General Conference Bulletin, 1897

La apostasía de Israel, nº 5

(tarde del domingo 7 de marzo de 1897)

A. T. Jones

 

En la última reunión os dije que hasta una época reciente no había visto una reproducción de los diez mandamientos publicada por los adventistas -con excepción de la propia Biblia- que fuera tal como Dios la pronunció. Me alegra que haya llegado el tiempo en que la Iglesia Adventista del Séptimo Día pueda disponer de reproducciones de la ley de Dios tal como él la dio. Me alegra que el hermano Howe haya publicado ejemplares de la ley de Dios, tal como Dios la dio. Ojalá que no se nos pueda hacer la misma acusación que a los demás, de que al presentar la ley de Dios a la gente dejamos fuera alguna parte de ella.

Podéis ver claramente que el primero que hizo una reproducción de la ley de Dios que casi todos los demás usan, fue un egipcio. La ley dice así:

Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre

Pero se dijo a sí mismo: ‘Eso no se me aplica, ni a nadie que esté vivo hoy, dado que nunca hemos sido rescatados de Egipto. Sólo es válido para los judíos’. En consecuencia, dejó eso fuera e imprimió el resto de la ley, presentando al mundo una copia mutilada de la ley que el propio Señor había dado. Eso dio la impresión de que el único documento que el Señor proclamó desde el cielo, comenzaba sin declarar quién era su autor; sin siquiera presentarse, sino directamente con una orden inespecífica e indefinida al efecto de que “no tendrás dioses ajenos delante de mí”. Era inevitable la pregunta: ¿Quién eres? ¿Quién habla de ese modo? Pero cuando se toma la ley tal cual es, Dios especifica quién es el que habla.

Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre

Ahí se especifica quién es el que habla: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, que soy poderoso para redimirte “de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre”.

Hay otro pensamiento importante en relación con esto: cuando se imprime la ley excluyendo la introducción que el propio Señor pronunció, como sucede a menudo en las láminas y estampas, suele ser necesario incluir el encabezado: “La ley de Dios”. Eso muestra que hay conciencia de la necesidad de aportar algún tipo de certificación relativa a quién es el autor de esa ley y quién pronunció esos mandamientos. Y en reconocimiento de esa necesidad, los hombres añaden en la cabecera de la ley de Dios su certificado de que se trata de la ley de Dios.

Pero si se limitaran simplemente a imprimir la ley tal como la dio el Señor, dispondrían del certificado del propio Señor de que se trata de la ley de Dios, y de que es él mismo quien pronuncia esos mandamientos:

Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí…

Y al disponer del certificado del propio Señor de que se trata de su ley, no habrá necesidad alguna del certificado humano que sea.

¿No es mejor que el propio Dios certifique que se trata de su ley, a que lo haga el hombre que sea, o todos los hombres juntos? Cuando el hombre excluye el certificado del propio Señor de que se trata de su ley, y pone en su lugar su propio certificado, ¿cabe imaginar un ejemplo más claro de ponerse el hombre en el lugar de Dios? Desechemos esa burda usurpación; tomemos la santa ley tal como la pronunció y escribió su santo Autor:

Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre

Amén. Así sea.

Cuando se respeta íntegramente todo lo que el Señor habló, la ley de Dios presenta al mundo, tanto al Redentor como al Creador. Dice a todos los hombres que el que es Autor de la ley, el mismo que llama al hombre a observarla, es tanto el Redentor como el Creador. La propia ley lo muestra. Habiendo dejado fuera la parte que revela al Redentor, no tiene nada de extraño que los hombres estén prestos a dejar fuera también la parte que lo revela como Creador del hombre. Satanás siempre quiso deshacerse de la ley y ocultar al hombre la importancia que tiene. Comenzó por excluir al Redentor, y ahora termina por dejar fuera también al Creador. Pero el Señor quiere que sepamos que es él quien nos ha liberado de Egipto, de forma que seamos capaces de ver a ambos: el Redentor y el Creador, en la ley que él dio para el hombre.

Otro punto: cuando podemos ver -y vemos- que Isael, al poseer la tierra, no entró de forma alguna en la tierra que el Señor tenía dispuesta para ellos, sino que la perdió totalmente, podemos comprender que Moisés quedó chasqueado por no poder llegar a ella. Algunos piensan que Israel entró en la tierra que el Señor tenía preparada para ellos, y que era exactamente allí donde el Señor se proponía llevarlos; entonces, al ver que Moisés murió y fue al cielo, concluyen que al fin y al cabo Moisés se llevó la mejor parte, y que no es mucha desgracia que fuera privado de la tierra para ir al cielo.

