General Conference Bulletin, 1897

Misioneros de Dios, nº 2

(tarde del miércoles 3 de marzo de 1897)

A. T. Jones

 

Anoche terminamos la lección señalando el primer Estado conocido en la historia; realmente, el origen de los Estados. La Escritura dice del reino de Nimrod:

Fueron cabeceras de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, ciudades en la tierra de Sinar. De esta tierra salió para Asiria, y edificó Nínive

Nimrod comenzó su reino en Sinar, y lo extendió hasta Asiria. No sólo fue un poderoso cazador de animales, sino también un perseguidor de hombres. El poder que adquirió mediante el establecimiento y extensión de su reino, lo ejerció para compeler a que se reconociera su poder y el dios al cual servía. Así, desde el primer Estado que existió en el mundo hasta el último que pueda haber, todos y cada uno de ellos han ejercido el poder que tenían en contra de Dios.

Repito la idea: todo estado, desde el primero que hubo -el de Nimrod- hasta el último que vaya a existir -éste-, ha empleado su poder en contra de Dios, de su verdad y de su pueblo, forzándolo a que se aparte de Dios. Tal es el registro de cada uno de ellos, de principio a final. Cuando el mundo termine, habrá dejado un registro de sus reinos y estados.

Reproduzco una cita de la primera página de un artículo de la Review del 14 de abril de 1896:

[el archiengañador] sedujo al pueblo para que se inclinara ante los ídolos con el fin de alcanzar la supremacía en los reinos terrenales. Pensaba que ser el dios de este mundo era el primer paso que lo conduciría a ganar posesión del trono de Dios en el cielo

En la historia que consideramos en la última lección podéis ver en acción esa maquinación que el Espíritu de profecía desvela. El hombre cayó primeramente en la idolatría, y después en la monarquía; y el primero que procedió de ese modo, el primero que creó un Estado, fue él mismo un perseguidor de los hombres valiéndose del poder que había conseguido de ese modo. Eso es historia. Podréis verla desarrollándose en otras naciones a medida que avancemos en el estudio.

No pasó mucho tiempo desde que apareció Nimrod hasta que en aquella tierra olvidaron todos a Dios, con la excepción de Abraham. Sólo él busco y encontró a Dios, y a través de Abraham Dios suscitó de nuevo una raza según el camino del Señor. Ved lo que Dios dijo a Abraham. A la luz de lo que hemos estudiado, de lo que vimos en la pasada lección y de lo que acabamos de señalar, considerad lo que Dios dijo a Abraham cuando comenzó con él una nueva nación, una nación de Dios. Génesis 12:1 nos presenta lo que “Jehová había dicho a Abram” al principio:

Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré

Dios dijo a Abram que tenía que dejar tres cosas. ¿Cuál fue la primera? -Su tierra. ¿La segunda? -Su parentela. ¿La tercera? -La casa de su padre. En la casa de su padre eran idólatras [Josué 24:2]. En su tierra se forzaba a las personas a la idolatría; eran contrarios a Dios. Su tierra, su parentela y la casa de su padre eran idolátricas, y en consecuencia debía abandonar las tres. El Señor le mostró la tierra a la que debía ir. Ahora bien, ¿le dio posesión de ella? -No, “ni aun para asentar un pie”. Cuando Dios lo llamó a salir de aquella tierra, ¿le dio otra tierra en posesión? -No, “pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él”. Por consiguiente, siendo que Dios le había dicho que abandonara su tierra, pero no le dio otra tierra, ¿cuál fue la condición en la que dejó a Abraham?

(Congregación): Extranjero y peregrino.

¿Significa eso que el representante de Dios en esta tierra quedó absolutamente sin patria en este mundo? -Sí, y anhelaba una patria mejor, esto es, la celestial.

Veámoslo en Hebreos 11, versículo 8:

Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba

¿De dónde salió? -De su tierra, sin saber dónde tenía que ir.

Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, habitando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa

Sabéis que

no le dio herencia en ella ni aun para asentar un pie, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él [Hech 7:5]

Lo sacó de su propia tierra, y no le dio ninguna otra tierra aquí, ni siquiera la pequeña extensión de terreno que pisaban sus pies. Quedó, por lo tanto, absolutamente apátrida en este mundo. De eso no hay duda, pero recordad lo que Dios dijo. ¿Quién era Abraham ya por aquel tiempo? –“Amigo de Dios” [Sant 2:23], el “padre de todos los creyentes”. ¿Es Dios vuestro padre? ¿Tenéis vuestra patria en este mundo?

Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido. Por lo cual también, de uno, y ese ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, como la arena innumerable que está a la orilla del mar. En la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido [Heb 11:10-13]

¿Qué le prometió Dios cuando lo sacó de su patria? ¿Le prometió un país? -Sí, pero no un país en este mundo,

sino mirándolo de lejos, creyéndolo y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria

¿Puede alguien buscar una patria cuando ya tiene una? -No; nadie puede tener dos patrias, más de lo que puede servir a dos señores.

Alguien dirá: es cierto que a Abraham se le hizo salir de su país, pero siempre pudo regresar a él de haberlo querido así. Si Abraham hubiese considerado que su tierra natal era todavía su patria, cuando sobrevino aquella hambre, encontrándose a 1.500 km de distancia, en caso de haber sentido añoranza por su tierra, podría muy bien haberse dicho: ‘Voy a ir a visitar a los amigos una vez más, a ver mis queridas llanuras y las entrañables palmeras. Si puedo hacer ese viaje, no me importará regresar y quedar aquí por un tiempo’. Si hubiera pensado de ese modo, habría regresado, ya que está escrito:

Si hubieran estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver

Si sus mentes hubieran estado puestas en aquel país del que salieron, tenían la oportunidad de regresar a él, y en tal caso lo habrían hecho así.

Pero anhelaban una [patria] mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos, porque les ha preparado una ciudad

¿Habéis salido ya de vuestro país? Leamos Romanos 4:1-12:

¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Si Abraham hubiera sido justificado por las obras, tendría de qué gloriarse, pero no ante Dios, pues ¿qué dice la Escritura? -Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia. Pero al que trabaja no se le cuenta el salario como un regalo, sino como deuda; pero al que no trabaja, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Por eso también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de pecado”. ¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia. ¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la incircuncisión? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión. Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo cuando aún no había sido circuncidado, para que fuera padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado

Esa fe que tuvo nuestro padre Abraham incluso antes de ser circuncidado, era la que tuvo cuando Dios lo llamó a salir de su país, de su parentela y de la casa de su padre: salió quedando en las manos de Dios, sin patria en el mundo. Abraham es el padre de todos los que creen -aunque no estén circuncidados-, a condición de que sigan en los pasos de esa fe que él tuvo estando aún incircunciso.

Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente descendientes de Abraham sois, y herederos según la promesa [Gál. 3:29]

Ten por cierto que tu descendencia habitará en tierra ajena [Gén 15:13]

¿Sois su simiente? ¿Sois la simiente de Abraham por creer en Jesucristo? ¿Sois extranjeros y peregrinos en el país en el que ahora vivís? -Lo sois, en caso de ser simiente de Abraham. ¿Por qué? -Porque este no es vuestro país. Ya no lo es más.

Eso no es teoría, sino religión cotidiana y práctica. Ayer, el hermano Dan Jones, ¿recordáis?, nos habló acerca de misioneros dirigiéndose a Méjico; pedía misioneros que fueran allí y llevaran sus corazones con ellos. Los que dejaran sus corazones en Estados Unidos o en el país que fuera, mientras se dirigían a su destino misionero, no los quería en esa obra, pues en ese caso es imposible hacer obra misionera.

El Señor quería que Abraham fuera a partir de entonces un misionero ante cualquier pueblo con el que se encontrara en la tierra, y eso es lo que fue. Pero Dios sabía, y todo el que ve las cosas tal como las ve el Señor, sabe, que nadie puede ser un misionero en este mundo mientras tenga una patria en este mundo. Si nuestro país es América, vosotros y yo no podemos ser misioneros en ningún otro país. Tampoco podemos ser misioneros en América por tanto tiempo como nuestro país sea América. Ni siquiera en vuestra propia casa podéis ser misioneros, si es que antes no habéis abandonado vuestro país. Eso es así en su misma esencia.

