General Conference Bulletin, 1897

El primer gran mandamiento nº 1

(tarde del martes 2 de marzo de 1897)

A. T. Jones

 

Sabéis que el Señor ha dicho de este tiempo y del pueblo que vive en este tiempo: Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”. Vosotros y yo hacemos justa profesión de ser ese pueblo, y queremos que el Señor pueda decir de nosotros ante el universo: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”. Eso será un hecho, no simplemente porque él lo diga. Él lo dirá porque será un hecho.

El texto se aplica plenamente a vosotros y a mí, que estamos aquí en esta casa. El Señor anhela que esa declaración sea un hecho ahora, y permanezca así todo el tiempo, de forma que pueda proclamar a todo el mundo y al universo continuamente: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”.

Ese va a ser el objeto de nuestro estudio. En estas lecciones vamos a estudiar si guardamos o no los mandamientos de Dios, de forma que el Señor pueda decir de nosotros: Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”.

Al hablar de guardar los mandamientos, acude a nuestra mente el primero de ellos, y no hay duda de que debemos guardarlo. Tenemos la palabra:

El primero de todos los mandamiento es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este es el principal mandamiento.

¿Puede el Señor decir de mí y de vosotros respecto a ese mandamiento: Aquí están los que lo guardan?

¿Posee el Señor la totalidad de vuestro corazón, de forma que no haya lugar para nada excepto él y lo que es de él?

¿Tiene el Señor toda vuestra alma en devoción amante, de tal forma que no haya en vuestro ser sentimiento que no sea suyo?

¿Tiene el Señor toda vuestra mente, de forma que no tengáis pensamientos o parte de vuestra mente que no sea suya y esté dedicada a su servicio? Con la mente servimos al Señor nuestro Dios. No con parte de ella, sino con toda nuestra mente. De esa forma, no queda parte alguna de nuestra mente que no esté centrada en algo ajeno a Dios.

¿Es del Señor toda vuestra fuerza, de forma que no tengáis fuerzas que dedicar a algo que no pertenezca a Dios y a su servicio?

Si todo lo anterior es cierto, entonces se dice de vosotros con verdad: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”.

El segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Cuando el amor de Dios está en nuestros corazones según el primer mandamiento, resultará muy fácil amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Recordad lo que nos explicó el hermano Kellogg en su charla del otro día, en relación a aquel niño de Chicago que se dirigió a un desconocido y le dijo: “¿Sabía que usted es el mayor pecador en este mundo?” Cuando el hombre le preguntó sorprendido cómo podía ser eso así, dado que nunca había matado a nadie ni había cometido crímenes, el niño le replicó: “El mandamiento más grande es: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. ¿Hace usted eso?” -No; no lo hago, le respondió el hombre. “Bien”, replicó el niño, “pues ese es el mayor de todos los mandamientos. Usted está quebrantando el mayor de los mandamientos, por consiguiente, es usted el mayor pecador”. El hombre admitió que era así, y se volvió a Dios y a la plena salvación. No es necesaria mayor aclaración: puesto que se trata del mayor mandamiento, quien lo transgrede es el mayor pecador. ¿Es vuestro caso?

Vosotros y yo profesamos guardar los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. ¿Estamos transgrediendo el mayor de todos los mandamientos de Dios? Si no estamos guardando el mayor y el más grande de todos los mandamientos, lo estamos quebrantando. Si no guardamos ese mandamiento, no estamos guardando los mandamientos. De eso no hay duda. Vosotros y yo hemos de decidir ahora, y lo hemos de decidir para siempre, si vamos a servir al Señor con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas.

Está escrito:

El reino de Dios está entre vosotros.

Ese reino que está entre vosotros es el reino de Dios. Fue así al ser creado el hombre, pero el enemigo usurpó el lugar de Dios. El Señor restituyó nuevamente al hombre la libertad para elegir si Dios iba a tener su lugar en su propio reino, o bien si el usurpador tendría el lugar de Dios en el reino de Dios. El reino que hay en vosotros es el reino del Señor. A vosotros corresponde decidir si va a reinar ahí el Señor, o bien si lo hará el enemigo. Y si no elegís que sea el Señor quien reine, estáis eligiendo que lo haga el enemigo. La elección de quién va a reinar corresponde enteramente al ser humano.