Pero cuando comprendemos que el Señor quería llevarlo a su santa morada, al lugar que él hizo para su propia habitación, al santuario que sus manos habían establecido, podemos ver que significó un chasco incluso para Moisés, el morir y ser llevado al cielo sin haber entrado en aquella tierra. Cuando pudo ver que su pecado tuvo algo que ver con que Israel dejara de entrar en la bendita tierra de la promesa; cuando pudo ver que Israel perdió lo que el Señor tenía para él; cuando divisó la tierra gloriosa desde el monte Nebo, y se vio obligado a contemplar las prolongadas edades de vagar, de apostasía y de angustia por las que habría de atravesar la causa y el pueblo de Dios, viendo que él había tenido aunque fuera una pequeña contribución a ese largo y penoso vagar, es fácil imaginar el gran chasco que debió representar para él no entrar a poseer la tierra -sin pasar por la muerte-, incluso si tras morir fue levantado de su tumba y llevado al cielo.

El libro de Josué proporciona aun otro texto más, si es que fuera necesario para establecer el hecho de que Israel en realidad no había salido de Egipto mientras vagaba por el desierto. Recordáis el pasaje -tras el cruce del Jordán y tras haber sido circuncidados- donde está escrito:

Hoy he quitado de encima de vosotros el oprobio de Egipto [Jos 5:9]

Veis que los que salieron de Egipto, en realidad no lo abandonaron sino hasta haber cruzado el Jordán, ya que no fue sino hasta entonces cuando fue quitado de ellos el oprobio de Egipto. Fue entonces cuando estuvieron convertidos. La nación entera cruzó el Jordán por la fe. Era una nación que creía en Dios; no había una voz discordante ni un pensamiento dubitativo. Entonces habían salido de Egipto. Podéis pues ver que el Egipto espiritual es en la Biblia el Egipto literal.

Vayamos ahora al texto para esta noche. Está en Números 23:9. Empiezo a leer desde el versículo siete. Se trata de Balaam profetizando por demanda de Balac, rey de Moab.

Y Balaam pronunció su oráculo: De Aram, de las montañas de Oriente, me trajo Balac, el rey de Moab. “Ven -me dijo-, maldice por mí a Jacob; ven, deséale el mal a Israel”. ¿Pero cómo podré echar maldiciones sobre quien Dios no ha maldecido? ¿Cómo podré desearle el mal a quien el Señor no se lo desea? Desde la cima de las peñas lo veo; desde las colinas lo contemplo: ES UN PUEBLO QUE VIVE APARTADO, QUE NO SE CUENTA ENTRE LAS NACIONES [NVI]

Ese texto se pronuncia esta noche para nosotros. Es verdad presente. Esa era la voluntad expresa de Dios respecto a su pueblo cuando este se encontraba en la frontera de la tierra que quería que poseyeran cuando los llamó a salir de tierra de Egipto. Habían vagado cuarenta años por el desierto y ahora estaban en la frontera de la tierra. Esa era su voluntad respecto a ellos: debían morar solos, apartados, y no contarse entre las naciones.

La razón fundamental para tal cosa, o mejor una de las razones, la comprendemos más claramente al leer el capítulo siete de Hechos. Aquel día, en su discurso, Esteban afirmó que el Señor sacó a su pueblo de Egipto, de aquella tierra de esclavitud, con prodigios y maravillas, y en los versículos 37 y 38 leemos lo siguiente:

Este Moisés es el que dijo a los hijos de Israel: “Profeta os levantará el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis”. Este es aquel Moisés que estuvo en la congregación [ekklesia: iglesia] en el desierto

Por consiguiente, ¿qué era Israel en el desierto? -La iglesia. ¿Qué habría de ser una vez que cruzado el río y establecida en la tierra? -La iglesia. ¿Qué estaba diciendo con ello, excepto que debía existir una separación entre la iglesia y el estado? Es como cuando hizo salir a Abraham de su tierra: Dios estaba enseñando al mundo la necesidad de separación entre iglesia y estado, y en ello estaba enseñando que dicha separación entre iglesia y estado ha de comenzar en el corazón de la persona.

Si en mi corazón no estoy separado del estado, allí donde yo vaya habrá una unión de iglesia y estado. En ese caso, aunque no ocupe ningún cargo de responsabilidad en la administración del estado ni aspire a puesto alguno en él, habrá un político en la iglesia; miraré de medrar y de traficar políticamente en ella mediante la influencia. Así, si uno no está separado del estado en su corazón, y aun así pertenece a la iglesia, es preferible que se dedique a la política del mundo y que sea un político allí, antes que ejercer la política en la iglesia.

Cuando el Señor llamó a Abraham, le dijo primeramente “Vete de tu tierra”. Y ahora que Abraham se ha multiplicado y se ha convertido en la iglesia, y dicha iglesia está a punto de dedicarse al servicio especial del Señor ante las naciones, declara que esa iglesia no se debe contar entre las naciones, sino que ha de vivir apartada de ellas. Veis el interés del Señor en que procedieran así, pues sabía bien qué eran las naciones, y sabía cómo habían alcanzado aquella condición. Quería que su iglesia se mantuviera apartada, que no tuviera otro gobernador excepto Dios mismo; que no tuviera otra ley excepto la suya; y tampoco otra legislación del tipo que fuera, excepto la que contiene la palabra del Señor; que no tuviera otro gobierno que no fuera el del Señor.