Pregunta: ¿Cómo se logra eso?

No podemos lograrlo. No propongo que lo logremos. El Señor lo ha logrado ya, y vosotros y yo debemos recibirlo y creerlo.

¿Con qué propósito somos misioneros en el mundo? Estudiémoslo. ¿Para qué se nos envía como misioneros? ¿De qué somos misioneros? ¿Cuál es nuestra misión? ¿Cuál es el objeto buscado? ¿Somos misioneros de América, o somos misioneros de Dios? ¿Es América el país de Dios, independientemente de los demás países de la tierra? Ser el país de Dios no basta. Por bueno que eso sea, no basta para el pueblo de Dios.

Se espera que vosotros y yo seamos misioneros para Dios; que dirijamos a las personas hacia Dios; que las llamemos del sitio en donde están a que vayan a Dios, del pecado a la justicia, de las tinieblas a la luz, del país en el que ahora están al país mejor que Dios ha preparado.

Si mi país es Alemania, mi corazón estará allí. En tal caso, ¿cómo podré llamar a las personas a un país [celestial] al que no pertenezco, a un país que no es el mío? Si mi país es América, ¿cómo puedo hacer obra misionera en favor de otro país? -Es imposible. Cuando Dios quiso que Abraham fuera su misionero, un misionero en favor del país al que Dios llama a su pueblo, lo puso allí donde podía ser verdaderamente un misionero para todos los pueblos. Dios lo llamó a ser misionero, y en ello dejó un ejemplo para todos los que vinieran después, de lo que significa comenzar a hacer obra misionera. Lo primero es salir de vuestro país. Así, si habéis de ser misioneros en Nebraska, salid de vuestro país. Si lo habéis de ser en Méjico, salid primeramente de vuestro país. Si es que habéis de ser misioneros en la tierra, el Señor os dice: “Vete de tu tierra”, y luego sigue diciéndoos: “de tu parentela y de la casa de tu padre”. Todas esas cosas son un obstáculo para la obra misionera hasta tanto no las hayáis abandonado y os hayáis alejado de ellas. Pero una vez que habéis dejado vuestro país, vuestra parentela y la casa de vuestro padre, entonces, estéis donde estéis en la tierra, sois misioneros. No tenéis que serlo, sino que lo sois.

Cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo [Luc 14:33]

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí [Mat 10:37]

Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré

Hace un momento he dicho, y vuelvo a repetir, que eso es cristianismo práctico cotidiano tal como lo ha sido siempre para quienes creen en Dios.

(Una voz): ¿Cómo puede alguien estar en Nebraska y salir de su país?

Naciendo de nuevo. Si nació en Nebraska, tiene que nacer de nuevo. Quien nació en América, que nazca de nuevo, y habrá salido de su país. Si nació en Alemania, que nazca de nuevo y habrá salido de su país.

Hermanos, en esto hay mucho implicado. Nada en este mundo ha obstaculizado tanto nuestra obra misionera como ese ir a un campo extranjero de labor con la previsión de regresar casi inmediatamente. Entre los misioneros adventistas del séptimo día, todos conocen el hecho. Y no hace falta alejarse de Estados Unidos para encontrarlo. De hecho, se ha llegado a sugerir que sería una buena idea enviar un segundo barco para traer a casa a los misioneros que lleva el “Pitcairn”. ¡Cuando el “Pitcairn” los lleva, que otro barco le siga al poco tiempo, de forma que cuando sientan añoranza los traiga de regreso a casa! Habremos de poner fin a eso, o no seremos nunca misioneros en esta tierra. El Señor no quiere algo así.

Si vuestro corazón está en este país, si está aquí con vuestra parentela, si está con la casa de vuestro padre, por el bien de vuestra alma y por el bien de la causa de Dios, no salgáis de aquí hasta que saquéis a vuestro corazón de todo eso. Donde esté vuestro corazón estará vuestro tesoro, y querréis regresar lo ante posible.

Si vais a otro país sin que vuestro corazón esté allí, no podréis hacer ningún bien en ese lugar; seréis un estorbo para vosotros mismos y para quienes os rodeen. No alberguéis la esperanza de que no vaya a ser así, porque lo será.