Va a regir alguien. El hombre no fue creado para regirse a sí mismo independientemente de Dios. Fue creado para ser él mismo con Dios, y no puede ser él mismo sin Dios. El hombre fue creado para permanecer con Dios. En su interior estaba el reino de Dios. Dios regía en su interior. Pero el hombre quiso seguir su propio camino siguiendo a Satanás. Ahora bien, el hombre puede avanzar en su camino solamente cuando sigue a Dios. El reino de Dios está entre vosotros. Debemos elegir que el Señor tenga su propio lugar en nosotros, en su propio reino en nuestros corazones. Él ocupará allí su lugar, y regirá allí al permitirle que ocupe el lugar que le corresponde en su propio reino.

En relación con el reino de Dios sabéis que se va a extender de mar a mar y desde el río hasta los términos de la tierra. El reino de Dios, el reino que ha de venir cuando regrese el Señor, sabéis que incluirá cada centímetro y cada partícula de terreno que haya en este mundo. Ahora el reino de Dios está entre vosotros. Ese reino de Dios que está entre vosotros, ese reino en el que Dios rige en cada fracción de espacio, ¿incluye ese reino cada partícula de vuestro corazón? Esa es la cuestión, y nos concierne en más de un sentido.

Lo que estoy haciendo es leer simplemente el mandamiento y llamar vuestra atención a lo que el mandamiento dice. Y eso con la finalidad de que estemos siempre abiertos a la cuestión: ¿se puede decir de nosotros: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” con todo el corazón, alma, mente y fuerza?

¿En qué se fija vuestra mente?, ¿qué estudia?, ¿a qué está dedicada?, ¿está Dios en eso?, ¿es para gloria de Dios? La investigación y los estudios a los que estáis entregados, el pensamiento de vuestra mente, ¿son tales que la imagen de Dios pueda ser impresa allí? ¿Tienen por fin que Dios ocupe más plenamente vuestra mente? ¿Lo van a glorificar mejor? ¿Es él el primero y el todo en todos vuestros esfuerzos intelectuales? ¿Lo amáis y servís con toda vuestra mente?

Y con todas vuestras fuerzas. El campo que estáis arando, ¿lo estáis arando para Dios? Cuando empujáis el tablón en la lijadora para darle un acabado liso, ¿lo estáis haciendo para Dios, de forma que cualquier cosa que recibáis sea de Dios y no vuestra? ¿Están vuestras fuerzas enteramente dedicadas a Dios, de forma que estéis trabajando en la causa de Dios sea donde sea que pongáis vuestras manos?

Ha sido prevalente la idea de que antes de poder ser un obrero en la causa, uno debe cesar en su actividad laboral o abandonar el oficio manual que sea. Muchos dicen: “Quiero dejar lo que estoy haciendo. Me gustaría dejar de trabajar en esta tienda. Quisiera ser obrero en la causa”. Si no eres obrero en la causa allí donde estás, no lo serás al llegar al lugar al que quieres ir. Si no eres un obrero en favor de la causa cuando aras el campo, no lo serás al tomar el púlpito. Si eres herrero y trabajas diariamente con el yunque, en el caso de que no lo hagas por la causa tan fielmente y con el corazón puesto en la causa tanto como yo en el púlpito, tampoco serías un obrero en la causa si estuvieras repartiendo literatura en algún lugar.

Se nos presenta un ejemplo de lo que puede llegar a ser la humanidad, de lo que ha de llegar a ser todo creyente en Jesús. El Hijo de Dios vino a este mundo para mostraros a vosotros y a mí en qué consiste guardar los mandamientos, y cómo lograrlo. Él estuvo trabajando en un oficio por un período de tiempo unas seis veces más prolongado que el que dedicó a predicar. Comenzó a la edad de doce años: en ese momento pudo incorporarse al oficio de carpintero con José, según lo que es capaz de hacer un muchacho de doce años asistiendo a un carpintero, que es mucho. Comenzó, pues, a trabajar a los doce años. Se bautizó y comenzó a predicar cuando tenía ya unos treinta, lo que significa que estuvo trabajando como carpintero durante unos dieciocho años. Desde la edad de treinta hasta los treinta y tres y medio estuvo dedicado al ministerio público; predicando. Por lo tanto, estuvo casi seis veces más tiempo trabajando en la carpintería, del que estuvo predicando.