Cuando Dios los llevó a la tierra, quería ser él mismo cabeza de la iglesia. Por supuesto, Jesucristo era entonces cabeza de la iglesia, igual que lo es ahora. En las lecciones que hemos estudiado anteriormente habéis visto la forma en que la humanidad llegó a formar reinos, monarquías, etc: fue alejándose de Dios, renunciando a reconocer a Dios como a su único gobernante, y su ley como la única ley. Se hicieron idólatras y entonces perdieron el gobierno de Dios sobre ellos mismos, así como el poder de su ley. Habiéndose separado de Dios, tenían que establecer entre ellos un gobierno para satisfacer a quienes querían mandar sobre los demás, y para protegerse de ellos mismos en esas tropelías que eran la consecuencia de haberse apartado de Dios.

Pero el Señor separó de todo pueblo y gobierno a Israel para sí. Comenzó con Israel tal como lo hizo con Abraham, manteniendo a su pueblo separado de todos los reyes y gobernantes a su alrededor, separado de toda clase de gobierno terrenal. Quería que su pueblo se mantuviera separado, que no fuera contado entre las demás naciones, de forma que cuando estas miraran a su pueblo, pudieran saber que no se trataba de uno más entre ellos.

Quería que Israel permaneciera ante el mundo de forma tan destacada -y eso los haría diferentes de todas las naciones-, que al mirarlo pudieran exclamar: es un caso singular; no se trata de un gobierno como los nuestros; no tienen rey; todos parecen llevarse bien sin un gobernante. Y comenzarían a interesarse en ello. Se preguntarían: ‘¿A qué se debe?’ ¿Cómo podéis manejaros sin toda esa parafernalia de un rey, ejércitos, impuestos y todo eso que nosotros hemos de sufrir? La respuesta sería: ‘Dios es nuestro rey. Este gobierno no tiene ni de lejos los gastos de los vuestros, al no tener los problemas que a vosotros os afligen. No tenemos impuestos, y Dios es tan bueno, que nos encanta darle todo cuanto tenemos, para apoyar y promover que las bendiciones de este gobierno alcancen a todos a nuestro alrededor’.

Cuando su pueblo dijera eso a los paganos, estos habrían de reconocer: ‘No hay duda de que este pueblo es sabio y entendido; ¿qué nación de la tierra tiene esa grandeza, tiene juicios tan sabios y buenos, y una ley como la suya? ¿Qué nación tiene a Dios tan cercano como lo está de vosotros el Señor vuestro Dios en todo lo que le pedís?’ Ese era el plan del Señor, por lo tanto, declaró:

Es un pueblo que vive apartado, que no se cuenta entre las naciones

Dispuso enseñar a todo el mundo la separación entre iglesia y estado; no sólo en la iglesia, sino entre las naciones; en lo que respecta a los estados y también en lo que respecta a la propia iglesia.

Vedlo en la escritura, en Deuteronomio 4. En unos pocos versículos está expresado lo que acabo de exponer. Leo del versículo 1 al 8:

Ahora, pues, Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová, el Dios de vuestros padres, os da. No añadiréis a la palabra que yo os mando ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová, vuestro Dios, que yo os ordeno. Vuestros ojos vieron lo que hizo Jehová con motivo de Baal-peor: a todo hombre que siguió a Baal-peor lo exterminó Jehová, tu Dios, de en medio de ti. Pero vosotros, que seguisteis a Jehová, vuestro Dios, todos estáis vivos hoy. Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová, mi Dios, me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la que vais a entrar para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: “Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta”. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová, nuestro Dios, en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?

Por consiguiente, ¿qué margen había para confeccionar el tipo que fuera de ley o legislación en Israel?

No añadiréis a la palabra que yo os mando ni disminuiréis de ella

Eso es exactamente lo que se esperaba que hicieran. Sus leyes se habían hecho para ellos. Su legislación estaba terminada y era perfecta. Por tanto tiempo como la mantuvieran, no necesitarían otra, y tan pronto como necesitaran otra, eso sería evidencia de haber dejado a Dios.

Tan pronto como estuvieran en necesidad del tipo que fuera de legislación producida por ellos mismos para su propia gobernanza, eso sería indicativo de haber abandonado a Dios, y de que su ley y su gobierno ya no les bastaban. Tal es precisamente el caso con todos los paganos; de hecho, con todas las naciones.

Así es como los paganos llegaron a ser paganos. Sabéis que Israel siguió ese mismo curso: olvidaron a Dios y cayeron en la idolatría. Entonces dijeron: necesitamos tener un rey, a fin de ser como el resto de naciones. Pero no olvidéis que antes de poder tener un rey tenían que rechazar a Dios. Y al rechazar a Dios con el fin de poder ser como el resto de naciones, como los paganos -tal es el sentido literal de la expresión-, vinieron a ser como las naciones que rechazaron a Dios. Lo sabéis por el curso posterior de la historia.