Se impone que sepamos dónde está nuestra casa, nuestra auténtica casa. Y hemos de saber que no está en ninguna parte de esta tierra, sino que está en el cielo al que pronto hemos de ir. Entonces, sin importar dónde se nos llame a ir en esta tierra, tened presente que vais a vuestra casa. Si es a las islas del Mar del Sur o si es a Méjico, estaréis en casa, y vais allí a estar en casa y a trabajar para Dios allí donde estáis, hasta que os llame a otro campo. Y una vez que hayáis llegado a vuestro nuevo destino, seguiréis estando en casa. De esa forma no estaréis nunca en un lugar extraño, y las personas no serán extranjeras para vosotros.

Esa idea de tener un país en este mundo, funciona así: en relación con los países, el que consideréis vuestro país será el que lidere en vuestra mente, y si vais a otro país estaréis haciendo constantemente comparaciones entre el país destino y el vuestro. Las lecciones que deis, los sermones que prediquéis, la influencia misma que os acompaña, estará de tal forma condicionada por esa idea -de manera inconsciente para vosotros-, que la gente la reconocerá todo el tiempo. Habrá entonces una barrera entre vosotros y ellos, que no podréis jamás evitar hasta no haber salido de aquel destino.

Por tanto tiempo como eso esté en vosotros, habrá un barrera entre ambos. Vuestra obra no puede ser eficaz hasta que esa barrera entre vosotros y los demás sea derribada, y ellos vean que os habéis separado de vuestro país, de vuestra parentela y de la casa de vuestro padre. Pero si habéis salido realmente de vuestro país una vez que habéis nacido de nuevo, ya sois nativos de esa patria celestial; allí está vuestra casa, y esa es la única tierra que ocupa vuestro corazón. Entonces no habrá barrera entre vosotros y cualquier otro en esta tierra, y podréis llevar el evangelio a todo hombre en este mundo. Encontraréis a un amigo en todo aquel a quién conozcáis en esta tierra. No será un extraño para vosotros.

De hecho, podéis mezclaros con personas de otros países y comprobaréis que son tan bondadosas como las de aquí. Este verano hizo un año que me encontraba en algunos de estos otros países: Dinamarca, Noruega, Suecia, Alemania, Suiza, Bohemia, Austria, Hungría, Bulgaria, Turquía, Grecia, Italia, Holanda, Inglaterra, Irlanda y Escocia. En total, dieciséis países diferentes. En cada uno de ellos me encontré tan bien como jamás me haya encontrado en este.

Son similares en muchos aspectos. El agua es agua en todos los sitios. La hierba crece de igual modo que en este país. Los árboles crecen exactamente de la misma forma, y tienen la misma apariencia. Hasta los seres humanos tienen una forma y apariencia general similar a la de los de aquí. Siendo que las colinas, las rocas, el agua, los árboles, la hierba y la gente son precisamente como en este país, ¿qué tendría de extraño que sean tan buenos como los de este país? Soy incapaz de encontrar la diferencia que sea.

Pastor Ballenger: ¿Se sentiría tan libre de hablar de esas cosas en todos esos países, como se siente aquí?

Ciertamente. Prediqué estas mismas cosas en esos países. Uno puede predicar el evangelio en cualquier parte. Hermanos, encuentro buena gente a cada paso del camino, y nada más que buena gente. No encontré otra cosa distinta. Sinceramente, fue así. Personas que me eran perfectamente desconocidas y cuyo lenguaje no podía entender -como tampoco ellas el mío- estaban dispuestas a hacer cuanto les era posible para ayudarme de la forma que fuera. En los lugares en los que estuve, el dinero que tenía en mi cartera era como el de ellos. Yo no podía leer las inscripciones en el suyo. Cuando tenía que pagar un pasaje, comprar un billete para el tren o cosas similares, todo cuanto podía hacer era darles lo suficiente como para que no faltara, y permitir que ellos tomaran lo que yo debía por ese servicio, cosa que hacían sin tomar más de lo debido, y devolviéndome el cambio justo.