Durante esos dieciocho años en que trabajó como carpintero, ¿fue Jesús tan Hijo de Dios como durante los tres años y medio en los que se dedicó a la predicación? -Sabéis que sí. ¿Era mi Salvador y vuestro Salvador mientras estaba allí serrando una tabla, haciendo un banco y poniéndole patas, tanto como cuando colgaba de la cruz? -Sabéis que sí, ya que somos “salvos por su vida”.

No olvidéis que fue al término de esos dieciocho años cuando se bautizó y comenzó su ministerio [público]. Fue al final de su oficio como carpintero, cuando Dios dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Por lo tanto, ¿acaso no era tan ciertamente un obrero en la causa durante aquellos dieciocho años, tanto como lo fue en sus últimos tres y medio? -Sabéis que lo fue. Por lo tanto, si eres carpintero y profeso creyente en Jesucristo, ¿acaso no puedes seguirlo sin dejar la carpintería?, ¿no has de ser su seguidor, y un obrero en la causa precisamente ahí, tanto como si tomaras el púlpito? No pretendo que estés obligado a seguir siendo carpintero por siempre. Tal no fue el caso de Jesús. No estoy diciendo que tengas que seguir siendo por siempre un obrero de la metalurgia o un granjero, pero digo e insisto en que mientras que sigues siendo carpintero, metalúrgico o granjero, has de ser un obrero en la causa, tanto como lo puedas o vayas a ser en cualquier otro lugar.

Jesús nos ha mostrado a cada uno en qué consiste ser cristiano, y cuál ha de ser nuestra vida, sea cual sea la profesión en que ejercitemos nuestra mente, nuestro corazón o nuestras manos. Jesús amó a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas siendo carpintero. Cuando serraba tablas, cuando construía mesas, cuando hacía puertas y las instalaba, lo hacía para gloria de Dios. Para él, Dios lo era todo y en todo. Cuando un hombre acudió a él como carpintero, no viéndolo como Salvador del mundo sino como simple carpintero, y le hizo la solicitud: “Necesito una mesa. ¿Me la puede fabricar?”. Jesús pudo contestarle: “Qué tipo de mesa necesita?”, y al escuchar la descripción del cliente, Jesús le pudo decir: “Sí; se la puedo hacer”. Una vez que Jesús la hubiera cargado en su espalda hasta la casa del cliente y la hubiera dejado allí, durante toda aquella transacción, Jesús era plenamente Dios. Dios estaba en todas sus acciones. En ninguna juntura de aquella mesa habría defectos disimulados con serrín y cola; la honestidad presidió la confección de aquella mesa. Se trataba del tipo de mesa que Dios aprobaría.

Cuando negoció el precio para construir aquella mesa, debió tratarse de un presupuesto honesto: el tipo de presupuesto que Dios pudiera examinar, declarando: Este es un trato honesto. No debió pedir al cliente un precio mayor al que era justo para un proyecto como aquel. Éste debió preguntarle: “¿Cuál será el precio de esa mesa?” Jesús debió hacer el cálculo, y debió decirle: “Los materiales cuestan tanto, y la mano de obra tanto. ¿Qué le parece? ¿Le parece un precio razonable para el esfuerzo y el trabajo que va a requerir?” Y el cliente debió responder: “Sí. Creo que vale ese precio. Es un presupuesto honesto y claro”. Y cuando le llevó la mesa, el cliente debió pagarle según lo presupuestado, de forma que Dios pudiera mirar esa transacción y decir: “Eso es honesto, y es lo que todos pueden hacer”.

¿Es ese el tipo de obrero que eres tú? Profesas ser cristiano. ¿Cómo te comportas en tu oficio, sea este el que sea?

¿Amas a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas? Sea lo que sea que hagas o se te pida hacer; trátese del negocio o transacción que sea con tu prójimo, pagano o cristiano, ¿procederás de forma que Dios pueda examinarlo y decir: “Es digno del reino de Dios” debido a que en ello está todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y todas tus fuerzas dedicados a la gloria de Dios?

¿Somos, o no somos guardadores de los mandamientos de Dios? ¡Esa es la cuestión! Y es tiempo de que lo sepamos y de que Dios pueda certificarlo en el mensaje que promulga: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”.