Por lo tanto resulta evidente que no es la voluntad de Dios ni es beneficioso para su pueblo, el venir a ser como el resto de naciones. No refleja la voluntad de Dios ni beneficia a su pueblo, el procurar cualquier tipo de gobierno similar al de las naciones que lo rodean. Sabéis que estas no surgieron siguiendo a Dios, sino apostatando de él. En vista de ello, es patente que Dios no quería que su pueblo estableciera un gobierno de ellos mismos para ellos mismos.

El Señor no quería que establecieran un gobierno como el de las naciones que los rodeaban. Cuando les dijo: “No añadiréis a la palabra que yo os mando ni disminuiréis de ella” [Deut 4:2], les estaba prohibiendo producir legislación del tipo que fuera, y eso implica la prohibición de establecer cualquier forma de gobierno de entre ellos mismos.

Por consiguiente, es meridianamente claro que el hecho de considerar necesario cualquier forma de gobierno procedente de ellos mismos en el que tuvieran leyes y gobernantes al margen de Dios, fue una demostración evidente de haber abandonado a Dios; de haberse alejado de él; de que el gobierno de Dios no les parecía adecuado; de que el poder de Dios no los estaba sustentando, de forma que tenían que establecer algún tipo de gobierno por su parte a fin de protegerse de ellos mismos.

Veis, pues, que no era según la voluntad de Dios que su pueblo, “que vive apartado”, tuviera un gobierno propio surgido de ellos mismos. No era la voluntad de Dios que su pueblo se contara “entre las naciones” ni que tuviera un gobierno como el de ellas, ya que desde el momento en que establecieran su propio gobierno, estarían siguiendo el mismo curso que los gobiernos de las naciones, debido a que todos eran humanos, y no existe más que una sola humanidad. Así, cuando estableció su propio gobierno, Israel vino a ser como los que lo rodeaban, y no podía ser otra cosa distinta. Se trataba de paganismo. Y será siempre paganismo allí donde se implemente.

No añadiréis a la palabra que yo os mando ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová, vuestro Dios, que yo os ordeno

Dios ha dispuesto que su pueblo esté satisfecho con sus mandamientos, con su ley y con su gobierno, que son ciertamente satisfactorios para su pueblo. De eso no hay discusión o duda. Siempre serán satisfactorios para su pueblo. Ahora bien, no resultan satisfactorios para quienes carecen de ellos; no satisfacen a quienes se separan de Dios, de su ley y de su gobierno. El gobierno de Dios deja de satisfacerles, por cuanto carecen de él; y al establecer uno propio, sólo pueden hacerlo siguiendo las pisadas de los paganos.

Vuestros ojos vieron lo que hizo Jehová con motivo de Baal-peor: a todo hombre que siguió a Baal-peor lo exterminó Jehová, tu Dios, de en medio de ti. Pero vosotros, que seguisteis a Jehová, vuestro Dios, todos estáis vivos hoy. Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová, mi Dios, me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la que vais a entrar para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos [Deut 4:3-6]

“Ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos”. ‘No solamente ante mis ojos. Haced así, y seréis sabios ante los ojos de todos los pueblos, de todas las naciones. Las naciones, lo paganos, reconocerán que sois inteligentes’.

Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová, mi Dios, me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la que vais a entrar para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: “Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta”. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová, nuestro Dios, en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta Ley que yo pongo hoy delante de vosotros? Por tanto, guárdate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos [especialmente] el día que estuviste delante de Jehová, tu Dios, en Horeb

‘No olvidéis lo que habéis visto y oído, especialmente no olvidéis lo que oísteis cuando estuvisteis en el monte Horeb [Sinaí] aquel día’. ¿Qué fue lo que oyeron entonces? -La ley de Dios, los mandamientos de Dios y la fe de Jesús: una voz del cielo proclamando la redención y la creación, proclamando que el hombre no debía pecar. Pero Israel olvidó a Dios y se hizo idólatra, exclamando: ‘Queremos un rey, queremos un rey como todas las naciones’. Teniendo en cuenta el tiempo precedente en el que se mantuvieron incontaminados, el Señor declaró:

¡Si me hubiera oído mi pueblo! ¡Si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos y habría vuelto mi mano contra sus adversarios. Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido y el tiempo de ellos sería para siempre. Los sustentaría Dios con lo mejor del trigo, y con miel de la peña los saciaría (Sal 81:13-16)

El Señor declara ahora habernos liberado del poder de las tinieblas, habiéndonos trasladado al reino de su amado Hijo. El reino de Dios ha quedado de nuevo establecido entre su pueblo, y “el reino de Dios está entre vosotros” [Luc 17:21]. Lo está, cuando está en todos y en cada uno. El reino de Dios es un reino perfecto, ya que su Rey es un rey perfecto y su ley, una ley perfecta. Es un Rey perfecto, una ley perfecta y un reino perfecto. ¿Es suficiente para vosotros? ¿Le bastará al hombre? -¡Ciertamente! ¿No debiera satisfacerle de la forma más plena?