Os digo, hermanos, que la raza humana es igual en cualquier lugar. La única diferencia es que en algunos sitios son discretamente mejores que en otros. Es la única diferencia que pude apreciar. Y el evangelio es el mismo, como bien sabemos, en cualquier parte del mundo. Eso es indiscutible. Y siendo así, le es ofrecido a toda la humanidad. Siendo la humanidad tan similar como lo es el evangelio, cuando abordáis el evangelio según el camino del Señor, veréis que produce los mismos resultados en cualquier tiempo y lugar.

Cuando estuve en Dinamarca me pareció realmente el mejor país del mundo. ¡Cuánto disfruté estando rodeado de su gente! Lo mismo me sucedió en Noruega y en Turquía. Si pudiera elegir un destino misionero, ese sería Turquía. Los turcos son como los demás, inteligentes y caballerosos cuando os cruzáis con ellos por la calle o en los caminos por todo el país.

Estando de camino para visitar las ruinas de Éfeso, el hermano Holser y yo tuvimos que esperar mientras el barco permanecía anclado en Esmirna, Asia. Él llegó más lejos que yo, pero ambos nos adentramos unos diez kilómetros en el país. Lo hicimos de la misma forma en que aquí vais al campo. Nos encontramos gente por el camino, lo mismo que aquí. En ningún momento sentí la amenaza del peligro que fuera, y no creo que él lo sintiera. Nada nos intimidó o atemorizó. Nos paseamos por allí tal como lo habríamos hecho aquí. Fuimos a Nicomedia en un momento en que los armenios habían advertido que no era seguro salir de casa, y menos aún pasearse por las colinas, pero eso fue precisamente lo que hicimos mientras esperábamos a los coches. Nos cruzamos con turcos en el camino, con sus carros de bueyes; los vimos tomándose descansos en el camino. No sentimos temor alguno. No tuvimos sensación de peligro y nos sentimos seguros en todo momento.

Os aseguro que cada uno de esos países está poblado de buena gente, gente sabia y amable, gente acogedora. Interrumpen su ocupación para haceros un favor, para indicaros el camino, para guiaros por una calle, para acompañaros uno o dos bloques de casas y señalaros el camino a pesar de no haberos visto nunca antes y de no esperar veros de nuevo. Mi corazón estaba lleno de simpatía hacia aquellos huéspedes amigables, y sentía el anhelo de que pudieran acompañarnos hacia ese mejor país en donde pudiéramos habitar juntos y dispensarnos atenciones unos a otros todo el tiempo. Tal como os he dicho anteriormente, y tal como os dijo ayer D. T. Jones, eso está en la base de la labor misionera. Consiste en eso. Algunos han sido enviados voluntariamente a un país lejano, con alegría por ir a una misión en el extranjero. Así fue como comenzaron y esas eran sus expectativas; fueron allí con gran sacrificio. Pero al poco tiempo escribieron una carta rogando regresar. “¡Permitidme regresar! No os pido que me paguéis el viaje de retorno a casa; sólo que me dejéis volver”.

(Voz): ¿Concede el Comité para las Misiones en el Extranjero la oportunidad de regresar a los tales?

Por supuesto. ¿Cómo podría negarse? Hermanos, lo que os he referido no son situaciones imaginarias, sino reales. Pero eso no es labor misionera. Evidentemente, el Comité para las Misiones en el Extranjero no está interesado en que tales personas permanezcan allí. Lo mejor que puede hacer es permitirles regresar, ya que el único lugar en el que pueden efectuar alguna labor es en casa. Su corazón estaba en su casa en América.

De hecho, algunos desarrollaron un temor tan grande a morir si permanecían allí, que regresaron y murieron. Eso ha sucedido. No estoy exagerando al deciros eso, no estoy utilizando lenguaje dramático con el objeto de despertar vuestras emociones o algo parecido. Algunos desarrollaron una añoranza tal, que temieron ser incapaces de vivir allá, de forma que regresaron tras haberlo solicitado, y al poco tiempo fallecieron. Es difícil imaginar que les hubiese ido mejor en caso de haber permanecido allí.