Podéis ver que ese mandamiento lo incluye todo, y que no podemos considerar un solo pensamiento en el reino de las ideas, que no resulte afectado por ese texto con el que hemos comenzado. Así pues, se impone que lo apliquemos a nuestros pensamientos, que investiguemos toda actividad de nuestra mente a la luz de esa escritura: el primero de todos los mandamientos.

Todo aquello a lo que se nos llame a implicarnos, lo hemos de considerar a la luz de ese que es el mayor de todos los mandamientos. ¿Se trata de algo en lo que puedo entrar en el temor de Dios con todo mi corazón, alma, mente y fuerzas? Si no lo es, ¿querré tocarlo? -No. Si se trata de algo a lo que no puedo dedicar todo mi corazón, alma, mente y fuerzas; algo a lo que no puedo ir con Dios, en tal caso, ¿qué implicación debiera tener en el asunto? Si voy allí donde Dios no puede venir conmigo, estoy quebrantando los mandamientos. No lo estoy dedicando todo a él. Todas mis fuerzas son nada, si están dedicadas a algo en lo que Dios no puede participar, algo que no puede tocar o aprobar, algo que no puede aceptar.

Sé que es lenguaje directo, pero es cristianismo, y vosotros y yo no podemos conformarnos con una sexta parte, o con cualquier medida que no alcance a lo anterior. Ni por un momento, ni por un instante hemos de conformarnos con algo de este mundo a menos que Dios pueda estar allí con nosotros y podamos emplearnos en ello con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas. Os digo que cuando todos nosotros alcancemos esa norma, si todos nos entregamos a él ahora mismo y nos mantenemos aferrados a él, no podemos imaginar el poder que Dios va a manifestar en el mundo.

Desde el principio, la gran dificultad ha consistido en que el hombre no quiere conceder a Dios el lugar que le corresponde en su corazón. Dios hizo al hombre de ese modo, pero este se volvió a cualquier otra cosa y expulsó enteramente a Dios. Dios lo liberó de esas tinieblas, le restituyó la libertad de elegir y lo llamó a que escogiera si amaría a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas. Al hombre le fue restituida la libertad para permitir que Dios volviera a ocupar su puesto legítimo. Pero hubo tantos que escogieron que el Señor no tuviera el lugar que le pertenece, que el diluvio tuvo que barrerlos de la superficie de la tierra.

Entonces el Señor comenzó de nuevo el proceso, y lo único que pidió a todos y a cada uno es que amaran al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas, y a su prójimo como a sí mismos. Eso es todo cuanto pidió a los ocho que entraron y salieron del arca. Si el primer hombre hubiera amado a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas, el pecado no habría podido entrar jamás.

Después que hubo pecado, y después que el Señor lo hubiera librado de esa esclavitud, si Adán y su descendencia hubieran amado a Dios con todo su corazón, alma, mente y fuerzas, ¿cuál habría sido la condición del mundo? -Se habrían guardado los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y la justicia habría cubierto la tierra como las aguas cubren el mar. ¿Es imposible que eso se cumpla en el hombre bajo la servidumbre de la maldición, bajo la servidumbre de la carne pecaminosa? ¿Puede Dios librar al pecador del poder del pecado en la carne, de forma tal que este pueda amar a Dios con todo su corazón, alma, mente y fuerzas? -Sí. El pecado no habría podido maldecir la tierra, incluso tal cual está, con los hombres sujetos a la servidumbre de la carne -que es pecaminosa- si hubieran creído en Dios y guardado los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Esa es la verdad, ya que es cristianismo. Así, veis que todo cuanto el Señor pide de nosotros, todo lo que quiso del hombre desde que Adán peco, fue y es que guarde los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Y el primero de los mandamientos es:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

En Romanos 1:21 leemos: “Habiendo conocido a Dios”. Observad esto: el hombre comenzó su carrera conociendo a Dios. Al principio Adán conoció a Dios, pero no retuvo ese conocimiento. Después que Adán pecó y hubo recomenzado, conoció a Dios. Cuando la raza humana recomenzó después del diluvio, conoció a Dios. Eso significa que la humanidad ha reincidido en apartarse de Dios todo el tiempo. El mundo fue, es y será tan pecaminoso, debido a su rechazo a Dios después de haberlo conocido; no por no haberlo conocido nunca. Por lo tanto, el mundo no está en maldad debido a las tinieblas, sino que está en tinieblas debido a la maldad.