Y en el caso de que no le bastara, de que no le satisficiera, ¿sería por un problema en el reino, o en el hombre? -Sabéis que sólo puede ser por un problema en el hombre. Ahora, suponed que el hombre profese ser cristiano. ¿Seguiría estando el problema en el hombre, o estaría quizá en el reino?

(Voces): -En el hombre.

Suponed ahora que fuera un adventista del séptimo día el que se sintiera insatisfecho con el reino de Dios; suponed que se tratara de multitud de adventistas del séptimo día quienes se sintieran insatisfechos y quisieran tener un gobierno propio, otro tipo de reino; deberían establecer un gobierno, cobrarse impuestos a ellos mismos, escogerse gobernadores de entre ellos mismos para autogobernarse, etc. ¿Son hijos de Dios? ¿Les satisface el perfecto reino de Dios? ¿Pertenecen a ese gobierno de Dios? ¿Está el reino de Dios en ellos y entre ellos? ¿Cómo sería posible, dado que el reino perfecto, el Rey perfecto y la perfecta ley no les satisfacen?

Veis por lo tanto que esa separación entre iglesia y estado, incluso en el caso de los adventistas del séptimo día, comienza en el corazón, y ha de comenzar allí en todos y cada uno, en todo lugar. En caso contrario no puede darse la separación entre iglesia y estado allí donde uno vaya. Si en el siglo cuarto, en el Imperio romano, ningún hombre hubiese tenido en su corazón la unión de iglesia y estado, no habría surgido el papado. Si hubiera tenido en su corazón solamente la iglesia y nada del estado; ninguno de los principios del estado sino solamente la iglesia; Dios, su reino, su ley, su justicia, sólo él reinando, ¿podría haberse formado el papado?

(Voces): -No.

Por consiguiente, ¿qué es necesario evitar siempre a toda costa? -La unión de la iglesia y el estado en el corazón. ¿Cuál es, pues, la única salvaguarda contra el papado? -Amar a Dios con todo el corazón, mente, alma y fuerzas. Es “Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre”. Es dar la espalda a Egipto. “Es un pueblo que vive apartado, que no se cuenta entre las naciones”.

Ahora leeré de Empires of the Bible, página 152 y siguientes, algunas citas de Patriarcas y profetas que inserté allí junto a escrituras relativas a este tema. Primero leeré algunas de mis propias palabras, pero os señalaré cuando lea de Patriarcas y profetas:

“Un pueblo que vive apartado, que no se cuenta entre las naciones”. El Señor jamás quiso que su pueblo se organizara como un reino, estado o gobierno, tal como era el caso con las naciones de este mundo. No habían de ser como las naciones que había a su alrededor. Debían mantenerse separados para Dios de entre todos los moradores de la faz de la tierra. “Es un pueblo que vive apartado, que no se cuenta entre las naciones”

Si me cuento como perteneciendo al estado de Alemania, ¿me estoy contando entre las naciones? Si siento que pertenezco al gobierno de Inglaterra, que formo parte de él; si me tengo por un ciudadano leal y patriótico que luchará por la bandera, ¿me estoy contando entre las naciones? Y si lucho por esa bandera, mi bandera, mi bandera inglesa, pero mi hermano adventista del séptimo día pertenece a los Estados Unidos y es leal y patriótico, en caso de que ambas naciones se declaren la guerra, tengan que repeler invasiones y entren en conflicto, entonces yo estaré en un bando y mi hermano en el contrario, de forma que habrá una lucha fratricida. ¿Es eso lo que Dios ha ordenado? -Sabéis que no. ¿Qué significaba su declaración: “Es un pueblo que vive apartado, que no se cuenta entre las naciones”?

Leo ahora algo que escribí en Empires of the Bible:

Su gobierno tenía que ser pura y simplemente una teocracia: Dios había de ser su único Rey, su único Gobernante, su único Legislador. Era ciertamente una organización eclesiástica, comenzando con la organización de “la iglesia en el desierto” [Hech 7:38], y debía mantenerse al margen de toda idea de estado. Debía perpetuarse el sistema formado en el desierto mediante Moisés, y continuado en Canaán mediante Josué

Leo ahora de Patriarcas y profetas [653]:

El gobierno de Israel era administrado en el nombre y por la autoridad de Dios. La obra de Moisés, de los setenta ancianos, de los jefes y de los jueces, consistía simplemente en hacer cumplir las leyes que Dios les había dado; no tenían autoridad alguna para legislar

¿Quién carecía de autoridad para legislar?

(Voces): -La iglesia.

¿Cuántos componían la iglesia? ¿Incluía eso a unidades de uno, dos, diez, doce o cincuenta? -Sí. ¿Tendría alguno, o tendrían algunos de ellos, autoridad para legislar para el resto o incluso para sí mismos? -No; de modo alguno.

Ahora, pues, Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová, el Dios de vuestros padres, os da. No añadiréis a la palabra que yo os mando ni disminuiréis de ella [Deut 4:1-2]

Vuelvo a leer de Patriarcas y profetas:

Esta era y continuaba siendo la condición impuesta para la existencia de Israel como nación

Por lo tanto, cuando Israel se apartó de eso, estaba tomando el camino hacia su extinción. No olvidéis eso.