Sé, y vosotros lo sabéis también, que algunos fueron a las misiones en el extranjero planteándoselo más bien como una excursión que como sacrificada labor misionera. Y cuando al final del viaje encontraron que no se trataba de una excursión agradable, sino de penurias y privaciones; cuando vieron que significaba negación del yo, fiebre y enfermedad, eso hizo decaer en muy poco tiempo toda noción de aventura agradable. Aquella realidad no era lo que tuvieron en mente al partir.

Todos sabemos que al principio hay una especie de aureola en torno a la idea de la obra misionera. Pero es bueno atenerse a los hechos, trascender a la aureola y recordar que se trata de ardua labor. Hay algo romántico en el hecho de salir en tren o en barco entre multitudes, con gran parafernalia y recibiendo la honra por ser pioneros en el inicio de una misión. Por descontado que todo eso está muy bien, pero los que aceptan ese destino han de estar seguros de que sus mentes y corazones se fundamentan en algo más sólido que eso. Mientras los hermanaos los escoltan al partir en tren o en barco, y derraman lágrimas de despedida, cada uno de esos misioneros hará bien en tener presente que más allá de todo eso les esperan penas y privaciones, perplejidades, peligro y enfermedad.

Recuerden también que no sólo habrán de hacer frente a todas esas cosas, sino que habrán de convivir con ellas y no temer a la muerte. Que cada uno que sale con ese destino esté seguro de haber muerto antes de comenzar, y entonces no tendrá miedo a la muerte una vez que se encuentre allí. Pero si no habéis muerto, no comencéis, ya que de otra forma no haréis ningún bien a vosotros ni a la causa. No seréis más que una carga para los que están allí, si es que hay allí alguien que sea fiel antes de vuestra llegada.

Esa es la verdad, y lo sabéis bien. ¿Por qué debiéramos permitirnos perderla de vista? Ese reconocimiento ha venido siendo necesario todos estos años en nuestra obra. Se habría podido ahorrar una buena cantidad de dinero si antes de partir se les hubiera insistido en lo que he señalado. Se habrían evitado grandes errores y mucha miseria, si se hubiera instruido y explicado a los obreros al propósito antes de su partida.

Como he dicho hace un momento, si habéis muerto realmente antes de partir y mientras estáis allí, no os inquietará gran cosa la expectativa de ver amenazada vuestra vida. No habéis de concluir que vais a morir por el hecho de estar enfermos, muy enfermos, consumidos por la fiebre. No habéis de pensar que, puesto que estáis amenazados de muerte, tenéis que regresar a casa tan pronto como os recuperéis de eso, o estéis en disposición de intentarlo.

Conozco a misioneros -quizá también vosotros-, tengo en mente a uno en particular junto a su esposa, que fue a una misión en el extranjero. Ambos eran jóvenes. Creo que ninguno de ellos superaba los veintitrés años de edad. Llegaron a su destino y entraron en su campo de labor. Pasando el tiempo, enfermaron. La esposa fue la primera en resultar afectada por una enfermedad febril local, y enfermó de gravedad. Pero por más enfermos que estuvieron, ninguno de ellos añoró regresar, sino que se mantuvieron valientemente. El esposo la cuidó a ella en su enfermedad, y tan pronto como ella comenzó a poder sentarse o ponerse de pie, cayó enfermo el marido con la misma severidad que ella, quien, a pesar de su débil condición, cuidó de él. Pero gracias al Señor, ambos se mantuvieron como cristianos valientes. Siguen estando aún en el campo misionero y están cosechando éxitos desde el día en que llegaron. Ese ha de ser nuestro ideal.

No estoy diciendo que no debió regresar ninguno de los que fueron enviados. No pretendo que ninguno de ellos debiera haber regresado inmediatamente después de llegar al campo misionero. Lo que digo es que debieron asegurarse antes de partir, sea que regresaran o que no lo hicieran.

El hecho de que el Comité para las Misiones en el Extranjero considere que puedes ser un buen misionero, no es evidencia suficiente para que te dispongas a ir a una misión en el extranjero. Debes conocer por ti mismo que Dios te llama a ir allí, y que vas allí porque Dios te llama a ese destino. En tal caso, cuando vayas, lo harás porque Dios te llama, y sabrás que él está contigo al ir allá. Entonces no cederás al pánico ante las dificultades, no te desanimarás por las penurias; no abandonarás debido a la enfermedad ni siquiera ante la perspectiva de la muerte.