El mundo comenzó con luz. Las tinieblas en las que ahora vive se deben a la elección que hizo, “ya que, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias. Al contrario, se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. Pretendiendo ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles”.

Observad: ¿qué vino primero? -Habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, no le dieron el lugar que le corresponde en ellos. No glorificaron a Dios, no lo dieron a conocer al hombre, no lo manifestaron en la tierra, ya que Jesús dijo: “Yo te he glorificado en la tierra”, y él era Dios manifestado en la carne. Esos hombres que conocieron a Dios, no permitieron que Dios se manifestara en su carne. No fueron agradecidos, y se envanecieron en sus imaginaciones; sus necios corazones se entenebrecieron, y en sus tinieblas proclamaron ser sabios. Pero esa sabiduría demostró ser necedad y comenzaron a hacerse imágenes.

Veis, por lo tanto, que la imagen que todos pueden ver no es más que la manifestación externa de la idolatría, la representación visible de ella. La idolatría está ya instalada en lo profundo del corazón, y ha estado avanzando con pasos decididos hacia la salida. Pensad en ello. ¿Dónde comienza la idolatría? -En el corazón. ¿Dónde comenzó la idolatría en ese proceso? -Cuando, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios. Ahí es donde empezó. Por lo tanto, ¿existe algún terreno intermedio entre el conocimiento de Dios y la idolatría?

Prestad ahora mucha atención: conocieron a Dios, y “esta es la vida eterna, que te conozcan”. El conocimiento de Dios es vida eterna; de eso no hay duda. Conocieron a Dios: tenían vida eterna en el conocimiento de Dios. Eso está escrito. Pero cayeron en la idolatría. ¿Cuántos pasos dieron entre haber conocido a Dios y caer en la idolatría? -Un solo paso. Por lo tanto, ¿cuántos pasos requiere pasar de amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas, hasta caer en la idolatría? -Sólo un paso. Por lo tanto, si no amo a Dios de todo el corazón, alma, mente y fuerzas, ¿qué es lo que soy? -Un idólatra.

Es posible que no tenga ante mí ninguna imagen esculpida. Tampoco la tuvieron los rebeldes al principio. Pero tenían una imagen en el sentido de tener un concepto formado en sus mentes, de forma que cuando esculpieron su imagen se trató simplemente de una representación visible de algo que estaba ya en sus mentes. El primer hombre que hizo una imagen tuvo en su mente el concepto de ella antes de darle materialmente forma. Tenía en su mente la concepción de que ese sería su dios, y esa idea precedía al momento de tallarla en piedra o en madera. Por consiguiente, la imagen de piedra que aparecía ante sus ojos no era más que la forma exterior mediante la cual representaba al dios que estaba ya en su mente. ¿Tenía un dios [ajeno] antes de tallar aquella imagen? -Ciertamente. ¿Dónde? -En su corazón.

Entonces dedicó sus imaginaciones a la vanidad. ¿Qué imaginaciones? -Las suyas propias. Aquí tenemos al hombre que imagina algo; luego hace una imagen de lo que tiene en su imaginación y la coloca ante su vista, externamente a él. Imaginar no es más que crear una imagen en la mente. La figura de piedra no es más que la forma tangible de la imagen que hay en su corazón. ¿Dónde se encontraba su primera imagen? -En su mente, en su propia imaginación, en su pensamiento. Ahora bien, ¿quién estaba presente cuando se separó de Dios? -El mismo Satanás. Por consiguiente, ¿de dónde provinieron esos pensamientos? -Exclusivamente de él mismo y de Satanás.

Veis, pues, que la idolatría está en el corazón. El concepto, la imagen, está ya ahí antes de aparecer exteriormente. Tanto si su dios es el sol, la luna o las estrellas, la concepción, la idea, la imaginación, está presente antes de que lo manifieste en su forma externa inclinándose al sol, a la luna o a las estrellas.

Todo cuanto aparece en la idolatría es el reflejo de lo que está en el corazón. Y Dios ha de estar en el corazón, en todo el corazón, alma, mente y fuerzas, o en caso contrario habrá idolatría. No hay terreno neutral.