Los principios del gobierno de Israel eran solamente los correspondientes a una teocracia pura. En cualquier gobierno, lo único que puede garantizar el éxito es la lealtad a los principios del gobierno por parte de los ciudadanos

Ese principio es de aplicación universal. ¿Qué gobierno estamos aquí considerando? -El gobierno de Dios. La lealtad a los principios de ese gobierno era lo único que permitiría el éxito de aquella gobernanza, incluso siendo Dios el gobernador.

Era sólo mediante la presencia de Dios morando continuamente con Israel, como el gobierno allí establecido podría ser exitoso. Por lo tanto, la lealtad, de parte del pueblo, a los principios de ese gobierno, demandaba que cada uno de ellos cultivara la presencia permanente de Dios en su vida cotidiana como único Rey, Gobernador y Legislador. Pero “sin fe es imposible agradar a Dios”. Es por la fe como Dios mora en el corazón y señorea en la vida. Por lo tanto, el principio fundamental, la existencia misma del gobierno de Israel, descansaba sobre una fe viva y permanente de parte del pueblo de Israel.

Y es allí precisamente donde Israel falló. De hecho, es el único lugar donde podían fallar. No permanecieron en la fe; no permanecieron leales a su Rey y Gobernador. El pueblo había entrado en la tierra; por fe cruzaron el Jordán caminando en seco, encontrándose este en una crecida e inundación. Por fe habían caído los muros de Jericó tras rodearlos siete días y dar aquel griterío victorioso de fe. Aquel pueblo creía en el Señor, y él los acompañaba con su poder. Pero tuvo lugar un cambio. El pueblo perdió la pureza de la fe y cayó en el formalismo. Se nos refiere la historia en unos pocos versículos sobrecogedores en las Escrituras: El pueblo había servido a Jehová todo el tiempo que vivió Josué, y también mientras vivieron los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían sido testigos de todas las grandes obras que Jehová había hecho en favor de Israel. Pero murió Josué hijo de Nun, siervo de Jehová, a la edad de ciento diez años … y murió también toda aquella generación, por lo que la generación que se levantó después no conocía a Jehová ni la obra que él había hecho por Israel. Después, los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová y sirvieron a los baales. Dejaron a Jehová, el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores, y los adoraron, provocando la ira de Jehová. Dejaron a Jehová, y adoraron a Baal y a Astarot” [Jueces 2:7-13] (Empires of the Bible, pp. 153-154)

Eso es precisamente lo que había ocurrido en los días de Nimrod. ¿Cuáles habían sido entonces las consecuencias? -Tras haber rechazado a Dios como Rey, pusieron a uno de ellos en su lugar. ¿Sería de extrañar que en los días de Israel tuviera iguales consecuencias?

Careciendo de la presencia de Dios en el corazón para separarlos -incluso de ellos mismos- y hacerlos diferentes al resto de los pueblos, resultaron ser tan semejantes a las naciones que los rodeaban, que era natural que cayeran como ellos en la adoración a sus dioses. Cuando -a consecuencia de su apostasía- las cargas impuestas por su propio curso de acción y la opresión de los paganos se agravaron, no pudieron resistirlas más y se volvieron al Señor de todo corazón, poniendo sólo en él su confianza. De esa forma encontrarían liberación gloriosa de sus pecados y de todos sus opresores. Ahora bien, una vez que se veían liberados, volvían a ser negligentes en cultivar la presencia de su Señor y Liberador; su religión venía entonces a convertirse nuevamente en formalista, y pronto estaban en los caminos de los paganos y adoraban a sus dioses.

Si hubieran entregado sus corazones al Señor y hubieran confiado en él todo el tiempo, tal como hacían en aquellos episodios efímeros de reforma, él habría sido todo el tiempo para ellos lo que había sido en aquellas ocasiones. En tal caso habrían seguido el curso que el Señor quiso siempre que siguieran, caracterizado por el continuo progreso ascendente y elevador, creciendo en la gracia y en el conocimiento del Señor nuestro Salvador. Entonces habrían sido una luz clara y brillante para todas las naciones.

Aquellas experiencias recurrentes, en lugar de llevarlos al punto de desconfiar por siempre de ellos mismos y confiar solamente en el Señor, los llevaron finalmente a desconfiar del Señor, de forma que decidieron confiar enteramente en ellos mismos. En su incredulidad y apostasía interpretaron el azote de las continuas incursiones de los paganos que saqueaban el país y los oprimían, como siendo evidencia del fracaso del gobierno de Dios (Empires of the Bible, pp. 153-154)

Leo ahora de Patriarcas y profetas [656]:

Quedaron luego tan completamente cegados por el pecado, que imputaron al gobierno de Dios todos los males resultantes de su propio pecado e insensatez

Podéis ver el problema que hay cuando un pueblo que profesa ser del Señor necesita otro gobierno distinto al de él. Se habían apartado de Dios, se habían entregado a la iniquidad, sufrían toda clase de males, y se los atribuían al gobierno de Dios. El gobierno de Dios no les satisfacía, no les bastaba. ¿Por qué? -Porque carecían de él.