Tratándose del hecho literal de sufrir la muerte física, el que salgas corriendo y te escapes puede equivaler a deserción. Vosotros y yo, todo cristiano, y especialmente todo adventista del séptimo día -puesto que se trata de experiencia cristiana- se debe atener a este principio: que la obra del cristiano no cesa cuando se produce su muerte física. Si es fiel a su obra mientras vive, y muere en su puesto, sus obras siguen con él tras su muerte.

Eso es un hecho. Si respondes al llamado de Dios, si vas de forma que Dios vaya contigo y sufres la muerte antes que abandonar, si eres el tipo de misionero al que Dios llama -como fue el caso con Abraham-, has de saber por ti mismo ante Dios, bajo y Dios y con Dios, que esa es su voluntad respecto de ti.

El que hoy sientas una convicción de que tienes que ir como misionero no es una evidencia de que tengas que partir a ese campo de labor al terminar estas conferencias. Si tu convicción es buena y verdadera, perdurará. En caso de no tratarse de una convicción válida, no debiera continuar. Debiera decaer lo antes posible. Y si tal convicción permanece contigo por un tiempo para desvanecerse después, es mucho mejor que lo haga ahora, que una vez te encuentres en el campo misionero.

Si tu convicción viene del Señor, es válida y perdurará. Durante veinte años David tuvo la convicción de que habría de ser rey de Israel. Pero de forma alguna estuvo ansioso o impaciente porque llegara el momento de su investidura. No procuró provocar o adelantar ese momento. En las ocasiones en que tal cosa estuvo a su alcance, no movió un dedo para llegar al trono. Su convicción era lo suficientemente firme como para perdurar veinte años, y una vez que el Señor lo hubo probado y pudo confiar en él, lo puso él mismo en el trono.

Así, puedes tener una convicción referida a cierto campo en la obra. Puede venir de Dios. Pero aun siendo así, no procures llevarla adelante según tus planes, sea que el Comité crea o no en ella. Espera en Dios y permítele que él haga saber a otros que es así. Cuando esperamos en Dios de ese modo, el Señor vendrá con nosotros cuando vayamos, y lo sabremos. Estará con nosotros allí, y lo sabremos. Aquel es nuestro puesto, y allí permaneceremos hasta que él nos llame a otro lugar. Si él te ha empleado de forma efectiva el máximo tiempo posible en vida, pero puede emplear mejor tu influencia tras haber fallecido, lo que se espera de ti es que pases al descanso como un cristiano feliz, en la seguridad de que Dios prosperará tu obra después de tu muerte. La convicción que Dios puso en otros corazones mediante tu obra mientras vivías y les hablabas, se hará más profunda, se fortalecerá y se reavivará mediante tu buen ejemplo una vez hayas pasado al descanso, y mediante ella serán llevados a Jesucristo.

¿Estás deseoso de que Dios predique el evangelio mediante tu muerte, tanto como mediante tu vida? ¿Estás dispuesto a que predique el evangelio mediante ti, físicamente muerto -en la tumba- tan ciertamente como te prestas a que lo predique a través tuyo mientras vives y te mueves sobre el terreno? Si no es así, no estás preparado para ir a una misión.

Ahora quisiera leer eso mismo de las Escrituras. Buscad el primer capítulo de Filipenses. Tenemos ahí un ejemplo de ese misionero al que Dios llamó, un modelo para que lo sigáis, un ejemplo para todos los que creerían posteriormente en Jesucristo para vida eterna. Recordáis los sufrimientos de Pablo, sus vicisitudes, persecuciones, azotes, peligros por doquier, y sabéis que no desertó de ningún lugar en el que estuvo.

Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han contribuido más bien al progreso del evangelio, de tal manera que en todo el pretorio y entre todos los demás se ha hecho evidente que estoy preso por causa de Cristo (vers. 12-13)

Cuando eso se escribió, él desconocía cuál sería el día en que se llevaría a cabo el decreto del emperador y sería ejecutado. Pablo lo estaba esperando. Pensad ahora en todo lo que tuvo que soportar: pruebas, privaciones, persecuciones, azotes, peligros, robos y en cierta ocasión su apedreamiento, ser dado por muerto y arrastrado fuera de la ciudad. Ahora dice: ‘Quiero que comprendáis que todo eso ha significado un avance para el evangelio’. ¿Qué hacía Dios mediante cada uno de esos sufrimientos, pruebas y peligros? -Estaba predicando el evangelio mediante el hombre, de forma que cuando lo apedrearon y arrastraron fuera de la ciudad, abandonándolo por creer que había muerto, el Espíritu Santo de Dios estaba fijando en sus corazones el sello de su verdad a propósito de que aquel hombre pertenecía a Dios y de que el mensaje que les estaba dando venía de Dios, de forma que si se rebelaban contra él, su perdición quedaba sellada; pero si se sometían a él, estaban salvos.

Eso es lo que Dios ha de hacer a través nuestro. El único motivo por el que estamos en el mundo es para que Dios pueda predicar el evangelio mediante nosotros. No tanto haciéndolo nosotros, como haciéndolo Dios por nosotros, sea mediante la palabra o bien mediante la influencia. Dios puede efectuarlo de ambas formas por igual. Él pondrá evangelio en nuestra influencia, tanto como en nuestras palabras. Estamos siempre predicando mediante nuestra influencia, tanto como mediante nuestras palabras.

Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor.         
Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y rivalidad; pero otros lo hacen de buena voluntad. Los unos anuncian a Cristo por rivalidad, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones; pero los otros por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio. ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo y me gozaré siempre, porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, tanto si vivo como si muero
(vers. 14-20).

¿No está acaso escrito, por lo tanto, que Dios puede usar la muerte de un hombre para magnificar el evangelio y la gloria de Jesucristo? ¿Estáis dispuestos a que lo haga mediante vosotros, si es que lo puede efectuar mejor por vuestra muerte que por vuestra vida? Muertos ciertamente, pero vivos para él. Veis que en ese verdadero sentido, el cristiano nunca muere.

Para él todos viven [Luc 20:38]

Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos [Rom 14:8]

¿Lo sois vosotros? Si sois del Señor mientras vivís, lo sois igualmente tras haber muerto. Y tan ciertamente como Dios os emplea mientras estáis vivos para predicar el evangelio, lo seguirá haciendo una vez muertos, de forma que vuestra obra no cesará con vuestra muerte. Tan ciertamente como la vuestra es la obra de Cristo mientras vivís, continuará cuando hayáis muerto. Vuestra influencia continuará, y Dios obrará mediante vosotros tras vuestra muerte, de una forma en que no habría podido hacer mientras vivíais.

Pablo sabía que tenía que morir. Él lo esperaba, y a la vista de ello, ¿cuál era su actitud todo el tiempo?

En esto me gozo y me gozaré siempre [Fil. 1:18]

Ved el versículo diecisiete del siguiente capítulo:

Aunque sea derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros

¿Qué significa eso? -Que estaba esperando diariamente ser ofrecido como un sacrificio por la fe de Jesucristo. ¿Cómo reaccionaba ante eso?

Me gozo y regocijo con todos vosotros

¿Qué se esperaba que hicieran ellos?

Asimismo, gozaos y regocijaos también vosotros conmigo [vers. 18]

¿Esperaba Pablo que los filipenses se alegraran con él, en vista de que iba a ser decapitado? -Sí; tal es el caso. Hermanos, cuando nos atenemos al hecho de que la obra del cristiano no cesa con su muerte, no nos preocupará tanto tener que dar el pésame y hacer manifestaciones de simpatía cuando alguien fallece. Podemos dar gracias al Señor porque, aunque falleció, su obra continúa. Alegraos por ello; no porque haya fallecido, sino porque su obra continúa; porque Dios lo está usando más eficazmente de ese modo, que si estuviera vivo.

Por lo tanto, que Dios venga y ocupe todo el lugar, de forma que amemos a Dios con todo el corazón, el alma, la mente y con todas nuestras fuerzas. En eso consiste ser un misionero.

Y a fin de ser ese tipo de misionero, lo primero de todo es:

Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que yo te mostraré

 

 

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