De hecho, tras el diluvio, cuando el hombre se apartó del verdadero Dios y se fabricó él mismo dioses, lo que hizo fue permitir que esos dioses ocuparan en él el lugar de Dios, mostrando con ello que cuando conocieron a Dios, lo habían reconocido como a su Señor. Cuando amo a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente y con todas mis fuerzas, ¿quién puede únicamente ser mi Dios? -Dios. ¿Quién será mi única autoridad? -Dios. ¿Es Dios capaz de ejercer la auténtica autoridad? -Lo es. Cuando el hombre ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas, no necesita otra ley u autoridad para mantenerlo rectamente en el mundo. ¿Quién lo gobierna? -Dios. ¿Puede Dios gobernar cuando le amamos supremamente? -Sí. Pero cuando el hombre deja a Dios y se entrega a la idolatría, ¿es capaz de gobernarse a sí mismo? -No.

Después del diluvio, mientras conocieron todavía a Dios, lo reconocieron como a su único Rey y Gobernador. No tenían otro Señor. Cuando recién se apartaron de Dios y pusieron en su lugar a otros dioses -me refiero a cuando comenzaron a hacer eso-, permitieron que esos otros dioses ocuparan el puesto de señores. Profesaron que esos dioses eran sus gobernadores. Profesaron que eran sus reyes, de forma que los hombres que ocupaban puestos de autoridad no eran sino representantes de esos dioses, que eran los auténticos reyes.

Encontraréis la evidencia de eso en “Empires of the Bible”, p. 50. Los que siguen, figuran entre los primeros registros encontrados en Babilonia, lugar en el que se originó la raza y en el que ocurrió la confusión de lenguas, lugar en el que la raza olvidó a Dios. Leo:

A Ninridu, su rey, para la preservación de Idadu, virrey de Ridu, el siervo, el deleite de Ninridu.

El gobernador, Idadu, quien dedicó una inscripción a su dios, manifestó no ser más que un virrey de su dios. No se reivindicó como rey. Aquel dios era su rey. Al dios se lo presentó como rey del pueblo, mientras que aquel hombre que ostentaba la autoridad era solamente el virrey o lugarteniente del dios.

Lo anterior muestra que el conocimiento de Dios como legítimo Señor era tan reciente, que nadie se atrevía aún a postularse como rey en su lugar. ¿Comprendéis? Pensad bien en esto: cuando Dios fue el único Señor, era por supuesto también el único Rey; pero cuando le dieron la espalda y tomaron otros dioses, su conocimiento del verdadero Dios era tan reciente, que al poner otros dioses en lugar de Dios y establecer aquellos dioses como sus reyes, un hombre que ostentaba autoridad entre ellos no tuvo el valor de asignarse el título de rey, sino que eligió ser el virrey del dios que habría de ser el dios real. Lo repito: en sus mentes era tan reciente su conocimiento de Dios como único Rey, que nadie se atrevía por entonces a tomar el título de rey. Su recuerdo de Dios como único Rey y Señor tenía la suficiente nitidez como para que cualquier intento humano de atribuirse el título de rey les despertara cierto escrúpulo ante la crudeza de procurar destronar a Dios.

Leeré otra inscripción encontrada en esa misma región, y perteneciente a aquel mismo tiempo:

A Ninip el rey, su rey,        
Gudea virrey de Zirgulla, construida su casa.

A Nana la dama, la espléndida dama.       
La dama de Gudea, virrey de Zirgulla … se levantó
.

(Empires of the Bible, p. 50)

Aquí tenemos a alguien que edificó su casa en honor a su dios. Él se declara virrey de su dios -quien es también el rey-. Ese tal Gudea no pretende ser el rey. Ostenta la autoridad, pero no se considera rey. ¿Quién es el rey? -Su dios. Eso revela nuevamente que en sus mentes estaba tan reciente el conocimiento del verdadero Dios como único Rey, que conservaban aún reparos en abandonar la idea de la regencia de Dios mediante la concesión de ese título a un hombre.