Leo de Patriarcas y profetas [653-654]:

Gradualmente perdió su reverencia hacia Dios y dejó de apreciar el honor de ser su pueblo escogido. Atraído por la pompa y ostentación de los monarcas paganos, se cansó de su propia sencillez. Surgieron celos y envidias entre las tribus. Estas fueron debilitadas por las discordias internas; estaban constantemente expuestas a la invasión de sus enemigos paganos, y estaban llegando a creer que para mantener su posición entre las naciones debían unirse bajo un gobierno central y fuerte. Cuando dejaron de obedecer a la ley de Dios, desearon liberarse del gobierno de su Soberano divino; se generalizó por toda la tierra de Israel la exigencia de que se creara una monarquía

Y ahora vuelvo a leer de lo que escribí en Empires of the Bible:

Fue una repetición de la historia de Egipto y de Babilonia. El archiengañador los sedujo a la idolatría, y de ahí a la monarquía a fin de ganar la supremacía sobre ellos y atraerlos mediante influencias terrenales, o bien de prohibirles por la fuerza el servicio a Dios

Sabéis que Israel persiguió a los profetas; sabéis que prohibieron la predicación de la palabra de Dios precisamente de la forma en que lo ha hecho toda nación pagana desde el tiempo de Nimrod hasta hoy, y de la forma en que cualquier nación pagan lo seguirá haciendo, incluso si el decreto procediera de adventistas del séptimo día.

Vuelvo a leer de Patriarcas y profetas [656]:

Dios deseaba que su pueblo lo considerara solo a él como su legislador y su fuente de fortaleza. Al sentir que dependían de Dios, se verían constantemente atraídos hacia él. Serían elevados, ennoblecidos y capacitados para el alto destino al cual los había llamado como su pueblo escogido. Pero si se llegaba a poner a un hombre en el trono, ello tendería a apartar de Dios los ánimos del pueblo

Incluso si se trata de adventistas del séptimo día, tenderá a apartar de Dios los ánimos del pueblo.

Sigo leyendo de Patriarcas y profetas:

Confiarían más en la fuerza humana, y menos en el poder divino

¿Necesitaban protección de los paganos? -Sí. ¿No estaban los paganos atacándolos y haciendo incursiones entre ellos? -Sí. ¿Necesitaban protección? -La necesitaban. ¿Por qué establecieron un gobierno? -Para protegerse de las incursiones de los paganos.

¿Qué les había asegurado el Señor si le obedecían y obedecían sus leyes? En el tiempo de las fiestas, todos los hombres podrían abandonar sus casas y acudir a Jerusalem; nadie les haría daño alguno o codiciaría su tierra. Pero una vez que se apartaron de Dios y no contaron con su protección, no podían abandonar sus casas debido a que los paganos los atacarían. Serían atacados incluso si permanecían todos en casa. Cuando su trigo estuviera maduro y a punto para la cosecha, vendrían los paganos y se lo llevarían todo, incluso estando los hombres en casa. Y cuando la uva hubiese madurado y estuviese a punto para la vendimia, los paganos incursionarían y se la llevarían sin dejar nada. ¿Por qué? -Porque el pueblo se había apartado de Dios, quien ya no podía bendecirlos en su apostasía, de la forma en que lo había hecho mientras estaban con él, ya que en caso contrario los estaría alentando en su abandono de Dios.

Por consiguiente [PP 656]:

Si se llegaba a poner a un hombre en el trono, ello tendería a apartar de Dios los ánimos del pueblo. Confiarían más en la fuerza humana, y menos en el poder divino, y los errores de su rey los inducirían a pecar y separarían a la nación de Dios

Así es que dijeron a Samuel:

Danos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones [1 Sam 8:5]

Cito de Patriarcas y profetas [658] otro pasaje que se aplica al presente:

Y aun hoy subsiste entre los profesos hijos de Dios el deseo de amoldarse a las prácticas y costumbres mundanas. Cuando se apartan del Señor, se vuelven codiciosos de las ganancias y los honores del mundo. Los cristianos están constantemente tratando de imitar las prácticas de los que adoran al dios de este mundo. Muchos alegan que al unirse con los mundanos y amoldarse a sus costumbres se verán en situación de ejercer una influencia poderosa sobre los impíos

Eso es lo que dijo Israel.

