linaje suyo somos”.

Un poeta griego dijo que el hombre es descendencia de Dios. El Señor tomó esa afirmación y declaró: Eso es cierto.

Otra cita está en el capítulo quince de primera de Corintios, versículo treinta y tres. La primera parte del versículo dice: “No os engañéis”. Son palabras del Señor. El resto del versículo es una cita del escritor griego Menánder:

Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.

La tercera cita está en Tito, en el versículo doce del primer capítulo, y corresponde a Epiménides:

Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos.

Esos tres pasajes son todo cuanto el Señor pudo encontrar de utilidad entre toda la literatura griega.

No digo con ello que eso sea todo cuanto pueda usarse con provecho. Hay hechos históricos en las letras griegas que tienen valor. Pero lo que Dios enseña es lo que tiene un valor supremo para toda la humanidad. Enseña los principios de lo correcto y lo verdadero, no presenta simplemente ante el mundo una serie de hechos. Todo cuanto pudo encontrar en la literatura griega que se pudiera emplear en el interés de la justicia o la verdad como principios conductores para el hombre, fueron estas tres frases: “Porque linaje suyo somos”; “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” y “Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos”. Todo cuanto podamos encontrar aparte de eso, ¿qué bien podrá hacernos respecto a la justicia y la verdad, la pureza y la integridad?

No lo olvidéis: los griegos y los romanos no eran paganos viles, degradados, andrajosos e ignorantes. Eran aristócratas, cultivados y altamente educados. ¿Cómo podría ser de otra forma, siendo que lo que conocieron y enseñaron representa el pináculo de aquello a lo que aspiran los eruditos de nuestros días? Julio César fue uno de los hombres más capaces de todos los tiempos, en sofisticación, modales, cortesía y elegancia. Pero ¿cuál fue su carácter? Sería inapropiado imprimir incluso la descripción más moderada y favorable del mismo.

Siendo que el Señor ha mostrado cuán absolutamente vana es toda ciencia, todo aprendizaje del tipo que sea, cuando está desprovisto de la salvación, ¿qué puede hacer en favor del hombre, si es que todas esas cosas que ha expuesto ante el mundo no han valido para enseñarle que ese no es el camino a seguir? Si a partir de esos hechos el hombre no aprende a tomar el camino recto, no permite que la ciencia de Dios sea la principal y no admite aquello que Dios sabe que es lo mejor, ¿cómo puede esperar la humanidad escapar a una perversidad semejante a la que vino sobre todos los que hicieron esa misma elección en el pasado?

La ciencia de la salvación de Dios es lo que el hombre necesita saber antes que nada y por encima de todo. Es necesario que presida, dirija y equilibre; que nos sostenga en todo lugar, en todas las cosas y contra cualquier maldad. Y hará todo lo anterior. Tal es la bendita verdad. Lo leí la última noche, y vuelvo a leerlo ahora:

A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las insondables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea el plan del misterio escondido desde los siglos en Dios, el creador de todas las cosas (Efe 3:8-9).

¿Cuál es el misterio de Dios? “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”. Cristo es el poder de Dios, es la sabiduría de Dios, es el evangelio, es el poder de Dios para salvación. Tal es el misterio de Dios y la ciencia de la salvación. Esa es la verdad científica capital, alrededor de la cual se agrupan el resto de ciencias. A fin de guardarlo de todo el mal que hay en él, cada uno debe tener ese poder de Dios para salvación. El mal que proviene de todo ser humano, lo llevará a la perdición a pesar de toda la ciencia, literatura, arte y religión, a pesar de todo lo que el mundo puede o pudiera dar, a menos que se aferre al poder de Dios para salvación que viene al hombre por la fe de Jesucristo.

En ausencia de ese poder en el corazón, hasta incluso la ciencia que Dios enseñó -y con mayor razón la literatura, arte, religión, y todo lo que los paganos enseñaron- es impotente para guardar al hombre de pecar. A pesar de todas esas cosas, se hará manifiesto todo vestigio de mal que está en el hombre, excepto que el poder de Dios habite en el corazón. Por eso es poder de Dios para salvación, porque salva al hombre de toda maldad.

El misterio de Dios, que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria; Cristo, el poder de Dios y la sabiduría de Dios; sólo Cristo, y Cristo crucificado; cuando eso es el todo en todos, sobre todos, ahora y por la eternidad, entonces se trata de la ciencia de la salvación, la principal de las ciencias, la que rige sobre todas ellas, la que toma preeminencia sobre las demás y guía en el estudio de todas ellas. Que sea así en todos por siembre.

Permitamos que el Señor nos atraiga a sí mismo de ese modo mediante su Espíritu; que nuestro corazón se abra de tal modo a su poder, a la comunión con ese misterio, al Espíritu de Dios, que él pueda implantar allí a Jesucristo, su gracia y su virtud. Y en la medida en que mantenemos nuestros corazones abiertos a él siempre y a nadie más que a él, de la forma en que la flor abre sus pétalos al sol, recibiremos toda su plenitud, su justicia, su poder, su salvación, su misericordia, su verdad, su gozo, su alegría y su paz. Sí, ¡y su vida eterna!

 

 

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