A. F. Ballenger: Ese que ostentaba la autoridad ¿pretendía ser el virrey de su dios, pero no el rey?

-Así es. Todavía no había reyes. No estamos hablando del hombre como rey. Aún no había reyes entre los hombres. Había quienes ocupaban puestos de autoridad. Ciertos hombres gobernaban o señoreaban sobre los demás. Tenían poder, pero no se consideraban reyes. No se los conocía como tales y no osaban tomar el título de rey. ¿Por qué? Porque aún no se habían alejado lo suficiente de la idea del verdadero Dios como el único Rey posible. No tenían la osadía, el maléfico coraje necesario para deshacer la identificación de divinidad con regencia, y poner a alguno de ellos mismos en lugar de Él como rey.

Loa citados figuran entre los registros más antiguos encontrados en esa tierra. Podéis ver que están entre los más tempranos. Pertenecen al tiempo en el que el hombre se abstenía de tomar sobre sí el título de rey y conservaba el recuerdo del Dios verdadero como único Rey.

Pero disponemos de un registro aún más antiguo que los citados, que nos habla de la confusión de lenguas en la torre de Babel. En la página cuatro de “Empires of the Bible” encontráis el relato bíblico de la confusión de las lenguas. Se trata del relato, tal como lo ofrece el pueblo en quien tuvo lugar esa confusión de lenguas. En la Biblia encontráis el relato del Señor acerca de aquel episodio. En esta inscripción grabada sobre ladrillos que quedaron enterrados entre las ruinas de Babilonia y que posteriormente se han descubierto, encontráis el relato tal como ellos lo escribieron. Lo podéis comparar con el que presenta la Biblia en el capítulo once de Génesis y observaréis la coincidencia exacta. Así lo relataron:

Babilonia se entregó corruptamente al pecado y    
pequeños y grandes se mezclaron en el torreón.   

Fundaron todo el día su obra,                               
su fuerte en la noche,                                           
lo completaron hasta el final.                                
Él, airado, derramó su consejo secreto,                 
puso su rostro para dispersarlos,                          
mandó que su habla se hiciera extranjera.             

Se enfrentaron violentamente contra él.                 
Él los vio y descendió a la tierra,                           
cuando no se detuvo.                                           

Lloraron con vehemencia por Babilonia.                
Lloraron mucho
.

Este es uno de los relatos más antiguos de que se dispone. Los citados anteriormente le siguen en antigüedad, pero muestran que hubo un tiempo en el que no había rey entre los hombres; que el hombre que ostentaba la autoridad no asumía el título de rey; que su rey era su dios, y que era tan reciente el concepto del Dios verdadero siendo el Rey, que no se atrevían a declarar rey al que ostentaba la autoridad en la tierra. Pero aun así estaban usurpando demasiada autoridad, a la vista de su reciente concepción acerca del verdadero Dios.

Eso fue antes de Nimrod. Nimrod fue el primero que se atrevió a tomar sobre sí el título de Rey, a la vista y en contra de la idea de que Dios fuera el Rey. Así, leo en la página 50 de “Empires of the Bible”:

Nimrod fue ese hombre intrépido. Su nombre significa rebelión, desprecio arrogante y -según Gesenius- es equivalente a extremadamente impío y rebelde. “Llegó a ser el primer poderoso en la tierra”.

Fue el primero en arrogarse el título de rey, el primero en ejercer autoridad regia y asumir abiertamente el título de rey. Y el significado de su nombre hace honor a lo que él fue para aquellos sobre quienes tuvo dominio.

Ahora daré, no mi declaración, sino la de alguien que es una autoridad en este tema. Dice así:

Con el establecimiento del reino de Nimrod, todo el mundo antiguo entró en una nueva fase. La tradición oriental que considera a este guerrero como el primer hombre en llevar una corona regia, señala un hecho más significativo que la asunción de un nuevo ornamento o vestimenta, e incluso que la conquista de una provincia. Su reino introdujo en el mundo un nuevo sistema de relaciones entre el gobernador y los gobernados. La autoridad de los gobernadores que lo precedieron descansaba en un sentido de parentesco, y la influencia del jefe era una extensión del cuidado parental. Nimrod, en contraste, era un soberano territorial tan distante como sus habitantes pudieran estarlo, y ajeno a todo vínculo personal. Hasta entonces habían existido tribus: familias ampliadas, sociedad. Ahora aparecía la nación, la comunidad política: el Estado. La historia política y social del mundo sería a partir de entonces distinta, cuando no divergente. -Empires of the Bible, p. 51.

Por consiguiente, ¿cuál fue el origen del Estado?

 

 

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