Pero todos los que se conducen así se separan con ello de la Fuente de toda fortaleza. Haciéndose amigos del mundo, son enemigos de Dios. Por amor a las distinciones terrenales, sacrifican el honor inefable al cual Dios los llamó, el de manifestar las alabanzas de Aquel que nos “ha llamado de las tinieblas a su luz admirable”

Sigo leyendo de Patriarcas y profetas [657-658]:

“Como todas las naciones”. Los israelitas no se dieron cuenta de que ser en este respecto diferentes de las otras naciones era un privilegio y una bendición especial. Dios había separado a los israelitas de todas las demás naciones, para hacer de ellos su propio tesoro. Pero ellos, despreciando este alto honor, desearon ansiosamente imitar el ejemplo de los paganos

Leo más [655-656]:

Los tiempos de la mayor prosperidad de Israel fueron aquellos en que reconoció a Jehová como su rey, cuando consideró las leyes y el gobierno por él establecidos como superiores a los de todas las otras naciones

Si considero el gobierno y la ley de Dios como siendo superiores a los de todo el resto de naciones, ¿cómo podría tener algo que ver con cualquiera de ellas? Por consiguiente, si tengo que establecer algo parecido a lo que tienen las otras naciones para gobernarme, para mantenerme en la rectitud a mí y a los que me rodean, ¿estoy realmente considerando el gobierno y las leyes de Dios como superiores a lo que yo voy a establecer? Cuando considero las leyes de Dios como no siendo superiores a las que me dispongo a implementar yo mismo, ¿dónde me coloca eso?

(Voces): -Por encima de Dios.

Me coloca precisamente a la altura de todo el resto del mundo; a la altura de Nimrod. Me estoy poniendo por encima de Dios. Nadie puede ocupar el puesto de Dios sin ponerse por encima de él.

Ved si es cierto esto que escribí:

Pero ahora olvidaron todo eso en su decidido propósito de tener un rey, un gobierno y un estado como todas las naciones. En contra de la voluntad expresa del Señor, Israel sería contada entre las naciones … ¡Ojalá Israel hubiera conocido en aquel, su día, las cosas que tenían que ver con su paz! ¡Ojalá hubiera creído al Señor, y hubiera reconocido que él conocía mejor que ellos el camino que debían seguir para su bien! Pero cerraron sus oídos y endurecieron sus corazones en contra de la más ardiente súplica y de la más solemne advertencia, entrando entonces en una dinámica que les llevaría inexorablemente a su aniquilación como nación y como pueblo escogido

Sucedió también que las tribus se dividieron: las diez y las dos tribus. ¿Qué curso siguieron las diez? -El de la continua apostasía, hasta el punto de exclamar:

No tenemos rey [Oseas 10:3]

Entonces el Señor vino a ellos mediante el profeta Oseas y les dijo: ‘Yo seré vuestro Rey, volveos a mí, oh Israel; me habéis dejado, seré vuestro Rey’. Pero no quisieron regresar y acabaron siendo cautivos y perdiéndose para siempre.

Cuando tal cosa sucedió, Oseas escribió refiriéndose a Judá:

Judá aún gobierna con Dios, y es fiel con los santos [Oseas 11:12]

Pero sabéis que también Judá recorrió un paso tras otro el mismo camino de apostasía que Israel, hasta que llegaron las palabras:

¡Depón el turbante, quita la corona! ¡Esto no será más así! Sea exaltado lo bajo y humillado lo alto. ¡A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel a quien corresponde el derecho, y yo se lo entregaré! [Eze 21:26-27]

El Señor tuvo que recurrir a los paganos para regir su propio pueblo. Y cuando el Señor, mediante los paganos, a través de un gobierno de paganos, los hubo preservado hasta venir él mismo a ellos, seguían clamando tal como lo hicieron en la época de Saúl:

No. Habrá un rey sobre nosotros [1 Sam 8:19]

Y no queriendo que Cristo fuera su Rey, lo crucificaron y clamaron:

¡No tenemos más rey que César! [Juan 19:15]

Cuando, ante la protesta del Señor expresada por Samuel, clamaron “No. Habrá un rey sobre nosotros”, en ese clamor, el Señor oyó -y ahora es fácil para nosotros oírlo- su clamor final contra él: “¡No tenemos más rey que César!” Al rechazar a Dios en procura de ser “como todas las naciones” [1 Sam 8:20], vinieron a ser como todas las naciones que habían rechazado a Dios

El clamor que elevaron contra Cristo en la corte de Pilato, “¡No tenemos más rey que César!”, estaba incluido en aquel otro clamor de los días de Saúl, y Dios lo oyó. Es imposible escapar a esa lógica. Si vosotros y yo queremos escapar a ella, hemos de volvernos a Dios de todo el corazón, alma, mente y fuerzas. Hemos de salir de nuestro país, de nuestra parentela y de la casa de nuestro padre. Hemos de dar la espalda a Egipto, aun si estuviéramos en el camino al trono del dominio terrenal; hemos de abandonar todo eso, olvidarlo, dejarlo todo y volvernos a Dios con una fe viviente. Y entonces hemos de vivir apartados, no siendo contados entre las naciones.

Veis, por lo tanto, que Dios ha estado enseñando siempre a su pueblo y a las naciones, que la salvación eterna de su pueblo y de todo hombre depende de una separación absoluta entre iglesia y estado en el corazón.

 

 

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